EL PAISAJE URBANO COMO FUENTE DE CONOCIMIENTO

 

Abraham Moles y Claude Lefèvre

 

¿Qué es la cultura?

La cultura es el conjunto de los entornos artificiales que el hombre crea como medios de acción sobre el mundo exterior: instrumentos, máqui­nas, obras llamadas «artísticas», pero también instrumentos del pensamien­to, tales como las palabras, conceptos, técnicas mentales, algoritmos, savoir­faire. La cultura individual equivale al sedimento, en la mente del ser, de las acciones o percepciones que éste reali­za o recibe del medio que lo rodea.

Si el medio que lo rodea cambia, especialmente por la acción de este ser o la de otros, entonces estos seres reci­ben mensajes que cambian y recogen otras sedimentaciones. La cultura re­acciona, pues, sobre sí misma, en un proceso de autoevolución. Por ejem­plo, la ciudad, su ambiente, produce una civilización urbana, construye una cultura urbana.

La cultura es, en efecto, el resi­duo acumulativo de lo que hemos asi­milado, comprendido, integrado en nuestro pasado y que se convierte en un elemento de nuestro presente, en conflicto o en armonía con nuestra percepción actual del mundo exterior. Hay una gran diversidad de mensajes, a menudo están desprovistos de rela­ción lógica los unos con los otros; re­cibidos y aceptados al azar, sedimen­tarán en la memoria del individuo, de­jando en el fondo de su cerebro partí­culas dispares, atomizadas, contradic­torias, cubrientes, abundantes de un «saber universal» que le aparece como un inmenso depósito de «culturemas» que descrema (¿«desespuma»?) a mer­ced de los días, los que le parecen más brillantes, o incluso que acepta por

pasividad (tedio que distrae) por inca­pacidad de jerarquizar y estructurar la fascinante profusión de lo que se ofre­ce. La cultura es, pues, la «huella» dejada por el conjunto de lo vivido anterior a un individuo (se hablará en­tonces de cultura individual) o a un conjunto de individuos (cultura colec­tiva).

La cultura individual estará compuesta, pues, por todo lo que ha quedado en la mente de manera que se vuelva a utilizar, lo cual será uno de los componentes esenciales de la ima­gen del mundo en cada instante, nues­tras percepciones inmediatas se pro­yectan en nuestro campo de concien­cia para determinar nuestros compor­tamientos ulteriores. Se llamará comu­nidad cultural a un mismo conjunto de mensajes y de formas que provienen de un cierto número de individuos a partir de su entorno próximo o lejano. Encontramos un testimonio a su exist­encia en los anaqueles de las bibliote­cas, los museos, los institutos, los con­servatorios.

La cultura es un producto com­puesto, formado por:

 

* un cierto número de elementos más o menos comunes, más o menos repetidos, más o menos definibles, que se llamarán «átomos de cultura» o, según la terminología estructuralista «culturemas»;

* un cierto número de asociacio­nes, de combinaciones, de estructura­ciones de estos elementos para consti­tuir «pattems globales» más o menos bien retenidos por la memoria de cada uno.

Ahora bien, se comprueba, en nuestros días, que el primer término de esta expresión cuantitativa de la cultu­ra excede infinitamente al segundo. Los materiales son ricos, disponibles, accesibles. En cambio, las estructuras activas del pensamiento para reunir las piezas del rompecabezas, con vistas a constituir una imagen fuerte de un «sistema de coherencia» que sea «uni­versal» (o que se pretenda como tal), la capacidad individual de cada ciuda­dano de conectarlas ha llegado a ser muy inferior a lo que sería necesario. Esto entraña la renuncia deliberada del ser acompañada de un sentimiento de su impotencia para construir, contener y retener sus estructuras -incluso si lo quisiera-.

Es el fenómeno de la cultura mo­saico, un conjunto desordenado de cultura. Esta cultura mosaico es un hecho que no cabe rechazar en prove­cho de un sentimiento romántico de un humanismo caduco. No hay, sin em­bargo, «desorden perfecto»: es, como el orden perfecto, un límite, que rara­mente es alcanzado. La cultura mosai­co es también un instrumento de inte­gración sumaria, fragmentada, que permite al individuo dominar las situa­ciones en las que se encuentra impli­cado y construirse rutinas de acciones; es la textura de la pantalla cognitiva sobre la que proyecta sus percepcio­nes, es el mediador necesario entre él y los demás. Todos aceptamos prag­máticamente su omnipresencia. Es el resultado una autodidaxia creciente basada en los sedimentos culturales de la vida cotidiana.

Pero, los censores de la educa­ción, las malas conciencias de los mass media ven en la cultura mosaico a la anti-cultura: hay que reconocer que la pasividad, el desinterés, la retirada del ser a su caparazón personal aparecen como otras tantas pruebas evidentes de este juicio de valor pesimista. Persiste el hecho de que la cultura mosaico es una cultura de la misma manera que un conjunto de «probabilidades estables» es un sistema. Sus leyes son leyes es­tadísticas y no lógicas, probabilidades de asociación, de «conceptos encruci­jada» por los que la mente pasa más a menudo que por otros, trayectos de menor acción del pensamiento que responden al principio psicológico del menor esfuerzo.

Se considerará, pues, que tener un cierto nivel de cultura es disponer de un cierto número de ítems, de prác­ticas, de normas, de rutinas de actos. Las aptitudes exigidas del conjunto de los miembros de esta población pue­den caracterizarse por medio de la no­ción de pirámide socio-cultural: cono­cer el reparto del número de seres exis­tentes (o deseables) en función del ni­vel de su «cultura». Este reparto es un instrumento para una predicción cultu­ral: una acción en el presente inmedia­to en función de una imagen de un futuro más o menos aproximado, en un nuevo tipo de sociedad que puede lla­marse future determined society, desa­rrollo normal de la sociedad tecnoló­gica. Pues está pirámide debe cambiar de forma y es, bajo el ángulo estadís­tico, uno de los objetivos que promo­ciona la educación: la diferencia entre las dos pirámides, la actual y la desea­ble en el espacio de una generación, indica la magnitud de la orientación y el esfuerzo a efectuar durante esta lap­so de tiempo.

