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Cuentos de autores latinoamericanos
 

"El retablo" del escritor mexicano Roberto Olivera Unda
E L R E T A B L O (c) Roberto Olivera Unda Se lo voy a contar a Ud., mi valedor. Se lo voy a contar, aquí en confianza. Porque algún día se lo tenía que contar a alguno. Pero, nadita me gustaría que, después de esto, me anden por ai señalando, y mucho menos que llegaran a decir: “Mira, allá va ese mentiroso”. Por eso, le repito, esto es aquí en confianza. Hace ya tanto, que me costaría mucho, pero mucho trabajo acordarme de si fue al principio, a la mitad de la revolución, o cuando ya comenzábamos a sentirnos cansados de pelear, y hasta convencidos de que lo hacíamos nomás por nomás, y no por esas tierras de sembradío que, como después me he puesto a pensar, a lo mejor nunca existieron y solamente las habíamos estado soñando. No pasaban todavía ocho días desde ese otro cuando le estuvimos haciendo harta lucha para tomar ese pueblo del que sí me acuerdo rete bien del nombre, pero que se me vuelve estropajo en la boca y se me enmaraña en la lengua cada vez que hago el intento de decirlo. Luego, se pone amargo como palo de cuasia, y mejor vuelvo a tragármelo para no seguir a ofenderme yo mismo. Figúrese nomás: Casi dos días de batalla con esos federales bien armados, con metralladoras y todo, menos cañones, para qué decir otra cosa. Una regazón de muertos que Dios guarde la hora, y la guarde bien para que nadie vuelva a ver algo como aquello. Nos valió de mucho que les caímos del cerro y ellos nos esperaban por el camino real y para allá tenían apuntadas las metralladoras. Y mientras las volteaban, pues siempre les alcanzamos a hacer un buen daño, sobre todo en lo tocante a las ganas de entrarle con fe, pues no me va Ud. a negar la verdad que encierran todos esos dichos y refranes, y allí, como en otras partes, nos abanderamos con ese de que “el que da primero da dos veces”. Y no nomás dos, hasta tres, o a lo mejor fueron cuatro las veces que les dimos hasta por debajo de la lengua el primer día, y otras tantas en la mitad del que siguió. Y cuando ya les habíamos mermado más de un tercio de su gente, y comenzaban a arrecular para el rumbo de la salida, y en la retaguardia parecían ya conejos espantados y no los soldados entrones que nos habían estado haciendo parada, en lo mero granado del fuego, cuando mas falta nos hacía, que se nos acaba de acabar el parque. Y digo así, aunque a usted pudiera parecerle mal dicho, porque lo que es a mí, y a otros muchos de los de mis alrededores, desde un día antes se nos acabó. Y como era raro el que traía un arma del mismo calibre que el de junto, pues no había modo de convidarnos un poco de parque. Pero, así y todo, no vaya Ud. a figurarse que, cuando esto nos fue sucediendo, nos hacíamos a un lado, nomás a mirar. No, señor. Mi general Fortino Malacara nos había leído la cartilla de cuerito a cuerito, y nos tenía bien advertidos. Ahora después he recibido explicaciones acerca de lo que perseguía, y le doy la razón. Pero, en aquel tiempo, sólo lo entendimos como ganas de fregar gente. Sin embargo, obedecíamos, si no por voluntad, por no recibir en la espalda uno de esos balazos advertidos, y todavía más por lo que después fueran a decir los otros compañeros, que por cobarde y correlón, o alguna cosa por el estilo. El hecho es que no nos hacíamos a un lado, y de este modo el enemigo seguía a ver a muchos disparando, aunque menos de la mitad lo hiciera deadeveras. Y ahí nos tenía usted, mero como los muchachos, con la carabina, o la pistola, apuntándoles de pura mueca como si nuestras armas hubieran sido de juguete, y hasta haciendo ¡pum, pum!, con la boca. Y si, como es muy cierto, esas faramallas y esas explosiones de saliva no servían ni siquiera para salpicarlos, de mucho nos valían contra nuestro propio miedo, pues no es lo mismo nomás andar pensando en que en cualquier chico rato le podía tocar a uno un plomazo de esos que, por un lado y por otro, nos pasaban zumbando, a tener una entretención y figurarse que uno, y no algún otro compañero, ha sido quien tumbó al pelón ese a quien se le apuntó. Pero, ya como que ando veredeando con