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La vida del espíritu
 

Un libro de la filósofa Anna Arendt, para comprender mejor su pensamiento
La vida del espíritu Hannah Arendt Editorial Paidós 475 páginas Cuando Hannah Arendt murió en diciembre de 1975 había terminado de escribir “La voluntad”, segunda sección de “La vida del espíritu”. Arendt, filósofa y politóloga, discípula de Heidegger, Husserl y Jaspers abandonó Alemania en 1933 y en 1944, después de la ocupación alemana en Francia se estableció en Nueva York. Hannah Arendt quien se enamoró de Heidegger, su profesor, según cuenta Julia Kristeva en “El genio femenino” escribió: “La noticia lo decía muy simplemente: el pensamiento vuelve a estar vivo (sic), hay que hablar de los tesoros culturales del pasado que creíamos muertos, y he aquí que proponen cosas totalmente distintas de las que creíamos al desconfiar de ellos. Hay un maestro; quizá se pueda aprender a pensar (...); la idea de un pensar apasionado, en el cual Pensar y Estar-Vivo se vuelven uno (sic), nos asombra un poco (...). Este pensar que levanta vuelo como pasión a partir del simple hecho de haber-nacido-en-el-mundo (sic) (...) puede tener de objetivo final tan poco (...) como la vida misma (sic). (1) “Arendt jamás se pronunció abiertamente acerca de si la vida del espíritu era superior a la vida activa (como la habian considerado la Antigüedad y la Edad Media). Sin embargo, no sería excesivo decir que dedicó los últimos años de su vida a esta obra, que ella emprendía como una tarea, la más elevada, que se le imponía como ser vigorosamente pensante. En medio de sus múltiples clases y compromisos, de su presencia en mesas redondas, jurados y consejos asesores (como ciudadana y figura pública se veía constantemente reclutada por la vita activa, aunque rara vez era una voluntaria), siguió inmersa en “La vida del espíritu”, como si llegar a concluirla la liberara no tanto de una obligación, lo cual suena demasiado oneroso, como de un compromiso adquirido: todos los caminos, incluidos los secundarios, que recorría por casualidad o de modo intencionado en su vida cotidiana y profesional, la conducían de nuevo a él”, dice Mary Mc Carthy, editora de la obra, quien sintetiza además, la historia de su relación como editora con Arendt. También aclara Mc Carthy, los manuscritos “El Pensamiento” y “La voluntad” tenían la estructura de conferencia, si Arendt hubiera tenido tiempo, con toda seguridad los habría modificado, convirtiendo a los oyentes en lectores, en la presente obra, esto ha sido hecho. En “El pensamiento”, desde el inicio Hannah Arendt aclara que no prentende ni ambiciona ser un “filósofo” ni convertirse en lo que Kant llamó “denker von Gewerbe” (pensadores profesionales), sino que dos razones bastante diferentes despertaron su interés por las actividades del espíritu. “Todo comenzó mientras asistía al proceso de Eichmann en Jerusalén”, dice. Destaca Arendt, hablando de Eichmann, que era juzgado, que la “única característica destacable que podía detectarse en su conducta pasada, y en la que manifestó durante el proceso y los interrogatorios previos, fue algo enteramente negativo; no era estupidez, sino incapacidad para pensar”. También, dice Arendt: “Los estereotipos, las frases hechas, la adhesión a lo convencional, los códigos de conducta estandarizados cumplen la función socialmente reconocida de protegernos frente a la realidad, es decir, frente a los requerimientos que sobre nuestra atención pensante ejercen los acontecimientos y hechos en virtud de la existencia. Si siempre tuviéramos que ceder a dichos requerimientos, pronto estaríamos exhaustos. La única diferencia entre Eichmann y el resto de la humanidad es que él pasó por alto estas solicitudes”. La filósofa plantea una cuestión: La actividad de pensar en sí misma, el hábito de examinar y de reflexionar acerca de todo lo que acontezca o llame la atención, al margen de su contenido específico o de sus resultados, ¿puede ser una actividad de tal naturaleza que se encuentre entre las condiciones que llevan a los seres humanos a evitar el mal o, incluso, los “condicionan” frente a él? La otra razón que llevó a Arendt a interesarse por la vida del espíritu fueron los problemas morales nacidos de la experiencia concreta que iban contra la sabiduría de los siglos – no sólo respecto de las distintas respuestas tradicionales que la “ética”, una rama de la filosofía, había ofrecido al problema del mal sino también respecto de las más amplias respuestas con que cuenta la filosofía para la mucho menos urgente cuestión de qué es pensar”-, todo ello consiguió renovar en mí, dice Arendt algunas dudas que me venían asediando desde que concluyera un estudio sobre lo que mi editor sabiamente denominó “La condición humana”, pero que yo más modestamente había considerado como una indagación sobre “La vita activa”. Se trata de un libro de fundamental importancia para los interesados en el pensamiento de Arendt, de quien dijo también Mary McCarthy: “Arendt se preocupaba por el lector normal, que para ella seguía siendo un estudiante con forma de adulto”.
 
 
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