América Latina en la economía de la información Difíciles caminos por recorrer

 

Judith Sutz

 

América Latina tiene condiciones tecnológicas para entrar de forma dinámica e innovadora en la economía de la información, aunque el sesgo de sus actuales transiciones socioeconómicas apunta en dirección contraria. Qué camino recorrerá finalmente, es todavía una pregunta abierta: en contestarla bien, América Latina se juega parte de su futuro.

 

1.  AMÉRICA LATINA EN TRANSICIÓN

 

El mundo está siendo sacudido, en este final de siglo, por fenómenos que quizá imparten aún más por su vertiginosidad que por su contundencia -que no es poca, por cierto-. La desaparición de la Europa del Este y el proceso de desaparición del PCUS y de la Unión Soviética en tanto tal suman cambios dramáticos a un mundo que ya estaba cambiando aceleradamente. En ese marco, América Latina se desdibuja como realidad, pierde relevancia, y es sobre todo recordada en el Norte como lugar de delitos y horrores, desde el narcotráfico hasta el asesinato de miles de niños de la calle, brasileños o de los así llamados desechables colombianos.

Pero más allá del horror, y en el marco de un mundo de transiciones, múltiples y polifacéticas, América Latina está viviendo las propias. Muchas podrían mencionarse: las resultantes de la década perdida, con el retroceso global de las condiciones de vida de grandes contingentes de la población latinoamericana; las resultantes de la redemocratización, que alcanzó a cinco países de la región -Argentina, Brasil, Uruguay, Chile, Paraguay-; las que se derivan de la pérdida marcada de importancia de la región en el concierto mundial, pérdida que va bastante más allá de lo económico y que Carlos Fuentes caracterizaba así: «América Latina está sola. La región no ha sido invitada al banquete del futuro.»

La conjunción en los últimos años de factores intrarregionales e internacionales configura una situación de transición que el último libro de la Comisión Económica para América Latina caracteriza así: «...la década de los 80 constituyó, en términos históricos, un punto de inflexión en el patrón de desarrollo precedente de América Latina y el Caribe y una fase, aún no completamente perfilada pero seguramente diferente, que marcará el desarrollo futuro de la región» (1).

 

2. ELEMENTOS EMERGENTES DE LA TRANSICIÓN LATINOAMERICANA

 

Tres elementos resaltan en este período de no muy bien definidas transiciones.

 

a) Existe un acuerdo creciente en la región acerca de que las economías deben abrirse y de que debe buscarse activamente la formación de bloques supranacionales. Todos los países entran en procesos de rebajas arancelarias, en la búsqueda de nuevos acuerdos regionales -el del MERCOSUR es uno de ellos (2)-, en la permanente cuestión acerca de cómo repensar su inserción internacional.

b) Existe un marcado desacuerdo, ya no entre países sino entre enfoques sociales globales, acerca del papel de la equidad en el marco de las transformaciones precedentes. Más allá de expresiones aisladas de buenas intenciones y de las miles de formas de resistencia -organizadas o no, respetuosas de la juridicidad o no- al crecimiento desigual latinoamericano, la tendencia que lleva todas las de ganar es aquella que de equidad ni siquiera habla. Las políticas de ajuste, las medidas de estímulo a la inversión, los caminos que se privilegian en la búsqueda de competitividad para las economías nacionales obvian en los hechos las aspiraciones hacia mejores niveles de redistribución y, en muchos casos, basan justamente su esperado éxito en que esto no ocurra.

c) Está planteada una discusión o dilema en torno a la reformulación de los papeles a jugar por diversos actores. ¿Qué papel para el Estado? ¿Y para los empresarios? ¿De qué tipo deben ser, de ahora en adelante, las relaciones entre ellos?

 

En algunos casos, por ejemplo el chileno, se puede hablar de la emergencia de un nuevo empresariado: «La revalorización del rol de empresario privado se logró facilitando el acceso a recursos económicos, acelerando la desregulación institucional y difundiendo a través de los medios de comunicación los valores y actitudes favorables a la iniciativa privada. El resultado del conjunto de estos procesos fue la difusión de una nueva racionalidad basada en la competencia y en la búsqueda de la ganancia.