tanta explicación. Nos quedamos en que se nos acabó de a tiro el parque. Así puede ser dicho porque los que todavía tenían unos cuantos cartuchos ya no los malgastaron, los dejaron, también por órdenes superiores, para poder valentearnos a la hora de la retirada. Sonó el cuerno. Sonó como sin ganas, no como cuando nos mandaba a írnosles encima a los pelones, y que daba gusto oírlo. Y por delante y a carrera abierta, esta vez éramos otros los conejos, aquellos que ya no teníamos parque. Y atrasito, o también le apuran o ai se arreglan como puedan, los de la retaguardia. Y en menos de lo que se lo cuento, con este alrrevesamiento de las cosas, nos hicimos otra vez del monte para podernos hacer allí perdidizos. Ya después de atole me he puesto a pensar mucho sobre estos hechos, no crea, y le aseguro que, si en esos momentos en que nos vimos sin parque hubiéramos estado en la falda del cerro, y no hasta casi la otra orilla del pueblo, pues habíamos ya sacado de allí a casi todo el enemigo, con piedras le seguimos al ataque y ellos no paran de correr. Eso habría sido lo justo porque ya teníamos retequeganado ese pueblo. Todo esto se lo conté nomás para que pueda hacerse una idea de cómo hemos de haber andado de ánimo en esos días que, como ya le dije al principio de nuestra plática, ni siquiera ocho habían pasado. Esa mañana en que sucedió esto otro que ahora le voy a contar, que para mí es lo principal, ¿cómo se me podría olvidar?, aunque después se compuso el día, amaneció nublado, triste, como si supiera lo que me iba a pasar. Yo no estaba triste, para qué decir otra cosa. Como ni me las olía, y además era todavía muy muchacho, y a esa edad uno tiene más motivos para estar contento que para ponerse triste, me la pasé chifla y chifla todo el camino. Me habían mandado en busca de los clavos, pedazos de alambre y cualquier cosa así por el estilo, que la gente de los pueblos se encargaba de juntar y nos servían para rellenar los cartuchos que también otros de ellos mismos habían recogido en las noches. En lo que toca a la pólvora, pues todavía nos quedaba un bonche allá en el campamento. Siempre nos venía sobrando porque nunca esperábamos a juntar suficientes cartuchos por las ansias de ya sacar de esos pueblos a los federales. Nuestros ataques a un pueblo volvían a ser luego luego, al otro día, o cuando más a los otros dos. Pero ahora teníamos ya casi ocho días de espera con el objeto de parquearnos bien para que no nos pasara lo mismo. Regresaríamos con menos hombres, pero mejor parqueados. Y ellos eran también ya menos. No muy lejos de ese mismo pueblo, pero no tan cerca como para pensar que pudiera haber allí fuerzas enemigas, el día soleado y el cielo todo azul, cruzaba yo un pastizal, con seguridad de una hacienda que tampoco se encontraba a unos pasos. Iba, como ya dije, bien entretenido con las tonadas que chiflaba. Eso no tiene ni vuelta de hoja. Pero, hasta la fecha, por más vueltas que le doy al asunto, no encuentro otra explicación. Fue una casualidad. ¡Una maldita casualidad! A la hacienda, para protegerla, se ha de haber dirigido esa partida de también malditos rurales con los que me topé. Como quince nada más, pero bien armados y montados, mientras que yo, aunque tampoco con las manos cruzadas, sí con la pura carga de mi revólver, que ni para el comienzo, pero eso sí, con un caballo como el de ninguno de ellos, como muy pocos de los habidos entonces en toda esa región donde mi pueblo se encuentra. ¡Ay!, mi hermoso caballo que nunca ha dejado, ni dejará, de dolerme en el alma, un alazán tostado, dosalbo, lucero en la frente, hecho a la rienda como para lucirlo en días de festividad y, por supuesto, bueno también para las faenas y por lo mismo bueno como para esto en lo que andábamos. Y dispense la necedad, pero esto de sentirse amensado era un mal de casi todos nosotros, pues también los golpes del alma atarantan, no crea Ud. Por mi parte, creo que por eso y no por la distracción de haber venido silbando, no los vi venir. No los vi tan de lejos, como se hubiera necesitado. Por poco y me les entrego, oiga usted, por un pelito de albañil no sucedió. Me valió la nobleza de mi animal. Se paró en seco y con las