Libertad, igualdad y mediocridad (en TV)

 

EDUARDO SOTILLOS

 

Manuel Gutiérrez Aragón no sabe cuándo va a proyectarse su versión del Quijote. No existen problemas de producción, ni hay que rehacer ninguna escena. El producto está acabado y el resultado satisfizo a los privilegiados que asistieron a los pases privados. Es un esfuerzo considerable que merece los honores del prime time. Entonces, ¿por qué esa ignorancia? Simplemente, porque todas las cadenas juegan ya a reservar su información sobre la programación esteler para sorprender a la competencia. El espectador empieza a ser un nada oscuro objeto de deseo al que se contabiliza con el máximo rigor posible y al que se exhibe con la misma exageración que un pescador describe su pieza. Al igual que el cazador se fotografía junto a las perdices cobradas sin que pueda advertirse algo más que el bulto, los ejecutivos de televisión airean, cuando les resultan favorables, los datos de investigación de audiencias, incluso los elaborados por aquellas empresas a las que descalificaron en la anterior oleada. No se trata, por supuesto, de una pura vanagloria profesional. No está en juego el mérito, sino el percado. El culebrón más visto es el mejor. Y punto.

Ya hemos entrado, loados sean sus apóstoles, en el paraíso de la pluralidad de ofertas televisivas. Ya podemos escoger esta noche del viernes entre la excitación doméstica de Atracción salvaje o la de La mujer salvaje (18 de octubre de 1991). Ya podemos admirar la capacidad de masoquismo de las honradas familias españolas, en solitario o por parejas, y su incontenible deseo de enriquecimiento instantáneo, bajo el impulso veterano de Ibáñez Serrador, la sorna de jesús Puente, el encanto de Emilio Aragón o la arruga bella de Carmen Sevilla.

Cristina García Ramos y José Luis Balbín se ven obligados a competir por el designio de los programadores, a la misma hora del mismo día de la semana, por la captura de los espectadores de los pocos espacios que animan la participación activa y el estímulo intelectual de la hembra y el varón sentados. A través del espejo de la televisión estatal vemos la clave de Martín Ferrand y en la tarde de Hermida reconocemos a María Teresa Campos, mientras pensamos en las diferencias sutiles entre Julia Otero y Nieves Herrero.

La pluralidad de ofertas, si no ha enriquecido nuestra inteligencia, si lo ha hecho con el bolsillo de los fabricantes del más importante de los electrodomésticos (Calviño dixit). El segundo televisor, con el segundo vídeo, graba la película de Tele-5 para poderla ver sin la hora de publicidad añadida, mientras metemos la llave del Canal + para sentirnos parte de una elite de apenas doscientos mil ciudadanos cinéfilos por definición y futboleros por vocación.

Mientras Constantino Romero nos enseña a manejar diccionarios -con notable privilegio de practicidad para el Larousse-, alguien agiganta la dimensión del crucigrama y la sopa de letras. Son los programas que encandilan al gremio de editores que atisban la posibilidad de, al menos, vender enciclopedias. Lara, cuyos agentes ya se llevan encargando durante lustros de rellenar estantes con lomos en tecnicolor, prefiere la publicidad directa de los bestsellers a los que añade el picante cachondeo y el desplante en la representación escénica del Planeta. Los otros libros, salvo que elogien las cualidades curativas del ajo o descubran las miserias de las gentes en la jet que no son amigos de Paco Umbral, minimizan su eco a pie de página.

La competencia, la conquista del espectador, la pugna por el pastel publicitario ayuda, sin embargo, a luchar contra la tradicional indolencia del español.

El sueño es el enemigo a batir por quienes aspiran a sintonizar el mensaje sosegado de un intelectual. A las siete y media de la mañana, cualquiera está dispuesto a saborear el desayuno, comodamente instalado en el salón, mientras Chueca Goitia diserta desde el Aula del Colegio Libre de Eméritos sobre el barroco tardío. Ahora bien, si el interesado espectador, ávido de cultura, no quiere madrugar o si a esa hora, por azar, tuviera que estar afeitándose para ir a la oficina, la generosidad del programador le ofrece la posibilidad de meterse en el Aula a la mucho más cómoda hora de las tres de la madrugada.

A José Luis Aranguren se le ha ido la mano, seguramente, al afirmar sin rodeos: «La televisión es mala y no hay que verla.» La televisión, como la poesía, puede ser un arma cargada de futuro o -¿recuerdan?- algo capaz de mover a los pueblos (se supone que para bien) o un conjunto de ripios, fáciles de asimilar y de ser usados como sustitutivos del vacío del propio lenguaje. La televisión, admirado Aranguren, está mala y hay que aprender a verla en los ratos libres, en los que la creatividad se cuela por los huecos de las parrillas elaboradas a golpe de impactos publicitarios. De la televisión, querido profesor, hay que admirar el ingenio de las cabeceras y los spots de publicidad o las autopromociones. Ahí está el esfuerzo: en el mismo terreno de juego que el mercado. En una televisión pública, allá en el Sur, Jesús Quintero apuesta y yo le aplaudo -acierte o no- por resucitar el valor de la palabra y el retrato de caballete, mientras a su alrededor los ingenios electrónicos programados en ordenador hacen saltar las imágenes como guiños percutientes con destino al inconsciente, irreflexivas y letales.

La secuencia de los telediarios comerciales se interrumpe con el lujo de un coche importado, mientras el telepredicador llora por la miseria de un barrio marginal y antes de clamar por la muerte de una familia croata.

El mejor producto que ha dado esta nueva etapa de la televisión en España -y es tan bueno que justifica la mediocridad de la programación- es el hallazgo de un joven escritor airado, espectador a sueldo fijo de la realidad que escupen las pantallas, llamado Eduardo Haro Tecglen. La esperanza de poder salvaguardar el ojo crítico y algún rescoldo de los viejos valores, nos llega, cada día, desde su columna en El País. Sería tan impensable, como deseable, que se le hiciera un hueco en la Escuela de Periodismo de Antena 3. Se emite tan tarde, que le daría tiempo a seguir asistiendo a los estrenos.