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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  El amor cautivo por Nora Tamagno, desde Rosario, Provincia de Santa Fe
 
El amor cautivo por Nora Tamagno, desde Rosario, Provincia de Santa Fe
 

EL AMOR CAUTIVO

 

 

Sólo mi torpeza y falta de tacto, por otra parte propios del espíritu infantil que me impulsaron, podrían haber tenido un resultado tan alejado de mi voluntad. Estoy segura que de sospechar cuánto daño causaría, jamás hubiera cometido ese error, y pese a que arrepentida le pedí mi perdón más sentido y le prometí que no volvería a suceder, no quebró por mucho tiempo el sólido mutismo con el que castigó mi falta. Aunque desde siempre había cargado con el mote de loca, a mí por el contrario, me parecía dueña de una sensatez absoluta. Se trataba de  un ser especial, distinto, cuya mente había anclado en un ámbito de la razón desde donde apreciaba la vida de una forma muy particular. Tenía la obsesión por la limpieza, pero no sobre su persona para la que es seguro no le quedaban energías; lavaba las baldosas del patio con un frenesí tan intenso, que más que lavarlas, las pulía, limpiaba los vidrios con papel de diario y alcohol de quemar, lustraba los bronces con ceniza hasta dejarlos relucientes. Nadie, en esa casa tan llena de gente, reparaba en su delicada sensibilidad. Ella sola tuvo que aprender a levantar una muralla para defenderse de tanta indiferencia y jamás se le oyó una queja por tener que hacer las tareas más ingratas, las que nadie quería hacer. Tenía un oído privilegiado para la música y a pesar de que nunca había aprendido la teoría, era capaz de arrancar las más bellas notas de los instrumentos que tuviera a la mano. Me quedaba absorta al verla rasgar las cuerdas de la guitarra por la emoción con que lo hacía. Eran en esa circunstancia, la música y ella, una. Se entregaba mansa, dispuesta, ofreciendo el cuerpo y el alma a la interpretación. También bailaba bien. “¿Dónde aprendiste?” le pregunté muchas veces al verla girar con la liviandad de un  pájaro y siempre me contestaba lo mismo: “aprendí sola, porque las piernas se me mueven al son de cualquier compás.” Si algo aborrecía dentro de las tareas domésticas, era la cocina; prefería que le dejaran la pila de platos sucios y toda la vajilla, a tener que preparar aún la comida más simple. Su cuarto, el del fondo, el más alejado, era su señorío. Allí nadie entraba sin su permiso y se recluía para quién saber qué hacer. Horas enteras pasaba dentro, a puertas cerradas con la radio como única compañía. Desde la muerte de la madre, se proclamó huérfana. En aquella oportunidad, esos dichos me hicieron reír porque para mí ya era vieja para esa categoría,  pero con el correr de los años, me di cuenta de que tenía razón porque siempre fue huérfana de todo. Por suerte para ella, no necesitaba de mucho para seguir adelante; estaba orgullosa de su habilidad para mantener el jardín en orden, de su pelo ondeado y de su origen, convencida que pertenecía a una familia poco menos que noble. Pasando por alto la circunstancia de que la habían condenado a vivir en una franja oscura, se mostraba conforme con su destino. Ni siquiera se quejaba por haber sido la única de los hermanos a la que le habían vedado todas las oportunidades. Quizá porque se avergonzaban de exhibirla, no le permitieron ser alumna, pese a que era aplicada y buena con los números. Cuando cursaba el tercer grado de primaria y las plazas en el colegio normal al que asistía eran muy codiciadas, convencieron a su madre para que se la cediera a otra criatura porque “total tu hija ¿para qué quiere el estudio?” Tampoco consintieron en que trabajara, porque “gracias a Dios, las mujeres de esta familia nunca tuvieron necesidad de hacerlo” ni tener novio, eso que candidatos no le faltaban. Todos, con una excusa u otra, se los corrieron a escobazos. “Fui tan obediente”, decía ella resignada, “que nunca me rebelé a nada y terminé sola” y no le faltaba razón, porque a  medida que se fueron muriendo los miembros de su familia, fue quedando irremediablemente sola. Sus hermanas casadas, no le llevaban el apunte y pasaban semanas enteras sin verla. Era muy reservada en sus sentimientos y si sufría, lo hacía en la más estricta intimidad; tampoco recuerdo haberla visto reír con frecuencia, como si hubiera extraviado la sonrisa en uno de los tantos vericuetos de su melancolía.

