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Poemas, cuentos y relatos
 

Se incluyen en esta edición número 21 poemas de María Hortensia Lacau (argentina),Francisco Alvarez Hidalgo (California, USA) cuentos de Omar Sìpán Sanz (España) y de Angel Balzarino (Argentina-Rafaela-Pcia. de Santa Fe)
Dos poemas para la ausencia de Leo © María Hortensia Lacau Buenos Aires, 1973 Ahora que el niño se ha ido Ahora que el niño se ha ido su frágil y tierno pequeño fantasma de Arlequín ronda los cuartos saliéndonos al paso su dulce inapresable recuerdo. Y ese momento de la vida se detiene un instante, permanece, se paraliza intacto en su belleza porque nunca volverá a repetirse. Y la plenitud del existir es tan completa, tan perfecta de madurez de dicha y de dolor que no admite ni un átomo más, ni siquiera el de u n pétalo de flor. Pero no. El niño no se ha ido aún. Todavía su vocecita ronda los cuartos donde tú y yo vivimos tan para dentro. tan para nosotros, y yo sólo estoy escribiendo estos versos como un ejercicio, una gimnasia anticipada del dolor. Cualquier gesto que el niño apresa Cualquier gesto que el niño apresa se convierte en misterioso ritual. ¿Qué haré yo con todos los rituales que su ausencia dejará vacíos, con el espacio indemne donde brotó la flor? ¿Qué haré con est mano tendida en la penumbra hacia el pájaro tibio y pequeñito de la suya? Esta mano que escribió tanto, que dibujó en el aire de los días permanentes adioses, transitorios saludos, esta mano que siempre bate palmas a la vida, que conoce el perfecto abecedario del amor y que se martiriza, estrujándose a sí misma, pero que nunca supo de la soledad porque siempre estuviste tú, ¿qué nuevos desconocidos rituales tendrá que aprender pronto cuando el niño se vaya? Ninguno. Ninguna ausencia colma otra ausencia. Cada una se pertenece a sí misma, se asume. Y la memoria del corazón puede levantar mil veces en sus ilusorios pero vívidos castillos la profunda iluminación del dolor. Publicados en "La Prensa" – Secciones ilustradas de los domingos – 1ª. – 9 de septiembre de 1973 Sobre la autora: María Hortensia Lacau es una educadora y escritora argentina. Autora de varios libros, entre ellos: “Didáctica de la lectura creadora”, “Azulejo, el potrillo azul”, “Tiempo y vida de Conrado Nalé Roxlo, entre el ángel y el duende” (Faja de honor de la SADE en 1977), entre otros. "Toda la obra de esta autora está disponible, dirigiéndose a m_h_lacau@yahoo.com.ar O a Raquel M. Barthe, a agencia@sion.com Si desea mayor información acerca de esta escritora, puede visitar su página Web: www.geocities.com/m_h_lacau " ---------------------------------------- Olvidado de ayer (c)Francisco Alvarez Hidalgo (California, USA) Antes del frío beso de la muerte, tú, mujer, mi penúltimo descanso, abres la oferta de esperanzas verdes cerrando en torno a mi perfil los brazos. Este viejo velero, malherido de las fieras borrascas de los años, en tu dársena hoy lanza las amarras, punto final de largo itinerario. Quiero cerrar los ojos en tu orilla, abandonar mi piel sólo a tus manos, y cerrar el baúl de la memoria; a quedarme he venido, no de paso. En la tersa, radiante superficie de tus aguas yacer, balanceando mástiles y velamen a la brisa, hundida en ti la mole de mi casco. Cantarán las sirenas a la aurora, zarparán en su búsqueda otros barcos, y rodará la voz, sobre las olas, de horizontes azules y lejanos. Unos quizá en exuberancia vuelvan, otros serán madera de naufragio; olvidado de ayer, yo estaré asido al remanso de paz de tu costado. Sobre el autor: Francisco Alvarez Hidalgo es escritor. Nació en Cantabria(España). Actualmente vive en California (USA) ---------------------------------------- Cordero de Dios (c) Omar Sipán Sanz Marx se equivocó al creer que el sufrimiento económico sería la base de la revolución; quizá lo sea la angustia psíquica, el sufrimiento espiritual” JOHN ZERZAN (1999) Imbuido en un caos a cámara lenta, roto el círculo de juicio y control, de equilibrio y realidad, rogándole a un dios desconocido que todo sea un mal sueño, una pesadilla de verano, cae de rodillas, alza las manos al cielo y