En este esfuerzo de promoción sociocultural deben concurrir dos as­pectos de la sedimentación cultural: la educación institucionalizada y la auto­didaxia.

Educación concentrada, educación espontánea

La adquisición se hace por me­dio de un proceso que integra la lenta exposición a los mensajes del mundo exterior en la vida cotidiana, personal o colectiva; educación, experiencia, otros seres con quienes estamos rela­cionados, mass media.

Entre todos los procesos que in­corporan el pasado al presente, se ha concebido un lugar privilegiado a lo que llamamos «educación», mecanis­mo construido por los hombres para influir en los jóvenes, este término de influencia podría significar lo mejor y lo peor. La educación es, pues, el me­canismo por el que se construye lo que debe permanecer en nuestra mente. Pero la educación es tanto la adquisi­ción de los mecanismos de aprendizaje de la conducción automovilística, co­mo la propaganda de los valores efec­tuada conjuntamente por los sistemas publicitarios o políticos, o, de manera más banal, el conocimiento de la tabla de multiplicar, de la gramática inglesa o de los valores morales. Es lo que llamaremos «bagaje» de conocimien­tos de la persona.

Hay dos tipos de educación se­gún la naturaleza de los procesos que provocan esta sedimentación, a la vez instrumento y esclerosis de la mente: * Una educación psicomotriz; aprender a abrir una puerta, sostener una pluma, conducir, pulsar las tecla del teclado de una máquina de escribir o de una terminal de ordenador.

* Una educación más cerebral: conocer letras, cifras, palabras, fórmu­las, signos, códigos, adaptarse a situa­ciones, evocar, por medio de la lectura o la visión de un documento, elemen­tos pasados, comunicación simbólica o rica en imágenes con el pasado his­tórico o estético.

El proceso educativo se desarro­lla a través de las edades de la vida en dos grandes modos concurrentes.

1. Los mecanismos concentra­dos en el espacio y en el tiempo de los que la escuela es el mejor ejemplo: tal día, a tal hora, en tal sitio, N individuos (en general inferior a 40) reciben de un transmisor de cultura, «culture-ca­rrier», un flujo condensado de informa­ciones que debidamente reiteradas por medio de diferentes procesos (la repe­tición pura y simple, la repetición con variación, la redundancia, la implica­ción lógica en el nivel del ejercicio) acabarán, según las leyes del condicio­namiento de los reflejos, por inscribir­se en la estructura informacional del individuo bajo forma de conocimien­tos o de prácticas mentales o físicas (escribir a máquina o, mejor, en una terminal de ordenador). Es la educa­ción «clásica», ha dado lugar a un enorme esfuerzo desde hace siglos y pertenece al pattern obligatorio de la cultura occidental. Hasta el momento, es un sistema institucionalizado. Exis­te concentración en el espacio: la es­cuela, y en el tiempo: los horarios, la edad escolar. Este tipo de educación se pretende estructurada y coherente, querría ser activa pero, generalmente, es pasiva y pesada: exige del individuo un esfuerzo una tenacidad y un míni­mo de voluntad. Implica obligación, temporal y espacial.

2. El segundo proceso es tan evi­dente que ha escapado a la observa­ción científica hasta estos últimos años: una parte enorme del condicio­namiento o de los instrumentos inte­lectuales o prácticos del ser le vienen, simplemente, de su experiencia vital, de su entorno, de las situaciones repe­titivas a las que debe hacer frente, etc. A este respecto, los trabajos de Piaget son determinantes, pero también todos los que se han inclinado sobre una psicogénesis, sobre el desarrollo de la estructuración del ser por medio de las prácticas vitales, etc. Se ha prestado una atención notable a los primeros años del niño en su entorno familiar.

Sólo recientemente, bajo los nombres de autodaxia o de educación permanente, se ha intentado evaluar la contribución al estatuto cultural del ser adulto de esta inscripción de prácticas y de ítems (por ejemplo las señales del código de circulación, la manera de servir la mesa, la «clasificación» de los almacenes según sus productos). Aquí, estamos interesados sobre todo en la autodaxia, retención espontánea de los elementos y de los mensajes del entorno, la pequeña pantalla y el am­biente urbano juegan ahí un papel, en lo sucesivo, esencial. La autodaxia es el residuo, inscrito en el ser, del con­junto de sus experiencias pasadas, di­fusas, repartidas aleatoriamente en el espacio y el tiempo de la vida cotidia­na. Esencialmente pasiva, parece ser una especie de «interés compuesto» recogido por la memoria en el flujo vital de los actos y las percepciones de la vida.

Por tanto, podemos definir la función educativa en términos forma­les generales, a los que obedecen tanto la educación concentrada (escolar) co­mo la educación espontánea o las au­todidaxia:

* cantidad de ítems

* aspectos activos/pasivos de éstos

* grado de coherencia a gran o poca distancia

* grado de inteligibilidad espe­cífica

* complejidad

* nivel de implicación psicológi­ca para un público determinado

* etc.

 

Veamos la influencia del espec­táculo permanente del paisaje urbano. El ambiente urbano, riquezas y pobreza

La calle es un lugar público que une dos puntos de una aglomeración construida. Cumple dos funciones complementarias:

* circular para ir a alguna parte,

* pararse para estar, existir en un lugar.

Hay, pues, de hecho, dos tipos extremos de calles: las calles por don­de se circula, y aquéllas a las que se va para permanecer (espectáculo, activi­dad, placer). La época contemporánea desequilibra estos dos grupos de fun­ciones, privilegiando la función de pa­so y de circulación en detrimento de la función de existencia y de estancia. El parámetro numérico esencial que sirve para definir las calles es la noción de densidad: seres, cosas y aconteci­mientos, según los casos.