Un día, me sorprendió con una súbita y desconocida necesidad de hablar. Yo fui toda oídos. Fue entonces cuando me nombró a Vicente. Nunca le había escuchado ese nombre. Embargada por una emoción nostálgica, me confesó que había sido su único y gran amor, el eterno, inolvidable. “¿Qué será de Vicente ahora?”, se preguntaba adolorida sin que yo pudiera darle respuesta “¿se habrá casado? ¿se habrá muerto? ¿habrá vuelto a su tierra?” Esas y muchas otras preguntas lanzó con la remota esperanza, supongo, de que algún interlocutor invisible le replicara. “No me dejaron casar”, concluyó diciendo en voz tan baja que tuve que hacer esfuerzos para oír, “como era italiano, tenían miedo de que me llevara a Italia -no es para vos, no es para vos vivir tan lejos de la familia – repetía mamá como una letanía, pero era ella la que no quería que me fuera. Mamá era fuerte y logró convencer al resto. Entonces,  todos se opusieron e hicieron un frente común para forzarme a romper, con tanto empeño que no tuve necesidad de hacerlo: Vicente huyó espantado.”

Si siempre tuvimos afinidad, esa confidencia tuvo un efecto casi mágico en nuestra relación e hizo nacer una complicidad que nos hermanó. A mí me gustaba escuchar sus historias de amor y a ella, le complacía ser escuchada. Sentadas bajo la higuera, sobre un banco de plaza, pasábamos mucho tiempo conversando sobre lo mismo. Yo, en ese entonces era chica y me moría por saber detalles de su noviazgo. Con un placer pícaro, quería saber si Vicente era buen mozo, si la quería, cuántas veces la había abrazado, si la besaba en la boca, si le gustaba... ella no se cansaba de repetir cien veces lo mismo, recurriendo a distintos tonos de voz, empleando gestos grandilocuentes y con ojos de mirada soñadora. Se la veía eufórica porque al hacerlo, revivía todo aquello que la había hecho feliz.

Fue un mediodía llegando del colegio, con el portafolios a la rastra, las medias caídas y un hambre de lobo, cuando la sorprendí parada tras la puerta de la despensa. Se la notaba radiante, como dueña de un secreto y deseosa de compartirlo. Aferrándome la mano, me cuchicheó al oído que tenía algo importante para decirme. Por supuesto, no la hice esperar. La intriga me llevó a postergar el hambre y nos fuimos juntas a su dormitorio. Cuando estuvimos solas, le pregunté cuál era la novedad. Entonces, se le  iluminó la expresión, y con un gesto cómplice y enigmático, me señaló una cajita de madera, un cofre diminuto sobre su mesa de noche que pasaba desapercibido entre tanto cachivache. Miré inquisitiva. Ya estaba por hablarme, pero poniéndose seria de pronto, se detuvo y advirtió: “tenés que jurarme que esto va a quedar entre nosotras.” Ansiosa por saber, me apresuré a escupir en el suelo y hacer una cruz con la punta del pie, al tiempo que juraba encimando los dedos sobre los labios, por la vida de mis padres y de mis abuelos, que jamás se lo contaría a nadie. Entonces ella, bajando la vista con cierto pudor, me reveló el secreto. “¿Sabés a quién tengo dentro de esta cajita?” inquirió con picardía. Como yo no tenía ni idea a dónde apuntaba, me quedé callada esperando que prosiguiera. “Volvió Vicente y ahora lo tengo sólo para mí, aquí dentro” dijo con la voz queda, pero llena de campanitas. Confieso que no esperaba oír semejante disparate y pensé que se estaba burlando. Sin ninguna intención de ofenderla, lancé una carcajada que ella interpretó de mofa y sin más, al borde del llanto, me echó de la habitación. Al verla tan compungida, sabiendo que no bromeaba, procuré reparar mi falta con palabras tiernas y zalamerías. Al final, después de ardua labor, logré que sin estar muy persuadida, aceptara mis disculpas. “Contá, contá” le decía yo entusiasmándola para que se explayara. Cautamente fue confesando que por las noches antes de dormir, abría la cajita y tenía para ella, todo el amor de Vicente. Me describió arrobada su voz profunda y sus sabias caricias, sus miradas húmedas, su aroma a agua de Colonia y la tibieza de su piel.  Cuando amagué acercar mi mano al cofre, de un salto se puso adelante con los brazos abiertos y gritó imperativa “no te atrevas a tocarlo.” Después, procurando atenuar su brusca reacción, bajó la voz a la medida del secreto para explicarme “es para que Vicente no se asuste. A vos no te conoce y no quiero que se escape”. Levanté los hombros incrédula, la dejé sola en su universo alucinado y me fui a almorzar.