con los ojos cerrados y la mandíbula desencajada expulsa un grito de dolor del que tendrá que alimentarse el resto de sus días. Mercedes negro de última generación bajo un sol de justicia, instala al niño en la silla –asegurando firmemente las correas y los cierres--, revisa el nudo de su corbata de seda y se atusa el pelo moteado de canas en el espejo retrovisor, a pesar de la ducha ya tiene la frente perlada de sudor, deposita la americana y el maletín de cuero negro en el asiento contiguo y enciende el climatizador y la radio, “ola de calor en el país...la temperatura podrá alcanzar hoy los cuarenta y cinco grados a la sombra”, concentrado en firmes pensamientos –el ultimátum de su jefes, una relación basada en la comodidad, falta de ilusiones, anemia de sentimientos, depresión, deterioro del cuerpo y de las defensas—avanza entre una amalgama de casas unifamiliares repetidas, gente repetida corta mecánicamente un césped repetido, pasea a un perro de raza repetido o besa en la mejilla a una mujer repetida que le desea un buen día, habitantes de un paraíso abstracto, adictos a la luz artificial y al dinero de plástico, herederos de dudas y tristezas, circula a mayor velocidad de la permitida, sorteando repartidores andróginos y jubilados sin nada que hacer, jubilados como su padre, un hombre marcado por una guerra y una mujer alargando su vida en una residencia de la provincia de Huesca, intenso dolor de cabeza y el regusto amargo del café en la boca del estómago, si la delegación japonesa que hoy visita la fábrica no invierte en la nueva planta se acabó la casa unifamiliar, el coche de importación, el gimnasio, las vacaciones exóticas, el club de golf...los valores fundamentales –si no puedes comprar no existes--, de todo eso se habló en la última reunión, un solo camino, una sola dirección: para juzgar al mundo hay que estar en el lado de los vencedores, les mostrará, en su mejor inglés comercial, todo el proceso de fabricación, paso a paso, calibrando cada palabra, cada latido, argumentando con sencillez y seguridad (el catecismo del vendedor: la seguridad), impermeable y límpido, explayándose de una forma clarividente en las cuestiones importantes, desplegando todo su abanico de trucos con sinceridad fingida, toda su arquitectura de palabras vacías, alejado de su propias miserias para contagiar entusiasmo por un proyecto en el que ni él ni sus superiores creen, si consigue transmitir el mensaje habrá triunfado, invertirán, y esa inversión solventará el fantasma del cierre de la empresa o su traslado al tercer mundo, el atasco se perfila importante a la entrada de la autovía, cientos de coches avanzan de forma sumisa en dos carriles, avanzan y luego se detienen, con el bombeo inconstante de un corazón enfermo, las ocho y treinta de la mañana y su intranquilidad se traduce en ardor de estómago y anquilosamiento de los músculos, el saxo de Charlie Parker amortigua la quietud de los coches desde la radio, “resignación” es la palabra que todo el mundo lleva escrita en mitad de la frente, mira a una mujer de labios almibarados y porte altivo y se imagina su vida con ella, es joven, delgada como una promesa, pañuelo multicolor anudado al cuello y rayos uva, de unos veinte años a lo sumo, se muerde las uñas de la mano derecha con la mirada lejana, inalcanzable, y un mohín de niña disgustada en el rostro, el abrazo de tela del vestido ceñido reafirma unos pechos voluptuosos, por un momento, por una décima de segundo está desnuda a su lado –hoyuelos de felicidad, pelo púbico enmarañado y piel tersa y brillante-- musitando obscenidades en su oído sobre la cama de una habitación de hotel, siente el perfume de su sexo... no, basta de fantasías, debe dormir la lujuria y centrarse en el mensaje, el día le exige una castidad de ideas, una pureza mental impecable, la sociedad está construida únicamente para los ganadores, su futuro es algo serio, lo es todo, el móvil le saca de su estancamiento, reconoce el número del jefe de inmediato y contesta con una voz aturdida, algo impostada, “buenos días...sí, claro, de camino...un atasco a la altura del hipermercado...ya