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Estás aquí:  Inicio >>  Cuentos, poemas, relatos >>  Renato Da Silva, Salvador Luis
 
Renato Da Silva, Salvador Luis
 

¿Cómo me iba a imaginar que el tiempo sería tan efímero?...

Renato Da Silva © Salvador Luis ¿Cómo me iba a imaginar que el tiempo sería tan efímero?... Renato se abotonó la camisa y luego pasó a la habitación contigua, ahí había un elegante canapé verde olivo que notaba por primera vez. Tomó asiento en él y corroboró que no era solamente bello sino también muy blando; si hubiera tenido que escoger el lecho de su muerte, Renato hubiera deseado que fuese tan placentero como ese dichoso canapé. Desde hacía cinco años, siempre a principios de agosto, Renato se entrevistaba con el dueño de ese mueble con la escrupulosidad de un recaudador. Había adquirido la costumbre a raíz de una lastimosa historia que su mujer le narrara una noche de invierno. Renato temió acabar sus días desvestido en un cuarto extraño y con el sexo rígido al igual que su vecino, el hombre del bisoñé castaño. Se le erizaban los pelos cuando imaginaba que por algún descuido podría sucumbir al lado de una dama de la vida como aquel personaje antiestético. Él no era un cualquiera. Él era Renato Da Silva, ingeniero petroquímico, y ninguna meretriz malhablada iba a exponer ante las autoridades que el coito iba de maravilla hasta que él comenzó a sentir una punción en el brazo, otra en el pectoral izquierdo y después... No, una ignominia semejante jamás se había presentado en su árbol genealógico. La espera fue larga. El dueño del canapé no aparecía. Tradicionalmente estas visitas no duraban más de cuarenta y cinco minutos, una hora si es que platicaban del matrimonio de uno de sus hijos, de las acciones de la corporación de moda, de alguna aventura pasajera. Renato ya se sabía de memoria la decoración del consultorio. Ahí estaba el nuevo canapé verde olivo, frente a este la mesita de centro que fungía de hemeroteca donde descansaban varias publicaciones quincenales y mensuales, la mayoría dedicadas a la ciencia, otras cuantas a la pesca. También se dejaba notar el escritorio de caoba y su silla giratoria de cuero, el librero con obras de Verne y Balzac, el armario que guardaba las muestras médicas, los diplomas hipocráticos y tres réplicas enmarcadas de litografías de M. C. Escher, siendo la más sugestiva una en la que se representaba el ciclo de vida de un lagarto. Cada vez que venía, Renato observaba el dibujo estupefactamente, le encantaban las matemáticas de los trazos, los detalles mínimos: la evolución de un animal desde la nada hasta el ápice de su vida y luego de vuelta al tiempo cero. El dueño del canapé lo despertó de la introversión. “Siempre esos reptiles”, dijo con tono paternal. Renato continuó ensimismado en el grabado. “Es sorprendente cómo toda una existencia puede ser plasmada en un espacio tan pequeño. ¿No te parece?”. “Tienes razón”, manifestó Renato, a la par que examinaba la piel escamosa del cocodrilo mayor, “no creo que nadie más pueda igualar algo como esto.” Luego ambos se sentaron en sus respectivos lugares, Renato en el canapé y el dueño en la silla giratoria; por un instante, no hubo más que un incómodo silencio. - ¿Y cómo está Flavia? - Muy bien, como siempre. Tú la conoces, le encanta estar metida en su jardín. - Esa es una gran cualidad. Siempre he dicho que Flavia es una mujer como las de antes, de su casa. En cambio Mariana, si no visita todos los centros comerciales de la ciudad en un día, es simplemente porque le faltan manos para cargar todos los zapatos que compra. - Así son las mujeres, hombre. Tampoco pienses que la mía es un pan de Dios. Rieron al unísono, como cuando se encontraban en reuniones y sorbían vino blanco; a pesar de ello, la habitación todavía estaba caldeada de un aire impropio. - Tardaste mucho. ¿Hubo algún problema? - No. Sólo estaba poniendo en orden un par de cosas, haciendo una llamada. Renato asintió con la cabeza. - Mira, Renato, yo... - ¿Sí? - Voy a tratar de ser lo más franco posible. Es lo mejor para los dos. - Está bien, te escucho. - Hace un rato, cuando te ausculté, me di cuenta de que no te queda mucho tiempo de vida. - ¿Qué? - Estás a punto de morir y no hay nada que pueda hacer para evitarlo. - Pero... ¿Cómo es posible? Si yo me siento bien. No tengo ningún padecimiento. Ningún... Nada. - Por favor, no hagas esto más complicado de lo que es. Comprendo lo que debes estar sintiendo, pero tienes que ser fuerte. Hazlo por Flavia, Renato. Ella no te puede ver así. - De Flavia me puedo preocupar más tarde. Primero quiero, no, exijo que me digas por qué no me avisaste antes. Algo así no se presenta de un día para otro. Nunca me previniste. - Cálmate, Renato. Mantén la cordura. - ¡Cómo diablos quieres que me calme! Me acabas de decir que me voy a morir, sabe Dios de qué, porque ni siquiera has tenido la delicadeza de participármelo, y encima quieres que esté tranquilo. Yo pensaba que eras un profesional, hombre. ¿Dónde quedó tu ética? De pronto, una enfermera abrió la puerta del consultorio y dejó pasar a una señora excitada sobre manera. - ¡Vine lo más rápido que pude! ¡Renato, cuando me dijeron que! - ¡Ya, Flavia! ¡Deja de llorar, yo me siento bien! - Pero... - ¡Nadie se va a morir, mujer! - Renato, como tu cardiólogo, te recomiendo que no desestimes mi diagnóstico. Ya no te queda mucho. Despídete de tu esposa que para eso la he llamado. - Yo no sé qué cosa te pasa, pero te juro que me has colmado la paciencia. ¡Ahora mismo me explicas toda esta barrabasada o te demando por daños y perjuicios! - ¡Renato, no te pongas así! ¡Al menos vive tus últimos momentos en paz! - ¡Tú me quieres ver muerto de verdad, no, mujer! - Sólo te queda un minuto de vida, Renato, por favor. Como tu médico, te... ¿Cómo me iba a imaginar que el tiempo sería tan efímero? Un minuto de vida y contando, una litografía de M. C. Escher donde un cocodrilo pequeño va creciendo paulatinamente, va viviendo, escalando un libro, subiendo una rampa, exhalando un suspiro en el punto más alto de un poliedro, sólo para arrojarse y caer en la hoja de una libreta abierta, para fenecer en el fondo de una ciénaga de papel. ¿Cómo iba?... Ni siquiera dijo adiós, después de sesenta épicos segundos, Renato se dejó vencer sobre el canapé verde olivo, cayó bruscamente, como si una tijera le hubiera cortado las alas. Copyright 2001 Salvador Luis de La circunferencia Salvador Luis (Perú, 1978) salvadorluis@salvadorluisSalvador Luis (Perú, 1978) Nació en Lima y cursa estudios de dirección de cine en la Universidad de Miami. En 1996, su relato El Bodrio obtuvo el primer premio en los Primeros Juegos Florales de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Ha sido editor de Miambiance, publicación de humanidades en inglés del Miami-Dade Community College, y es fundador y director de la revista electrónica de literatura LOS NOVELES (www.losnoveles.net). Su obra inédita abarca, hasta el momento, los libros de cuentos: Eslabones, La circunferencia, Miscelánea o el libro geminiano y Antologado y acabado. También es autor de guiones cinematográficos. Sitio web: www.salvadorluis.net
 
 
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