A partir de ese incidente, nos fuimos distanciando un poco. Ella quedó resentida por mi actitud que no había podido olvidar del todo y pasaba mucho más tiempo recluida en su cuarto. Yo dejé de buscarla como antes. Abandonamos las charlas bajo la higuera y las confidencias, hasta que una tarde de un calor agobiante, en que aburrida buscaba con qué entretenerme, recordé de súbito la historia de la cajita y resolví hacerle una broma. Me cercioré de que no estuviera durmiendo la siesta, entreabrí la puerta de su habitación y cuando estuve segura de que no estaba dentro, ingresé con el mayor sigilo.  Fui derecho a la cajita. Llevaba suspendida del bigote una cucaracha muerta y reseca que había encontrado en el jardín, resuelta a esconderla en el cofre. Confieso que sólo quise hacer una travesura, divertirme un poco. Levanté la tapa y en ese momento entró ella que al verme,  aullando enardecida y fuera de sí gritó: “¡No! ¡Por favor! ¡no lo abras!” Tenía el gesto descompuesto, los ojos extraviados. Me dio miedo verla en esas condiciones. No le había conocido reacción semejante. “¡Se me fue Vicente, otra vez se fue Vicente!” clamaba.  Tuve miedo de que me quisiera pegar, pero ni siquiera me rozó. Transida de dolor, se echó sobre la cama a llorar un llanto convulso e interminable que la sacudía como a un árbol la tormenta. El llanto se fue extinguiendo en un largo gemido que rebotó en las paredes y resonó en toda la casa, lúgubre y demencial hasta que se fue apagando poco a poco. Yo huí, con el rabo entre las piernas, sintiéndome culpable por tanto dolor y su pena se me pegó al cuerpo como la ropa húmeda. No tuve coraje para pedirle perdón y a partir de ese acontecimiento, me propuse eludirla. Por pura cobardía. Durante mucho tiempo no volví a verla, pero no porque yo le rehuyera sino porque se encerró en su cuarto, en una suerte de retiro voluntario y no permitió que nadie la viera. Se negó a responder cuando la llamaban o le preguntaban si se encontraba bien o necesitaba algo. Hasta que dejaron de preocuparse por ella y la fueron olvidando como si se hubiera muerto o desaparecido por propia voluntad. Le depositaban la comida en la puerta para no condenarla a morir por inanición, la que recogía sin mostrarse. Las altas celosías cubiertas de herrumbre permanecían entornadas día y noche y no se volvió a oír la estridente música de la radio. Tanta era mi culpa, que sin saber cómo reparar el daño, comencé a ir y venir por la galería, deambulando apesadumbrada  por las cercanías de su cuarto, a tirar piedritas contra los cristales de las puertas para ver si lograba arrancarla de su ostracismo. A veces, me esmeraba en entonar alguna de las canciones que había aprendido con ella...canciones plañideras, románticas, con doble sentido; silbaba, pero aunque estaba segura de que me estaba escuchando, no daba señales de vida y parecía más obstinada en su silencio. Yo era la única en esa casa que la extrañaba de verdad. Los demás, me daba la impresión, se habían sacado un peso de encima. Mucho tiempo busqué la forma de revertir su enojo o su decepción. Del dinero que me daban a veces para la merienda, fui guardando monedas dentro de una lata vacía cuya tapa pegué para no caer en la tentación de usarlas para otro fin. El