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Telos / Número 19
 Comunicación y cultura
Jesús Martín Barbero 
 La revisión de las relaciones entre comunicación y cultura, y de sus conexiones con la vida social, conducen a un serio cuestionamiento de las políticas tradicionalmente desarrolladas en ambos campos y a propuestas novedosas de actuación. Más allá de la retórica de las declaraciones y los informes, el desco­nocimiento y el recelo son mutuos entre unas políticas de comunica­ción cuyo espacio de operación roza sólo en los bordes el campo y la cuestión de la cultura, y unas políticas culturales que ignoran casi por completo lo que se produ­ce en los medios de comunicación, en los pro­cesos y prácticas masivas de cultura. Lentamen­te en el terreno de la investigación y el trabajo académico las cosas han comenzado a cambiar, y los deslindes y fronteras a emborronarse, pero las políticas que recortan y regulan los campos continúan sustentando viejas concep­ciones excluyentes entre cultura y masas, y nuevas concepciones reductoras de la comuni­cación a transmisión de información. La relación sigue así atrapada entre una propuesta pura­mente contenidista de la cultura, tema para los medios, y otra difusionista de la comunicación como mero instrumento de propagación cultural. No sólo entre las elites intelectuales, también en las instituciones de la administración, lo que concierne a la comunicación masiva es mirado sospechosamente desde un, complejo‑reflejo cultural más apoyado en la nostalgia que en la historia. Minando ese complejo, la crisis de identidad de nuestros pueblos nos está obligan­do a repensar y redefinir las relaciones entre política y cultura, y también entre cultura y co­municación, a romper con una concepción ins­trumental, de relaciones entre aparatos, y em­pezar a mirarlas como espacios de constitución e interpelación de los sujetos sociales. La superación del didactismo, del folklorismo y el patri­monialismo en que se ven inmersas la mayor parte de las políticas culturales en nuestros paí­ses pasa, y decisivamente hoy, por la capaci­dad de asumir la heterogeneidad de la produc­ción simbólica y responder a las nuevas deman­das culturales enfrentando sin fatalismos las ló­gicas de la industria cultural. Lo que a su vez implica asumir que aquello que pone en juego la intervención de la política en la comunica­ción y la cultura no concierne solamente a la administración de unas instituciones, a la distri­bución de unos bienes o la regulación de unas frecuencias, sino a la producción misma del sen­tido en la sociedad y a los modos de reconoci­miento entre los ciudadanos.
 
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