La religión en los mayas

Los avances en el descifrado de los textos jeroglíficos y los resultados de las investigaciones arqueológicas contribuyen a cambiar la perspectiva idílica que se había creado durante la década de los cuarenta sobre la cultura maya, definida como una cultura de grandes científicos y arquitectos, en paz y con una vida opulenta.

En este sentido, ahora sabemos que tenían acequias y bancales que les permitían cultivar y producir excedentes agrícolas suficientes para mantener a poblaciones de hasta 50.000 o 60.000 personas, que en los centros urbanos se concentraban los diversos grupos sociales gracias a la construcción de calzadas en plena selva, que la vida social estaba marcada por una serie de ritos (nacimiento, pubertad, matrimonio, etc.) y celebraciones durante el año (plantación, cosecha, actos públicos con sacrificios individuales, etc.) y que la conexión entre ciudades era constante y se realizaba tanto por ríos y mar como por caminos, de los que el más largo superaba los 100 kilómetros.

También sabemos que se trataba de una sociedad extremadamente jerarquizada y que la religión ejercía un papel fundamental en la vida de la gente. Por debajo del gobernante de cada ciudad encontramos la nobleza civil, religiosa y militar, en la que se integraban magistrados, jefes militares y funcionarios locales destinados a la recaudación de impuestos y a otras funciones.

Los sumos sacerdotes, conocedores de los ciclos naturales, equiparaban su poder al de los gobernantes, de los que eran consejeros. Por debajo encontramos sacerdotes especializados en ceremonias, así como los consejos de sacerdotes ancianos. Comerciantes y artesanos especializados formaban la clase siguiente. La pirámide de población se mantenía gracias al trabajo de los campesinos y a la mano de obra esclava generada a partir de los conflictos entre las diversas ciudades.

Sabemos los nombres de los monarcas, incluso de largas dinastías de gobernantes (como Palenque, Tikal o Copán), los títulos honoríficos que tenían y su aspecto físico, datos concretos sobre el año de construcción o reforma de un edificio y de la conquista de una ciudad. Toda esta información nos ofrece una visión menos idílica de una sociedad como la maya.
 

El pensamiento religioso maya tenía la intención de explicar y justificar el orden social, para entender la relación entre el hombre y el medio natural. Como en toda sociedad agrícola, los elementos naturales son ejes básicos en el pensamiento religioso. Por encima de todos se encontraba Itzammá (dios del cielo y del saber). Otras divinidades importantes eran Chac (dios del agua), Kukulcán (dios del viento), Ixchel (diosa de los partos) y Ah Puch (dios de la muerte). Sus imágenes aparecen representadas en las fachadas de los edificios, en la decoración de la cerámica y en los códices escritos durante los siglos XVI y XVII.

El conocimiento de los ciclos agrícolas era fundamental para sobrevivir. Así, crearon dos calendarios complementarios: el ritual, de 260 días (con meses de 29 y 30 días), y el civil, de 365 días, basado en el movimiento del Sol y dividido en 18 meses de 20 días y 1 mes de 5 días. Ambos calendarios coincidían cada 52 años, momento de renovación de la vida y de todo lo material que en ella incidía.

La escritura jeroglífica se inicia antes del año 250 después de Cristo. Se combinan los signos pintados que sintetizan ideas con las palabras y sílabas. Los textos se encuentran sobre piedra, hueso, cerámica, etc., y hacen referencia a hechos históricos (sucesiones reales, guerras...), así como a aspectos rituales y religiosos. Encontramos muestras de textos jeroglíficos tanto en las estelas y en los altares de las plazas situadas ante los edificios como en recipientes cerámicos o en los huesos trabajados que forman parte de las tumbas.

A diferencia de otras culturas, los mayas enterraban a sus muertos bajo las casas, tanto si se trataba de palacios o pirámides como de una simple casa hecha de maderas y palmas. Las tumbas más sencillas tenían algún recipiente que acompañaba al muerto. Las correspondientes a grandes personajes o monarcas, situadas bajo los edificios, tenían una cámara funeraria en piedra y una serie de piezas cerámicas, figurillas, máscaras de mosaico de piedras preciosas o estuco, huesos trabajados, joyas de jade, piezas de madera, restos de alimentos, etc.

Se consideraba de buen gusto estético la deformación del cráneo de los miembros de las familias acomodadas, para poder colocarles penachos. Así mismo, se perforaban los dientes para incrustar en ellos pequeñas piezas de jade, material sagrado para esta cultura.

Las tumbas más ricas se han encontrado en lugares como Palenque (Chiapas, México), Copán (Honduras) y Tikal (Guatemala), entre otros.