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Estás aquí:  Inicio >>   Entrevistas- noticias culturales-histórico >>  El silencio en Skärgården por Víctor Montoya
 
El silencio en Skärgården por Víctor Montoya
 

El silencio en Skärgården Víctor Montoya El día que decidí conocer Skärgården, la región más hermosa del archipiélago estocolmense, tenía la predisposición de salirme del tiempo y el espacio, y vaciarme en la nada, con la intención de encontrarme con mis silencios y con una naturaleza que rompe el orden establecido por una sociedad hecha a golpes de horarios y leyes. Así, una tarde de verano ardiente, la mochila al hombro y un equipaje que contenía lo estrictamente necesario, me dirigí hacia el muelle donde estaba el yate presto a transportarme a lo largo de un canal, que se abría formando un brazo lleno de islas, bosques y aves. El yate, sin ser demasiado grande, parecía una caseta flotante de popa a proa; tenía cocina a gas, dormitorio, comedor y hasta un espacio donde los tripulantes podían moverse sin dificultades. Al cabo de izar las velas, en procura de apresar el viento que me daría el impulso y la dirección, me sentí como un marinero cuyo único temor era perder las agujas del sextante en medio de una naturaleza dominada por la soledad más absoluta que imaginarse pueda. De pronto, el yate zarpó entre una brisa que jugaba con las olas, mientras una bandada de gaviotas graznaba en el aire y un conjunto de patos silvestres desfilan por delante de la proa. Me senté en la popa, aferrado al timón y, sin ser maestro en las ciencias de navegar, conduje el yate sobre las aguas azulinas de un hermoso canal, donde no hacía falta controlar a cada instante la brújula ni el sextante para determinar la ruta que debía tomar Estando a mar abierto, el yate avanzó viento en popa, en tanto yo miraba la profundidad tenebrosa que me provocaba vértigos y escalofríos, recordándome la trágica historia de los navíos que zozobraron en alta mar, llevándose al fondo herramientas, velas, monedas, armas, máscaras de proa y las pertenencias personales de la tripulación. A ratos, cuando las olas crecían desafiantes, me acordaba del trasatlántico Titanic y del crucero Estonia, cuyos pasajeros fueron a dar en las profundidades gélidas y oscuras del mar Báltico, sin más consuelo que la muerte segura pero exasperante que, según me imaginaba, les revolcó los ojos mientras por la boca se les escapaba el último atisbo de vida. Por la tarde, después de echar las anclas en el muelle improvisado de una isla, me apeé en las rocas, pensando en que todo lo que un día viene de la naturaleza, vuelve otro día a la naturaleza, más o menos, como el aire que se aspira y se respira. El sol se hundía en el horizonte, donde se juntaban el cielo y el mar en una línea sutil e imaginaria. La noche cayó mansa, como un manto salpicado de estrellas y una luna que se alzaba como un enorme queso en las alturas. Las gaviotas, los alcatraces, las cigüeñas y los patos silvestres se recogieron a sus guaridas, unos nadando, otros volando. Al día siguiente me despertó un chorro de luz dorada que se filtró por la ventanilla de la cubierta. Me desperecé sobre la camilla angosta y salí de la bolsa térmica rumbo a la popa, desde cuyo asiento vi despuntar el alba, con ese amarillo-naranja del sol que estalla en las aguas, poniendo una raya de luz sobre las rocas y los abetos recortados contra el cielo. En esta isla de Skärgården experimenté la belleza salvaje de la naturaleza y un modo de salirse del tiempo y alejarse del mundanal ajetreo de la ciudad, donde todo está programado casi cronométricamente. En Skärgården, a mar y cielo abiertos, todo permanecía tranquilo y en silencio, como si la calma se hubiese instalado en cada cosa. No escuché más voz humana que la mía y, para mi asombro, constaté que las palabras carecían de sentido en un lugar donde la brisa y el murmullo de las aguas eran los únicos ruidos que asomaban al oído. El silencio me devolvió la calma espiritual que hacía ya tiempo la había perdido entre las costumbres atávicas de la sociedad de consumo, donde el estrés es el patrón que manda sobre la vida de los humanos. Al mediodía, cuando el sol se puso en el centro del cielo y el calor se hizo sofocante, me quité las ropas y, paseándome con aires de nudista experto, me trepé a una roca para lanzarme al agua, donde me zambullí sin más instrumentos que un cíclope que me permitía observar a los peces escabulléndose entre algas y helechos. Para experimentar esta aventura efímera no hacían falta los tanques de oxígeno, aletas, máscaras y escopetas de aire comprimido, salvo unos pulmones llenos de aire y las extremidades dispuestas a resistir los desafíos de una natación sin virajes ni contorsiones. A poco de estar sumergido en el agua, cuya belleza era tan seductora como peligrosa, me invadió una sensación de angustia induciéndome a pensar en esa muerte atroz que le persigue a cada naufrago. De modo que, a punto de expirar el último aliento de vida en medio de las olas que me arrojaban de un lado a otro, braceé con ese temor de quien ha perdido las fuerzas y esperanzas de sobrevivir a las embestidas de ese coloso que esconde sus misterios en el fondo de sus entrañas. Pero como el instinto de vida es más fuerte que el instinto de muerte, salí a flote como un corcho y me acerqué a las rocas, intentando relajarme del cansancio y despojarme del temor que se apoderó de mi cuerpo. Esa noche amainó la brisa y la mañana despertó magnífica. Levanté las velas del yate y retorné al bullicio de la gran ciudad, sin otro pensamiento que volver a Skärgården, ese lugar donde se detuvo el tiempo y la tranquilidad, y donde yo aprendí a navegar, leer la cartografía, manejar los compases y controlar el timón con una seguridad que sólo se aprende con la voluntad de quienes se echan a la mar con la predisposición de enfrentarse a una naturaleza hermosa pero en extremo peligrosa. Y, lo que es más importante, recobré la serenidad que me permitió experimentar las sensaciones más profundas de la libertad y conocer un paisaje que, sin exagerar, es un chorro de aire fresco para quien vive encerrado entre las cuatro paredes de un cuarto.
 
 
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