orejas me señaló la dirección del peligro que no era mero enfrente, sino tantito de lado. Alcancé muy bien a darle vuelta a mi caballo, vuelta y rienda floja. Y no hubieran tenido para cuándo alcanzarnos, se lo juro. No hubieran tenido para cuándo. Así de bueno era “el Catrín”, como le puse yo por lo fachoso... Pero, ¡ay!, me lo tumbaron. De un balazo en el cuadril derecho me lo tumbaron. Eso fue lo que más me pudo, valedor. Le juro que no lo hice por mí. En esas, y más de muchacho como ya le dije que era mi condición, uno ya está, desde antes, conforme con la suerte que le toque. Fue de pura rabia al ver ya inutilizado mi caballo. Inutilizado y muy lastimado, pues todavía recibió otro balazo en su pancita ya estando en el suelo. Cerré los ojos, en primera para no ver su mirada porque, para qué decirle otra cosa, me hubiera yo achicado. En segunda, para no desperdiciar nadita de ese rencor y con toda mi alma pedirle a Dios que mandara un rayo para aniquilar aunque fuera nomás al que me había baleado el caballo, al o a los que me lo mataron, corregí, porque era tonto pensar en otra cosa; ya que de tan mal herido era como si ya estuviera muerto. De haberme puesto a pensarlo, siquiera un poco, óigalo bien, mi valedor, creo que pido otra cosa y no un rayo, porque había un sol precioso, como el de casi todos los días por esos rumbos. Ni de donde sacar una nube en ese cielo tan limpio y brillante. Y mucho menos las dos que se necesitan para provocar un rayo. Y de pensarlo un poco más, voy a dar con el dicho ese de que “Dios no cumple antojos ni endereza jorobados”. Y pues creo que así ya no le pido nada. Pero se lo pedí. Un rayo. Nada más uno y ya... Así le dije. Y lo he de haber hecho con todas las fuerzas de mi alma, y para eso mucho debe haberme valido el gran cariño que siempre hubo allí, en mi alma, por ese caballo, mi “Catrín”. Hasta con los ojos cerrados alcancé a ver la aluzada. Oí también el chispazo de la centella, y por eso abrí los ojos y entonces que veo el pastizal ardiendo. Una faja de buen ancho y también de buen largo. El aire acabó de favorecerme soplando para donde estaban los rurales, y reciecito. Con todo y el buen galope de sus bestias, algo los ha de haber alcanzado a chamuscar la lumbre, como los ha de estar chamuscando en los infiernos a estas horas, si es que ya se murieron, o los va a chamuscar cuando se mueran. Entonces, con toda calma, o quizá porque, pues siempre, como que no me animaba, saqué la pistola para quitar de sufrir a mi caballo. ¡Ay! Tan hermoso él. Ya ni regresé a la bola. Y en cuanto nomás se pudo, le llevé un milagro de plata al Santo Señor de Chalma, un caballito con todo y jinete. Pero, como que no quedé muy conforme, porque el jinete de esa figurita, más que parecerse a mí, se parecía al señor Santiago. Por eso mandé a hacer el retablo. Allí sí estaban bien explicadas las cosas. Sobre todo me gustó que el pintor entendiera rete bien todo lo que le dije del caballo, y de ese modo lo pusiera en el cuadro que ya nomás relinchar le faltaba. Cosa de él, así es eso del arte según me explicó, no lo quiso pintar tirado, como en verdad fue, sino echado nada más. A mí me pintó de espaldas, apuntándole a la cabeza, esto sí tal como sucedió. De este modo compuso el cuadro de en medio y, para completarlo, como para que en la otra vida no le fuera a hacer falta que comer a Catrín, un puro pastizal de fondo. En uno de los cuadros de los lados, los malditos rurales se veían entre las llamas, como en el infierno se han de ver. En el otro lado, en lindos versos se explicaba el milagro y se hacía constar mi agradecimiento. Y para más, aparecía, al pie, un muñequito hincado que, según, era otra vez yo. Todo muy de mi gusto. Pero, lo mejor era que ese caballo, nombrado Catrín, por lo fachoso, pareciera allí ser la mera verdad. Por esa razón, después de mucho pensarlo, me rajé en lo tocante a llevar ese retablo al templo. Al cabo que no es promesa, me puse a pensar, lo de la promesa fue el milagro de plata. Ya cumplí. Mejor lo pongo en lugar de ese calendario que ya he mirado lo suficiente. Así lo hice y no me arrepiento. Para nada me arrepiento. El retablo llamaba mucho la atención en esa pared de