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Cuentos y relatos
 

Se incluyen en esta edición Nro. 20 cuentos de Salvador Luis y Cecilia Vetti, y un texto del autor brasilero Alan Miranda
Salvador Luis Epopeya Gracias a Patricia Suárez I EN AQUEL TIEMPO, se vivió bajo la sombra del advenimiento de la Araña Negra. Los niños guerreros temían que se tratara de un monstruo mucho más encarnizado que el Hombre Tuerto que había asolado su tierra un quinquenio atrás. Temían que la Araña Negra, con sus ocho patas y órganos venenosos, pudiera ser una amenaza de proporciones legendarias. Algunos impúberes de la clase sacerdotal llegaron a proclamar que ella era la viva reencarnación del antiguo Pterodáctilo Gigante descrito en los monolitos del templo, hasta fueron capaces de vaticinar que su arribo debía marcar el final de una era y el principio de otra… II Hakan abrazó a Ronda antes de partir a tierras lejanas. Llevaba puesto el amuleto mágico y en su morral guardaba la poción somnífera que le había proporcionado el Sacerdote. Muchos impúberes de todas las clases sociales llegaron a la plaza a desearle buena fortuna. Sabían que el pequeño Hakan era el más osado y que nadie blandía la espada de acero como él. -Muy pronto estaré de vuelta. -Lo sé –dijo Ronda. Hakan trepó a su caballo y luego desenvainó la espada: -¡Araña Negra! ¡Yo, Hakan, voy por ti! III Más allá del Bosque Húmedo había una tierra desértica donde las dunas brillaban. Y más allá de las dunas un gran lago de aire llamado Mar de la Perdición. En medio del mar flotaba una isla de roca y sobre la isla de roca se erguía un castillo de hielo. En el interior del castillo se guardaban los tesoros de un rey muy codicioso y avaro. Su fantasma custodiaba sus riquezas y alejaba a todos los extraños que se asomaban. -¿Quién eres y qué haces aquí en mi reino? -Mi nombre es Elo El Cazador. Vengo en son de paz, Gran Rey. Mi cuerpo está fatigado y necesita reposo para poder continuar el viaje. -¿Viaje? Tú no eres un viajero. Tú eres un ladrón de riquezas. -No, Gran Rey. Juro que soy un viajero. Voy en busca de la Araña Negra y el cansancio me condujo a este castillo de hielo. Permítame quedarme sólo por esta noche. Mañana proseguiré mi travesía y no volverá a verme. El Fantasma abandonó su trono y flotó hasta las proximidades del niño. -Elo El Cazador, ¿dices que tú buscas a la Araña Negra? -Así es, Gran Rey. Debo matarla. -Yo conocí a otro como tú que también la perseguía. Su nombre era Hakan. -¡Hakan! ¿Acaso sabe dónde se encuentra? -No sé dónde permanece su espíritu, pero sí sé que su cuerpo murió. Y sé que cuando tú salgas de mi reino, la Muerte te alcanzará a ti y a tu caballo, así como le sucedió a él. -¡Eso no es verdad! ¡Hakan nunca se dejaría vencer! -Sal de mi castillo, Elo El Cazador. IV No debo amilanarme. No debo temer. Yo soy Guerrero Gunda, hijo de Guerrero Zonú, nieto de Guerrero Ator, y para mí no existen los escollos. Yo he destripado a las aves de rapiña. He degollado a los gatos salvajes. He bebido la sangre de las sanguijuelas y alimentado mi cuerpo con mi propia carne. Conozco los apuros en las aguas tenebrosas y los vórtices más maldecidos. Conozco el frío y las estalactitas. Sé del fuego indómito en la selva virgen, del escozor y sé también de las heridas abiertas. Yo soy invencible. Incontenible. ¡Soy un guerrero! ¡Araña Negra, aquí estoy! ¡Sal de tu madriguera! ¡Atácame ahora en esta tela que tejiste y hazme más fuerte aún! V LA LANZA SE CLAVA EN UN TRONCO ESTÉRIL, solamente cargas el escudo. Una vez más saltas para evitar que el fluido de seda te aprisione. Tomas aire. Despides. A lo lejos ves la línea que define tu lado del desfiladero: si te escabulles con astucia –fraguas– te será posible recuperar la pica y manejarla con habilidad para empujar a la Araña Negra hacia las