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Kikirikí / Número 55-56
Pedagogía de la democracia mínima. La concertación educativa como simulacro [01-01-2000]
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  Pablo Gentili
 
ISSN :1575-9393
El Cardenal Mazarino, que era un personaje sórdido y, según cuentan los biógrafos de Ana de Austria, bas­tante adepto a los pecados de la carne, ha sido el inventor de la polí­tica moderna como arte de la simu­lación. Su magnífico opúsculo Breviario de los Políticos, publicado en latín en 1684, constituye una pionera y depurada obra acerca de cómo la lucha por el poder (su búsqueda ambiciosa por parte de algunos indi­viduos) encuentra en los mecanis­mos de simulación una herramienta de fundamental eficacia práctica.

Conocerse a sí mismo y conocer a los otros eran, en la perspectiva Mazarino, las precondiciones necesa­rias para el ejercicio eficiente de la actividad política. Lejos de cualquier vocación socrática, el sucesor de Richelieu, consideraba que el auto­conocimiento podía lograrse mediante el persistente respeto a una serie de normas y axiomas que, con generosidad y una buena dosis de cinismo, trató de sintetizar en su célebre Breviario: actuar siempre en relación a los amigos de forma des­confiada (ya que ellos pueden tor­narse, en cualquier momento, ene­migos); ocultar las verdaderas inten­ciones perseguidas en toda acción antes de conquistar los objetivos deseados; no ser demasiado duro en las negociaciones; simular compla­cencia a la hora de establecer acuer­dos; mostrarse afable con todo el mundo sin entregar abiertamente la confianza a nadie; no hablar mal de los poderosos; permanecer equidis­tante de los extremos; poner siem­pre a prueba la generosidad y el sigi­lo de los subalternos; tratar de leer con detenimiento y confidencialmen­te toda carta dirigida a terceros (sean amigos o enemigos); observar cuidadosamente los rasgos físicos de las personas ya que en ellos se sinte­tizan características inocultables de la personalidad humana (los petisos son arrogantes; a los mentirosos se les hunden ligeramente las mejillas al sonreír; los coquetos son inofensi­vos y débiles de espíritu; los de ele­gancia rebuscada, afeminados y carentes de fuerza moral; los astutos pueden reconocerse por su nariz exageradamente curva y por su mirada penetrante, etcétera)
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