La comunicación, centro de la modernidad

Una peculiar relación en América Latina

 

Jesús Martín‑Barbero

 

La comunicación y las nuevas tecnologías de la información se convierten en elementos centrales de los nuevos modelos de sociedad. En América Latina, esa centralidad da lugar a formas peculiares de modernización, a transformaciones profundas de la economía, la política y la cultura.

 

1. LA AMBIGUA PERO ESTRATÉGICA CENTRALIDAD DE LA COMUNICACION

 

En los últimos años, en los países ricos del primer mundo, la co­municación se ha vuelto central, algo así como el centro del cen­tro. En las búsquedas de un nue­vo modelo de sociedad la comu­nicación aparece configurando lo que, desde Europa, se ha llamado la sociedad de la información. Es una sociedad que ve en la información una materia prima valiosa, más va­liosa cada día, y en la comunicación el modelo de su propia organización: la red de conexión entre todos los circuitos, todos los espacios y funciones de lo social, la autorregulación y retroacción constantes y la transparencia, esto es la convertibilidad y traducibilidad de todos los saberes al código hegemónico, el de la información(1).

La comunicación se ha vuelto central también en otro sentido, paradójicamente opuesto a la positivación del modelo informacional : el de la búsqueda y defensa de una racionalidad otra que la instrumental, identificada por Habermas con la que subyace a la praxis comunicativa. Que seria aquella en la cual se hallan aún vivas las dimensiones liberadoras de la modernidad, esas que nos permiten cuestionar el proceso de mo­dernización en su reducción del proyecto mo­derno a los aspectos puramente técnicos y eco­nómicos. La razón comunicativa aparece en el centro de la reflexión social llenando el vacío, la orfandad epistemológica producida por la crisis de los paradigmas de la producción y la repre­sentación, y proveyendo a la sociedad un poten­cial de resistencia y orientación del que se ali­mentan los nuevos movimientos sociales desde los étnicos y ecológicos hasta los feministas (2). Al otro extremo, en la reflexión que cuestiona la modernidad como modelo o reserva del pensamiento y orientación social, también la comuni­cación ocupa un lugar clave. Para los pensado­res más arriesgados de la posmodemidad, como Vattimo (3), la comunicación constituye una ex­periencia social reveladora del desfallecimiento de la modernidad: la experiencia declinante de los valores‑fuerza en el desarraigo del hombre urbano, incesantemente fabulado y mediado por los relatos de la información y las tramas de imágenes, por la simulación tecnológica del arte y la espectacularización de la política.

A su modo, también América Latina vive la centralidad de la comunicación, pues esta ha entrado a constituirse en dimensión clave de la modernización tecnológica y económica. Una de las pocas industrias en la que se hicieron grandes inversiones y que tuvo un enorme de­sarrollo en la “perdida década” de los 80 fue la industria de las comunicaciones. Valgan como muestra estos datos: el número de emisoras de televisión pasó, entre mediados de los 70 y los 80, de 400 a cerca de 1500; Brasil y México se dotaron de satélite propio, la radio y la televisión abrieron enlaces mundiales vía satélite en la mayoría de estos países; se implantaron redes de datos, antenas parabólicas, TV‑cable y se establecieron en varios países canales regiona­les de televisión. Asimismo, desde los ochenta la información y la comunicación se han convertido en espacios de punta del nuevo modelo econó­mico (4), la apertura neoliberal. Ello se ha hecho evidente desde la prioridad otorgada a la privatización de la telefónica en Argentina y la privatización completa de la televisión pública mexicana ‑salvo un pequeño canal que un gru­po de intelectuales encabezados por Carlos Nonsivais ha logrado rescatar‑ hasta el conflicto generado por la propuesta de privatización de la empresa de Telecom en Colombia.