Según la naturaleza de los «ob­jetos» que están presentes en ellas, encontraremos cuatro tipos de densi­dades en la calle.

Una fenomenología de la situación en la calle

Las calles se presentan, sobre to­do en las ciudades del modelo tradicio­nal europeo, como los pasillos de un laberinto urbano complejo, que escapa para una parte más o menos grande del dominio cognoscitivo.

La calle es fundamentalmente un espacio abierto, lineal y público. Pero su apertura hacia el cielo implica mo­dalidades, formas de obertura del es­pacio vertical. El ángulo del cielo pue­de ser: abierto, semiabierto, casi cerra­do. Hay en ciertas culturas pasajes cu­biertos (Milán, Nápoles, Estocolmo), que abrigan un gran número de acon­tecimientos.

Las situación del transeúnte pea­tón en la calle se estudiará a partir de las «esferas vehiculantes» del hombre que anda, de la mujer, del conductor de coche, de los volúmenes cerrados por límites visuales que constituyen territorios movibles de la mirada, son­deos sucesivos del paisaje urbano. Un hecho esencial es el encuentro del otro, ya sea en el anonimato, ya sea en el proceso ritual pero extraño del recono­cimiento. La mirada del otro crea el control social que se traduce, sólo en última instancia, en el poder legal, por eso «nos sentimos libres» en la calle.

El encuentro del otro correspon­de a microescenarios de contacto o de evitación. Haremos un análisis de las situaciones tipo y de los costes gene­ralizados correspondientes. La estrate­gia cara a cara del desconocido urbano es conducir su «esfera vehiculante» o esfera de la mirada) para evitar al otro, tanto en la calle residencial, co­mo en la calle del centro o incluso en el «baño de multitudes» (Poë)

 

El sistema de circulación, que rodea los obstáculos de los bloques de viviendas,( «sistemas comprensibles» de la red urbana), está sembrado, «po­blado» de microacontecimientos esté­ticos, positivos o negativos.

* Existen tres redes urbanas fun­damentales y variantes fundamentales de comportamiento: el errar en torno a una dirección, los sistemas anisótro­pos, los sistemas en escalas.

* Se materializan laberintos con soluciones múltiples: ahora bien, hay un coste cognoscitivo de un trayecto laberíntico, un coste generalizado y un beneficio estético de un recorrido. La exploración es entonces, para el no-re­sidente, el proceso fundamental. Los niveles de conocimiento de un trayec­to urbano, en su aprendizaje del labe­rinto urbano constituyen los factores de un juego temporal. Definimos, en­tonces, trayectos optimun y trayectos estéticos (Goody, Friederich, Moles). El sistema Pednet (Pedestrian Net­work) estudia el reparto de las frecuen­cias de los trayectos peatonales y de los flujos de un punto a otro.

* La experiencia del deambular comporta valores personales en tanto que espacio a practicar por el transeún­te .

 

Pequeño repertorio de micro­situaciones en una calle

1. Caminar recto por una acera de débil densidad

2. Caminar evitando a los demás transeúntes (protección de la esfera vehiculante).

3. Atravesar la calle por donde sea

4. Comportamientos de encruci­adas rectangulares:

a: la acera de frente

b: la acera en el lado opuesto

c: la vuelta al otro lado

 

5. Pararse al borde de la acera

 

6. Girarse

 

7. Comportamiento de adulación le escaparate

 

8. Entrada o salida del inmueble

 

9. Entrada y salida de la tienda

 

10. Empujar un carrito o un coc­he

11. Encontrar a alguien

12. Evitar a alguien

13. Contemplar un espectáculo callejero

14. Hacer cola en la acera

15. Sentarse en la terraza de un café

16. Participar en una actividad e la calle

17. Caminar de dos en dos, cogid­os por el brazo

18. Comportamientos con niños

19. Estacionarse ante un puesto l aire libre (mercado)

20. Salir o entrar de un coche aparcado al borde de la acera

21. Caminar en grupo por la acera

22. Llevar un objeto muy molesto

23. Llevar un objeto entre dos

24. Sentarse en un banco pú­blico

25. Tirar un papel o un des­perdicio

26. Buscar una papelera

27. Seguir a alguien a distan­cia

28. Tener un comportamien­to socialmente desordenado (anó­nimo)

Criterios generales de los espa­cios humanos

 

El concepto de ideoescena (Barker) que se atraviesa es im­portante: escenas separables en el flujo de conciencia, reagrupa una aprecia­ción global de los entornos sucesivos a partir de un cierto número de facto­res:

1. Placer.

2. Estatus social (dominio o su­misión al entorno).

3. Cerrado o abierto (el cierre perceptivo «seclusiveness»)

4. Originalidad-banalidad (inte­rés, excitación)

5. Complejidad del entorno visi­ble (micropaisaje, instantáneo, ideoes­cena).

6. Pertenencia o segregación «belongingness»; la apropiación.

7. La dimensión respecto al mó­dulo humano (magnitud, amplia o es­trecha)

8. Unidad o disparidad, coheren­cia interna del paisaje o de la ideoes­cena.

Análisis del espectáculo urbano y animación de la calle; los microa­contecimientos descansan en la bús­queda cuantitativa de los elementos de este espectáculo que impregna, más o menos, la esfera personal, de microa­contecimientos.

Definiremos el microaconteci­miento como la desviación de lo espe­rado, la salida de lo banal, la calle es un lugar de microacontecimientos. El análisis de los microacontecimientos se hará a partir de su magnitud y de su tanto por ciento de originalidad: el re­parto estadístico de los microaconteci­mientos es, entonces, un criterio nu­mérico de espectáculo de la calle. Ele­mentos de microacontecimientos (el escaparate, el incidente, el accidente, el mini-espectáculo, el encuentro), permiten clasificarlos en el interior de un sistema de dimensiones (masa de acontecimiento, tanto por ciento de implicación personal, valor estético, atractivo o repulsivo, complejo o sim­ple, etc..) Seremos conducidos, prime­ro, a una clasificación según los oríge­nes de los acontecimientos,

M1  - Microacontecimientos hu­manos: el otro, las personas, los en­cuentros.

