COLABORACIONES

 

TIPOLOGIA DEL MAESTRO (y ... III)

 

Manolo Alcalá

 

EL MAESTRO

 

Subtipos:

 

- El militante.

- El paternal.

- El intelectualizado.

 

Y llegamos, por fin, al sector minoritario: el de los que aún gustan de ser llamados maestros.

 

Estos seres son, fundamental­mente, obreros de la escuela. Son indi­viduos que se resisten a dejarse arras­trar por la oleada de asepsia tecnicista, que siguen creyendo que su trabajo no consiste meramente en enseñar los ríos de España, la división con decimales o las reglas ortográficas.

 

Ciertamente estos seres esca­sean: constituyen la nota rara o el con­trapunto en los colegios. A pesar de eso siguen creyendo que la escuela ha de servir para formar personas, que en la escuela no sólo se imparte ciencia, que el término «maestro» está más cer­cano al de educador que al de instruc­tor.

 

El reducido sector del que habla­mos cuenta, entre otras, con una distin­tiva característica: la generosidad. Suelen ser personas generosas en el esfuerzo, generosas en el trato con los niños, generosas en el tiempo, pues frecuentemente estiran el dedicado a la escuela; generosas, en fin, en la asun­ción de responsabilidades.

 

A esa generosidad se le une en repetidos casos la sencillez y la mo­destia. Se saben maestros, no tecnólo­gos ni inspectores; se consideran arte­sanos del trabajo educativo, artistas de lo sencillo, y gozan, disfrutan, cuando sus alumnos han aprendido esto, son capaces ya de hacer aquéllo o han des­cubierto eso otro.

 

Maestros, que no profesores uni­versitarios o locutores de radio, son pobres en elocuencia, parcos en orato­ria, pero saben que lo que es, es y lo que no es, no es. Maestros, que no eruditos, carecen de un profundo co­nocimiento en esta o aquella discipli­na, pero saben hacer ver la simplici­dad de lo sencillo. Maestros, que no capataces o funcionarios, gustan de la charla con los niños, de la comunica­ción igualitaria, del juego y el diverti­mento con sus alumnos. Maestros, que no jueces ni policías, se sienten felices y orgullosos cuando en clase sus alum­nos, -sus niños-, están a gusto.

 

Maestros, que no literatos, se pa­san la vida enseñando a leer y escribir, mas son incapaces ellos mismos de escribir realmente.

 

Este reducido subconjunto de enseñantes es en verdad variopinto. Lo integran tanto individuos de una acen­tuada religiosidad como ácratas confe­sos, tanto personas sin adscripción po­lítica clara como impertérritos militan­tes de la izquierda comunista, tanto sindicalistas luchadores y convenci­dos, como pasantes del asunto politi­quero.

 

Si pudiéramos concentrar en una foto la variedad de personas (y perso­nalidades), encontraríamos al anciano cansado junto al maestro novel, al ama de casa maestra junto al etéreo intelec­tual, al libertino y pícaro junto al digno padre de familia, al desaliñado junto al vestido en plan diseño... Aquel se que­dó en la época de los Rolling Stones y Karina, éste prefiere el gregoriano; és­te, con la cosa actual de los Derechos Humanos y ese permanece aún en la Revolución Cultural de Mao. Uno fue primero cantante y después maestro, pero otro cantó por primera vez ense­ñando ritmo a sus alumnos... Está el calvo junto al melenudo, el fumador y el naturista, el metódico estudioso y el amante de la luna, el guerrillero frus­trado y el pacifista, el...

 

Pues bien, si observamos atenta­mente ese heterogéneo conglomerado podemos agruparlos alrededor de cua­tro prototipos con algunos subtipos in­cluidos. Tales son:

 

- El maestro militante; subtipos; el misionero, el revolucionario.

- El maestro paternal; subtipos; el calasancio, el clueca.

- El maestro intelectualizado.

- El maestro indefinible.

