ESPACIO AUDIOVISUAL Y RETÓRICA POLÍTICA

 

P. SCHLESINGER

 

La comunicología contemporánea, como todas las ciencias del hombre, está sujeta a los caprichos de la moda. De re­pente se ponen en boga frases que por unos instantes ocupan el centro de la pa­sarela. En los últimos años ha habido un notable brote de retórica y de slogans so­bre las colectividades culturales. Nacen de aspiraciones políticas basadas en los supuestos problemas de estas comunida­des imaginarias. Y como tales, represen­tan un cómodo recurso intelectual, funcionando más como símbolos que como ins­trumentos de análisis conceptual.

En ese breve comentario (1) quisiera reflexionar un instante sobre las limitacio­nes conceptuales de la llamada a la crea­ción de un "espacio audiovisual", que se ha puesto de moda y se oye actualmente en toda Europa. Yo diría que el atractivo de esta idea está precisamente en la for­ma en que oculta ciertos problemas. Para situar esta terminología habría que reto­mar los recientes debates de la UNESCO sobre la identidad cultural.

En la Conferencia Mundial de Políticas Culturales organizada por la UNESCO en 1982 en la Ciudad de México, la expre­sión "identidad cultural" se convirtió en elemento clave tanto del discurso de clausura del Secretario General como de muchos informes y declaraciones publica­dos con posterioridad a la reunión. En este contexto, no se ahorraron esfuerzos en definiciones, como muestra la siguiente cita. En el Informe General se dijo, entre otras cosas, lo siguiente:

La cultura pertenece al hombre, a todos los hombres. La cultura es universal, pero no una... La Conferencia reconoció unánimemente y reafirmó con convicción y con fuerza la igualdad en dignidad de todas las culturas, rechazando cualquier jerarquía en este ámbito... Por tanto, reafirmó el deber colectivo de respetar todas las culturas. Se ha podido ver con claridad que la afirmación de la identidad cultural se ha convertido en una exigencia permanente, tanto para los individuos como para los grupos y las naciones... La identidad cultural es la defensa de las tradiciones, de la historia y de los valores morales, espirituales y éticos legados por las pasadas generaciones" (1982:8).

Obviamente, sería demasiado pedir coherencia intelectual a un comité de redacción. Sin embargo, las confusiones y contradicciones son interesantes e importantes, sobre todo teniendo en cuenta la amplia circulación del concepto central (muy elástico, por cierto). Las formulaciones de la UNESCO van siempre a caballo de la "unidad en la diversidad", pero a distintos niveles. Todos los hombres (y culturas) son iguales, por tanto, deben respetarse mutuamente. Pero está claro que no obedecen a este imperativo, y se debe reconocer que en el mundo moderno las culturas pertenecen a diversos grupos, y en primer lugar a las naciones:

De ahí la legitimidad de la defensa de la cultura nacional. De ahí la importancia que se atribuye... a la promoción de las lenguas nacionales y locales... Numerosos delegados han considerado que no se puede hablar de identidad cultural sin reafirmar los conceptos fundamentales de soberanía nacional e independencia territorial... Algunos delegados, sin embargo, han insistido en que la identidad cultural no puede definirse exclusivamente en términos de identidad nacional... Así como es imposible concebir una identidad cultural que no tenga contactos con otras, tampoco se la puede contemplar como una forma de introversión, como una identidad herméticamente cerrada y condenada tarde o temprano a caer por su propio peso. (Unesco, 1982 22‑23).

Montar el caballo de la "unidad en la diversidad" a nivel mundial es exponerse a una carrera aún más accidentada que si nos limitamos a los confines de "Europa" Está claro que si el lenguaje es básico para la identidad cultural, la identidad cultural no puede ser equivalente a identidad nacional, pues en una misma nación‑estado pueden convivir varios grupos lingüísticos.

En el espacio de unas pocas frases, como se puede observar, se contraponen la visión autonomista cultural y la visión integracionista nacional. Las identidades culturales, se afirma, no se sostienen por sí mismas; pero una vez que se acepta esto, se admite implícitamente la jerarquización de las culturas, al menos si se acepta que el poder cognoscitivo, político y económico no está uniformemente repartido en el mundo. Los problemas de la dominación y la desigualdad no se destierran con meras palabras. Las ambigüedades del discurso de la UNESCO, por consiguiente, son éstas: la tendencia pluralista, que afirma que todas las culturas son iguales, exige el rechazo de la identidad cultural como identidad nacional, el rechazo del confinamiento de la cultura por el estado‑nación. Pero el derecho a la distinción, a la autonomía absoluta, se ve amenazado una vez que se admite "una dialéctica entre lo interno y lo externo" (Unesco, 1982:23). Así pues, la lógica de la defensa de la cultura nacional es imposible de eliminar.