Durante el período autoritario, éstos son los valores que otorgan legitimidad social y se erigen, por lo tanto, como claves del éxito y el prestigio (3). En otros países ese nuevo empresariado, definido por oposición al estereotipo de empresario gestor de favores del Estado en el marco de economías relativamente protegidas, no ha dado aún mayores señales de vida.

El panorama a nivel del Estado es, sin embargo, mucho más homogéneo. Es casi un signo distintivo de la transición en América Latina la reducción del Estado, ejercida básicamente a través de la privatización de parte importante del área estatal -telecomunicaciones, transportes, seguridad social- y de la retirada del sector público de la emisión de señales hacia los actores de la producción (4).

Éste es, entonces, el panorama de la transición latinoamericana: apertura económica y desregulación estatal; privatizaciones y confianza en el rol regulador y estimulante del mercado; hipótesis implícita acerca de que los actores sociales capaces de motorizar el desarrollo -los empresarios- existen con las cualidades necesarias; despreocupación explícita por la equidad.

 

3. LA ECONOMÍA DE LA INFORMACIÓN: UNO DE LOS MARCOS INTERNACIONALES DE LA TRANSICIÓN LATINOAMERICANA

 

Los cambios latinoamericanos contemporáneos que en forma resumida hemos mencionado, ocurren en un contexto terno‑económico internacional profundamente modificado respecto de aquel en el que la región construyó su anterior articulación al mundo. La mezcla de exportaciones primarias y de industrialización sustitutiva con un híbrido exportador, en ciertas manufacturas basadas en recursos naturales o en recurso intensivo de mano de obra, correspondió a la época de las grandes producciones en masa.

Las cosas son ahora muy diferentes, y todo indica que los cambios no son el reflejo coyuntural de una cierta recesión del mundo desarrollado, sino consecuencia de transformaciones de largo aliento, siendo el pasaje paulatino pero.continuo a una economía de la información una de las más significativas entre ellas.

Afirmación de tal calibre exige al menos una clarificación acerca de qué se entiende por economía de la información. Ríos de tinta se han escrito sobre este tema en los últimos años, y aunque no se haya ganado mucho en precisión, sise ha ido conformando el concepto por agregación de atributos. Así, la economía de la información es tal porque se vincula con el actual factor clave en la producción de bienes y servicios, la información, que lo es, entre otras cosas, por constituir el costo más alto en la producción de bienes tanto físicos como simbólicos, fenómeno que ha dado en llamarse desmaterialización.

También se habla de economía de la información porque de esa formase describen algunos impactos culturales mayores, tanto en el mundo del trabajo como en el del tiempo libre y en la vida de la gente en general. Desde el punto de vista cultural, la economía de la energía se asociaba a la masificación y -relativadurabilidad de productos y de saberes necesarios para producirlos. En la economía de la información todo cambia mucho más rápido: el avance del conocimiento, la transformación de ese avance en resultados comercializables, la necesidad de actualizar formaciones, los productos, los servicios y sus aplicaciones. Podría decirse que un impacto cultural mayor de la economía de la información es un crecimiento significativo de la incertidumbre.

Pero quizá el elemento más determinante de la economía de la información radica en que las industrias que producen bienes y servicios que manejan información se cuentan entre las más dinámicas y, sobre todo, tienen un enorme poder de arrastre con respecto a todas las demás. Estamos hablando de electrónica, lo que incluye componentes y equipamiento, informática, telecomunicaciones y servicios asociados. Los productos de estas industrias cambian muchas cosas, desde la manera de manejar la industria textil hasta la forma de hacer investigación científica; transforman oficios enteros, redefinen la noción misma de lo que es ser letrado o iletrado en el mundo de hoy.

Todos los países industrializados se miran en el espejo de las tecnologías de la información, y a ese espejo le preguntan cuán modernos son, cuán vulnerables son y cuán competitivos pueden llegar a ser. El director de un importante centro de microelectrónica español argumentaba, al defender la necesidad de desarrollar capacidades propias de diseño y fabricación en las tecnologías de información, que de lo contrario «España terminaría no exportando más que sol».

Vemos entonces que éste, el de la economía de la información, es un telón de fondo obligado para interrogarse acerca de las transiciones latinoamericanas. Ignorarlo conduciría obligatoriamente a la marginación, cosa que siempre ocurre cuando se le da la espalda, por ignorancia, desidia o impotencia, a los elementos claves que moldean el futuro.

