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De botica y rebotica por Roberto Olivera Unda
 

Expresiones de un arte refinado y lugares de excitantes tertulias, un ensayo del escritor mexicano Roberto Olivera Unda
Expresiones de un arte refinado y lugares de excitantes tertulias. © Roberto Olivera Unda (Derechos de autor protegidos) Exclusivo para Archivos del Sur Debieron el nombre tales establecimientos al empleo profuso de potes (botes), de donde apoteca (botica) y apotecario (boticario). Todavía a mediados del siglo XX era posible en México, sobre todo en el interior del país, llegar a ver boticas propiamente dichas luciendo su botamen, o conjunto de botes, en los anaqueles donde en la actualidad las farmacias suelen exhibir medicamentos patentados, o bien productos de perfumería o de higiene, u otras diversas mercancías. Y por lo menos hasta hace unos años, una de esas boticas dignas del nombre se hallaba en Sn. Miguel de Allende, Guanajuato. Esos anaqueles fueron, en muchos casos, cubiertos por puertas de cristal enmarcadas por maderas finas y laqueadas a muñeca, con chapa y llave aquellos destinados a contener los narcóticos o los productos de mayor toxicidad, y en consecuencia sujetos al manejo exclusivo del boticario responsable, o por lo menos a su supervisión. De regreso al botamen, he usado el verbo lucir porque esos botes son de una belleza encantadora. Todavía es posible ver algunos en México, en el Museo de la Escuela de Medicina de la UNAM, donde se encuentra un botamen que perteneció a una botica de la ciudad de Oaxaca; fue robado de allí y, por fortuna, rescatado de manos mercenarias, mediante compra, por la UNAM. Puede también ser conocida esa clase de botes en las salas de exposición de algunos anticuarios, o en el tocador o en el baño de alguna dama adinerada. Están hechos de porcelana en color blanco y su forma es cilíndrica. La tapa, por lo general tendiente a la forma cónica, puede sin embargo tener otras formas, variadas y aun caprichosas. Al frente, en letra clara y muy visible, se halla el nombre de la sustancia para la cual fueron dedicados. En muchos casos ese nombre está en latín, pues en otro tiempo ese conocimiento fue obligado para el médico y para el boticario. Todavía a finales del siglo XIX Dorvault, en “L’Officine de Pharmacie”, precisamente en el artículo dedicado al arte de formular, dice: “Una fórmula se escribe en lengua vulgar, o en latín, y en todo caso tan legiblemente como sea posible”. Y en el párrafo siguiente nos informa: “En todo el norte de Europa los médicos no formulan sino en latín”. Mas, volvamos al botamen: es en la decoración del rededor del marco de ese rótulo donde se halla el mayor contenido de belleza de esos botes, donde el artista creador del diseño mostró con absoluta libertad su sentimiento estético. Todo el rededor del marco fue campo apropiado para plasmar los productos de la imaginación del artista. De ahí la diversidad de figuras y de colorido, si bien nunca falta el dorado que, al tratarse de los ejemplares más finos es oro verdadero y no fue empleado solamente en el marco y su contorno, sino también en los filos y el adorno y el remate de la tapa. Fue tan abundante la variedad de figuras y de temas tratados en el contorno del marco de esos botes, que aun el erotismo encontró campo de expresión en ellos. Las tan famosas mayólicas del Qinquecento comprendieron recipientes de botica con figuras eróticas. El también famoso grupo Orsini-Colonna, fabricado en Castelli entre 1520 y 1540 para alguna ocasión o institución especial relacionada con esas ilustres familias, es un notable ejemplo de esos botámenes. En tales recipientes puede verse la figura de Venus desnuda, o la de Cleopatra. En algunos casos la voluptuosidad fue exacerbada por medio de sugerentes deshabillés a la “Belle Done”. Hay asimismo parejas haciendo el amor, por lo general mujeres jóvenes con hombres viejos. Existe otro ejemplo todavía menos conocido, y de ese conjunto de botes se conservan entre quinientos y seiscientos en la Farmacia de San Salvador de Roccavaldina, en Messina, Italia, ejemplo que aumenta curiosidad al caso, pues se trata de una institución monástica, y en la decoración del botamen fue reproducido el acto amoroso en diferentes posiciones, imágenes posiblemente tomadas de afamados cuadros publicados en libros que, en razón del gran atrevimiento de tales imágenes, fueron condenados a la destrucción. Al parecer, este botamen fue fabricado entre 1570 y 1580 en Urbino, tal vez en los talleres de las familias Fontana y Patanazzi las cuales, en ese tiempo, proveyeron objetos de mayólica al por mayor. De regreso a las boticas de mediados del siglo XX, como no todos los ingredientes empleados para preparar medicamentos, ni muchos de los ya preparados eran sólidos, para contener las tinturas, los extractos fluidos, los aceites medicinales y los volátiles, las aguas medicinales, los alcoholatos, los vinos, los elíxires, los colutorios, los colirios, los bálsamos, las esencias, los éteres, los jarabes, los licores medicinales como el amoniacal anisado, el de Hoffman, el de Pravaz, etc.; los linimentos, las lociones, los vinagres, las soluciones y otras varias sustancias y preparaciones, se empleaban frascos de cristal con tapón esmerilado, en los cuales las etiquetas solían ser de cristal y también adornadas de diferentes maneras, aunque nunca con el lujo, colorido, y la riqueza de figuras de los