¿Por qué esa prioridad dada a la privatización de las empresas de comunicación? Creo que la respuesta se halla a nivel estratégico: el espacio político y tecnológico de la comunicación se ha vuelto decisivo en el diseño y reorganización de la economía y la sociedad. Se va imponiendo la idea de que las instancias públicas son incapa­ces de entender y manejar la envergadura de los cambios que entrañan las innovaciones tec­nológicas de la comunicación. Es lo que de he­cho ha estado sucediendo estos últimos años en América Latina; el desarrollo de las industrias de la comunicación ha estado orientado de punta a punta por la más pura lógica del mercado. La introducción y despliegue de las nuevas tecnologías de información han sido dejados al movi­miento del mercado mientras el Estado se retira cada día más de la orientación de ese desarro­llo, hasta el punto de que la intervención del Estado en ese campo es vista como una intromisión, algo sin piso, con lo que va perdien­do sentido eso que hasta hace poco entendía­mos por espacio público (5). Es a ese nivel en el que la centralidad de la comunicación aparece estratégica: el de la redefinición de las relacio­nes entre lo privado y lo público en nuestra sociedad.

En Colombia los años 80 han sido los años del despliegue de las industrias de la comunicación. Tenemos uno de los sistemas de radio más mo­dernos de América Latina y un buen desarrollo de la televisión, tanto en el aspecto tecnológico y empresarial como en el de la competencia comunicativa y estética. Estamos asistiendo al despliegue de toda la parafernalia tecnológica de los enlaces vía satélite, las antenas parabólicas, las redes de cable y la telefonía celular. Pero al mismo tiempo Colombia vive uno de los quie­bres más profundos en la comunicación de sus colectividades. Es una paradoja bien flagrante: pocos países viven un desarrollo tan pujante de los medios y las tecnologías y una crisis tan honda de la convivencia, de la comunicación entre las colectividades que lo conforman como pueblo, como nación. La crisis de la convivencia, de las posibilidades de rehacer el proyecto na­cional, tiene alguna de sus expresiones más per­versas pero a la vez más significativas, en el ámbito de la comunicación. Hay una que vengo tratando de entender (6) en estos años, se trata de la relación entre medios y miedos.

En Colombia, como en ningún otro país latino­americano, los medios de comunicación viven de los miedos. Son los miedos de la gente los que han hecho que los medios, especialmente la radio y la televisión, ocupen un lugar tan decisi­vo en la sociedad. Los medios han sabido catalizar nuestros miedos, esos que nos encie­rran en la casa y nos hacen desconfiar de la gente.

La televisión fagocitó en la última campa­ña de elección presidencial toda la comunica­ción que los colombianos no pudieron vivir en las plazas, debiendo reducir la teatralidad calle­jera de la política la espectacularización que de ella hizo y sigue haciendo cotidianamente la te­levisión. En un país tan dividido y roto la televi­sión se ha convertido en ese extraño lugar don­de los diversos países que habitan este país se encuentran vicaria y perversamente. Lo que ha implicado también que la televisión se convierta en el chivo expiatorio al que cargarle las cuentas de la violencia que nos acosa, de la dimisión moral y de la degradación cultural (7). La centralidad de la comunicación tiene esa ambi­güedad

 

2. LAVISIBILIDAD SOCIAL Y CULTURAL DE LA MODERNIDAD EN AMERICA LATINA

 

A partir de ese cuadro, indicador del lugar que la ocupa en el escenario del desarrollo y los bloqueos de las sociedades latinoamericanas, se hace posible entender los desplazamientos que ha sufrido en estos países el debate a la modernidad, la comprensión del sentido de nues­tra crisis entre la deuda y la duda, entre las nuevas condiciones de dependencia y las nue­vas maneras de pensar las salidas.

Hasta hace poco la modernidad fue pensada en América Latina como mera prolongación de la modernidad europea, una modernidad des­viada, deformada y hasta paródica, pero en últi­mas, referida siempre a la modernidad, conce­bida y juzgada a partir de los principios de la ilustración y la cultura letrada (8). Desde hace unos años sin embargo algunos sociólogos han comenzado a plantear una perspectiva diferen­te, según la cual la modernidad latinoamericana en cuanto a experiencia colectiva (9), tiene me­nos que ver con las doctrinas ilustradas y las estéticas letradas que con la masificación de la escuela y la expansión de las industrias cultura­les. La modernidad debería ser pensada desde aquí ante todo como el proceso mediante el cual las fuentes de la producción cultural han dejado de ser la comunidad, la iglesia o el Estado y han pasado a serlo las industrias y los aparatos espe­cializados.