M2 - Microacontecimientos ob­jetos: el obstáculo, el escaparate, el rótulo, el mobiliario urbano, la acera, los fenómenos, los actores.

M3  - Lo que se crea por medio de las interacciones: el cruce, la cola (Schawach), el incidente, el accidente.

La animación es provocada por el encuentro de una multiplicidad den­sa de microacontecimientos en la tra­yectoria del ser. Es, pues, medida por medio de la densidad de los microa­contecimientos en la unidad de super­ficie (o más rigurosamente, la entropía o diversidad de éstos)

aM1+bM2+cM3

 

a,b,c, serán ponderaciones que determinan el estilo de la calle y de su actividad.

Los problemas fundamentales de la animación urbana aparecen, por tanto, así:

* Cómo aumentar o regular (op­timizar) la densidad de los microacon­tecimientos en el centro urbano en fun­ción del coste generalizado de éstos.

* Seguridad y mirada del otro: la mirada de los demás subsiste como el sistema fundamental de control social: es la noción de espacios defendibles. Newman sugiere que ciertas tipologías son mejores que otras para asegurar un sentimiento -basado en una realidad­de seguridad del individuo que circula, ante cualquier policía. Esta seguridad está ligada a una densidad optimum, y a la visibilidad urbana. Existe la no­ción de «trayectos seguros», donde es­te optimum se realiza constantemente, con «relevos» y métodos de aumento de la densidad del espectáculo urbano. Hay un papel de los alumbrados, un papel del mobiliario urbano, un papel de los escaparates. Un papel, sobre todo, de la obertura de los almacenes.

 

* Mantener la densidad del es­pectáculo urbano de manera que sea un objeto de atracción permanente.

* Amplificar selectivamente los trayectos, y los microacontecimientos que aportan, en la línea de vida varia­ble de los individuos, una sedimenta­ción de su experiencia juzgada útil, a posteriori, para un programa de base concebido a priori. Es lo que llamare­mos programación del campo autodi­dáctico urbano.

La animación del espacio público

El problema de la animación se­rá saber hasta qué punto una acción voluntarista organizada, programada, puede acarrear estados particulares de la conciencia de los ciudadanos, de los habitantes de la ciudad, ya sea de ca­rácter forzado: suma de elementos de conocimientos o de valores, ya sea de carácter «gratuito» -en el sentido de que no es dominado por el usuario ­pero que es fuente de placer (o de disgusto), es decir, que comporta un valor «estético», propiamente dicho. ¿Cómo se puede cambiar la mentalidad, la actitud, el comporta­miento de cada uno -o de la mayoría­ por medio de una acción global sobre individuos teniendo cada cual sus in­tereses, sus preocupaciones, su trayec­to y su empleo del tiempo de autodida­xia? ¿Cómo construir para cada uno «un paisaje de acción» que sea dife­rente del de la rutina cotidiana?

Para ello, nos apoyaremos en tres nociones fundamentales:

* el concepto de trayectoria vital o de línea del universo del ser, puesto claramente en evidencia por la psico­logía del espacio, que es la repre­sentación del trayecto efectuado por el individuo en la ciudad (sobre un pla­no), en función de su tiempo de reco­rrido marcado en un horario o en un calendario (representación paramétri­ca).

* el concepto de ideoescena o de paisaje de acción: es, en cada sitio, o en puntos notables determinados de un recorrido, un conjunto organizado de estímulos más o menos sentidos como un todo, juzgado como tal por el indi­viduo presente y que condicionará sus acciones y el estado de su campo de conciencia (valor estético, por ejem­plo). Es de este falso condicionamien­to que se desprende la forma de los estímulos de los acontecimientos que provocan -o no- la reacción de los se­res.

* el concepto de microaconteci­mientos: se trata de lo que la teoría de los actos se denomina un «aconteci­miento», es decir, una descarga por medio de un accidente notable del flu­jo de conciencia (stream of conscious­ness de Barker) y en espacial del as­pecto rutinario, relativamente vacío de este flujo. Pero es un acontecimiento «pequeño»: no cambia gravemente el comportamiento del sujeto, que per­manece al margen de lo «discrecio­nal», en el sentido de una economía interna de sus fuerzas. El individuo puede rehusar dirigir atención al mi­croacontecimiento: puede olvidarlo, rechazarlo o censurarlo, sin perjuicio para él ni para su proyecto de vida. Si lo percibe, si mantiene una huella me­morística fugaz o permanente, se ex­trae del término rutina surgido de su casi-vacío interior o de sus preocupa­ciones personales, para llegar a una breve miniconciencia del decorado exterior del mundo (el espectáculo del Mundo). Presta a lo que ha pasado, por pequeña que sea, una atención míni­ma.

Un microacontecimiento es, por así decirlo, un pequeño nudo de la línea del universo, un guiño que el mundo me hace o que yo hago al mun­do, un recuerdo de la existencia del decorado en el flujo de conciencia del individuo.

Observemos que este concepto es subyacente a las ideas enunciadas por el arte pobre, el arte minimal, el arte conceptual, el arte que describe los acontecimientos o arte sociológi­co, etc. Todos tienen como punto en común la voluntad, de con muy pocas cosas y muy pocos medios, irrumpir en el campo de la conciencia del ser, rom­per por un instante su rutina, conducir­lo a una reflexión, a una reacción, en todo caso, que lo devuelva al contacto con el exterior.

