La calidad de la televisión

 

GIUSEPPE RICHERI

 

Pese a sus más de 40 años de presencia ante los ojos del pú­blico, hay que admitir que la televisión es todavía, en gran medida, un medio opaco. Su funcionamiento si­gue siendo, en muchos aspectos, difícil de conocer: todavía es poco lo que sa­bemos sobre sus efectos con respecto a las posiciones del público, los modos de formación de las audiencias, sobre cómo el público usa la televisión y cómo la televisión usa al público. Por otra par­te, con el paso del tiempo la televisión ha tenido que conformarse a una trama cada vez más compleja de valores, de necesidades, de derechos e intereses que a menudo figuran entre sus incom­patibilidades. Todo punto de vista so­bre las funciones de la televisión com­porta una concepción distinta de las re­laciones entre su organización, la pro­gramación y su público. Hay, sin em­bargo, un hecho preciso que la transfor­mación competitiva de los sistemas televisivos europeos ha puesto de manifiesto: la divergencia entre la función social y cultural de la televisión y la na­turaleza económica de la empresa televisiva. Se han planteado, a este res­pecto, importantes interrogantes a los que aún no se ha encontrado respuestas operativas: ¿cómo hacer una televisión que se dirija al telespectador en tanto que consumidor o ciudadano? ¿Hay que reforzar o superar las barreras que se­paran la cultura del comercio? ¿Cómo valorar la eficacia televisiva de otro modo que no sea la medición de au­diencia? A este tipo de interrogantes hay que añadir la cuestión de la calidad de los programas televisivos. Se trata de un tema que es objeto de discusión des­de hace mucho tiempo y que se ha reavivado cuando las televisiones pú­blicas europeas, bajo la presión de la competencia privada, han tenido que refrescar su propia identidad. Hoy ha­brá que abordar la discusión de la cali­dad sobre la base de un mayor conoci­miento del nuevo paisaje audiovisual al que los telespectadores tienen acceso en los ámbitos local, nacional e interna­cional. Pero falta el valor necesario para abandonar los viejos esquemas y para razonar en otros términos sobre la cali­dad de la oferta y sobre las opciones del telespectador. ¿Por qué razón los viejos puntos de vista resultan hoy in­aceptables para juzgar la calidad de la televisión? ¿Se han visto reemplazados por otros criterios menos parciales? ¿Qué puede hacer el telespectador para encontrar calidad? Los antiguos plantea­mientos consideraban la calidad de la televisión según sus resultados, su for­ma y su función. En el debate actual se siguen proponiendo uno u otro de estos criterios, que, no obstante, resultan cada vez menos operativos.

EL RESULTADO. A menudo, en los úl­timos años, para medir la calidad de un determinado producto o de una progra­mación televisiva completa, se ha pro­puesto el criterio que afirma la "sobera­nía del consumidor" como posición de principio también en este campo. No es posible o, en todo caso, no interesa defi­nir la calidad de un producto desde el momento en que se concede importan­cia sólo a la opinión del consumidor ex­presada a través de sus elecciones de programación. Este punto de vista, de­fendido normalmente más por las emi­soras privadas que por los propios tele­spectadores, es asumido en la actuali­dad también por algunas redes públi­cas. Según esto, se tiende a considerar cualquier definición alternativa como fru­to de intereses subjetivos de intelectua­les, políticos y moralistas, o bien como expresiones de entes iluminados o paternalistas. La condición para tener una televisión de calidad es no poner lími­tes, restricciones ni normas a la progra­mación: "La libertad de programar del emisor es la garantía de calidad de la televisión". El problema es que no exis­te ninguna relación entre la audiencia y la calidad de un programa: en la actuali­dad, muchas investigaciones han pues­to de manifiesto que el telespectador no escoge normalmente el programa que considera de mejor calidad sino el más espectacular, el que "entretiene sin abu­rrir", el que le exige "menor esfuerzo".

LA FORMA. Otro punto de vista, tam­bién muy extendido y de mayor anti­güedad, es el que suele expresarse en los ambientes profesionales. La calidad de la televisión está ligada a caracterís­ticas artísticas, estéticas y técnicas. Se mide, por tanto, en términos de actua­ción y dirección, escenificación y en­cuadramiento, iluminación, etc.