Ese desplazamiento de las fuentes tradiciona­les de producción de la cultura ha implicado la

sustitución de las formas y los modelos de vida por las imágenes y los estilos propuestos por las dinámicas del consumo que mueve el mercado. Claro que aún subsisten viejas formas y valores tradicionales pero mezclados. La modernidad es sobre todo acelerada sustitución de unos estilos de vida que dejan de mirarse en las vidas ejem­plares y pasan a verse desde esos espejos que proponen la publicidad y la moda. Modernidad significará entonces secularización e internacio­nalización de los mundos simbólicos. Pero ha­blar de secularización hoy tiene poco que ver con la religiosidad del siglo XIX o con el an­ticlericalismo hispánico. Secularización dice en América Latina: la progresiva autonomía del mundo de la cultura - desde la sexualidad a la ciencia ‑ por relación a aquella sujeción al orden religioso que focalizó la iglesia católica. Asisti­mos a una revitalización de las creencias religio­sas, a la expansión de creencias de raigambre protestante, animista, oriental, sin que ello entrave el crecimiento de la autonomía de lo cultural, que redefine su papel en la sociedad y entra a jugar en forma decisiva en la orientación misma de la sociedad (10).

Otro rasgo constitutivo de la modernidad es el proceso de segmentación del hábitat cultural y la conversión de las comunidades en públicos, cada día más moldeados por las propuestas del mercado. Los pensadores de la posmodernidad llaman a eso liberación de las diferencias con la consiguiente puesta en crisis de todas aquellas categorias enunciadoras del pensamiento de la totalidad, ya sea la de nación, de pueblo o de cultura como totalidad. Como afirma Richeri (11), entramos en una dinámica de transnaciona­lización que es a la vez disolución del horizonte cultural común a una sociedad, en que se hace visible la ausencia de un lugar de representación de la sociedad compartido a nivel de masas.

De una manera peculiar, la modernidad habla en América Latina de la compenetración y la complicidad entre la oralidad ‑ como experien­cia cultural primaria de la mayoría de las gen­tes ‑ y la visualidad electrónica (12). La complici­dad que da forma a esa otra oralidad secundaria gramaticalizada desde la radio, el cine, la televi­sión y el vídeo, y que viene a romper con lo que constituyó el eje de la modernidad ilustrada, es decir la cultura del libro. Las mayorías en nues­tros países acceden a y se apropian de la mo­dernidad sin dejar su cultura oral, sin pasar por el libro, con todo lo que ello implica de escánda­lo y desafío a nuestros modelos de cultura.

Algunos de esos procesos vienen de largo, de la modernización que arranca en los años 30 ‑e incluso antes en algunos países del cono sur‑. Pero incluso lo que viene de esos años sólo alcanza visibilidad social en los años cincuenta con la masificación de la escuela y el desarrollo de los medios masivos, de las industrias cultura­les. Esa partir de entonces que se hace expe­riencia colectiva la profesionalización de los pro­ductores culturales y la segmentación del mun­do de los consumidores. La cultura deja de ser una vivencia compartida o una propuesta global. La profesionalización y especialización de los productores y la fragmentación de los públicos nos obliga a mirar las industrias culturales no sólo desde la perspectiva del mercado sino de la cultura, esto es a asumir la industria cultural y los medios masivos como espacios de produc­ción y circulación cultural que corresponden no sólo a innovaciones tecnológicas o a movimien­tos del capital sino a nuevas formas de la sensibi­lidad, a nuevos modos de apropiación y disfrute.

Esa nueva sensibilidad tiene su correlato más decisivo en las nuevas formas de sociabilidad con que la gente enfrenta hoy la heterogeneidad simbólica y la inabarcabilidad de la ciudad. Es desde las nuevas formas de juntarse, como las llama M. Maffesoli (13), de excluirse, de recono­cerse y desconocerse, que adquiere espesor social y relevancia cognitiva lo que pasa en y por los medios masivos y las nuevas tecnologías de comunicación. Pues es desde ahí que los me­dios masivos han entrado a constituir una nueva figura de lo público, a mediar en la producción de un nuevo imaginario que de algún modo viene a integrar la desgarrada experiencia ur­bana de los ciudadanos. Dicho de otro modo, frente a la fragmentariedad de la experiencia que de la sociedad tienen las gentes, los medios ‑especialmente la televisión‑ vienen a proveer una cierta visión global de la ciudad y de la sociedad que las torna comprensibles y en cier­ta medida razonables. Para ello la televisión de­berá desmaterializar la cultura, descargarla de su peso histórico y proponer ‑en alianza con los videoclips y los videojuegos‑ la discontinuidad como hábito perceptivo dominante.