 

Tipologia de los microaconteci­mientos

La primera tarea del teórico de la animación en un espacio público será tener en cuenta y categorizar los mi­croacontecimientos. Ciertamente, hay cantidades: el acordeonista ciego con su mono en el rincón de la plaza, el vendedor callejero de prodigios elec­trónicos con gran refuerzo de discurso, la iluminación del escaparate de Navi­dad, el choque entre dos coches, tal elemento pintoresco del mobiliario ur­bano, el ruido de la sirena de los bom­beros, la interpelación del mendigo, la manifestación pública, el vendedor de periódicos, el globo publicitario en el cielo de la ciudad, etc.... Es todo este polvo de la vida cotidiana el que nos devuelve, por algunas décimas de se­gundo o algunos segundos, el contacto con el mundo y su decorado. Así, una de las definiciones que dará la psico­logía urbana del Centro de la Ciudad será: «el lugar donde la densidad de los microacontecimientos es máxima» (Moles).

¿Cómo clasificar los microacon­tecimientos? Nuestros estudios propo­nen un cierto número de criterios em­píricos reunidos bajo la forma de una «ficha característica» del microacon­tecimiento con su descripción, que permite situarlo en cuanto a su natura­leza, en cuanto a su importancia, obje­tiva y subjetiva, en cuanto a la impli­cación del espectador que supone, en cuanto al número de personas que po­ne en juego, o que atrae, en cuanto a la superficie de suelo público que ocupa, etc... El conjunto de estas fichas cons­tituye una especie de diccionario de microacontecimientos (Moles, Dela-tour), una lista a la que se puede recu­rrir para descubrir o construir, un pai­saje de acción o de distracción en cada sitio, en cada punto del trayecto del ser que deambula en el espacio urbano. Adjuntamos dos ejemplos.

 

Tales diccionarios de microa­contecimientos varían, ciertamente, según la culturas, según las latitudes (sol, lluvia, frío, calor), pero compor­tan amplios aspectos comunes. Cons­tituyen un instrumento precioso para una municipalidad que se preocupe de animar su ciudad y, ante todo, para saber cómo es animada por la fuerza de las cosas y por sus aspectos natura­les. Veremos que pueden ser instru­mentos para el activista, el agitador, el sedicioso o el revolucionario.

 

Las indicaciones procedentes proponen una serie de criterios que deben ser estimados por el observador de la vista urbana o social construyen­do lo que llamamos, ordinariamente, escalas de orden -primera etapa de una metodología. La ficha característica de la que damos varios ejemplos com­porta, primero, una descripción cuida­da, en términos voluntariamente lite­rarios o periodísticos, del aconteci­miento como ruptura de la rutina de la vida cotidiana. Los criterios retenidos se descomponen en tres grupos:

* un análisis del perfil del acon­tecimiento «en sí».

* un análisis de los aspectos de transmisión.

* un análisis del ambiente en el que se produce el acontecimiento. Para «algunos» de ellos, sería deseable añadir de nuevo un criterio de «significación política»; la palabra significación se refiere, exclusiva­mente aquí, a la «cantidad de signifi­cación» cualquiera (la interpretación es competencia del historiador o del político).

Los criterios del primer grupo están todos expresados en una escala en 6 puntos (no hay punto medio): 0, 1, 2, 3, 4, 5, según un método muy bien conocido en ciencias sociales. Para ca­da uno de los criterios particulares, el micropsicólogo establece una escala tan próxima como posible del impacto real en la sensibilidad del individuo.

Estos criterios sólo hacen uso, ocasionalmente, de conceptos «numé­ricos», pero se refieren, esencialmen­te, a modificaciones comportamenta­les del espectador, del actuante, inclu­so de la potencia pública. En esto, se adopta la idea de una medida intrínse­ca unida directamente al impacto del que Barker, en su Psicología Ecológi­ca, había ya esbozado la utilización. La ventaja de estos criterios es que son más objetivos: dan, más fácilmente, lugar a un consenso (un agente de po­licía, un periodista, un observador son muy capaces de servirse de ello) y se aplican estrechamente a la realidad.

El mecanismo de automantenimien­to de la animación urbana

El problema de la animación aparece en este estado como una tarea de engineering social: ¿cómo los pro­ductores, los directores de escena del decorado urbano quieren ser conduci­dos a tener en cuenta lo existente y cambiarlo? ¿Cómo van a aceptar o reforzar microacontecimientos exis­tentes, cómo van a crearlos y cuál de­bería ser su número, o mejor, su den­sidad?

1. Observemos, primero, que es­ta aproximación es de orden estadísti­co: lo que interesa al concejal, al res­ponsable de la enseñanza, al ingeniero en autodidaxia no es tal o cual aconte­cimiento en particular, no es su natu­raleza específica, es su densidad, o se considera la densidad superficial: nú­mero medio de acontecimientos por metro cuadrado en el área de la ciudad, o la densidad temporal (intensidad de vida, número de acontecimientos por minuto, o por hora), o incluso la den­sidad perceptiva, es decir, la de los microacontecimientos que se sitúan por metro o por kilómetro de un tra­yecto dado. Más precisamente, el in­geniero social distinguirá una densi­dad global para la superficie de la ciu­dad en su conjunto, y, de forma más rigurosa, la densidad en los espacios públicos, los únicos que están, en prin­cipio, a su alcance.

La cuestión se plantea entonces de este modo: cuál sería la densidad óptima de los microacontecimientos teniendo en cuenta, por supuesto, la importancia relativa de cada uno. Ello respondería a la pregunta tan común: «¿qué es una ciudad animada?» y, re­cíprocamente, «¿qué es una ciudad triste, una ciudad gris, una ciudad muerta?» Igualmente, pero en otra es­cala; ¿Cuáles son los barrios animados de una misma ciudad?, ¿estos barrios son determinantes en la atracción glo­bal que aquélla ejerce sobre los turis­tas, los visitantes o los extranjeros? ¿Dónde hay que ir para encontrar la animación urbana espontánea o bien ese placer de la gran ciudad en la que, como dice Whyte: «Siempre pasa algo en la ciudad. Poco importa lo que pase, pasa aquí»?

2. De aquí se deriva el concepto de animación: no relacionándose sim­plemente con lo que existe sino esta­bleciendo una acción voluntarista: crear los microacontecimientos o fa­vorecerlos, aumentar su número o den­sificarlos para proporcionar un am­biente más rico, crear una ciudad ani­mada.