profundidades escabrosas: tú crees que la oportunidad está dada y te escondes detrás de un peñasco. En ese momento, alzas la vista, invocas a las Divinidades de la Guerra: a P’Asira, a Mohteg, a Yoanya. Pronto tratas de despistar a tu contendiente arrojando tu adarga en dirección contraria a la que piensas ir. La Araña Negra cae en la trampa y descarga un hilo de seda viscosa hacia el lado del engaño. Tú, envalentonado, te arrojas en búsqueda de la pica, estás a punto de alcanzarla con tu brazo más diestro, ya sólo te encuentras a un paso de la pica. Pero no reparas en el hoyo que habita en el suelo, malicioso. Y tropiezas. Te haces daño al tocar la tierra áspera. La Araña Negra advierte tu caída y rápidamente se aproxima a ti guiada por sus ocho patas ágiles. Te mira con sus cuatro pares de ojos. Ella sabe de tu vulnerabilidad y acerca con ardor sus apéndices filudos para inyectarte el veneno. Poco a poco se te hace más dificultoso respirar, Draco Magnus… VI El monstruo avanzaba inexorablemente. La historia, como una pesadilla endémica, tornaba: “Después de aquello, miré, y vi una puerta abierta en el firmamento, y la primera voz que oí, como de una trompeta, hablando conmigo, me dijo: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que vendrán después. Entonces, hubo relámpagos y voces, y truenos, y un gran temblor de tierra, un terremoto tan grande, cual no hubo jamás. Y la Gran Ciudad fue dividida en tres partes informes. Y cayó del cielo sobre los niños un enorme granizo. Y los niños blasfemaron contra las divinidades por la plaga del granizo porque la plaga fue sobremanera grande. Luego apareció otra señal en el cielo: he aquí el Pterodáctilo Gigante, que tenía seis cuernos y en sus cuernos ochos diademas. Y él abrió el pozo del abismo, y subió humo del pozo como humo de un gran horno, y se oscureció el sol y el aire por el humo del pozo. Después hubo una gran batalla que duró cien días y cien noches…” VII -Ponte de pie. Estas vigas cederán muy pronto. -Hakan… -Debes salir de la casa. La casa ya no es segura. -¿Dónde estabas? ¿Por qué recién regresas? -Las vigas, Ronda. Las vigas ya van a ceder. -¡No te vayas! ¡Hakan! -Debes refugiarte ahora. Allá, ve con los demás. -¡No! ¡Mis piernas! ¡No puedo! -La Araña Negra se acerca a nuestra casa. Tú y el bebé deben irse. Aquí no están a salvo. -¡Hakan! -El bebé, Ronda. En él vivo yo. VIII DURANTE MUCHOS AÑOS LA CAPITAL QUEDÓ CUBIERTA POR UNA TELA DE ARAÑA GIGANTE. De aquella antigua casa sagrada tan sólo permanecieron en pie los monolitos y un pasaje secreto que conducía a las profundidades. Allí, en unas cavernas heladas, se ocultaron unos pocos sobrevivientes, en su mayoría niñas y pequeños ancianos: Todas las noches, un impúber de la alta clase sacerdotal alzaba un báculo de oro y hablaba del espíritu combativo que los niños debían cultivar durante los tiempos cruentos, entre vítores presagiaba gloria y la muerte de la Araña Negra. -¡Es hora de reordenar el mundo! –proclamaba a viva voz–. ¡Nuestro mundo! IX Poco a poco los niños ancianos dieron paso a los jóvenes, los jóvenes a los más jóvenes y así fueron dos, y tres, y después llegaron siete más, y un día fueron mil los que llegaron. Vino uno, El Grande, y habló con el Sabio, y el Sabio le escuchó, como así le escucharon las castas más ricas y las que eran humildes. Todos sellaron el pacto. Y el pacto era un pacto de sangre. Pronto se movieron: primero se movieron en forma de halcón, y siendo halcones pudieron ver con la agudeza del ave. Luego se movieron como la serpiente, y siendo serpientes olieron con sus lenguas de serpientes, reptaron sobre la tierra como las serpientes. También fueron osos, osos inmortales, y encabezados por El Grande salieron de sus cuevas porque la Araña Negra dormía donde no se les estaba permitido. Y así empezó todo. Con una