Pensar la relación entre comunicación y mo­dernidad en América Latina nos exige soltar pe­sadas herencias teóricas y lastres ideológicos que nos están impidiendo analizar las industrias culturales en cuanto matrices de desorganiza­ción y reorganización de la experiencia social (14). Matrices que operan en el cruce de las desterritorializaciones y relocalizaciones que acarrean las migraciones sociales y también las fragmentaciones de la vida urbana. Una expe­riencia nueva que viene a echar por tierra aque­lla bien mantenida y legitimada separación que colocó la masificación o la industrialización de los bienes culturales en las antípodas del desa­rrollo social permitiéndole así a las élites adherir fascinadamente a la modernidad tecnológica mientras conservaban su rechazo y su asco a la diseminación de los centros de poder cultural y a la expansión y democratización de la creativi­dad.

Es esa misma experiencia nueva la que nos está obligando a repensar las relaciones entre política y cultura, a conectar la cuestión de las políticas culturales con las transformaciones de la cultura política, con la crisis de los partidos y los sindicatos, esto es con la crisis de las formas tradicionales de organizar el consenso y dirimir los conflictos. Porque nos permite ver lo que la cultura política tiene de espesor comunicativo. Hace años que Oscar Landi viene planteando que una cultura política, es un modo de interpelación entre actores sociales, el modo como se constituyen en sujetos (15). Así, la trama comunicativa de la política no puede reducirse ni a la teatralidad callejera ni a la espectaculari­zación televisiva ya que tiene que ver con la convocación, con la trama de interpelaciones y discursos en que se constituyen los actores so­ciales. Es por ello que las transformaciones de la modernidad en el ámbito de la comunicación no pueden ser reducidas a mero asunto de merca­dos y tecnologías, pues la comunicación exige ser pensada como un espacio decisivo en la redefinición de lo público y en la construcción de la democracia.

 

3. NUEVAS IMÁGENES DE LO NACIONAL Y NUEVO IMAGINARIO LATINOAMERICANO

 

La modernización que atravesamos entraña un fuerte desplazamiento de la posición que tuvieron los medios masivos en la primera mo­dernización (16), la de los 30‑50, la que estuvo orientada por los populismos de Vargas en Bra­sil, de Cárdenas en México, de Perón en Argen­tina. En aquel primer proceso de modernización los medios de comunicación fueron decisivos en la formación y difusión del sentimiento y la iden­tidad nacional. El concepto de modernización que sostiene el proyecto de construcción de naciones modernas en los 30 articula un movi­miento económico ‑entrada de las economías nacionales a formar parte del mercado interna­cional‑ a un proyecto político: constituirlas en naciones mediante la creación de una cultura , una identidad, o en términos de ese tiempo, un sentimiento nacional. Proyecto que es sólo posi­ble mediante la comunicación entre masas urba­nas y Estado. Los medios, y particularmente la radio, se convertirán en voceros de la inter­pelación que desde el Estado convertía a las masas en pueblo y al pueblo en nación. Los caudillos populistas encontrarán en la radio el medio que posibilitó un nuevo modo de comuni­cación y la emergencia de un nuevo discurso político que rompía con la tradición retórica de los sermones y también con la de los parlamen­tos. Oscar Landi ha estudiado la modernidad del discurso de Perón que, junto con el de la revolu­ción mexicana, es el primero en nombrar a los obreros y campesinos como ciudadanos. Un dis­curso nuevo que tuvo en la radio una mediación fundamental con el lenguaje popular, con sus peculiares maneras de elaborar la adhesión y su sistema de interpelaciones, con su especial ca­pacidad de reelaborar la oralidad.

De otro lado, los medios van a proporcionar a la gente de las provincias y las regiones apartadas una experiencia cotidiana de integración, la traducción de la idea de nación en vivencia y cotidianidad. De un modo especial la radio ‑ y en algunos países el cine‑ van a hacer la mediación de las culturas rurales con la nueva cultura urba­na, van a dar persistencia e introducir elementos de la cultura oral, organizada en base a una racionalidad expresivo‑simbólica, en la moder­nidad que organiza la racionalidad instrumental.