Por ejemplo, un microaconteci­miento situado en un lugar y que los transeúntes encuentran en la superficie de la acera o de la calle. La idea de base que propone este tipo de análisis se apoya en la noción de «reclutamien­to», muy conocida por los psicólogos, y de «masa crítica», desarrollada por los físicos. Este microacontecimiento actúa, en efecto, sobre el flujo de los transeúntes en la calle: tienen, pues, un tiempo de permanencia medio en la esfera del acontecimiento que irradia en la calle ocupando un lugar, zona de irradiación o de visibilidad.

Pero, sobre todo, los aconteci­mientos -en todo caso algunos de ellos tienen un efecto inductor: refinen a los transeúntes y, a su vez, el grupo de transeúntes constituye en sí mismo un microacontecimiento, con los inciden­tes que genera toda concentración hu­mana, por simple juego del azar; el grupo tumultuoso, muy visible de le­jos, es una fuente de atracción -o de repulsión- pero nunca es nuestro y ge­nerará, a su vez, un interés para otros transeúntes, etc. Hay, por así decirlo, un «principio de voracidad que descri­be los acontecimientos» que nos colo­ca a cada uno en los límites de nuestro tiempo disponible.

Podemos generalizar; toda pre­sencia colectiva o concentración de individuos en la calle, en la acera, en la plaza, por su simple existencia pro­voca otros microacontecimientos: por ejemplo, atraerá al vendedor de pata­tas fritas o cacahuetes, atraerá al perio­dista en busca de lo extraordinario, atraerá al buhonero porque tiene aquí un mercado potencia, etc. Se dirá que en la agregación o el grupo tumultuo­so, algunos acontecimientos inducto­res provocan otro cuando sobrepasan una cierta «masa crítica». Por consi­guiente, si la densidad de microacon­tecimientos inducidos: éstos son, a su vez, particularidades notables de pai­saje de acción (grupo tumultuosos, rui­dos, señales que indican la presencia del acontecimiento), actuarán también sobre el flujo de conciencia del ser, introducirán una descarga, y por tanto lo conducirán, por ejemplo, o a eluci­dar la causa de éste (acercarse para saber lo que pasa, interrogar a los tran­seúntes, etc ...) o a evitarlo («somos acosados», «cogemos la calle por la izquierda», «no queremos vernos mezclados», etc ... ).

En suma, algunos microaconte­cimientos, si exceden una «masa críti­ca», determinable a partir de sus carac­terísticas propias, generan otros acon­tecimientos de una naturaleza diferen­te, pero que contribuyen también a aumentar la densidad de los microa­contecimientos por unidad de superfi­cie del territorio público.

 

¿Qué se produce entonces? Hay propagación de las modificaciones comportamentales aportadas por cada ser transeúnte que se encuentra metido en el lugar público: la acera, la calle, la plaza, el pasaje...

Todo el flujo de transeúntes se encuentran poco o muy afectado, para cada uno el paisaje de acción cambia: se agregan a los grupos aleatorios que se hacen y se deshacen y, por ello, aumenta su importancia y sobre todo la visibilidad (conspicuousness), es, a la vez, efecto y causa de un efecto inducido, el transeúnte experimenta placer, o descontento, pero es arrastra­do a una participación inconsciente.

La calle se anima, pasan «co­sas», y, por otra parte, lo decíamos más arriba, poco importa lo que pase, esto pasa aquí; por medio del juego de los microacontecimientos localizados y transitorios, pero suficientemente den­sos, la calle cambia de carácter estéti­co: se pasa de un fenómeno a un esta­do. Puede ser (esto no es necesaria­mente preciso) que la densidad perma­nezca constante y grande por diversas razones:

* relativa permanencia de ciertos microacontecimientos inductores uni­dos a los lugares (el acordeonista con mono amarillo, la señorita de virtudes comerciales bajo su faro, el escaparate de juguetes animados de Navidad,...),

* atracción suficiente para des­viar a la muchedumbre apretada.

* capacidad de un grupo tumul­tuoso pintoresco para atraer a la gente a su seno sin que surjan tirones o lige­ros roces intempestivos,

* luz o calor.

Si estas condiciones son, pues, cumplidas, esta densidad de aconteci­mientos se amplifica por sí misma, la ciudad se anima allí donde esta densi­dad está asegurada. Es el momento de recordar aquí que el término de anima­ción tiene un sentido extremadamente amplio, se refiere tanto a los acontecimientos de origen «humano»: el buhonero, el mendigo, el vendedor ambulante, el saltimban­qui; como a los de origen «estético»: microespectáculos, micropaisajes pri­vilegiados, mobiliarios urbanos nota­bles, etc... La palabra animación se aplicará, pues, tanto a la revitalización del centro de una ciudad antigua como a dar vida al centro geográfico de una ciudad nueva.

Finalmente, el teórico de los sis­temas no puede faltar en el análisis de los factores que alimentan la autocon­servación de la vida urbana, con vistas a crear el placer de vivir allí, de fre­cuentar los espacios públicos, de exa­minar en este sistema las condiciones límite del ciclo empezado: ¿En qué medida una animación puede escapar de las manos de los animadores y de los concejales? ¿Hasta qué punto la energía urbana produce placer o causa el desorden no dominado y el desenca­denamiento de procesos incontrola­bles? Hay, En la idea misma de anima­ción, un germen de revueltas y revolu­ciones. Es en el proceso, descrito aquí, de automantenimiento, donde se cons­truyen los mecanismos de desencade­namiento que pueden llegar hasta rom­per el tejido social. Una doctrina de la animación debe tener en cuenta estos límites.

Ayuntamiento y estados -el po­der social, en general-, no favorecerán la animación si la densificación de los microacontecimientos no permanece, en cada momento, controlable, o sin que el control actúe individualmente en ellos, o modifique su selección a partir de sus caracteres específicos, o actúe en su densidad global para limi­tar la capacidad de reclutamiento: hay aquí una cuestión que se plantearía al filósofo de la Ciudad.

