MIME-Version: 1.0 Content-Location: file:///C:/D18ACA61/t38europa.htm Content-Transfer-Encoding: quoted-printable Content-Type: text/html; charset="us-ascii" Europa Iberoamérica: las dificultades de una comunicaci&oacut= e;n,

Eu= ropa‑Iberoamérica: = las dificultades de una comunicación,

 

MIGUEL ÁNGEL = AGUILAR

 

Basta acercarse a los medios infor­mativos c= on ánimo científico para averi­guar enseguida que reflexionan muy poco y conocen muy mal su propio comporta­miento. Obligados a reacc= ionar ante estí­mulos informativos, que se suceden verti­ginosamen= te, son víctimas de la inmediatez y pocas veces reparan en la trayectoria que están describiendo. Para conocerla basta seguir la sencilla prescripción de ciertos pasatiempos: “únase la lí= ;nea de puntos y sale el elefante”. Pero en muchos medios no tienen el pequeño cuidado de unir la línea de puntos para ver qué ima­gen están dando en sus propias páginas, en sus propios espacios rodados o televi­sados, de determinados asuntos. En parti­= cular, apenas se ha estudiado el tratamiento informativo que los medios europeos r= e­servan a Iberoamérica.

Se ha hablado con frecuencia de Espa­ñ= ;a como puente con Iberoamérica pero desde cualquier aeropuerto de Iberoamé­rica se puede volar a cualquier aeropuer­to europeo= . Ni Cádiz, ni Sevilla tienen el monopolio del comercio con las Indias, c= omo sucedió durante siglos. Ni tampoco controlan esos puertos la entrada= ni la sali­da de personas, de doctrinas, ni de nada. Está claro que= , en estos tiempos, afirmar que España sea el puente de Europa con Iberoamérica no pasa de ser una falacia.<= o:p>

Además, los acuerdos de Shengen so­bre la libre circulación de personas en el interior de la CE,= que deberían entrar en vigora partir del 1 de diciembre de 1993 para nuev= e de los doce países, porque Irlanda, Gran Bretaña y Dinamarca = se ex­cluyeron, obligan a edificar una frontera común exterior para el ingreso de perso­nas y, por consiguiente, impedirán en adelante la libre entrada que hasta ahora te­n&iacu= te;an en España las gentes de origen ibe­roamericano. De ahí los disgustos colosa­les de García Márquez, que prometi&oacut= e; no volver a España mientras se exigieran vi­sados de entrada. Pe= ro en adelante Espa­ña queda obligada a restringir la acce­sibi= lidad a ciudadanos iberoamericanos por ese acuerdo comunitario de Shengen.

Pero los observadores y estudiosos es­pa&nti= lde;oles, al examinar el desarrollo de la Comunidad Europea, han advertido el pa­= pel relevante desempeñado por Francia o Gran Bretaña respecto de = los países que formaron parte de sus antiguos imperios coloniales y, cua= ndo España se incorporó a la Comunidad Europea, entre las apor­taciones más esperadas y más valoradas de nuestro país al acervo de la política internacio= nal comunitaria figuraban esas especialísimas relaciones con Iberoam&eac= ute;­rica, en primer lugar, y, también, con el mundo árabe.

A España, fuera de toda ingenua pre­t= ensión de exclusividad, le incumbe el deber de activar = la conciencia europea sobre Iberoamérica. De esa tarea de activador, de catalizador de la conciencia europea sobre Iberoamérica, Españ= ;a no debiera desertar. Debe atenderla en la misma, o en mayor proporció= ;n, en la que Francia es un decidido activista en favor de África, o Gran Bretaña en favor de los países que estuvieron bajo su corona.= Ima­ginemos lo que harían los franceses si en lugar de tener detrás el Gabón o el Ca­merún y otros países semejantes, tuvieran detrás México, Argentina, Venezuela, Chi­le, Perú, Colombia, etc.