El proceso que vivimos hoy es no sólo distinto sino en buena medida inverso: los medios de comunicación son uno de los más poderosos agentes de devaluación de lo nacional (17). Lo que desde ellos se configura hoy, de una mane­ra explícita en la percepción de los jóvenes, es la emergencia de culturas sin memoria territorial. Culturas que desafían especialmente las imáge­nes que los educadores e intelectuales tienen de lo nacional. Qué difícil nos queda a los adultos no proyectar sobre las nuevas percepciones desterritorializadas ‑como las que moviliza la música y el vídeo‑ la dicotomía fundante de los estados nacionales en la primera moderniza­ción! Y sin embargo los medios introducen hoy un otro orden de organización de lo cultural que no es pensable en términos de nacional/ antinacional; pues lo que los medios ponen en juego es a la vez un movimiento deglobalización y fragmentación de la cultura (18) . Los medios de comunicación, tanto la prensa como la radio y aceleradamente también la televisión, son hoy los más interesados en diferenciarlas culturas, ya sea por regiones o por profesiones, por sexos o por edades. En el caso de la radio es ya claro que la vieja propuesta de una programación masiva ha cedido su lugar ‑sobre todo en FM‑ a una propuesta cada día más diversificada y segmentada de audiencia. De manera que la devaluación de lo nacional no proviene úni­camente de la desterritorialización que efectúan los circuitos de la interconexión global, de la economía y la cultura‑mundo, sino de la erosión interna que produce la liberación de las diferen­cias, especialmente las regionales y genera­cionales.

Mirada desde la cultura planetaria, la nacional aparece provinciana y cargada de lastres es­tatalistas. Mirada desde la diversidad de las cul­turas locales, la nacional es identificada con la homogenización centralista y el acartonamiento ritualista. Lo nacional en la cultura es así un ámbi­to rebasado en ambas direcciones, replanteado desde su raíz por el nuevo sentido de las fronte­ras. ¿Qué sentido guardan las fronteras geográ­ficas en un mundo en el que los satélites y las redes de información pueden violar a cada mi­nuto lo que entendíamos por soberanía? ¿Dónde se juega la soberanía hoy, cuando desde los satélites se puede fotografiar los subsuelos, su riqueza, y cuando la información que cuenta escapa a los controles rituales y circula en redes informales? Es la categoría misma de frontera la que ha perdido sus referencias y con ella la idea de nación que inspiró toda una configuración de lo cultural. Claro que sigue habiendo fronteras, pero delimitan otros mundos y de otra forma. ¿No son quizá más insalvables que las fronteras nacionales las viejas fronteras de clase y de raza? ¿y las nuevas fronteras tecnológicas y gene­racionales?.

Y sin embargo, frente a la desterritorialización que produce el movimiento de globalización de la economía y la cultura, y a la erosión que empuja la revitalización de lo local en su dere­cho a la propia imagen y los relatos propios, lo nacional sigue conservando vigencia (19) en la medida en que configura un espacio estratégico de resistencia a la dominación y una mediación histórica de la memoria larga de los pueblos, esa que hace posible el diálogo entre genera­ciones. Pero a condición de que esa vigencia no se confunda con las formas de intolerancia y dogmatismo que arrastran ciertos rebrotes del nacionalismo en la vieja Europa. Es justo en el movimiento mismo de disolución de fronteras que vive el mundo occidental donde anida la reacción que potencia los particularismos: esos que respondiendo a injusticias históricas no de­jan por ello de estar envueltos en una enorme ambigüedad.

