Si hay un asunto recurrente en la historia contemporánea de los textos literarios, éste es el de la escuela, el de las vivencias infantiles y adultas en el interior de las aulas, el de las relaciones entre alumnos y maestros (léase también alumnas, maestras), entre camaradas, el de las dificultades de los aprendizajes y el de las didácticas más o menos inverosímiles... La experiencia escolar, estudiantil, es prácticamente universal, al menos en nuestro ámbito cultural, y se produce en edades tan tempranas, que difícilmente encontraremos otra que se integre de manera tan íntima, para bien o para mal, en la personalidad de los individuos (exceptuando quizá la del contacto primario con los mitos religiosos que tan difícilmente se desprenden de la identidad personal y que luego habrán de convivir, contra toda lógica, con el pensamiento más racional; pero como dice el narrador, «esta es otra historia y deberá ser contada en otro momento»). Es, seguramente, por esto por lo que resulta tan difícil encontrar un relato referido a tiempos históricos recientes, que no aluda de alguna manera, siquiera sea de pasada, a las vivencias en las que la escuela y las relaciones escolares son protagonistas. Y eso por no citar las que las tienen como asunto central o las que completan la definición de algún personaje con su condición de enseñante, con todo lo que ello aporta a la arquitectura de la ficción. El juego de valores que establece el narrador o que se desprende de las interrelaciones entre los personajes son en estos casos especialmente jugosos para los que disfrutamos con estos descubrimientos. (La nómina de escritores que unen a su condición de creadores la de docentes no es dato despreciable al respecto).
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