botes. Estas etiquetas eran blancas, con marcos y adornos dorados, o bien todas doradas con sólo el espacio dedicado al rótulo en blanco. El letrero, en cualquier caso, en negro para mejor legibilidad. He citado en abundancia los preparados, con el propósito de hacerlos notar, porque también pertenecen ya a la historia y son, por tanto, meros datos curiosos. Pero hay otra razón de no menor importancia: esa abundancia creó la necesidad de un cuarto anexo a la botica, la rebotica, donde, a la vez, eran almacenados los productos botánicos de los cuales era preciso tener una existencia cuyo volumen rebasaba el cupo de los botes de porcelana. Estos productos eran guardados en recipientes de hoja de lata. De igual manera, algunas de las preparaciones mencionadas requerían envases de mayor tamaño, y para el caso eran utilizados garrafones de vidrio. Y los vinos generosos que servían de base a los vinos medicinales, por lo general de importación, se mantenían en las barricas de madera donde habían llegado. Pero, antes de abandonar el espacio de la botica, para entrar de lleno en el de la rebotica, es pertinente hacer mención detallada de esos aparatos de cristal donde las aguas coloreadas lucían con brillantez bajo el efecto de la iluminación, ya fuera en movimiento burbujeante o en estado de quietud. Este equipo constaba de varios recipientes, el de mayor tamaño en la base y de ahí en disminución. Estos aparatos, en la actualidad también piezas de museo, antigüedades de altísimo costo, fueron una especie de símbolo de la botica, como esas barras con franja en espiral llegaron a serlo de la peluquería, y fueron, sin duda y al igual que los botes de porcelana, lo bastante bellos para constituir otro de los principales atractivos de las boticas de antaño. La rebotica, quizá por más encerrada, olía de manera muy particular y por lo general agradable. Este recinto fue, en muchos pueblos, un lugar de tertulia, el punto de reunión para la charla amable frecuentemente saborizada con tragos de Agua carmelitana, o de algún otro vinillo eupéptico, o, en los mejores casos, con Elixir de Garús. El Agua carmelitana, o Agua de melisa compuesta, o Espíritu de toronjil compuesto, era un alcoholato de 80 grados preparado a base de aceites volátiles de toronjil, limón, canela, naranja, clavo y nuez moscada; alcohol y agua. Tenía un sabor bastante agradable como puede comprenderse por la lista de sus componentes. Pero el Elixir de Garús no tenía par, al decir de los autores que consignan en sus libros estas charlas de rebotica. Dicho elixir se componía de una parte de alcoholato de Garús por dos de jarabe y una centésima de alcoholato de azahar. Y en la composición del alcoholato de Garús entraban las tinturas de acíbar, mirra y azafrán; los aceites volátiles de clavo, canela y nuez moscada; el alcohol y el agua. Como en el caso del Agua carmelitana, o de los Carmelitas, era de 80 su grado alcohólico. Como es de suponer, el Agua de melisa era servida también con, o sin jarabe, según el gusto de cada contertulio. ¡Cuán reconfortantes debieron ser esas bebidas, sobre todo en los lugares de clima frío! Afuera, el ambiente inclemente y desolador, el viento que lastima y los árboles desnudos de follaje. En la rebotica el abrigo de los muros y el techo, tal vez el calorcillo emanado de una estufa; pero, seguramente, el de la amable charla en la cual, entre los interlocutores no faltaban, por lo común, el cura, el juez, y desde luego el médico y el boticario. Ese ameno calor y el provocado por aquellas aromáticas bebidas... ¿Cuáles serían los temas de conversación en esas tertulias? Salvo entre el médico y el boticario, no se dejan ver ligas de afinidad para los temas, fuera de los culturales. La charla dicharachera y jovial, las anécdotas graciosas y los comentarios, debieron tener su espacio, hacerse presentes, pero tal vez también asuntos de mayor gravedad, y en todo caso debieron privar en esas charlas el encanto del ingenio y la amenidad; aunque, de igual manera es posible que algunas veces se diera allí la discrepancia de opiniones; discrepancia asimismo llevada con altura por aquello de “Dios me dé contienda con quien me entienda”. Situados entre gentes de campo, rústicas las más, estos personajes debieron buscar en esas reuniones algo diferente, una defensa para no envejecer de pesadumbres, un remanso, un escape a la superficialidad, quizá la vulgaridad, del demás trato humano. Tal vez influyera también la añoranza de las otrora acostumbradas tertulias citadinas. ¡Ah, las tertulias de las reboticas! SOBRE EL AUTOR: Roberto Olivera Unda ha escrito 12 novelas, 6 libros de cuento, y 14 ensayos de más de 10 p.p. Ha publicado 1 novela (1953), 2 libros de cuento (1955 y 1956), y 11 ensayos (de 1990 al 2002). En 1953-54 asistió al Centro Mexicano de Escritores. En 1964 el cuento "Los gallos" publicado en Archivos del Sur fue publicado en Europa en 5 idiomas por la Revista "Cuadernos de París". En 1983 participó en el Encuentro de Escritores celebrado en Cuautla, Mor. y en ese mismo año leyó textos inéditos suyos en el Palacio de Bellas Artes de México, D.F. En 1987 la Escuela Preparatoria Emiliano Zapata le otorgó el premio CADES (Ciencia, Arte, Desarrollo humano) por Arte. Desde hace más de 20 años dirige un taller literario en la Casa de la Cultura de Cuautla, lugar donde reside ---------------------------------------
 
 
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