día en que no cupo un solo centavo más, fui al Gato Negro, la tiendita de la vuelta, con todo mi capital y lo volqué con estrépito sobre el largo mostrador de madera. Esa era la primera vez que entraba sola. Tras de la caja registradora, sentada en un sillón vienés y envuelta en una pañoleta gris, estaba inmóvil la dueña. En otro rincón, ajeno a todo, dormitaba el gato negro que seguramente había dado su nombre al negocio. El amplio salón estaba en penumbra, abarrotado de rollos de telas, zapatos ordinarios, pilas de toallas, ropa interior, camisones de bombasí... el olor a jabón de tocador barato era insoportable. Con determinación señalé la vidriera que la mujer abrió desde adentro. En un rincón, insignificante en esa maraña de artículos de lo más heterogéneos, había una cajita de madera laqueada, diminuta, que por supuesto, hacía rato que yo había detectado en mi devenir por la cuadra. “¿Cuánto cuesta?” pregunté con la certeza de que mis ahorros alcanzarían. Por suerte, no sólo alcanzaron sino sobraron, porque el precio era simbólico. Creo que la dueña me cobró para no decepcionarme. Accedió con amabilidad a envolverla en papel de seda con arabescos dorados y le ató una cinta de los más pituca. Feliz, felicísima regresé a casa, con el paquetito enmoñado y el alma llena de música. Crucé el zaguán a paso firme y fui derecho hasta el cuarto del fondo. Cuando me encontré ante la puerta entornada, no lo pensé dos veces, la empujé de un manotazo y entré sin pedir permiso, como nunca antes lo había hecho. No puedo decir si se sorprendió.  Yo tuve la certeza de que desde hacía mucho tiempo me estaba esperando. La pobre luz del velador amarilleaba las paredes sin iluminar. Ella estaba sentada en la cama, envuelta en sombras, vencida la espalda y triste la expresión. Giró apenas la cabeza cuando oyó mis pasos. Decidida caminé y me detuve a su lado con mi mejor sonrisa y sin una palabra le alcancé el paquetito. Miró dudando sin atreverse a asirlo. “Es para vos” le dije entonces, y como no se resolvía a quitarle el papel, lo hice yo. Con la solemnidad propia de los niños cuando sienten que están cumpliendo con el deber, emocionada le puse el cofre entre las manos como una ofrenda y después de un pequeño silencio, tragué saliva me arrojé a sus brazos y le dije al oído “logré convencer a Vicente de que volviera y te prometo que voy a ayudarte a cuidarlo.”

 

© Nora Tamagno

 

Sobre la autora:

Breve biografía según palabras de la autora:

"Mi nombre es Nora Elena Tamagno, vivo en Rosario donde ejerzo la escribanía, aunque sin duda, mi vocación es el arte (sin la pretensión de llamarme artista). Comencé a escribir en forma sistemática en forma bastante reciente, ya que mi profesión, la crianza de mis seis hijos y otras múltiples actividades, no me dejaron margen para dedicarme a todo lo que hubiera querido. Como creo que nunca es tarde y que la actividad y los proyectos son los que nos mantienen vivos, siempre tengo algo nuevo para hacer. Creo que escribir es lo que más me gusta, aunque a veces la inspiración se haga rogar. Este cuento, también resultó ganador en uno de los concursos organizados por la Editorial de la Universidad Nacional de Rosario"

 

 
 
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