UNA VISITA A LA ESCUELA LANCASTERIANA

 

Por Eligio Moisés Coronado*

 

El inglés Joseph Lancaster puso en práctica, a principios del siglo XIX, una estrategia de enseñanza mutua que se popularizó rápidamente en la propia Inglaterra y en otros países europeos y americanos.

 En 1822, cinco ciudadanos de la capital mexicana (Buenrostro, Codorniú, Fernández, Turreau y Villaurrutia) crearon la Compañía Lancasteriana con el propósito de llevar educación elemental a los niños más pobres del Distrito Federal.

 El primer programa educativo de la nueva república[1] está contenido en el Proyecto de reglamento general de Instrucción Pública, decretado en diciembre de 1823, cuyo artículo 37 previene que “el Estado debe atender a la formación de jóvenes preceptores en la escuela normal “Filantropía” [segunda establecida, después de la de “El Sol”] de la Compañía Lancasteriana.”[2]

 Dicho método de enseñanza recíproca ya había sido ejercido antes por profesores privados y de escuelas conventuales gratuitas en México:

“...el método se practicaba en Puebla desde 1818”; “en mayo de 1819 funcionaba ya una escuela de enseñanza mutua bajo la dirección del profesor Andrés González Millán..., y en diciembre 16 del mismo año, La Gaceta de México vuelve a hacer mención del profesor Andrés González Millán, director de la escuela lancasteriana o de enseñanza mutua, sita en la calle de Capuchinas.”[3]

 Pero la Compañía Lancasteriana (llamada así en acreditación a su promotor, obviamente, quien no tenía ninguna relación personal con el proyecto mexicano) recibió el interés y el respaldo gubernamentales, de tal magnitud que el gobierno de Antonio López de Santa Anna le confió en 1842, y el de Nicolás Bravo le confirmó ese mismo año, la dirección de Instrucción Primaria en la República, que ocupó hasta 1845.

 El sistema era barato y rápido, pues un profesor-director podía, mediante monitores previamente adiestrados, impartir enseñanza a por lo menos 80 niños simultáneamente (8 “clases” de 10 integrantes cada una); por eso mismo exigía la utilización de espacios muy amplios, que en parte de los casos eran exconventos.

 Los monitores llegaban a las 6 ½ de la mañana a recibir indicaciones del director, durante media hora, sobre las asignaturas que iban a enseñar: lectura, escritura y aritmética. Las sesiones eran de ocho a doce y de catorce a diecisiete horas. Media hora antes del periodo vespertino, los monitores recibían lecciones para la enseñanza de doctrina cristiana.

 Cada alumno se formaba con el resto del grupo para revisión del aseo corporal; luego del toque de la campanilla, todos se dirigían al salón y se repartían en las mesas por niveles o “clases”; a una orden del monitor se arrodillaban, rezaban y enseguida comenzaba la sesión, cuya materia inicial era escritura; su didáctica consistía en enseñar las letras y luego las vocales acompañadas de consonantes, esto es el “silabeo”, para pasar después a formar palabras y enunciados.

 Los más pequeños quedaban frente al escritorio del director, quien sólo se dirigía a los monitores para darles instrucciones.

 Un criterio fundamental de la escuela lancasteriana era que el niño debía estar en actividad permanente, y lo que determinaba su ubicación en cada clase no era la edad sino el avance en el aprendizaje; por ello, el método requería, además de estricta organización y disciplina, un minucioso proceso de evaluación que permitiera, sin duda, registrar los adelantos del alumno y asignarlo a la clase o nivel siguiente.

 Por cada grupo de diez aprendientes había un monitor “particular” (seleccionado por el director entre los de mayor aprovechamiento); estaban también los monitores “generales”, que pasaban lista de asistencia y cuidaban los materiales de trabajo; y los de “orden”, que aplicaban las reglas de premios y castigos.

 La necesidad de adiestrar a los monitores particulares dio lugar, pues, a la creación de las llamadas normales lancasterianas, la primera de las cuales, inaugurada en 1823 como parte de la escuela “Filantropía”, hubo de suspender pronto sus actividades por falta de alumnos, aunque persistió, por supuesto, la práctica fundamental de preparar a los jóvenes enseñantes para llevar a cabo sus tareas cotidianas.

 La mayoría de los alumnos asistían en las mañanas, y sus edades fluctuaban entre los 6 y 10 años; algunos pocos eran admitidos con menos o más.

Todos rezaban al final de la sesión, y al toque de campana pasaban los pequeños frente al director, quien hacía saber a cada uno las sanciones que les fueron impuestas por faltas en que incurrieron. Ello provocó no pocas dificultades entre padres de familia y maestros.

 Causas comunes de ausentismo, impuntualidad y deserción eran la falta de alimentos, vestido y calzado de los pequeños, así como las frecuentes epidemias.

Cuando México lo adoptó, el método lancasteriano tuvo extraordinarios resultados pues era respuesta idónea a la situación y las urgencias pedagógicas nacionales.

No obstante, Lucas Alamán, ministro de Relaciones Interiores y Exteriores del presidente Anastasio Bustamante, en su Memoria presentada a las cámaras en 1830, expresó que “el sistema de enseñanza mutua no ha producido todos los resultados que eran de esperarse.”[4]

Su declinación comenzó hacia 1870, durante la administración del presidente Benito Juárez, debido a que el gobierno federal y los municipios empezaron a asumir la construcción de una incipiente estructura educacional nutrida de las contribuciones de los propios maestros mexicanos que pusieron en evidencia los rezagos del antiguo sistema.

Así, la Compañía Lancasteriana fue disuelta, por decreto del presidente Porfirio Díaz, en 1890.

* Profesor-investigador de la Benemérita Escuela Normal Urbana “Profr. Domingo Carballo Félix” de La Paz, Baja California Sur, México (noviembre de 2000).


[1] Había obtenido su independencia de España en 1821.

[2] Meneses Morales, Ernesto, Tendencias educativas oficiales en México, 3 v., 2ª  ed., Universidad Iberoamericana, México, 1998, v. i, p. 93-96

[3] Ídem, p. 89.

[4] Ídem, p. 110-111.