mi cuarto, lejos del altar para que no fuera a prestarse a ningún malentendido porque, como a los santos, le puse debajo una repisa. En cuanto nomás estuvo en su lugar el retablo, esto fue ponerme a ver y ver el caballo y a llenar el aire de suspiros. Todo el tiempo que pasaba despierto en la casa lo ocupaba en contemplarlo. Yo creo que eso empezó a poner celosa a mi mujer, celos que ya no tuvieron remedio y crecieron y crecieron hasta echarla, por pura venganza yo creo, en brazos de ese otro con quien acabó por largarse. En vez de ofenderme, hasta me puse contento porque no habría ya nadie allí a quien le pareciera mal lo que yo hacía con más gusto. Pasó el tiempo y un día, tarde de domingo para más señas, “Mal haya”, llegué diciéndole a Catrín, “mejor la mujer se me hubiera muerto y no tú”. Aquella tarde había razón. Me los fui a encontrar en la feria de un pueblo cercano, ella muy estrenada y hasta con zapatos de tacón alto, cosa que conmigo no llegó a tener. Él, muy orondo llevándola colgada de su brazo. Casi me topo con ellos. Siquiera me hubiera torcido ella su boca, o hecho cualquier otro feo. O masque sea él me hubiera mirado con muina. Pero no. Como si no me hubieran visto, así pasaron. Había, pues, una buena razón esa tarde. Pero apenas a los dos días, el martes, ya sin haber visto nada, que se lo vuelvo a decir, y luego otra vez el viernes y después todos los días y no una sola vez, sino a cada rato, nomás sin el mal haya. No supe cómo, y menos todavía cuándo, ese deseo de que mejor mi mujer se hubiera muerto y no el caballo se me volvió así tan fuerte. Con seguridad había echado raíces muy adentro, porque era todo lo que yo le decía a Catrín al estar frente a él. Esto en lugar de las palabras bonitas de antes. Y no de dientes para afuera. Lo sentía, valedor, lo sentía de corazón. Tal vez por eso, aquella noche cuando me despertó el relincho me pareció lo más natural. “¿Qué le pasará a Catrín?, me dije, y ya me echaba una tilma sobre los hombros para salir a verlo. Entonces que me acuerdo. “Lo he de haber soñado”, decidí hablando en voz alta y con coraje. Como para desengañarme, sin más ni más que se deja oír un segundo relincho. Y el tercero cuando apenas encendía el quinqué. Y en cuanto nomás quedó alumbrado el cuarto, vaya Ud. a saber si una corazonada o nomás la costumbre, mis ojos buscaron el retablo y allí a Catrín, y por más que me los restregué no pude verle y en eso se oyeron los cascos y en lo que abrí la puerta el galopar que ganó la oscuridad. Quedó un silencio que, por primera vez, me enseñó lo que es de veras el silencio. Debo aclararle una cosa, mi valedor. Hasta la presente, mi mujer vive, ya no con el mismo porque hace unos años lo enterró y se buscó otro más muchacho para volver a amaridar. De regreso a lo del caballo, he vuelto a oírlo algunas noches. Nunca lo he visto, para qué le voy a decir otra cosa. Pero, entre más viejo me hago, menos duermo, y en esas horas de vela lo espero. Una de estas noches mi paciencia va a dar fruto. Quién quita y el Catrín me reciba otra vez sobre sus lomos. Y me lleve... ¡Adónde sea! Porque, ¿viera nomás cómo lo extraño? Ya no quiero ni voltear para donde está el retablo. Allí me encuentro igual de solo, balaceando ahora el suelo, como cuando se tiene harto coraje y mejor eso se hace para no matar un cristiano. Y así, pues ya ni el retablo tiene sentido. SOBRE EL AUTOR: Roberto Olivera Unda ha escrito 12 novelas, 6 libros de cuento, y 14 ensayos de más de 10 p.p. Ha publicado 1 novela (1953), 2 libros de cuento (1955 y 1956), y 11 ensayos (de 1990 al 2002). En 1953-54 asistió al Centro Mexicano de Escritores. En 1964 el cuento "Los gallos" fue publicado en Europa en 5 idiomas por la Revista "Cuadernos de París". En 1983 participó en el Encuentro de Escritores celebrado en Cuautla, Mor. y en ese mismo año leyó textos inéditos suyos en el Palacio de Bellas Artes de México, D.F. En 1987 la Escuela Preparatoria Emiliano Zapata le otorgó el premio CADES (Ciencia, Arte, Desarrollo humano) por Arte. Desde hace más de 20 años dirige un taller literario en la Casa de la Cultura de Cuautla, lugar donde reside
 
 
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