Según este punto de vista, existe un conjunto de valores estéticos amplia­mente compartidos en la comunidad de profesionales de televisión, que puede aplicarse en general a cualquier tipo de transmisión televisiva. Partiendo de es­tos parámetros se juzga también en qué medida un programa es repetitivo o in­novador. Según una versión más actua­lizada, no existe una "estética televisiva" desde el momento en que no es posi­ble comparar la calidad de un progra­ma de ficción con la de un programa informativo. Todo género televisivo pue­de, no obstante, ser valorado según la tradición de su lenguaje particular y de su forma específica. Este planteamiento reserva a la comunidad artística‑profe­sional la competencia para juzgar la calidad de un producto televisivo, mien­tras que toda interferencia burocrática o condicionamiento del mercado se con­sidera inaceptable. La condición para obtener productos de calidad es, por consiguiente, garantizar la independen­cia y la autonomía de quien realiza el producto: "la libertad de expresión del productor es la garantía de calidad para el telespectador". Pero tampoco en este caso se da un paso adelante. Las calida­des formales (artísticas, estéticas, técni­cas, etc.), para ser apreciadas, y por lo tanto buscadas, presuponen ante todo una educación y una capacidad especí­ficas, por lo que suelen requerir, como sucede con la música o la literatura, una inversión en tiempo y en atención. Se trata, por tanto, de un criterio, por una parte excesivamente selectivo para un medio de comunicación de masas, y que, por otra parte, no tiene en cuenta las modalidades de uso de la televisión pre­dominantes en el transcurso del tiempo.

LA FUNCIÓN. El tercer punto de vista valora la calidad de las transmisiones televisivas según su función social y cul­tural. En este caso, más que la forma, son importantes los contenidos de las transmisiones con respecto a los diver­sos componentes del público.

Se trata de un criterio "histórico" que antaño legitimaba la exclusiva del Esta­do sobre la actividad televisiva y que en la actualidad sigue legitimando a la tele­visión pública, pero que muchos consi­deran un criterio válido en general para todas las actividades televisivas, tanto públicas como privadas.

La televisión es de calidad cuando ofrece al individuo las informaciones correctas para formarse una idea sobre el mundo que le rodea, para tener co­nocimiento de sus derechos y de sus deberes, para compartir los intereses y los objetivos de la comunidad. Una se­gunda versión es el punto de vista "pe­dagógico", según el cual la televisión es buena cuando educa y eleva el nivel cultural del público. Para otros, incluso, la televisión está bien cuando tiene un papel más dinámico como orientadora de los comportamientos de las perso­nas: cuando solicita la participación de los ciudadanos en la vida de la comuni­dad, ofrece modelos de comportamien­to positivo, sugiere formas de integra­ción, de socialización con otros individuos, etc. Pertenecen a este grupo tam­bién criterios que podemos denominar de tipo ecológico: una televisión de cali­dad no debe "contaminar", es decir, no debe transmitir programas antisociales como los programas violentos, inmora­les, sexistas o racistas, o imágenes "es­peluznantes" o "truculentas" que puedan ofender la sensibilidad del ciudadano corriente. Se trata, en todo caso, de cri­terios contradictorios: no hay consenso suficiente sobre lo que está bien o mal, sobre lo que es útil o dañino para los individuos, no hay valoraciones unáni­mes sobre los intereses y las perspecti­vas de la comunidad, etc. Que la televi­sión influye sobre la gente es un dato incuestionable (aunque nadie está en condiciones de decir cómo y cuánto), pero lo que ya no es aceptable es que la televisión se proponga influir sobre la gente.

A CADA UNO LO SUYO. La palabra "calidad" en televisión se usa con signifi­cados múltiples, pero sin ningún resul­tado. En el nuevo contexto televisivo que se está formando, el problema de la ca­lidad no puede ya referirse a un progra­ma concreto o a una red determinada, porque nadie puede definir jerarquías televisivas sobre la base de la calidad. Hoy parece más apropiado referirse al sistema televisivo en su conjunto: su ca­lidad viene dada por el número de ca­nales y de programas diversos que se está en condiciones de ofrecer, disfru­tando de la multiplicidad de redes y so­portes disponible. Está llegando a su fin la época en que la oferta televisiva era igual para todos, en que era gratuita y destinada sólo al tiempo libre. Para ob­tener el mejor provecho posible del nue­vo ambiente audiovisual que se está for­mando bajo nuestros ojos, habrá que ser conscientes de la oferta ampliada, habrá que ser competentes en la labor de seleccionar la calidad de la "calidad" que se quiere, y se podrá también pa­gar por acceder a la "calidad" deseada. Sin escándalo, del mismo modo que hay que pagar para acceder a los espectá­culos en vivo, a los lugares de entreteni­miento, al cine o a los programas distri­buidos en vídeo.

 

Traducción: Antonio Fernández Lera