han llegado, sí, me hago cargo...hasta luego”, enajenado, golpea el volante con una violencia inusual, desproporcionada, y respira hondo, intentando dominar su calvario particular, la impotencia del momento le está destrozando los nervios, daría su brazo derecho por fumar un cigarrillo, profundas caladas de humo gris y tranquilidad acunando su ánimo, el parche de nicotina le recuerda con brusquedad su compromiso: ha dejado de fumar, de pronto se atisba algo de movimiento, avanza renqueante, de forma irregular, adelanta a la mujer y la olvida, las luces de la policía le descubren la causa del atasco: la vida de un ciclista se derrama en el asfalto, ineludiblemente posa su mirada en la figura caída y en el amasijo de hierros que fue su bicicleta, un hombre angustiado llora en silencio por la vida que acaba de seccionar, “en realidad no tiene la culpa –piensa--, nadie tiene la culpa: era su destino, su cruel y estúpido destino”, la bola de fuego del astro rey se refleja con una claridad terrorífica en el charco de sangre, incrementa la velocidad, conduce ajeno al agreste paisaje de chabolas con antena parabólica, toxicómanos durmiendo en tiendas de campaña y basura, la anarquía de solares vallados y naves en construcción le anuncian la proximidad del polígono industrial, en la radio dos contertulios divagan sobre el mapa del genoma humano y el mal de las vacas locas, su palabras son ejercicios de estilo --sin una pizca de inteligencia ni de intuición-- para su propio lucimiento, los imagina orgullosos y arrogantes, hinchados como pavos, con los antebrazos apoyados en una mesa circular, bebiendo agua mineral a sorbitos y apagando sus cigarrillos mentolados en las paredes de un cenicero, el smog y la periferia de la gran ciudad le inyectan un aire flemático y cautivador: va a hechizar a esos malditos japoneses, atraviesa el polígono color mostaza y llega a la fábrica, le da los buenos días al guardia de seguridad –rostro enjuto y piel ambarina en un cuerpo de músculos cultivados cinco horas al día en un gimnasio y esteroides—que, desde la garita, le devuelve el saludo, le hace firmar y levanta la barrera bicolor, coloca el coche en su plaza de mando intermedio (plaza número 536), en el inmenso puzzle alquitranado que es el aparcamiento, sale del mismo y una voz le increpa “que se dé prisa, que comienzan a ponerse nerviosos”, es una voz sin candidez ni clemencia: la voz de un tratante de miedo: su jefe, le da una palmada en la espalda –altruismo intencionado—y le desea buena suerte con un brillo gélido en las pupilas, los japoneses –figuras arcaicas de rostro árido e inexpugnable, regios trajes de paño y corbatas impregnadas en naftalina y oscuridad—inclinan la cabeza a su llegada y le dan la mano firmemente, impacientes como novios en el día de su boda, después, en la sala de juntas, esquemas y transparencias, humo de puros y café aguado, charla de presentación y teatro de supervivencia, teatro de muy alto nivel, la verdad, seriedad y un chiste oportuno, de efecto liberador, visita rutinaria a pie de fábrica siguiendo una ruta prefijada, con un casco amarillo, unos tapones de caucho para amortiguar el ruido y una bata de cirujano, la atención para las máquinas y la invisibilidad para los empleados, explicaciones y más explicaciones, cifras infladas --unidades por hora, número de contenedores por día, crecimiento teórico gracias a la nueva planta, apertura de mercados--, datos y más datos, y al final, de vuelta al punto de partida: la sala de juntas, dos horas más tarde –seis desde que llegó a la fábrica--, física y psicológicamente extenuado, los japoneses toman una decisión, una decisión positiva, explosiones de júbilo, clímax conmovedor, euforia colectiva reflejada en los rostros, en el espejo del alma, todo el mundo satisfecho, encantados de ratificar el acuerdo con un gran apretón de manos, una firma por sextuplicado y una gran copa de champán, pero, extrañamente, la mañana no es completa, algo no encaja en esa felicidad, ¿qué? Un pensamiento repentino estalla en su cabeza inundándolo todo: una imagen aérea del inmenso aparcamiento --cientos de filas de