 

El maestro militante

 

El maestro militante es aquel que, cargado de conciencia social, ha trocado actuar en sindicato o partido por la escuela. Esta ha de servir para formar personas y transformar el me­dio. Sus esfuerzos, grandes en tiempo y dedicación, van en ese sentido. Sub­vierte el aula tradicional e impone la gestión de sí misma.

 

Para él, el horario escolar tiene carácter de dedicación plena: prepara fichas en casa, visita en sus casas a los padres, va a cursos para luego aplicar lo aprendido en su aula, participa en la gestión del centro, busca materiales para su clase...

 

Esta militancia suele darse de dos formas distintas, formas que dibujan dos ubtipos con perfiles diferenciados:

 

 

- El maestro militante misionero.

- El maestro militante revolucio­nario.

 

El maestro militante misionero concibe su labor como liberadora, re­dentorista. La escuela debe liberar a los niños de sus traumas, de sus opre­siones; debe servir para que sean feli­ces, al menos el tiempo que están en ellas. Este maestro suele insistirles a sus compañeros para convencerles de su idea. Se muestra fervientemente contrario a castigos, «controles» y no­tas. En ocasiones regala a sus niños alguna chuchería. Entre sus lecturas preferidas se encuentra «Los niños li­bres de Evolène».

 

El maestro militante revolucio­nario es una subespecie de la que que­dan contados ejemplares. La escuela, dice, es una institución creada por el Estado para perpetuar la división so­cial y la reproducción de las desigual­dades sociales. Por lo tanto hay que invertir la dirección de los hechos y hacer una escuela concienciadora, que eduque a los niños en la igualdad y la solidaridad con el fin de que, ya mayo­res, se rebelen contra la situación que viven. Este maestro, solitario quijote, alguna que otra vez echa arengas a sus colegas de claustro y se enerva cuando ve tanta vagancia, mojigatería y trivia­lidad en el profesorado.

 

Dedicado en alma y cuerpo a la escuela no distingue la entrada de la salida pues él siempre está dentro de ella. Intenta que su aula sea autoges­tionaria: la asamblea es la institución fundamental en la que sólo interviene cuando algún niño dice una contraver­dad. En casa tiene a Makarenko junto a Neill, a Freinet junto a la Biblia, a Bakunin con García Lorca.

 

El maestro paternal

 

El maestro paternal es un proto­tipo abundante dentro del minoritario sector que comentamos. Paternal o maternal, se muestra protector de sus, más que alumnos, niños. Quiere hacer una escuela sencilla, agradable: él está allí para ayudar a sus niños a que aprendan cosas útiles para la vida, pa­ra que aprendan a ser personas respon­sables, solidarias, para crear un clima de trabajo y bienestar.

 

Cuando regaña a alguno lo hace afectivamente y no duda en felicitar o besar con cariño a quien lo merezca. Su clase es eso, una prolongación de su personalidad. Cuando falta, cosa que raramente ocurre, sus niños se sienten desprotegidos. Por eso, cuando vuelve, el júbilo infantil es notoria­mente manifestado, lo cual le ensan­cha su paternal sentimiento. Amable, bonachón con sus protegidos muéstra­se siempre servicial, si bien es verdad que a algunos de estos maestros se les conocen ciertas caídas depresivas y alguna que otra actuación histérica.

 

Dos subtipos pueden destacarse bien dentro de esta modalidad: el cala­sancio y el clueca.

El maestro paternal calasancio, además de reunir las características ya expuestas, cree que los niños aprenden poquito a poco, sin prisas, ¡y con cari­ño!. Lejos de la moderna tecnología didáctica, de la fraseología curricular y de objetivos rimbombantes, la ver­dad, dice, está en lo sencillo, en lo simple. Conoce, domina técnicas sen­cillas, buenas desde siempre, con las que los niños aprenden a leer y a escri­bir, a hacer cuentas y a gustarle los animales y las cosas.