Llegados a este punto, conviene resal­tar que fue en América donde primero y donde mejor se aclimataron las formas culturales y políticas propias de la civiliza­ción europe= a. En ningún otro lugar del mundo se ha producido una recepción a los aportes europeos semejante a la de América. Las relaciones de Eu= ropa y Amé­rica desmienten que la distancia se mida en kilómet= ros. Porque la distancia de Eu­ropa con América en el espacio pluridi­mensional de la civilización es mu= cho menor que, con su contigua Asia o con su inminente Afr= ica. América es mucho más cercana a Europa porque forma un conti&s= hy;nuo de civilización compartida en ambas orillas atlánticas.<= /o:p>

El idioma puede proporcionar alguna ilustración a todo lo anterior. Cualquier marroquí, tunecino o argelino, si se le pre­gunta cuál es su lengua contestará= sin duda que el árabe. Como si se pregunta a un ken= iata, es seguro que responderá el swahili. Otr= a cosa es que en cada uno de esos países haya una delgada capa diri­gen= te que hable el francés, o que el inglés haga de lengua franca en otros países para entenderse en el mundo de los ne­gocios y de la política internacional. Pero la presencia del francés y el inglés en algunos de esos países está claramente en retroceso. Por ejemplo, en el norte de África, el francés retrocede frente al ára­be. El desconocimiento del francé= s, inclu­so en esas capas más educadas, empieza a ser frecuente. Sa= ber idiomas se consi­dera, en estos tiempos de fundamenta­lismo, un síntoma de flojera patriótica. Y des= de luego, la impregnación del idioma francés en Argelia es incomparable con la del español en Argentina o en México o en Colombia o en cualquiera de los otros países iberoamericanos. Porque ningún colombiano, ningún argentino, ningún chi­le= no alberga dudas cuando se le pregunta cuál es su idioma, sobre qu&eacu= te; es el espa­ñol. Los iberoamericanos, más que usua­rios del español, son sus copropietarios con título tan legítimo como el nuestro.

Conviene resaltar esta diferencia a fa­vor d= el español, en medio de tantas des­ventajas y de tanta fruici&oacut= e;n como suscita en nuestro país el desastre. Prueba de ello es que esta= mos haciendo ya un gran es­fuerzo y que en seguida se verán carteles y convocatorias para conmemorar el de­sastre del = 98. Será una conmemoración que dejará pequeña la de= l V Centenario del Descubrimiento de América porque, de verdad, lo que n= os gusta, lo que disfru­tamos, donde nos encontramos verdade­ramente c= on nosotros mismos, es en el desastre. Nada como un buen desastre y, por eso, vamos a preparar su conmemo­ración de una manera cuidadosa y efe= cti­va.

Pues bien, dicho todo eso, en medio de todos esos desastres de la historia de Es­paña, resulta que el españ= ol es en Iberoamérica una realidad incomparable con la que representa el inglés o el fran­cés en las áreas que formaron par= te de sus imperios.

Si nos centramos en el ámbito de la prens= a, ¿podría alguien citar un conjunto de diarios o de medios informativos en África, o en Asia, en los países de los desaparecidos imperios de las potencias europeas, comparables al que configura la prensa iberoamericana? ¿Es = que existe un conjunto de órganos de prensa y de información, en cualquiera de los ámbitos excoloniales q= ue he citado comparable al que resulta, con todos sus defectos inclui­dos, de sumar lo que puede ser el Clarin de Bu= enos Aires, el Exce= lsior de México, El Mercurio de Chile, el Espectador de Bogotá, El Nacional de Caracas, Página 12 de Buenos Aires y así hasta sobrepasar varios centenares de periódicos?

Estas y otras realidades del mundo his­panoh= ablante configuran, en mi opinión, una comunidad de enorme potencialidad, pe= ro han permanecido inertes y cerradas sobre sí mismas, sin engendrar las conse­cuencias esperables. Por eso, debería­mos ayudar a su alumbramiento, adverti­dos como estamos, nada menos que por don Jos&eac= ute; Ortega y Gasset, de que toda realidad que se ig= nora prepara su ven­ganza.