gran tempestad. Con las voces de los vivos y de los muertos. Empezó así la sorpresa y la Araña Negra enfureció. Y devastó do ya devastado. Y hundió do ya hundido. Pero los osos habían emanado de las profundidades, y eran cien y mil, y mil más cien mil, y El Grande hizo que sonaran las trompetas, que los osos domeñaran a la Araña Negra con su fuerza. Y la Araña Negra cesó de hundir, cesó de devastar, cuando El Grande fue también oso y saeta y la Araña Negra cayó, y hubo júbilo. Y así se fue la sombra, pues era ya el nuevo tiempo. X A mí el oficio de tallador me fue traspasado por mi padre. En aquella época, cuando la Araña Negra asoló, yo todavía no había nacido. Pero mi abuela me contó la historia de su hermana, y en su historia hablaron las voces de todos mis antepasados. Yo escuché sus palabras, las memoricé, y es ahora cuando las repujo en las Tablas del Testimonio: “Aquí comenzaremos la antigua historia de los Niños. Aquí escribiremos, comenzaremos el antiguo relato del principio, del origen, de todo lo que hicieron en la Ciudad de los Niños. Aquí recogeremos la declaración, la manifestación, la aclaración de lo que estaba escondido, de lo que fue iluminado por los Constructores, los Formadores, los Procreadores, los Engendradores. He aquí el relato de cómo todo estaba en suspenso, todo inmóvil, todo silencioso, todo vacío, en el cielo, en la tierra. He aquí la primera historia, la primera descripción. Primero nacieron la tierra, los montes, las llanuras; se pusieron en camino las aguas; los arroyos caminaron entre los montes…” Copyright 2002 Salvador Luis Salvador Luis (Perú, 1978) Nació en Lima y cursa estudios de dirección de cine en la Universidad de Miami. En 1996, su relato El Bodrio obtuvo el primer premio en los Primeros Juegos Florales de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Ha sido editor de Miambiance, publicación de humanidades en inglés del Miami-Dade Community College, y es fundador y director de la revista electrónica de literatura LOS NOVELES (www.losnoveles.net). Su obra inédita abarca, hasta el momento, los libros de cuentos: Eslabones, La circunferencia, Miscelánea o el libro geminiano y Antologado y acabado. También es autor de guiones cinematográficos. Sitio web: www.salvadorluis.net Cecilia Vetti La Rusa Cuando tío Hilario era un viejo que sólo esperaba a la muerte, supe que siempre nos habíamos mentido. Aunque solía guardarse todo para sí, a veces hablaba conmigo. Hablaba de sus tiempos juveniles, del trabajo en la fábrica, de sus luchas en el partido socialista. Miraba el ayer como si lo estuviera tocando mientras sus ojos se iluminaban; pero siempre evitaba hablar de la Rusa. Era la mujer más hermosa que conocí. La vi sólo una vez, lavándose en el amplio piletón del patio. Fue el día en que Hilario la echó de la casa. “ Por querer alborotar a los chicos ” había dicho. Era una tarde de mucho calor. Las piezas hervían bajo los techos de chapa. A la hora de la siesta, ella salió del cuarto para refrescarse en el piletón. Ninguna de las mujeres estaba en el patio. Con el pelo rubio cubriendo sus hombros y su piel lechosa donde se adivinaban las venas azules: parecía una diosa. Se bajó la blusa dejando al descubierto sus pechos erguidos. Dejó que el agua le corriera por el cuello hasta mojarle enteramente el vestido. Era una estatua desnuda en el patio soleado. Cuando vio que la estaba mirando, empezó a cantar en un idioma distinto. Un idioma dulce que sabía a tierra extraña. Estábamos absortos, como si el tiempo se hubiera detenido. Uno en los ojos del otro. Yo temblaba. Ella tomó una de mis manos y la colocó sobre su pecho. Su piel era tan suave como la imaginaba; ese perfume especial sabía a jazmín y a noche estrellada. Me retiré unos pasos asustado, la mujer me sonrió. Era la mujer que mi tío escondía en la