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Desnacer, por Luis Buero
 

Al cumplir cuarenta años un hombre decidió Desnacer. Que significa esto,
pues bien, entendió que su presencia en el planeta carecía de sentido, que
ya se le había pasado el tiempo de triunfar en la vida. No podía soportar la
sensación de haber quedado fuera del camino. Como no he podido ser alguien
será nadie, pensó entonces. Claro que para ser nadie, o Nada, tenía que
suicidarse, idea poco práctica que solo serviría para hacer sufrir a sus
seres queridos, porque ciertamente no podría eliminar con ese acto el
recuerdo de su derrota social de la memoria de sus contemporáneos y
descendientes. Al contrario, sería un perdedor inolvidable.
 

Desnacer

Al cumplir cuarenta años un hombre decidió Desnacer. Que significa esto,
pues bien, entendió que su presencia en el planeta carecía de sentido, que
ya se le había pasado el tiempo de triunfar en la vida. No podía soportar la
sensación de haber quedado fuera del camino. Como no he podido ser alguien
será nadie, pensó entonces. Claro que para ser nadie, o Nada, tenía que
suicidarse, idea poco práctica que solo serviría para hacer sufrir a sus
seres queridos, porque ciertamente no podría eliminar con ese acto el
recuerdo de su derrota social de la memoria de sus contemporáneos y
descendientes. Al contrario, sería un perdedor inolvidable. Necesitaba
buscar otra solución, no haber existido nunca. Para ello visitó a un
maestro Yogui. El hombre le rogó entonces que lo transportase (a él o a su
imagen) a través de un viaje astral, es decir a través de la mente, al
lugar, día y hora en que sus padres lo concibieron. Yo debo entrar en ese
conventillo afirmó excitado el hombre. Necesito sorprenderlos, evitar el
acto sexual, interferir, impedir su amor. Y agregó, así ahorraré ese
instante inútil de la historia, y con él, toda mi vida de un plumazo. No
puedes haber fracasado, porque el fracaso es una ilusión, como lo es también
el éxito, y todos los actos de tu personalidad, insistió el Yogui para
detenerlo. Y luego puntualizó, te costará mucho entenderlo pero debes saber
que todo lo que nos ocurre en la vida es siempre lo mejor que nos puede
pasar. Pero el hombre era un ser inconsolable y estaba decidido a
desnacer. Ante solicitud tan desmesurada, el Yogui comprendió que se trataba
también de una prueba personal a sortear y aceptó ayudarlo. La luz de tu
vela no está aquí para iluminarse a sí misma le recriminaban en pleno
corazón sus antepasados y el Yogui supo que debía acompañar al hombre hasta
el final de su loco camino. Así fue que lo transportó a un sitio muy
pobre, cuarenta y un años antes en el tiempo, y lo instaló frente a la cama
de sus padres. Con indescifrable emoción el hombre los vio jóvenes,
abrazados, soñando desnudos y felices a su futuro hijo. Reconoció la
habitación de su infancia, el empapelado con flores, los muebles robustos,
los cortinados tejidos a mano. El Yogui le transmitió la orden ¡ ahora
grita! ¡ Grita y sorpréndelos! ¡ Grita y no se amarán!... Pero el hombre
sintió miedo, terror de ser nada, y con lágrimas y jadeos permaneció en
silencio. A su mente que vibraba pidiéndoles perdón por haber fracasado, le
respondió el murmullo de sus padres, que solo ansiaban tener un hijo que
fuera feliz. Nada mas que eso ¡Rápido, grita cuánto antes! Ya casi no
puedo retener tu imagen repitió el Maestro. Sus padres vieron un chispazo,
pensaron que pronto llovería y se besaron con más intensidad. El hombre
apareció acurrucado frente al Maestro y llorando se aferró a las piernas de
éste. Se fue calmando de a poco. Luego se pararon, hombre común y Yogui
quedáronse mirando un rato, luego el Maestro le regaló una sonrisa infinita
y lo despidió para siempre. Mirando caer en llamas el último sol de la
tarde, el hombre recordó las palabras del Yogui durante el abrazo de
despedida: "recuérdalo hermano, tu eres el único en el mundo, el único, que
pidió nacer".

(c) Luis Buero

Datos del autor: en Galería de escritoras y escritores.

 
 
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