La Comunidad Iberoamericana de Na­ciones tendría que articularse como un centro autónomo de actividad internacio­nal, capaz de generar un campo gravi­tatorio propio con = una efectividad que tras­cienda el arrastre histórico o las nostalgi= as culturales. Mientras la Comunidad Ibero­americana de Naciones est&eacut= e; degradada a la condición de periferia de otros impe­rios, sus ansiedades informativas queda­rán referidas a metrópolis extrañas. Ade­más, es sabido que entre las zonas que comparten el carácter de periféricas cunde siempre el desinte= rés recíproco.

Sólo así se explica que la difusión de algunos semanarios norteamericanos, por ejemplo Time y Newsweek, en el conjunto de los países de Latinoamérica ascienda a unos doscientos mil ejemplares para cada uno de ellos. Ninguna publicació= n espa­ñola, ni siquiera la de más éxito a nivel internacional, que es Hola, tie= ne una difu­sión en Iberoamérica que llegue al 10 por ciento de = esa cifra. Estudiando el caso de Time y= Newsweek, escritas en inglés, al­gunos empresarios pensaron que a unos semanarios editados en español para = el conjunto del continente iberoamericano, les correspondería alcanzar mayores ci­fras puesto que utilizan la misma lengua del común de= la población.

Sin embargo no sucede así por una ra­= zón, porque en la periferia siempre inte­resa lo que pasa en la metró= poli pero nunca, o mucho menos, lo que pasa en la periferia contigua. El caso de Castilla‑La Mancha puede servir de ejemplo a escala regional. Es indudable que en Ciudad Real interesa mucho más lo que pasa en Ma&sh= y;drid que lo que pasa en Albacete que está al lado, que es la provincia contigua. ¿Por qué? Pues porque la relación informativ= a es en primer lugar una relación radial cen­tro‑periferia, mientras los diversos espa­cios periféricos se ignoran entre sí, se desconocen y, precisamente por eso, se empobrecen y se desorganizan. Pero es que las líneas de fuerza de un campo informati= vo son análogas a las de un cam­po electromagnético, como lu= ego vere­mos.

Causa y resultado del señalado desinte&sh= y;rés entre zonas que comparten esa condi­ción periférica, es el aislamiento y la incomunicación. Es una realidad clarísima qu= e es más sencillo y más rápido v= enir de Córdoba a Madrid que ir de Córdoba a Granada. Ademá= s, el aislamiento y la

in= comunicación sientan las bases del subdesarrollo y la pobreza. Incluso en los territorios más fértiles y más dotados de recursos naturales, cuando están someti­dos al aislamiento, se genera una espiral de subdesarrollo y pobreza. Pero si los medios de expresión hispana supieran utilizar la materia prima de la información, optarían por la mejora de las técnicas organizativas, y llegarían a formar con au­tonomía un cam= po gravitatorio informati­vo propio, la Comunidad Iberoamericana de Nacion= es, área hasta ahora relegada a la penumbra de la periferia y sojuzgada = por intereses excéntricos a ella misma, adquiriría luz propia y dejaría de ser mero satélite que refleja la luz ajena.

Dejemos Castilla‑La Mancha y volva­mos= a Bruselas, el campamento, donde todos los europesimista= s tienen su asien­to. Observemos cómo los doce países miemb= ros discuten sobre las modalida­des de la unión y cómo la ratificación del Tratado de Maastricht encuentra obstácu­los en Copenhague o en Londres. Ahora, tomemos suficiente distancia de Bruselas y comprobaremos, ‑al menos esa es mi= experiencia personal‑ el interés y la pa­sión que en China o en Centroamérica suscita la idea de Europa como potencia activa en el área internacional, percibida como una necesidad inaplazable.

