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Telos / Número 21
Incógnitas planteadas para el futuro [01-01-2000]
  Nicholas Garnham
 
ISSN :1575-9393
Aunque la radio se utilizó prime­ro para comunicación entre puntos fijos y el teléfono inicialmente se desarrolló para llevar noticias y entretenimiento musical a los hogares, hemos asistido en los últimos cien años al desarrollo de dos modelos distintos de comunicación social e industrias relacionadas, cada una basada en un sistema distinto de transmisión. Por un lado, se ha desarro­llado un sistema de radiodifusión de te­levisión y sonido de punto a varios pun­tos basándose en una cadena de emi­sores herciana, terrestre, que distribu­ye un servicio de entretenimiento, infor­mación y educación a audiencias loca­les masivas. Por otro lado, se ha desa­rrollado un sistema de comunicaciones conmutado a base de cableado entre puntos fijos que distribuye un servicio telefónico simple a abonados locales y comerciales.

Ambos sistemas compartieron, al me­nos en Europa Occidental, una regla­mentación estricta, y a veces una pose­sión de monopolio, por parte del Esta­do y del objetivo político de servicio uni­versal y público.

No obstante, las diferencias entre di­chos sistemas son notables, y para el fu­turo, más importantes que las similitu­des. En la reglamentación de radiodi­fusión que se centra en el contenido, los costes de transmisión eran bajos en re­lación con los costes de programación, el peso económico del sector dentro de la economía más amplia era insignifi­cante, la fuente de ingresos procedía no directamente del consumidor final, si­no indirectamente del Estado o anun­ciantes y el servicio se concebía para atender a una masa de familias particu­lares. En las telecomunicaciones, el contenido no estaba reglamentado y la regulación se centraba en la provisión de una infraestructura transparente que funcionaba según el principio de trans­porte común. El sector se convirtió, por derecho propio, en uno de los de ma­yor importancia económica, con un seg­mento de fabricación importante de­pendiente de él. Su fuente de ingresos procedía directamente del consumidor en forma de tarifas basadas en la utili­zación y los consumidores principales eran empresas en lugar de familias.

Ahora, un proceso de convergencia tecnológica socava esta estructura in­dustrial y de reglamentación heredada y plantea a los responsables políticos una serie de problemas difíciles con im­portantes consecuencias a largo plazo.

La fuente de esta convergencia es la introducción progresiva de capacidad de banda ancha conmutada en las re­des de telecomunicaciones. Las gran­des cantidades de ancho de banda ba­rato que el cable de fibra óptica propor­ciona se introdujeron por primera vez debido a sus ventajas de coste para la transmisión masiva de servicios conven­cionales telefónicos de banda estrecha y de datos. Pero como los costes dismi­nuyen, esta capacidad de banda ancha j se acerca más que nunca al abonado fi­nal, con operadores de red de teleco­municaciones ahora puestos en equili­brio en el umbral de fibra para el ho­gar. No obstante, el problema es que la lógica que fomenta la introducción de esta red de banda ancha conmutada es la del ingeniero de telecomunicaciones. Pero nadie ha descubierto todavía otros usos para todo el ancho de banda re­sultante que el de la provisión de ser­vicios de vídeo para el hogar. De este modo, para justificar sus inversiones, las empresas explotadoras de telecomuni­caciones desean acceder a la fuente de ingresos procedentes de la provisión de servicios de radiodifusión.

Al mismo tiempo, se desarrolla una creciente competencia para el acceso al escaso espectro, entre la radiodifu­sión y la creciente demanda de comu­nicaciones móviles. La radiodifusión de TV es un usuario particularmente voraz de ancho de banda, una voracidad que aumenta con la introducción de la tele­visión de alta definición (HDTV). En efecto, por esta misma razón, se fomen­ta la HDTV como una forma de sacar de apuros a la inversión en banda ancha. De este modo, la posibilidad de propo­ner la radiodifusión de TV fuera de las ondas hercianas se convierte en un te­ma cada vez más atractivo para los res­ponsables políticos.
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