coches alineados en un orden estricto, coches de directivo y coches de trabajador, coches imponentes y coches desguazados, coches con el color de la selva y coches con el color del desierto, capotas pulidas refulgiendo bajo un sol amenazador-- y un niño, prácticamente un bebé, (que alguien olvidó llevar a la guardería) atado fuertemente a una silla por diversos cierres de seguridad en el interior de un mercedes negro de última generación en plena ola de calor. Sobre el autor: Oscar Sipán Sanz nació en Huesca, España, 1974. Ha publicado una novela "Rompiendo corazones con los dientes" - Premio Odaluna, Valencia 1998- además de obtener 29 galardones por toda la geografía española. ---------------------------------------- “ EL PRISIONERO ” (c) Angel Balzarino No opuso resistencia. Más que por falta de coraje o de fuerzas, por no hallarse atraído ni preparado para el ejercicio de la guerra. Soy apenas un hombre ansioso por descubrir y conquistar nuevas tierras. Sólo por eso salí de España y crucé el océano y enfrenté los mayores peligros. Aunque estaba seguro de que era objeto de una injusticia, prefirió bajar los brazos, acatar la orden del comisionado: -Por disposición de nuestros altísimos señores, los Reyes Católicos, desde este momento os hago mi prisionero. Un sentimiento en el que alternaban la nostalgia, el júbilo, una irrefrenable ráfaga de triunfo, lo embargó cuando los ojos inquisitivos divisaron el contorno exuberante y familiar de La Española. Sí. La mejor. De todas los tierras descubiertos en 1492, durante su primer viaje, debió admitir que esa porción, dotada de fascinante belleza, era la que siempre había recordado más. Demandó a la tripulación acelerar la marcha de la carabela. Frenético. Queriendo comprobar el resultado alcanzado por sus hombres al dejarlos allí para arar y sembrar, edificar predios urbanos y campestres y, sobre todo, extraer abundante cantidad de oro. Desde aquel lejano día en que pisó por primera vez el suelo ignoto, proveerse del preciado metal se había transformado no sólo en un deseo, sino más bien en una necesidad imperiosa, obsesiva, tanto con el fin de corresponder dignamente a la confianza otorgada por sus Soberanos como para revelar a todos que su hazaña, blanco de duras críticas, considerado casi obra de una mente desequilibrada. había concluido con éxito. Ahora le tocaba cosechar los frutos. Apropiarse por fin de los tesoros febrilmente soñados. Aplastar con hechos la creciente incredulidad, los celos, la tenaz maledicencia. He sido el primero en llegar a un territorio desconocido y ahora llevaré a España una carga de oro tan grande como nadie pudo ver ni imaginar jamás. Y con un grito restallante de euforia y satisfacción, apenas tiraron el ancla, saltó a tierra. -¡Ponedle los grillos! El silencio prevaleció como única respuesta al recio mandato del comisionado. Ningún gesto alteró la rigidez de los hombres que, sobrecogidos por una mezcla de respeto y temor, no parecían capaces de acercarse a él. Todavía sigo siendo el jefe. El que les ha permitido compartir la aventura que despertará envidia y deslumbramiento en los tiempos venideros. Y entonces, al ser tratado como mero delincuente, hubiera querido agradecerles esa prueba de fidelidad que le confería ánimo y confianza. Pero alguien se lo impidió. Súbitamente su viejo cocinero dio un paso. Decidido. -Yo lo haré. La sorpresa e indignación le hicieron proferir gritos desaforados al tomar conocimiento del tumulto que imperaba en la isla. Seis años perdidos. Como si un repentino huracán hubiera arrasado todos mis planes. Sintiéndose desvalido, casi befado, al comprobar el lastimoso estado de los campos cubiertos de malezas, los viviendas a medio construir, los plantaciones segadas por el fuego. debido a las encarnizadas luchas que los pobladores al mando de Francisco Roldán llevaban a cabo para poseer las tierras y sojuzgar a los indios. Impotentes sus hermanos Bartolomé y Diego para aplacar a los conjurados y restablecer un clima de orden y trabajo, comprendió que debía ocuparse personalmente. Yo los traje aquí y me deben obediencia. Todavía soy el que impone las