pieza. De pronto, apareció doña Arminda y se puso a gritar como si hubiese visto una aparición maléfica. La Rusa se tapó los pechos y abrió grandes los ojos azules. Era la única forma que tenía de defenderse. Tío Hilario llegó un rato después, cuando todo el patio era un alboroto. La Rusa estaba en el suelo, empujada por las otras mujeres que no dejaban de patearla. Me tiré sobre ella para aliviarle los golpes. Sentí las manos de mi tío levantándola, como quién levanta a un perro apaleado. Ella lloraba y le decía cosas que nadie podía entender. La puerta de la pieza se cerró para las indignadas mujeres de la casa. Cuando quise hablar, mi madre me pegó una bofetada. Por mirón - dijo Esa tarde quedó en mí para siempre. Cada noche, al volver a soñarla, su recuerdo se agigantaba hasta dolerme. Al anochecer mi tío salió con ella amparándose en las sombras y nunca más volvimos a verla. - Tío, la Rusa tenía calor. Es mentira lo que dicen esas viejas.- dije mordiéndome los labios. - Es demasiado grande para estar alborotando a los chicos mirones como vos. Ahora se fue lejos. Le di suficiente plata para que se tomara el primer barco.- dijo mientras cerraba la puerta con violencia. Se volvió más parco, apenas miraba a los otros cuando volvía del trabajo. - Se está volviendo loco por esa mujer - comentaban las vecinas. Los hombres de la casa se quedaron con la nostalgia de esa belleza extraña que nunca les había pertenecido. Cada tanto, llegaba un sobre dirigido a tío Hilario, las mujeres secreteaban por lo bajo. El lo escondía debajo de su chaqueta y no hacía ningún comentario. Ya muchacho, la pregunta se me pegó en los labios ¿ Y la Rusa, tío ? - No le dije que se fue lejos, muy lejos. Era una mala mujer. Y usted no me debe preguntar más por ella. ¿ Me entiende? - No me diga eso , ella era una diosa. Nunca más vamos a conocer una mujer así. ¿Son de ella las cartas que recibe? - Eso no le importa, mocoso impertinente. Usted no sabe nada de la vida. Hay mujeres que solo sirven para desgraciarlo a uno. - Pero la Rusa era buena. Ni siquiera se dio cuenta de que la estaba mirando. - No tenía que haber salido al patio en la hora de la siesta. Y menos cuando yo no estaba. Las otras sabían de donde venía. Yo no debí traerla. Y no se hable más del asunto. Me hice hombre sin poder apartarla de mis sueños, y una angustia muy íntima me llevaba a preguntarle por ella. - Tío, lo noto un poco triste. ¿ No supo nada de la Rusa? - ¿ Para qué querés saberlo? - No sé, ni yo mismo lo sé. Los años pasaron, y la pregunta quedaba flotando en el aire cada vez que nos veíamos. Hilario estaba viejo, reclinado en su sillón fumaba un pequeño cigarro. Se lo veía vencido. Quizás había llegado el momento de la verdad. Un algo compartido me ligaba a ese hombre solitario. - ¿ Y la Rusa, tío? - Mire que le picó fuerte el bichito de la Rusa. Usted ya es un hombre grande, casado, con hijos. ¿ Para qué quiere saberlo? - No sé, no sé - le grité sin poder contenerme. - El se quedó un rato callado, después, me miró directamente a los ojos y habló con palabras entrecortadas: - Ella murió en Bahía Blanca, en un burdel de mala muerte. Esas mujeres mueren jóvenes. Fue una lástima, pudo haber sido tan distinto. Quizás, si usted no la hubiese mirado. Yo la quería tanto, pero fui demasiado cobarde para defenderla y la dejé abandonada en cualquier esquina. Ahora, ya sabe la verdad.