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Estás aquí:  Inicio >>  Sociedad >>  La culpa no es del chancho, por Luis Buero
 
La culpa no es del chancho, por Luis Buero
 

Desde La Ilíada hasta los ciclos televisivos "indiscretos", siempre hubo un
poeta interesado en narrarnos "la verdad de la milanesa". Son los
mensajeros literarios del "radio pasillo" que se encargan de registrar lo
que nadie se animó a decir, las llamadas biografías no autorizadas. Son los
fabuladores de "estómago resfriado" que revelan diarios íntimos de las
grandes personalidades con las que convivieron.
(Buenos Aires)Luis Buero




Desde La Ilíada hasta los ciclos televisivos "indiscretos", siempre hubo un
poeta interesado en narrarnos "la verdad de la milanesa".  Son los
mensajeros literarios del "radio pasillo" que se encargan de registrar lo
que nadie se animó a decir,  las llamadas biografías no autorizadas. Son los
fabuladores de "estómago resfriado" que revelan diarios íntimos de las
grandes personalidades con las que convivieron.
A la mayoría de la  gente no le importa conocer qué estrategia utilizó
Clinton para disminuir el desempleo, pero le encantaría presenciar algún
video interno de la Casa Blanca en el que se lo muestre dándole "clases de
clarinete" a Mónica Lewinsky.  Tampoco queremos saber cómo fue que de la
teoría de la relatividad que propuso Einstein, el pensamiento científico
derivó sus conjeturas en la fórmula de la bomba atómica, pero tendría un
rating bárbaro presenciar cuando el despeinado genio le daba una buena
felpeada  a su señora. 
Y esos textos que murmuran informaciones que nunca se van a estudiar en las
escuelas, se venden como paraguas durante el diluvio universal. Nos da
bronca ver la cascada de dinero que reciben esposas abandonadas, custodios
despedidos, secretarias separadas del cargo y  chóferes alejados del
embrague de la limusina oficial, cuando se deciden a "buchonear" hasta el
color del papel higiénico que utilizaban sus jefes.  La  pregunta no es
porqué estos Judas golpean la mano de quién alguna confió ciegamente en
ellos, sino a qué se debe que millones de seres  compremos sus libros y
volvamos a darle de comer al chancho. Busquemos respuestas.
Hay un chiste muy difundido que nos cuenta que un niño pequeño oye gemidos y
jadeos que provienen de la habitación de sus padres, entonces extrañado se
acerca a la puerta de ese dormitorio, en puntitas de píe espía por el ojo de
la cerradura y ante el espectáculo que observa piensa: "Y después me
critican porque me meto los dedos en la nariz".
Creo que allí está una de las primeras razones por la cual nos seduce la
intimidad ajena. Porque al igual que en aquel triángulo amoroso que
formábamos al nacer con papá y mamá, hubo momentos "ocultos" en el que
nosotros dejamos de ser la estrella, su majestad el bebé, y fuimos el
tercero excluido. Pero también hay un aspecto histórico: desde las épocas
del juglar los públicos masivos tuvieron preferencia por las caricaturas,
las baladas procaces, los versos maliciosos, el humor intencionado, el
teatro escandaloso, la noticia del crimen sangriento.  Su difusión nos
permite bajar del pedestal a seres que nos hacían sentir inferiores por su
espectacular condición en algún aspecto de la vida. La calumnia que
premiamos resulta ser entonces una represalia simbólica y catártica,   y nos
vamos a dormir absurdamente tranquilos sabiendo que aquel alpinista ciego
que escaló el Himalaya con un solo pie,  sin embargo no sabe cortar bien una
albóndiga de pollo.

Luis Buero es escritor y profesor en varias instituciones. Ver más datos
en Galería de escritoras y escritores, Galería de Imágenes.
 
 
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