Las preocupaciones de la UNESCO en el campo de la cultura y de los flujos de información (tal como se expresan en el Informe MacBride, 1980) han tenido una inflexión particular en la reciente investigación sobre la posibilidad de un "Espacio audiovisual latino". En el informe de Armand Mattelart al gobierno socialista francés (Mattelart el al., 1983), el argumento de la "unidad en la diversidad" se convierte en un argumento de defensa cultural de unos ámbitos culturales específicos.

Mattelart y sus colaboradores, al intentar crear un "Espacio audiovisual latino", observan de partida que la expresión resulta lingüísticamente ambigua, puesto que "cubre un área geográfica en la que la situación del 'idioma latino' puede ser oficial, o nacional, o minoritaria, o mayoritana"; y lo que es más, en algunos países (especialmente en América Latina), la "latinidad" fue impuesta (Mattelart et al 1984; ix). Esto podría parecer suficiente para viciar el proyecto, pero no:

En una época de redefinición de la organización política, industrial y financiera a lo largo y ancho del mundo, un nuevo espacio" sólo puede emerger mediante la agrupación de experiencias y la convergencia de diferentes herencias históricas, culturales y económicas" (1984).

Con toda claridad, esta concepción de un "espacio" lleno de un contenido aún por producir funciona de manera muy parecida a la aspiración a una "identidad europea". En último término, se afirma la existencia de una afinidad cultural, con suficiente fuerza como para legitimar la reorganización de las fronteras geoculturales. Obviamente, este proyecto es tangencial a la "euro‑concepción", pues el principio de integración que plantea es diferente, y aun opuesto.

Una vez más, lo que me interesa del libro de Mattelart no es tanto su base empírica (rápidamente desfasada, como suele ocurrir en este campo), sino su estructura y objetivos conceptuales. En definitiva, se trata de la reorganización del sistema cultural mundial, centrándose en las industrias audiovisuales. La retórica de la creación de un espacio juega con la inherente ambigüedad de la industria cultural (cf. Mattelart and Piemme, 1982:51‑61): el campo "audiovisual" es una concepción simbólica y al mismo tiempo económica. Esta ambigüedad permite hacer al mismo tiempo un discurso cultural y un discurso económico. La intención básica consiste en reforzar y ampliar las bases productivas de aquellos que actualmente se hallan más atrasados en el mercado audiovisual. Se apela manifiestamente al sentimiento de que la producción nacional, o latina, es esencial para el mantenimiento de una identidad que de otra forma se vería amenazada.

Sin embargo, este punto está lejos de ser planteado con rotundidad, De hecho, la "identidad cultural" y la defensa de la cultura nacional, aunque están claramente en la raíz de la idea de crear un "espacio audiovisual", se manejan como objetos altamente sospechosos:

Una de las paradojas de los proyectos relacionados con el desarrollo de nuevas formas de resistencia es que pueden injertar, en su auténtico deseo de cambio, el nacionalismo más ciego y hasta el racismo La identidad cultural es uno de los más notables canales de esta ambigüedad, cayendo fácilmente en la afirmación nacionalista de la superioridad de un grupo sobre los demás (Mattelart et al., 1984:110).

Aunque esta "identidad cultural" no se define, se caracteriza negativamente señalando las cuatro formas en que "actúa como velo de la realidad" puede dar lugar a proteccionismo sin la correspondiente política de producción; puede confundirse con la "defensa de un pasado estático": puede reducirse a "una etiqueta nacional pegada en lo que no son sino artículos transnacionales", dando como resultado un "folklorismo pintoresco"; por último, se denuncia su utilización como "portaestandarte de un imperialismo cultural alternativo" (en este punto se critica la invención de América Latina en tiempos de Napoleón III; 198417‑18). Es obvio que "identidad cultural latina" no funciona, y que hay que buscar otra cosa que elimine las connotaciones potencialmente negativas ¿por qué no un "espacio audiovisual latino "?

Se produce un desplazamiento, una sustitución conceptual, en la que una expresión sospechosa, "identidad cultural", se sustituye por otra más grande y menos contaminada: ‘’espacio’'. Ello tiene, evidentemente, la ventaja de huir de las ambigüedades intrínsecas del discurso de la UNESCO, con su confusión básica (y deliberada) entre nacionalidad y cultura, confusión que lo hace inútil ‘’Espacio", con su atractiva vaguedad, aparece como una vía de escape a estos problemas Pero tampoco lo logra, pues necesita un adjetivo calificativo. Con la "latinidad" (incluso con sus variantes edulcoradas y fraternales). estamos nuevamente en la problemática de la dominación y la resistencia cultural puede que no entre los propios latinos, pero sí, ciertamente, entre éstos y los demás, sobre todo los pérfidos anglosajones. Todas las culturas no son iguales:

Un "espacio" incluye, pero además excluye, y por tanto es un campo de fuerza.