reglas. Creyó que sería una tarea fácil y rápida, acostumbrado a ejercer dominio sobre sus hombres, ya sea calmándolos cuando alguna feroz tormenta en alta mar amenazaba hundir los naves, desmoronando cualquier motín para desplazarlo, infundiéndoles coraje y decisión al penetrar en zonas inexploradas. Se equivocó. Con el correr de los días todos los esfuerzos resultaron estériles. Mostrarse benévolo con Roldán y sus secuaces para concluir la rebelión, el intento de borrar la agresividad y descontento de los indígenas con la promesa de mejores condiciones de vida, escribir a los Reyes para solicitar ayuda y el envío de un letrado que administrase justicia. Meses y meses de arduas negociaciones, de ser menoscabado en su facultad, solo y desamparado en el sitio que más amaba, atrapado en una maraña de intrigas y progresiva violencia, cada vez con menos esperanza de obtener la riqueza que reparara tantos sinsabores y le confiriera un prestigio luminoso. Tal vez esté condenado a morir aquí. A manos de quienes se encuentran obsesionados por el egoísmo y la codicia. Olvidados de los años que les merecí lealtad y admiración. Hasta que un día, inesperadamente, arribó a la isla una flota real dirigida por el comisionado Francisco Bobadilla. Cordial. Diligente. Como si estuviera sirviéndole un plato de comida. Pero la sonrisa que siempre había considerado una máscara del desagrado, la frustración, tal vez el odio por ocupar el mísero cargo de cocinero, ahora reflejaba el inefable placer de la venganza. Al fin tiene la oportunidad de humillarme. Cobrarse una vieja deuda. Demostrar a todos que es el más fuerte. Y creyó que, voluptuoso. demoraba más de lo necesario en colocarle los grillos a las manos y los pies, con el deseo de prolongar indefinidamente esa gozosa ceremonia. -Ya está, señor comisionado. Prisionero. Yo. Corno un vulgar ladrón. Inaceptable la situación establecida por el comisionado que, proclamándose de inmediato gobernador, quiso desplegar un poder absoluto en la isla. Con sus hermanos en prisión y despojado de autoridad, propiedades, armas, hasta de libros, cartas y papeles, decidió entregarse. Si los Reyes han querido esto, que se haga su voluntad. No conocerán de mi parte un acto de rebeldía. El trago más amargo. En vez de ayuda y comprensión, la total ingratitud. De pronto aparecía como el único responsable de los disturbios. Por haber impuesto trabajos agotadores a las tropas españolas, sin abonarle sueldo ni darle ración suficiente; por descuidar la conversión de los indios con el propósito de venderlos corno esclavos; por aplicar crueles castigos a los que se atrevían a infringir sus órdenes. Vana la tentativa para defenderse. No consiguió desarmar con las pruebas de su proceder claro y recto los cargos infundados con que el comisionado Bobadilla armó un proceso riguroso, del que surgía de antemano como culpable. Ninguna de mis palabras podrá destruir la obra creada por el rencor y la ambición de mis enemigos. Ahora empezarán a regocijarse con mi caída. Y aunque instintivamente esperaba que se desvaneciera la siniestra confabulación montada contra él, al cabo de dos meses conoció la implacable sentencia. Regresar a España cargado de cadenas. Si yo robara las Indias y las diera a los moros, no habría merecido mayor castigo. El golpe certero. Demoledor. La obligación de abandonar, tal vez para siempre, a su querida isla. -¡No! Rechazó ofuscado el ofrecimiento de Vallejo y Martín para quitarle los grillos. Sin duda los guardias debían sentir compasión por notarlo tan pálido y débil al salir del calabozo, pero no iba a permitir ningún alivio a su condena. Se incorporó torpe y dificultosamente. Sin una queja. Altivo. -Mis soberanos han ordenado que me someta y Bobadilla me encadenó. Soportaré estos hierros por su real orden y los guardaré como reliquia y memoria de mis servicios. Y con lentitud, mientras paseaba los ojos en torno a modo de saludo final, Cristóbal Colón se dirigió hacia la nave. Sobre el autor: Angel Balzarino es escritor. Vive en Rafaela, Provincia de Santa Fe, Argentina.
 
 
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