Y en esa reinvención de las imágenes de lo nacional: ¿qué sentido cobra lo latinoamerica­no? Hace muchos años que los medios masivos integran un imaginario latinoamericano. Hace muchos años que la industria del disco y de la radio convirtieron la música ‑el tango, la ranchera o el bolero, como ahora la salsa‑ en un lugar de encuentro, expresivo y creador de modos de juntarse: a escuchar, a bailar, a disfrutar juntos, a convivir. Pero los medios, las industrias cultura­les de la radio, el cine y la TV trabajan al interior de una situación nueva: la que plantea la parado­ja de que la integración de los países latinoame­ricanos pase hoy ineludiblemente por su inte­gración a una economía mundo regida por la más pura y dura lógica del mercado, y por una revolución tecnológica generadora de nuevas formas de dependencia. Es en nombre de la integración latinoamericana que en buena medi­da se justifican en nuestros países los enormes costos sociales que acarrea la apertura: esa mo­dernización económica y tecnológica que ame­naza otra vez con suplantar en nuestros países al proyecto social de la modernidad. Y como en ningún otro terreno, en el de la comunicación se hace visible lo que la integración tiene hoy de necesidad ineludible y de contradicción insupe­rable. Pues si hay un movimiento poderoso de superación de barreras y disolución de fronte­ras es el que pasa por los medios y las tecnolo­gías de información y comunicación.

Pero son justamente esas nuevas tecnologías las que más fuertemente aceleran la integración de nuestros pueblos y culturas al mercado. Y ¿qué tipo de integración pueden gestar las solas fuerzas del mercado? (20). ¿Qué está produ­ciendo la integración comunicacional en la ex­periencia cotidiana? Apenas comenzamos a in­dagar la que la integración conlleva de hibri­daciones y resistencias, pero lo que sí vamos aprendiendo es el enorme poder que las indus­trias culturales, en especial las audiovisuales, tienen en el terreno estratégico de la producción y reproducción de las imágenes que de sí mis­mos se hacen estos pueblos y con las que se hacen reconocer de los demás. Que si es impor­tante que en el espacio audiovisual del mundo se hagan presentes empresas latinoamericanas como Televisa o Reteglobo, también es inquie­tante que esas empresas acaben moldeando la imagen de estos pueblos en función de unos públicos neutros, cada día más indiferenciados, acaben disolviendo la diferencia en el exotismo más rentable y barato (21).

Acosado entre la retirada del Estado de las iniciativas de producción ‑que ha hecho des­cender drásticamente la producción latinoame­ricana de cine por año‑ y la disminución de espectadores‑ que entre 1982 y 1988 ha signifi­cado la caída de 45 a 22 millones en Argentina y de 123 a 61 millones en México‑ el cine se debate hoy entre una propuesta comercial sólo rentable en la medida en que es capaz de supe­rar lo nacional, y una propuesta cultural sólo viable en la medida en que sea capaz de articu­lar los temas locales con la sensibilidad, la esté­tica de la cultura‑mundo.

Del lado de la televisión lo que encontramos es la internacionalización cada día más acentua­da del contenido y el desplazamiento de los criterios de calidad hacia la sofisticación pura­mente técnica (22). Ello es visible en los dos formatos que actualmente tienen mayor peso en la televisión latinoamericana: la publicidad y los dramatizados. Más allá de su peso económico la publicidad ocupa un lugar privilegiado en la experimentación de imágenes que posibilita el computador y en la renovación de los modos de representación de la modernidad: las imágenes de la publicidad y del videoclip ‑estéticamente cada día más cercanas‑ son las que hacen la mediación cotidiana entre innovación tecnológi­ca y transformación narrativa. Cargados con pe­sado esquematismos narrativos y cómplices de inercias ideológicas los dramatizados forman una parte también decisiva de los dispositivos de recreación de un imaginario latinoamericano (23) que remite a la vez a los nuevos procesos de constitución de las identidades y a la larga expe­riencia del mercado, permitiéndole, a la indus­tria cultural captar en la estructura repetitiva de la serie las dimensiones ritualizadas de la vida cotidiana.

Comprender ese imaginario es tarea de enver­gadura antropológica, pues lo que ahí está en juego no son sólo desplazamientos del capital e innovaciones tecnológicas sino hondas transfor­maciones en la cultura cotidiana de las mayorías.

 

NOTAS

 

 

(1) J. Baudrillard, “El éxtasis de la comunicación”, en La postmodernidad, Kairos, Barcelona, 1985; J. F. Lyotard, “La natura­leza del lazo social”, en La condición postmodema, Cátedra, Ma­drid, 1984.

(2) J Habermas, El discurso filosófico de la modernidad, Taurus, Madrid, 1989, Teoria de la acción comunicativa, Taurus, Madrid, 1986(3) G. Vattimo, Ciencias humanas y sociedad de la comunica­ción, en la sociedad transparente, Paidos, Barcelona, 1990.

