EDITORIAL

 

Europa o las asociaciones del encanto

 

Al preparar el habitual informe anual sobre el español para la Association for Literary and Linguistic Computing se impone siem­pre una reflexión sobre lo que supone nuestra participación en la Unión Euro­pea. En términos de balance de caja, por un lado, pero también desde una perspectiva más amplia, relacionando esta actividad nuestra sobre la lengua con lo que ha encerrado el marco euro­peo durante un período. Tras varios años de ese ejercicio estamos incluso en con­diciones de hacer una consideración que incluya la década de Telos, pues Fun­desco ha realizado un esfuerzo enorme moviéndose en el sentido europeo.

La respuesta positiva a la pregunta de qué debe Europa a España, al menos en la época moderna, arranca de Menéndez Pelayo y tiene, para nosotros hoy, el in­terés de haber obligado a sus contem­poráneos al estudio de una serie de con­tribuciones científicas de españoles y portugueses que el descuido había lle­vado al olvido, injustamente. El que to­davía es nuestro siglo vio un cambio en la perspectiva, la discusión ya no se cen­traba en términos de deuda, sino de oportunidad. Pertenecer a Europa a cual­quier precio (tesis triunfante en nuestra adhesión a la CEE, que parece tan leja­na), europeizar a España, o mantener una constante española en la interpreta­ción de la vida, españolizar a Europa. Menéndez Pidal, Dámaso Alonso, Américo Castro, Ortega, Unamuno, pre­sentan variantes definidas de estas posi­ciones, en general superadas hoy por la rapidez con la que se producen los acon­tecimientos. No podemos permitirnos, por pobres, el orgulloso gesto noruego de permanecer al margen. Sin embar­go, cada vez son más las voces que, en sordina o de modo estentóreo, expresan discrepancias sobre el cariz tomado por la circunstancia española tras varios años de adhesión.

Es discutible la pertinencia de traer a estas páginas los contenciosos de nues­tros ganaderos, viticultores o pescado­res, quienes disponen ya de suficiente espacio en los medios de difusión. En cambio, es menos conocido el resulta­do del recuento de lo que suponen las aportaciones española y comunitaria en el terreno de la comunicación y la tec­nología. Llama más la atención este si­lencio porque, si hubo un terreno en el que España se adelantó al ingreso fue precisamente el lingüístico, a través de los pasos previos a la participación en el proyecto EUROTRA, el ambicioso pro­yecto comunitario de traducción por or­denador entre las lenguas de la hoy Unión.

Si bien es innegable que EUROTRA supuso la llave para el desarrollo de los dos centros más potentes de lingüística computacional con los que todavía con­tamos, en la Universidad de Barcelona y en la Autónoma de Madrid, tanto en me­dios materiales, como en relaciones y en formación de investigadores, la falta de visión general (y de generosidad) impidió que los frutos fueran tan gra­nados como hubiera sido posible y crea­ron un cierto sentimiento de frustración en otras universidades, a quienes des­de la Autónoma de Madrid se hubiera invitado muy gustosamente a la tarea de construir un amplio y pluricéfalo institu­to español de lingüística informática o computacional. Al sumar parte de esa idea a las muchas obligaciones de una institución que no había sido creada para eso, se diluyó el impulso y se perdieron esfuerzos y dinero.

Otro gran proyecto general, el Área de Industrias de la Lengua de la Sociedad Estatal Quinto Centenario, cerró sus puertas en diciembre del 92, dejando una herencia de corpus (bases de datos textuales codificadas para el español peninsular oral y la lengua escrita de Argentina y de Chile) y ADMYTE, el Ar­chivo Digital de Manuscritos y Textos Españoles, primero en su género en todo el mundo, herencia que tampoco supo ser aprovechada oficialmente.

El fracaso de los grandes proyectos (así hay que llamarlo) ha podido llevar a una situación desilusionada. Una re­flexión más detenida, sin embargo, debe hacernos rectificar en parte, aunque no totalmente, ese resultado negativo. La iniciativa privada, de investigadores y de empresas, ha sabido salir adelante, volver a uncirse al carro europeo y arrastrar proyectos y trabajos, logrando incluso algún que otro apoyo oficial, siempre muy de agradecer. Vueltos ha­cia Europa, en proyectos Esprit, LRE o ECI (European Corpus Initiative), se han ido arrancando fondos que han permiti­do mantener y aumentar los recursos lingüísticos informáticos producidos en los tres años anteriores al cada vez más olvidado 92. Mas ante la pregunta de si ese esfuerzo está consiguiendo los re­tornos a los que nuestros impuestos nos hacen acreedores, la respuesta sigue siendo negativa. O bien no contamos con suficiente apoyo para nuestros pro­yectos por los representantes españo­les, o bien la fuerza de éstos frente al colosal lobby empresarial de nuestros concurrentes es muy pequeña o, de modo no excluyente, la ausencia de una política lingüística nacional lleva implíci­ta la de instrucciones concretas para sa­ber qué apoyo debe darse a los pro­yectos que presentamos a Europa. Mien­tras los daneses, por poner un ejemplo, tienen todo un servicio que se encarga de desarrollar y presentar los proyec­tos bosquejados por los investigadores, los nuestros suelen ir apremiados por el tiempo, la tardanza en la información y la limitación (que no ausencia) de posi­bilidades de consulta, no digamos nada de ayuda efectiva.

Las metas lejanas sólo se alcanzan con ilusión, hay que poner un poco de ima­ginación, de encanto, en ellas, para que absorban a quienes han de correr. Ac­tualmente pagamos impuestos para que investiguen los que tienen más recursos en investigación. Seguimos sin crear las posibilidades de que los nuestros se es­pecialicen en Tecnología Lingüística, lo que sería sencillo con un reconocimiento expreso de su interés en forma de becas de Formación del Personal Inves­tigador (FPI), o liberación de trabas bu­rocráticas a quienes por investigar no pueden, a veces, acceder a los puestos iniciáticos de la Universidad, como son los de ayudantes. Devolver a los jóve­nes el encanto del descubrimiento pasa por reconocer que esa labor de investi­gación debe ser estimulada también en lo concreto, en metálico.

Europa no es un sello, no es un mar­chamo de calidad, no es una pegatina, es una tarea común, es un nuevo marco de vida, más amplio, lo que entraña tam­bién más riesgos, como los nacionalis­tas saben. Quien se encierra en su pegujal no sufre por lo que ocurre al otro lado de las tapias; pero tampoco está a salvo de las fuerzas externas. "Aquel es rey que no vee rey" decía el refrán que sirvió a Lope de arranque para su co­media. No es recomendable para un in­vestigador de hoy aceptar el papel de villano en su rincón. La responsabilidad que los investigadores asumen, como la de los marineros, ganaderos o viticul­tores, exige también una preocupación por parte de los administradores del caudal de todos. Sólo así recuperare­mos la ilusión necesaria.

 

Francisco A. Marcos Marín