Los mayores europeístas, los más c= on­vencidos, los he encontrado en Pelán y en San José de Costa Rica. Chinos y costarri­censes, por señalar= dos ejemplos conoci­dos, profesan un europeísmo ardiente porque para ellos es vital que Europa ac­túe con una sola voz en el ámbito de la política internacional, porque consideran libera= dora la ruptura de esa situación que antes era bipolar y ahora es casi mo­nopolar. En San José saben todos que la versión auténtica de la doctrina Monroe<= /span>: América para los norteamericanos sólo puede paliarse con la aparición en la es­cena internacional de la Unión Europea.

Pero aunque la autonomía de Iberoam&eacut= e;­rica pueda favorecerse desde la UE, sólo podrá alcanzarse desde la perspectiva de la comunicación. En estos días, cuando se reúnen en Bahía (Brasil) los jefes de Esta­do y de Gobier= no de la naciente Comuni­dad Iberoamericana de Naciones (CIN), conviene advertir que esa comunidad sólo adquirirá articulación política efectiva si llega a dotarse de un campo informativo con gravitación propia, superando la excentricidad informativa que ahora la ca­racteriza y la descalifica.

La anterior afirmación parte de la tesis = de que no puede llegar a darse una co­munidad política, articulada = como tal, cons­tituida en centro activo, si no está super­puesta a ella una comunidad informativa suficientemente eficaz.

La referencia al campo gravitatorio in­forma= tivo hace necesario presentar el enunciado de la Ley de la Gravitación In­formativa (LGI) que adelanté hace algún tiempo en los siguientes términos:

 

N =3D i  &nb= sp;                 Ah X ae

   &nbs= p;            &= nbsp;         _______

          &= nbsp;           &nbs= p;   d2 (h‑e)=

donde:

 

N, es la noticiabil= idad de un hecho

i,  es el coeficiente de improbabilidad de que ese hecho ocurra, cuyo cál­culo es la base del negocio de los             seguros. i =3D 1 , siendo p la probabili­dad,

 &n= bsp;            = ;                  p

Ah, es la magnitud de los intereses afec&s= hy;tados a consecuencia de ese hecho, en el lugar donde ha ocurrido.

ae, es la magnitud de los intereses afec&s= hy;tados a consecuencia de ese mismo hecho en el centro editor o emisor desde donde = se capta y eventual­mente se difundiría su versión como noti= cia.

D2 (h‑e), es la distancia entre el l= ugar del hecho y el centro editor o emisor.

 

Esta Ley de Gravitación Informativa de&sh= y;bería poner fin a una querella, que generó tantos duelos en el periodismo = del siglo XIX como refiere el historiador Álvarez junco en su magnífica biografía de Alejan­dro Le= rroux. Porque en las redacciones de los medios informativos se ha vertido la sangr= e y se han creado las mayores hostilidades en la discusión por el signif= i­cado de las palabras o sobre el criterio de qué es, o qué no es, noticia. El jefe inquie­re indignado al redactor cómo se le ha ocurrido publicar algo que a nadie impor­ta o cómo se le ha esca= pado la que consi­dera noticia del día. La consulta de los manuales sólo ofrece definiciones de noti­cia que se encierran en verdade= ras tauto­logías.

Las definiciones inanes son reversibles, como esa clásica según la cual, “Noticia es aquello que debe publicarse”. También se puede decir al revés: “De= be publicarse aquello que es noticia”. La reversibilidad excluye cualqui= er progreso científico. Es mejor seguir el ejemplo de Newton hasta lleg= ar a la ley antes enunciada, que ha recibido el honor de haber sido publica­= da también en inglés. Recuerden que cuan­do algo se publica = en inglés adquiere una respetabilidad adicional.