¿Cómo animar la ciudad?

Así, de esta teoría de los microa­contecimientos urbanos y de su poder de «reclutamiento» sobre los transeún­tes y, por tanto, la inducción que ejer­cen, emerge una doctrina de la anima­ción. Entrevemos en ella unas reglas simples:

1. Preparar y actualizar una esca­la de análisis de los «microaconteci­mientos urbanos» (ofrecemos uno, re­ferente a la fiesta y al espectáculo de la calle, en el anexo) es tarea, general­mente, del psicosociólogo de la calle, o del animador, considerando como ingeniero de comunicación social.

2. Establecer o controlar microa­contecimientos en los lugares públicos suficientemente «grandes» e impli­cantes (tanto por ciento de atracción) para que sean susceptibles, a su vez, de alcanzar esta masa crítica más allá de la cual engendran, a su vez, otros mi­croacontecimientos inducidos en su vecindario.

3. Si la densidad de éstos es de­masiado débil, crear otros por medio de una acción deliberada, extrayéndo­los del «diccionario» anterior estable­cido por los psicólogos del espacio, o el hombre del espectáculo: los artistas del arte sociológico, pero también los feriantes profesionales, los pequeños comerciantes, los vendedores ambu­lantes, los músicos de la calle, consti­tuyen, a la vez fuentes de aspiración y reservas de acciones posibles.

4. Velar por el establecimiento de su permanencia manteniéndolos, o facilitando los que son susceptibles de ser puestos en marcha en sustitución (ej: problema de las horas de apertura de los almacenes, la muerte de la ciu­dad de Europa Central a las 18:15, etc...)

5. Examinar el «coste generali­zado» particular de cada uno de los microacontecimientos a crear que in­cluye, entre otros:

* su coste financiero para el ac­tor y para el servicio de animación que lo favorece, lo vigila o lo inhibe.

* su coste espacial: todo acto o espectáculo público, móvil o fino «consume» una cierta cantidad del es­pacio que debe ser tenida en cuenta, de cara a otros factores: facilidad de cir­culación, fluidez, seguridad.

* el grado de control social que puede ser ejercido sobre ellos (coste de riesgo).

6. Determinar, por medio, de la observación o la experimentación, el nivel de automantenimiento en el que la animación urbana se autogenera es­pontáneamente. Estimar, al mismo tiempo, el «umbral de peligro» en el que la animación corre el riesgo de llegar a ser incontrolable en su ampli­ficación y de exceder los límites del control social (autocontrol por los transeúntes y los ciudadanos, policía, incluso cuerpos especializados de eli­minación de elementos desfavora­bles).

 

7. Modificar el tanto por ciento de animación de la calle o, más gene­ralmente, del centro urbano, en fun­ción de las horas de la jornada, según una estrategia voluntarista del ritmo urbano (día, noche, horas vacías, ima­gen de la ciudad). Recordaremos aquí que la seguridad de los ciudadanos esté esencialmente garantizada, ya sea por la policía propiamente dicha, o por «la mirada de los demás» (Laidebeur), y que un dominio público donde esté asegurada una densidad óptima de pre­sencia a través, entre otros, de una animación bien calculada, constituye la mejor -y la menos obstruída- de las seguridades urbanas.

Hacia una programación del campo autodidáctico

Lo hemos visto, la educación permanente, son los residuos informa­cionales que evolucionan con el tiem­po, que «informan» (en el sentido de dar forma mejor que de aportar datos) al individuo a partir del número de ideoescenas encontradas, continua­mente renovadas, del paisaje urbano, sonoras y visuales, que constituyen un «multimedia» competitivo, o en coe­xistencia, con el flujo de aquellos que son provocados por la pequeña panta­lla. Los trabajos recientes en este cam­po de la educación utilizan la noción de ecología comunicacional, a saber: el reparto en el espacio y en el tiempo, en el presupuesto tiempo del indivi­duo, o en las trayectorias en el espacio real, de sus líneas de universo (el tran­seúnte, el viajero, el turista) que le proporcionan una ola de estímulos de los que algunos, según ciertas condi­ciones dictadas por la ciencia del aprendizaje, serán retenidos y modifi­carán el paso del ser.

Llamaremos, más generalmente, campo autodidáctico al conjunto de las fuentes de estímulos-señales en un es­pacio dado, frecuentado, «practicado» por un conjunto de seres. «La ciudad» con sus calles, sus paisajes, sus casas, sus escaparates, sus carteles, sus es­pectáculos proporciona un excelente ejemplo de ello: es sabido que hay una gran diferencia de cultura entre los niños educados en los entornos de las ciudades con fuerte densidad de estí­mulos y los niños educados en medios con poca intensidad de estímulos (Bar­ker, Rosenzweig). Pero el «jardín de los niños» o el «terreno de aventuras» serían también interesantes al res­pecto. Cada uno de los individuos que pueblan la ciudad, con su propia circu­lación y su manera específica de aprender, de desatender o de rechazar los estímulos-señales en el curso de su trayectoria. Sin embargo, hay intere­ses comunes en las trayectorias varia­das y, por consiguiente, reiteraciones estadísticas de los estímulos: son los conceptos de «coberturas» de una po­blación y de «tantos por ciento de re­petición» muy conocidos en la prácti­ca de la exhibición publicitaria. Los trabajos de C. Lefevre muestran cómo es posible, a partir del laberinto de las calles, pobladas de estímulos que de­terminan trayectorias, asegurar una es­pecie de repetición estadística en un orden dado que construye las condi­ciones mínimas de una coherencia au­todidáctica.