Una de las rarezas de este ejercicio, sin embargo, es que en ningún momento se reflexiona sobre el nuevo concepto de sustitución, sobre el "espacio". Pero es que hacerlo hubiera sido enseñar las cartas. Para eso hay que dirigirse a otro sitio, a la obra del géografo Torsten Hägerstrand, el cual, de una forma muy sugerente (y, a lo que parece, al margen de los debates actuales en el campo cultural) vincula un concepto del espacio audiovisual con problemas de identidad. Y son éstas precisamente las cuestiones que quedan sin desarrollo sistemático en el trabajo de Mattelart, debido a que se niega teóricamente todo vínculo.

Hägerstrand (1986:8), tomando el caso de Suecia, distingue dos formas de integración social. La "integración territorial" consiste en formas de comunicación social cara a cara en las que "la cercanía es la categoría suprema, por lo que el pensamiento, las lealtades y la acción se hacen altamente localizadas". Las pruebas de la necesidad de esta identificación con el propio domicilio local son muy fuertes, afirma. Frente a ésta hallamos la "integración funcional" en la "sociedad sistémica" contemporánea, en la que los mensajes son de circulación mundial. La cuestión que plantea Hägerstrand (1986.13) es si la radio y la televisión pueden contribuir al deseo de ampliar más que actualmente el ámbito del modo de organización territorial Según él, la estructura de los mensajes de la sociedad sueca contemporánea corre en dos direcciones la radio y la televisión tienden a acentuar los ámbitos nacional e internacional, mientras que la prensa local tiende a reforzar la integración territorial:

Los telemedios tienen una tendencia intrínseca a fomentar vínculos jerárquicos y centralizados, apartando a la gente de la comunicación cara a cara, Pero estas limitaciones no reducen por completo el "espacio de posibilidad"...; para la mayoría de la gente la localidad y región en donde viven es más que un espacio social, al rrienos inconscientemente. La existencia está ligada también a un paisaje tangible, que es un recurso básico y una realidad que se debe entender y cuidar. La radio y la televisión podrían hacer mucho en el sentido de aumentar esta conciencia de espacio (Härgestrand, 1986:20, 25).

El punto central es que, según este autor, la gestión del espacio audiovisual tiene importantes consecuencias para la construcción de una identidad social. Härgerstrand pide que los medios despierten y refuercen un sentimiento de historia local, de tiempo y lugar. Es en este contexto donde utiliza la expresión '’espacio de posibilidad". Obviamente, la implicación de todo ello es que la "tendencia intrínseca" de los medios a nacionalizar" el espacio social puede ser conscientemente contrarrestada, y que su potencial de refuerzo de identidades tradicionales, de base territorial, está lejos de haberse agotado. Y vale la pena señalar que en un marco analítico como el de Hägerstrand, el ‘’espacio audiovisual" y la identidad (sociocultural) no tienen por qué aparecer corno términos opuestos, sino que admiten su combinación.

Otra implicación adicional es que el concepto de espacio admite varias formas de utilización. En los grandes planes de Mattelart, el movimiento principal es hacia afuera, hacia la creación de una zona de "latinidad" que, como todavía no se puede definir, permanece vacía y potencialmente colmable. En el caso de Hägerstrand, el movimiento es hacia adentro (el espacio nacional se da por supuesto), hacia el reforzamiento de lo local, de lo conocido.

 

CONCLUSIÓN

 

Lo que necesitamos, pues, es un estudio del proceso completo mediante el cual se forman y se reconstruyen las identidades colectivas. La ortodoxia vigente, a mi juicio, sigue suponiendo que conocemos la respuesta a esta pregunta, y asigna a los medios un papel preeminente. Yo soy escéptico en este punto. No es nada obvio dónde encajan los medios en este análisis;al contrario, es un problema fundamental que debernos afrontar.

 

(1)         Estas páginas están extractadas de una larga discusión acerca de los problemas de la identidad nacional en la mediología contemporánea y en la teo­ría social. Puede verse el texto completo en ‘’On Na­tional identy: some conceptions and misconceptions criticized", Social Science Information, 26, 2 (1987), pp 219‑264) El autor agradecería cualquier comentario.