Regresemos al enunciado de la Ley de la Gravitac= ión Informativa. Su ecuación establece cuánta noticiabilidad (N) encie­rra un hecho. Convi= ene glosar los térmi­nos en que se expresa.

i es el coeficiente de improbabilidad. Equivale al inverso de la probabilidad de que el hecho en cuestión se produz­ca. Sobre el cálculo de probabili= dades se basa el negocio del próspero sector de los seguros. Pero la prima noticiosa es tanto mayor cuanto más improbable, mientras que para contratar un seguro la improbabilidad disminuye su importe. La improbabilidad es un factor multip= li­cador de la noticiab= ilidad de un hecho. Sabemos por experien= cia que lo insóli­to tiene todas las ventajas para alcanzar ecos periodísticos. Todos los medios brindan generosos espacios para reco= ­ger hechos irrelevantes pero improba­bles. Es el ejemplo de las Escuelas de Periodismo, según el cual es más noti­cia un niño = que muerde a un perro, que un perro que muerde a un niño. De ahí = que nos informen puntualmente del na­cimiento de un ternero con dos cabe&sh= y;zas, o de que una calabaza ha pesado 60 kilogramos, o del hermafrodita que, después, se averiguó inexistente en Fili­pinas.

Además, la noticiabilidad es directamen­te proporcional= a los intereses afecta­dos en el centro editor o emisor A y en el lugar donde= el hecho se ha verificado ae, e inversamente proporcional al cua­drado de la distancia entre el centro emisor o editor y el lugar de los hechos d2 (h‑e).=

El factor distancia es una percepción elemental, que resaltan también las Es­cuelas de Periodismo cuan= do afirman que es más noticia un muerto en la propia calle que cien en = la India. De esta realidad los medios informativos ofrecen permanente reflejo. Pondré un ejemplo de ABC= pero, a continuación, otro de El País y de El Mundo p= ara que nadie se sienta en mala situa­ción, mientras empeoro la mía.

Recordarán ustedes que ABC dedicó numerosas portadas a denostar el carril­bus provisto de bordillo de la calle de Se= rrano. Tanta atención concedida a cues­tión tan nimia desconcert= aba, pero con la Ley de Gravitación Informativa se entiende perfectamente. Dado que la distancia entre el carril‑bus y el ABC, que estaba enton&= shy;ces en el número 61 de esa calle, era prácticamente cero y conoci= do que cual­quier cantidad dividida por cero, según convenio matemático, es infinito, resulta la infinita no= ticiabilidad del carril‑bus para el ABC.

Pero también el procesamiento de Juan Lui= s Cebrián fue portada, sucesiva y per­manente, de El <= /i>País. Para explicar ese pro­ceder basta recordar que en aquel tiem­po, la distancia entre El País = y Juan Luis Cebrián era prácticamente ce= ro y, por consiguiente, para El Paí= ;s la noticiabilidad del procesamiento de Juan Lui= s Cebrián era infinita. Otro tanto puede decirse= de la querella del fiscal contra Pedro J. Ramirez y el relieve informativo que alcanzó en el diario El Mundo.

En otros países, los directores de los periódicos solamente aparecen mencio­nados el día de su nombramiento y el día de su cese, pero este país nuestro tiene otras tradiciones y las cultiva activamente y podríamos poner m&aacu= te;s ejemplos, pero tampoco conviene.

La Ley de la Gravitación Informativa, más arriba enunciada, da razón del cam­po gravitatorio generado en torno a cual­quier editor o emisor en actividad. Sabe­m= os que los hechos gravitan informati­vamente siempre respecto a un centro emisor o editor. Para que un hecho ad­quiera realidad informativa, es decir, se convierta en noticia, es necesario que sea primero detectado por = un centro editor o emisor y, después, difundido desde ese centro. Sin la capacidad de detección y sin la potencia difusora de un centro edito= r o emisor, el hecho se ve privado de reali­dad informativa y se mantiene a= jeno a las percepciones públicas. Una de las carac­terísticas básicas de cualquier centro edi­tor o emisor es su alcance radial que, en un barrido de 360 grados, describe una superficie cuyo perím= etro no es necesa­riamente una circunferencia porque, se­gún el ángulo, puede variar la potencia difusora, representada por la longi= tud del radio, pero, en todo caso, el barrido circu­lar describe la superfi= cie en la cual el medio de expresión escrito o radiado se difunde alcanz= ando un índice de audiencia efica= z, el IAE, sobre la población asentada en ese ámbito territorial.