(4) R. Zallo, Economía de la comunicación y la cultura, Akal, Madrid, 1988,

(5) Es lo que atestiguan los trabajos recogidos en: E. Fox (Ed.), Medios de Comunicación y política en América Latina; H. Zemehnan (Coord,), Cultura y política en América Latina, Siglo XXI, México, 1991.

(6) J, Martín‑Barbero, "Comunicación y ciudad: entre medios y miedos", en Imágenes y reflexiones de la cultura en Colombia, Colcultura, Bogotá, 1990.

(7) J. Martín‑Barbero, “Violencia televisada: sociedad y comuni­cación”, Rev. de la Universidad Central, No 33, Bogotá, 1989.

(8) J. Ramos, Desencuentros de la modernidad en América Lati­na, F. C. E. , México, 1989; R. Gutiérrez Giradot, Modernismo: supuestos históricos y culturales, F. C. E., México, 1987.

(9) J. J. Brunner Los debates sobre la modernidad y el futuro de América Latina, FLACSO, Santiago, 1986; Tradicionalismo y mo­dernidad en la cultura Latinoamericana, FLACSO, Santiago, 1990.

(10) Fernán E. González, “Ética pública, sociedad moderna y secularización”, en Colombia: una casa para todos, Bogotá, 1991.

(11) G. Richeri, “Crisis de la sociedad y crisis de la televisión”, en Contratexto, No. 4, Lima, 1989.

(12) Sobre la envergadura cultural de la visualidad electrónica: G. Anceschi y otros: Videoculturas fin de siglo, Cátedra, Madrid, 1990; sobre la complicidad visualidad electrónica, oralidad: J, Martin‑Barbero: “Libros y medios: nuevos modos de leer”, en Magazin de El Espectador No. 474, Bogotá, 1992.

(13) M. Mafesoli, El tiempo de las tribus, Icaria, Barcelona, 1990.

(14) N. Garcia Canclini, Culturas híbridas: estrategias para en­trar y salir de la modernidad, Grilalbo, México, 1991.

(15) O. Landi, Reconstrucciones. Las nuevas formas de la cultura política, Punto‑sur, Buenos Aires, 1988; “videopolítica y cultura”, en DIALOGOS de la Comunicación No. 29, Lima, 1991.

(16) Un análisis del papel jugado por los medios en esa primera modernización: J. Martín‑Barbero: “Modernidad y massmediación en América Latina”, en De los medios a las mediaciones, Gustavo Gili, México, 1987.

(17) R. Schward, "Nacional por sustracción”, en Punto de testa No. 28, Buenos Aires, 1987.

(18) Ver a ese propósito, A. Mattelart, La internacional publicita­ria, ed. Fundesco, Madrid, 1989; G. Richeri, L'universo telematico. Il Lavoro e la cultura del prossimo domani, De Donato, Ban, 1982, (Versión española en Edit. Mitre. Barcelona)

(19) E. Gellner, “Cultura, identidad y politicá” El nacionalismo y los nuevos cambios sociales, Gedisa, Barcelona, 1989; Eric J. Hobsbawm, Nacoe se Nacionalismo desde 1780, Paz e Terra, Sáo Paulo, 1991.

(20) M. Castells y R. Laserna, “La nueva dependencia. Cambio tecnológico y reestructuración socioeconómica en Latinoaméricá”, en David y Goliath No. 55, Buenos Aires, 1989. Ver también: J. Sutz, “Ciencia, tecnología e integración latinoamericana: un paso más allá del lugar común,” en David y Goliath No. 56, Buenos Aires, 1990.

 

 

 

(21) O. Getino, Introducción al Espacio audiovisual latinoameri­cano, INC, Buenos Aires, 1990; Cine latinoamericano, economía y nuevas tecnologías, Legasa, Buenos Aires, 1988.

(22) R. Festa, y L. F. Santoro, “A terceira edade da TV: o local e o internaconal”, en Rede imaginaria: televisao e democracia, Compania das Letras, Sáo Paulo, 1991.

(23) J. Martín‑Barbero “Telenovela: melodrama e identidad”, en Cortocircuito No. 15, Lima, 1991 .