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Telos / Número 21
Editorial. El «homo comunicante» [01-01-2000]
  Juan M. Barreiro
 
ISSN :1575-9393
Tengo que empezar haciendo una confidencia: uno de mis recuerdos infantiles más lejanos es ver a mi padre, que era periodista, sentado por la mañana con una taza de café solo ya vacía ‑pues la bebía pronto para que no se enfriara‑, con unas cuartillas en blanco delante y con una pluma estilográfica, que era un ingenio que se me aparecía como absolutamente maravilloso por su capacidad de generar garabatos (o palotes, debía pensar yo) sobre la hoja de papel en blanco, «no de tamaño folio, sino holandesa», como sabía bien de memoria, pues me correspondía ir a por ellas a la papelería muchas veces. Ese mismo sentimiento es el que me puede cuando me siento a escribir algo. Y más si sobre lo que he de escribir es sobre comunicación. Porque en aquellos años, claro, no lo sabía; pero hoy sí sé perfectamente lo difícil que era el trabajo de mi padre, pues trataba de comunicar. A mí, entonces, lo que me parecía impresionante es que pusiera tantos palotes unos tras otros, tan seguidos, tan iguales, tan alejados de los normalizados «letra inglesa o redondilla» y, sin embargo, tan bonitos. Y hecha esta confidencia, entremos en el tema que nos ocupa.

El fenómeno de la reflexión física está cargado de matices cuando pasa a ser visto en el plano filosófico. El apunte gráfico más expresivo, en mi opinión, es el del labrador trabajando, doblado sobre la tierra, vaciándose, dando sus capacidades, sacando su fuerza, desarrollando su trabajo y recibiendo de la tierra, en el ciclo vital, las cosas que necesita para seguir adelante. Una visión así ‑que, a mí particularmente, me impresiona‑ apunta un paralelismo fuerte con el fenómeno de la comunicación. Ya es, en sí, algo extraordinario (aunque nuestra costumbre de comunicarnos nos lo haga ver como ordinario) que la idea concebida dentro de nuestro cerebro haga, por hablar de la comunicación oral, moverse unos órganos que emiten sonidos y que el aire los transporta hasta unas membranas que reproducen, aproximadamente, esa idea en otro cerebro. En esencia ese es el «homo sapiens», el «homo comunicante», el que es capaz de transmitir conceptos a otros y la sabiduría común se centra en buscar un lenguaje tan preciso que esos sonidos, en nuestro ejemplo, signifiquen lo más exactamente posible lo mismo para todos. En mi interior tengo la impresión de que ese fenómeno de la comunicación, que ha caracterizado y definido al hombre, según opinión que acabo de expresar, es hoy la base en la que se asienta nuestra civilización, porque la forma más sofisticada del saber humano es su capacidad y su facilidad para comunicarlo, tanto en intensidad como en distancia. Este es el fondo de la cuestión que quería plantear en el presente editorial: El «homo comunicante» ha entrado en una era de «horizontalización» (igualdad para la adquisición de conocimientos), en la que la unidad con la que se mide es la capacidad de comunicar sus conocimientos y no su habilidad para adquirirlos, y en la que la horizontalización de los conocimientos es la manifestación más clara de que se comparten. Un ejemplo de este punto de vista puede ser el enorme proceso de igualación de resultados ante el ejercicio de mecanografiar e imprimir un texto. La buena y la mala mecanógrafa se acercan mucho si han sabido compartir el conocimiento de un PC. Otro ejemplo sería lo similares que resultan los alumnos de una clase que han realizado un ejercicio consistente en hacer operaciones algebraicas y en la que todos han usado una máquina de calcular.
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