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Estás aquí:  Inicio >>   Entrevistas- noticias culturales-histórico >>  El laberinto del pecado, novela del escritor boliviano Víctor Montoya
 
El laberinto del pecado, novela del escritor boliviano Víctor Montoya
 

Quien quiera conocer la literatura latinoamericana debería leer esta novela, profundamente humana y de gran calidad literaria.
Víctor Montoya (Buenos Aires) Araceli Otamendi El laberinto del pecado Víctor Montoya novela Dice Carlos Fuentes en su libro “Geografía de la novela”: “La geografía de la novela nos dice que nuestra humanidad no vive en la helada abstracción de lo separado, sino en el pulso cálido de una variedad infernal que nos dice: No somos aún. Estamos siendo. Esa voz nos cuestiona, nos llega desde muy lejos pero también desde muy adentro de nosotros mismos. Es la voz de nuestra propia humanidad revelada en las fronteras olvidadas de la conciencia. Proviene de tiempos múltiples y de espacios lejanos. Pero crea, con nosotros, el terreno común donde los negados pueden juntarse y contarse las historias prohibidas por los negadores”. El libro del escritor boliviano residente en Suecia, Víctor Montoya, “El laberinto del pecado” es la novela de un adolescente, una figura mítica del imaginario más cercana a nosotros, lectores, en esta época. La estructura abierta del adolescente hace que éste cuestione el mundo que lo rodea. El protagonista, Manuel Ventura, es un adolescente boliviano que vive una historia de amor con la empleada de la casa. Desde el inicio los personajes saben que no viven en el mejor de los mundos posibles y que el de ellos es un amor destinado al fracaso. Esta historia se entrecruza con la del grupo de estudiantes compañeros de escuela del protagonista y el episodio sórdido de una violación que protagonizan algunos de ellos. Todo eso va configurando la trama de la novela. El descubrimiento del amor, la iniciación sexual y al mismo tiempo el despertar del protagonista nos acerca la belleza y también la fealdad de un mundo que parece detenido en el tiempo. El autor le agrega imaginación a la realidad creando climas a veces mágicos, al borde de lo onírico. El trasfondo del libro es la vida en un pueblo de Bolivia, que podría ser la de cualquier pueblo de Latinoamérica y el contraste entre las clases sociales. Mediante otra lectura se puede ver también la situación de la mujer en algunos lugares de Latinoamérica para no decir el Tercer Mundo, donde todavía, la mujer es denigrada, reducida a objeto sexual, acosada, maltratada, obligada muchas veces a prostituirse para sobrevivir. Cuando no se puede elegir, cuando no existen las posibilidades de la educación para que alguien pueda trascender su destino, el hombre o la mujer quedan condicionados por él. Llámese destino al lugar de nacimiento o condición social. Podemos situar a Víctor Montoya, autor de los libros “Entre tumbas y pesadillas”, “Cuentos de la mina”, “Huelga y represión”, “Días y noches de angustia”, “El eco de la conciencia”, “Palabra encendida”, “El niño en el cuento boliviano” y también director de las revistas literarias PuertAbierta y Contraluz , como un escritor hispanoamericano. Los escritores de Iberoamérica, dice Carlos Fuentes, nos proponen una contribución propia de la literatura. “El laberinto del pecado” es una novela lírica, una contradeclaración al mundo que ejerce la crítica de la vida, ya que según dice George Steiner, lo que está expresando una novela es que las cosas podrían ser, han sido o serán diferentes y como dice Carlos Fuentes, no habrá más realidad humana si no la crea, también, la imaginación humana. Una nación pierde el habla cuando sus escritores desaparecen, dice Carlos Fuentes, y al perder el habla han perdido la imaginación. ¿Qué le proporciona un escritor a su nación?, pregunta Fuentes. Lo mismo que se exige a sí mismo: imaginación y lenguaje. Dos cosas que a “El laberinto del pecado” no le faltan. Hay un equilibrio en la elaboración de los personajes, los climas, la trama y el lenguaje. Nada de eso ha sido descuidado. Aparecen en el libro elementos que podríamos atribuir a la literatura fantástica si la novela no transcurriera en Bolivia: el Tío y la China Supay, por ejemplo, símbolo de dioses, diablos y dueños del interior de las minas. Creencias que se podrían comparar a las que rescata la escritora argentina Lucía Mercado en su libro “El gallo negro, vida, pasión y muerte de un ingenio azucarero”: el Familiar, la Barchila o el Hombrecito sin Cabeza, muy arraigadas en el interior de la Provincia de Tucumán y que pueden resultar supersticiones en el habitante de Buenos Aires o de otra gran ciudad. También algunos episodios misteriosos, le otorgan a la novela un clima especial. La función de la novela es decir algo que no se puede decir de otra manera. Detrás de toda novela se esconde una verdad. En esto coinciden Mario Vargas Llosa, con su ensayo “La verdad de las mentiras” y también Carlos Fuentes. Pienso que quien quiera incursionar en la novela latinoamericana para conocer algo de Latinoamérica y de su literatura debería leer también esta novela profundamente humana y de gran calidad literaria.
 
 
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