De hecho, esta presentación teó­rica plantea la cuestión de la posibili­dad de dominar, de programar este campo autodidáctico, por aquello de disminuir lo aleatorio ligado a las lí­neas de vidas personales. Se puede decir que aunque parezca deseable pa­ra obtener un cierto nivel de cultura, un individuo conoce un cierto número de ítems, de prácticas, de reglas, de códigos, de dominios debidamente ex­plícitos (lo que llamamos los «progra­mas», en el sentido escolar del térmi­no), hay que preguntarse cómo es po­sible dominar el entorno en el que este individuo o estos individuos deben cir­cular, implantando allí estímulos de manera tal que más del X % de la po­blación objeto, retenga más del Y % del conjunto de estos estímulos, si­guiendo un cierto número de trayectorias semialeatorias a través del campo autodidáctico. Allí, un paralelismo es­trecho se presenta entre la programa­ción autodidáctica y esta forma, muy especial, de educación en el acto consumista que representa el acto publici­tario. Aquí también, persigue el obje­tivo de infundir, en la mente de los ciudadanos, conocimientos, nombres (de marcas), modas de consumo y ne­cesidades (útiles o fútiles) y lo logra parcialmente. Se considera la «infor­mación publicitaria» (¿no debería ser un pleonasmo?) bastante próxima a los propósitos que hemos tenido, y mucho más representativa de la realidad in­mediata que la escuela o la universi­dad, que no son más que episodios en las líneas del universo de algunos in­dividuos.

Un valor nuevo añadido a los paisa­jes de la ciudad: la autodidaxia

Es preciso, por tanto, tener en cuenta el proceso autodidáctico, y su programación explícita por el cuerpo social, en lugar de considerarlo como un ineludible complemento de los pro­cesos escolares, con su flexibilidad, su carácter semi-aleatorio y no contra­yente. Esto lo pone en contraposición con las tecnologías convencionales de la educación, de las que debemos re­conocer que han mantenido una fuerte componente tradicional. La pérdida de rendimiento de esta última, la masa de conocimientos que quieren hacer ad­quirir, provocan una incapacidad rela­tiva, a menudo denunciada. En la me­dida en que el destino de las naciones ha llegado a ser esencialmente urbano, el simple hecho de que una parte nota­ble de lo que debemos saber, para cumplir nuestros proyectos de vida, pueda encontrarse escoltado natural­mente por el paisaje de la ciudad que vivimos, ofrece un interés acrecentado por una programación de este entorno con el propósito de darle un tanto por ciento de coherencia más elevado, orientando y definiendo este reparto de las fuentes de conocimiento en lu­gar de abandonarlas al azar.

Anexo: Escalas de análisis para mi­croacontecimientos urbanos

Magnitud absoluta:

(0) Casi imperceptible, escapa a la mayoría

(1)   Perceptible con exactitud

(2) La mitad de los transeúntes se para

(3) La mayoría de los transeún­tes se para

(4) Todo el mundo se acerca o huye

(5) El acontecimiento impide circular.

Tanto por ciento de novedad:

(0) Banalidad total, ninguna ac­ción sobre la conciencia.

(1) Sensible para el paseante ocioso.

(2)   Será memorizado y contado

(3) Merecerá mención ante los amigos

(4)   Dará verosímilmente lu­gar a suceso en el periódico local

(5) Extraordinario, merece una nueva A.P.P.

Número de personajes ac­tuantes:

(0) Ninguno, es un hecho del decorado (grafiti, escaparates, etc...)

(1) Un personaje, caso fre­cuente

(2) Dos personajes actuan­tes (interpelaciones, disputas)

(3)   De cuatro a seis persona­jes

(4) Ocho o una decena de personajes

(5)   Un grupo pequeño (titi­riteros), una minicompañía.

 

Dimensión volumétrica:

 

(0) Ademán o paso

(1)   Estatura humana

(2)   Círculo de acción del ser (1x)

(3) Gran círculo vacío alrededor del actuante

(4)   Una parte de la acera

(5) Todo el lugar que está bajo la mirada.

Grado de implicación posible del espectador:

 

(0)   Nada, una mirada

(1)   Manifestar su intención

(2) Interés pasivo

(3) Reaccionar (responder a un vendedor callejero)

(4) Implicación activa (pagar, li­mosna al mendigo)

(5) Escribir, firmar, ser respon­sable (petición)

Coste general para:

* el espectador

(0) Ni tiempo, ni dinero, ni es­fuerzo

(1)   Algunos segundos de aten­ción

(2) Un esfuerzo para seguir el hecho propuesto

(2)   Pagar alguna cosa y hacer un gesto

(4)Obligación de pagar alguna cosa

(5) Puede tener consecuencias ulteriores

* el actuante

(0)   Cinco segundos

(1)   Treinta segundos

(2)   Dos minutos, preparación

(3) Cinco minutos

(4) Accesorios para transportar y proteger

(5)   Un equipo especializado (prestidigitador, pancartas)

 

Inversiones financieras (capital de base del actuante)

 

(0)   Nada

(1) Un vestuario accesorio, un acuerdo tácito con el policía

(2) Un acuerdo con los otros ocupantes del espacio público (contra­to de acera para las señoras)

(3) Alquiler de emplazamiento traducido por un ticket

(3)   Tener un automóvil

(4)   Construir y preparar una es­tructura

 

Tanto por ciento por compleji­dad:

(0) Muy simple, (Gestalt, imne­diato, vistazo)

(1)   Dos o tres elementos de aten­ción simultáneos: seguir la acción

(2) Varios elementos y un deco­rado

(2)   Requiere una explicación o una explicitación para comprenderlo.

(3)   Sobrepasa la capacidad de comprehensión normal del transeúnte eventual (regla de un juego de lotería)

(5) Muy complejo, exige aten­ción y explicaciones.

Alcance probable:

(0) Cero, el vecino inmediato en la acera

(1) Los que están a vuestro alre­dedor y que se paran

(2)   De uno a dos metros

(3) Varios metros

(4) Se extiende por toda la sec­ción de la calle

(5) Toda la calle lo percibe (mú­sicos).

Duración aproximada:

(0) Un segundo

(1)   Cuatro segundos

(2)   Quince segundos

(3) Un minuto

(4)De cuatro a cinco minutos

(5) Diez minutos o más (demos­tración de vendedores ambulantes)

 

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