- dijo sollozando. Tío Hilario se quedó sentado mirando el humo de su cigarro. Un suspiro hondo lo fue ganando, mientras la muerte con sus ojos huecos lo vigilaba de cerca. Era verano, un verano manso que no agobiaba. Me acurruqué en el escalón de la entrada, la dureza del mármol me dolía como una culpa. Miré la calle: casas pintadas de colores vivos: rojos, verdes, amarillos. La Boca soñaba un sueño sin pausa, como el de todos los cuadros. Cerré los ojos: imaginé a la mujer rubia lavándose en el piletón: toqué su piel blanca y besé sus labios húmedos. Ya la noche era una certeza; me quedé raspando las raíces del recuerdo. A lo lejos, sonó la sirena de un barco. Habrá sido eso, justamente eso, lo que hizo que me pusiera a llorar como un chico. (c) Cecilia Vetti La autora es argentina, el cuento pertenece al libro "La soga del tiempo". ---------------------------------------- Alan Miranda A Mudança Todo fim de ano eu odeio. Odeio mesmo. Quer dizer, não odeio, odeio. É que tem coisas que não me descem no fim do ano. Primeiro é ter que comprar roupa. Usar dinheiro para isso me dá até gastura. Eu até gosto de comprar. Mas fui criado por vó, e, até hoje, se mãe e amadas não derem roupas para mim, meu Ano Novo é com uma boa e velha sandália, de short,tomando um copo de leite ou refrigerante, olhando para o céu e falando em voz alta com Deus sobre questões que só mesmo eu e ele entendemos, sendo que, o dialógo, sou eu perguntando e ele respondendo com aquele silêncio próprio de Deus, apesar de ter sempre um maluco que diz que já o ouviu. A mim, Deus não diz nada. Principalmente na virada do Ano Novo . E se diz, eu não consigo ouvir. Geralmente eu pergunto:·E aí? Que é que eu tô fazendo aqui, de sandalhas, copo de leite e visitas falsas pulando de alegria na minha sala?Silêncio. Entenda-se silêncio como o som de muitas bombas e muita gente bêbada se abraçando. Ah, como odeio isso! Todo mundo se abraçando! Qué qué isso! E eu vou passando entre as pessoas para ir mijar e me esconder no banheiro, a sala apertada, cheia de gente, eu sem graça, sem saber para onde olhar, passando entre aquele povo todo de branco. Eu também tô de branco. Claro! Minha mãe e amadas me engoliriam se não usasse. As sandálias elas deixaram, mas mesmo de short, tenho que estar de branco. Eu que vestisse preto ou coisa parecida. Morreria na hora. Ou elas morreriam.Como eu odeio as mulheres da minha vida! Por que elas tem quer ser tão metódicas, burocráticas, burras e amáveis comigo? Não vêm que sou um intelectual que deplora os rituais de passagem ocidentais?· Isso é viadagem!E ora vejam o que me dizem! Elas se hipnotizam com as propagandas do mercado, deixam a casa toda colorida, as pessoas de quem falamos mal o ano todo começam a nos abraçar e beijar (aaargh!), minhas cadelas são presas para não atrapalharem essas mesmas pessoas odiadas que gastam metade do salário usando roupas que nunca mais usarão, e que prometem coisas que nunca irão fazer, sem falar das flores na praia, da moeda no bolso para ganhar dinheiro, do arroz jogado em casa. E eu que estou de viadagem...Aí eu olho para cima e me queixo com Deus:·Veja você! Me fez nascer inteligente e cético em Salvador, filho de uma católica-espírita-filha-de-santo! Isso é sacanagem! ·Ihh, Alan, parece que bebe!Eu? beber? Já não basta ter que lidar com a embriaguez que é esta realidade? Estou em um recinto onde as pessoas jogam arroz cru no chão ao invés de guardar para comer! E ainda acham que pareço que bebo!E fica todo mundo em volta de mim:· Relaxa, Alan! · Me dá aqui esse copo de leite, rapaz!· Me abraça, meu amigo! · Eu te amo, meu filho. Eu te amo, môzinho. Feliz Ano Novo !Merda...Que fazer? ...Sou feliz, admito. Pronto.Feliz Ano Novo ... O que é isso? O que é isso para mim! Sei que nada vai mudar, sei que seremos e continuaremos a mesma merda de sempre entre o dia 31 de dezembro e o dia primeiro de janeiro. E que de fevereiro até novembro esqueceremos todas as promessas feitas.Mas...Vá lá:Feliz Ano Novo , leitor.É bom ser humano, né?E imperfeito, e idiota,e, às vezes, feliz.Divirtam-se, divirtam-se mesmo,nesta virada para o coisa nenhuma. Alan, o Miranda. autor: Alan Miranda é ator e professor de teatro.
 
 
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