Sólo hay vertebrada una comunidad in­= formativa en aquellas áreas donde algún medio tiene un índice de audiencia eficaz, IAE sobre la totalidad de la población que se asie= nta sobre ellas. Sin la existencia de medios, dotados de IAE, el campo gravitat= orio informativo es inexistente, y sin ese campo, referido a los editores o emis= ores ante los cuales debe rendir per­manente e instantánea cuenta de = sus actos el poder político allí asentado, es imposi­ble que = se establezca una verdadera co­munidad política.<= /p>

Por eso, tengo explicado a Don José Bono = que no existirá Castilla‑La Mancha hasta que no haya medios informativos con suficiente implantación en el conjunto de todos sus territorios. Entre tanto, Cas­tilla‑La Mancha seguirá sien= do un lugar de cuyo nombre político no querremos acor­darnos. Con independencia de que ten­gan lengua propia o lengua impropia o lo que s= ea, sólo las Comunidades donde los medios informativos tienen irradiación su­ficiente, es decir, un índice de audiencia eficaz en el conjunto de su ámbito territo­rial y demográfico, están verdaderamen­te vertebradas en el sent= ido informativo y, por consiguiente, en el político.

Mientras que Don José Bono no tenga que responder ante los medios informati­vos de Castilla‑La Mancha, po= rque no exis­ten, Don José Bono tendrá una existencia política más bien imaginaria. Yo creo que la naturaleza copia= al arte y que, finalmen­te, acabará habiendo medios informativos con esa implantación, con ese índice de audiencia eficaz.

Después de esta excursión a las co= mu­nidades autónomas españolas y a los cam­pos gravitatorio‑in= formativos, volvemos a Iberoamérica. España debería ser cata­l= izador de una mejor comunicación de Europa e Iberoamérica. Espa&ntil= de;a podría favorecer las capacidades informativas propias de la Comunidad Iberoamerica­na de Naciones. España tiene para eso algunas venta= jas, por ejemplo, es ajena a los recelos fronterizos que inevitablemente afectan= y complican la vida de los vecinos. España, además, es ajena a = las rivalidades regionales que pueden establecer y que se establecen de hecho en Iberoamérica.

España, además, es equidistante de to­dos los países de esa Comunidad Hispa­noa= mericana de Naciones, no tiene fronte­ra con ninguno, es miembro de la Comu­= nidad Europea, y debería operar como el infiltrado de la Comunidad Iberoamerica­na de Naciones en el interior de la fortale­za europea= .

Y llegados aquí conviene recordar que la Comunidad Iberoamericana de Nacio­nes sólo podrá darse a conocer hacia el exterior en inglés. Si no se da a conocer en inglés, la Comunidad Iberoamericana de Naciones llegará a ten= er un sistema informativo autárquico, pero lo que s= e co­nocerá de la Comunidad Iberoamericana fuera de ella ser&aacut= e; lo que otros difundan en inglés sobre ella.

Porque los medios informativos y, de manera particular, las agencias de noti­cias de la CIN ‑pienso sobr= e todo en la Agencia EFE‑, deben adquirir conciencia de que su misión= se puede resumir en tres objetivos: a) informar a esa Comuni­dad Iberoamericana de cuanto sucede en ella; b) informar a esa misma Comunidad = de cuanto sucede también en el resto del mundo y hacerlo, con una aproximación a los hechos, que incorpore las percepcio­nes e intereses iberoamericanos; c) infor­mar de la Comunidad al resto del mu= ndo.

Pa= rafraseando a Ortega y sustituyendo a España por la CIN, sigue siendo exac= to aquello de que “ lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa”. Estamos todos convocados a la espléndida tarea de rom&s= hy;per el aislamiento y la incomunicación para evitar, así, que en l= ugar del conocimiento directo entre los países y los ciudadanos de la Comunidad Iberoamericana de Na­ciones, terminen por abrirse paso los es= ­tereotipos informativos y demás formas de dominación cultural, creados d= esde otros centros de gravitación política, al servicio de interes= es ajenos a nuestro pro­pio ámbito. Veremos.