 

Sus clases suelen ser siempre una espina para aquellos otros maes­tros que intentan novísimas metodolo­gías y obtienen unos resultados difícil­mente evaluables. Respetado por los padres y querido por los niños, suele llamársele de «don».

 

El maestro clueca, más abun­dante en el sector femenino, es un sa­crificado. Ha nacido para sufrir por los demás. Se diferencia del calasancio en su perseverancia en el sacrificio. Bus­ca cosas para sus niños, averigua, va a donde tenga que ir, prepara materiales, pone dinero de su bolsillo si es menes­ter y su mayor alegría la vive cuando es bien recibido, cuando es querido por sus niños. Estos, a veces le llaman, espontáneamente, mamá, cosa que él corrige de inmediato.

 

 

El maestro intelectualizado

 

El maestro intelectualizado con­serva aun la decimonónica concepción de la enseñanza como acción encami­nada al desenvolvimiento de las facul­tades de los individuos. Consecuente con su idea actúa en la escuela animan­do, conduciendo, ayudando a sus, más que alumnos, futuros hombres.

 

Se muestra amante de la sabidu­ría y, quizá por inclinación infantil, es voraz lector de todo cuanto en sus ma­nos cae. Piensa este arquetipo humano que todo maestro debiera ser persona cultivada, conocedor de las artes de su oficio y divulgador de cuanto sabe. El maestro, en su opinión, debe trabajar para elevar la cultura de quienes le rodean. La cultura eleva la humanidad del individuo, procura conciencia del propio ser colectivo. «En efecto -suele concluir un pobre analfabeto es más pobre todavía».

 

Bajo la etiqueta de intelectuali­zado colocaremos a dos característicos subtipos: el «sensible» y el «acelera­do».

 

El maestro intelectualizado sen­sible es un personaje fácilmente reco­nocible. Gusta de la Literatura y del Arte; ama el cine y los paseos solita­rios. Rehúye el fútbol, las vociferantes multitudes y las acaloradas discusio­nes de los claustros.

 

Equidista de la ruidosa algarabía escolar y de la frivolidad de sus cole­gas. Se emociona, aunque inhibe el gesto, cuando alguno de sus futuros hombres le muestra una poesía o algún creativo dibujo, tornándose su emo­ción en sorprendente ira cuando algu­no de sus alumnos agrede, insulta o humilla a otro. Despectivo con la in­sulsez y la superficialidad, utópico, fiel cumplidor de su labor. Ora ama­ble, ora irascible con sus congéneres, se le conocen grandes despistes y ac­tuaciones emocionadas. Suele ser, por más señas, parco en el coloquio gru­pal, pero locuaz en la intimidad, lo cual le granjea duraderos afectos de algunos de sus futuros hombres.

 

El maestro intelectualizado ace­lerado es prototipo de constancia, de incombustibilidad. Emprendedor, in­novador, eternamente insatisfecho y optimista.

 

Amante de la sabiduría, acude a cursos; más que leer estudia, está sus­crito a revistas del oficio. Experimen­ta, indaga, busca. De un año para otro cambia métodos y técnicas, introduce herramientas nuevas....

 

Modesto, sabe pero no lo apa­renta, y se lamenta, para sus adentros, del desánimo, la poca iniciativa y el escaso nivel de sus compañeros. Enemigo de lo rutinario, vive la vida más de prisa que quienes le rodean, lo cual le hace visible entre la masa. Por ello, a veces, ha de soportar la pregunta: «¿a ti es que te pagan más?».

 

Aquí termina, amigo lector, esta concienzuda tipología. A buen seguro que habrásele olvidado algo al autor. Si ello fuere así, no dudes en coger tu pluma y añadirle lo que te plazca. Mas si encontrares fallos, con­traverdades o desatino en lo que aca­bas de leer, sé osado y muestra tu parecer, ya de viva voz, ya de cuño caligráfico.

 

¡Adelante! De aquí al 92 tene­mos tiempo.

 

MALAGA 15 de febrero de 1989