Pero no es para nada evidente que cualquier forma de tomar en cuenta que el sistema técnico mundial ha cambiado y que ahora estamos en una economía de la información, sirviera para orientar las transiciones latinoamericanas hacia niveles mayores de desarrollo autosostenido. Sobre este aspecto, a nuestro juicio crucial, haremos algunos comentarios en lo que sigue.

 

4. LOS ERRORES COMETIDOS

 

La modernidad de la tecnología no garantiza que las formas de incorporarla no sean antiguas. En América Latina tenemos ejemplos claros de formas pasivas de inserción internacional en tecnologías llaves de la economía de la información, siendo el más notorio de ellos el de la informática.

En términos generales y para toda la estructura industrial latinoamericana, Fernando Fajnzylber escribía: «En suma, mientras que en los países de origen las empresas líderes de las estructuras oligopólicas generan el proceso de investigación tecnológica, en América Latina las empresas líderes de las estructuras oligopólicas locales, subsidiarias de las primeras, utilizan -y con ello amortizan- los gastos de investigación en que se incurrió algunos años antes en el país de origen» (5). Esto ocurrió sin duda así con la informatización latinoamericana, en un proceso que fue al comienza liderado por las filiales de multinacionales, pero que rápidamente fue seguido por las empresas y administraciones del Estado y luego por toda la estructura económica formal.

De hecho, la informatización de la región reiteró todos los vicios que anteriormente había mostrado la incorporación tecnológica asociada al proceso de industrialización, con la sola diferencia de que en el caso de la informática el ritmo de sustitución de equipos fue mucho más rápido y nunca hubieron severos rezagos tecnológicos (6).

Entonces, ¿qué papel jugó la informática en América Latina? Por cierto, no fue éste: «Las tecnologías de comunicación e información constituyen uno de los grupos más dinámicos de las nuevas tecnologías, de las cuales depende la competitividad de la mayor parte de los sectores industriales; pueden potencialmente generar ganancias sustanciales de productividad; tienen un gran impacto en la organización del trabajo y en los perfiles de capacitación. Estas tecnologías dan lugar a nuevas industrias y penetran todas las demás industrias y los servicios» (7).

Nada tiene de extraño que este texto, que describe bien ciertas realidades, no sea aplicable en América Latina. El dinamismo de la informática, y a través de la informática, no se garantiza comprando computadoras, teniendo en las universidades licenciaturas de computación y también miles de escuelas privadas de informática e incorporando equipos un poco por todas partes.

Si esta lección del pasado hubiera de aprenderse, debiera estar claro que la posibilidad de que América Latina oriente sus transiciones de modo de insertarse dinámicamente en una economía mundial marcada por la preeminencia de la información no está garantizada por el acceso a las herramientas de la información. Se podrán comprar robots, máquinas-herramientas de control numérico, sistemas ultrasofisticados de telecomunicaciones; podrá uno quizá preguntarse en una oficina con fax, con un computador que permite facilidades de correo electrónico, etc., en qué país está realmente viviendo: bastará asomarse a la ventana y mirar algo del conjunto para comprender que se sigue estando en la polarizada y globalmente pobre y atrasada América Latina.

La pregunta entonces no hay que dirigirla al hardware sino al software.

 

 5. ¿CUÁLES SON LOS FACTORES QUE SE JERARQUIZAN EN LA ECONOMÍA DE LA INFORMACIÓN?

 

Sin duda, son muchos más de los que aquí podríamos abordar, pero hay tres que son centrales: la educación, la innovación y la noción de competitividad sistémica.

En lo que respecta a la educación, no en vano Japón tiene el 90 por ciento de su población con formación de nivel secundario completa, y uno de los aspectos que más acciones genera en el seno de la CEE es el tema educativo. Hace 40 años, la formación en computación en EEUU. y luego en el resto del mundo era requisito previo de uso, pues la falta de personal que supiera usar las máquinas era uno de los principales cuellos de botella para la expansión del sector informático; hoy la educación en general ya no es requisito previo de uso ni el cuello de botella está en la falta de usuarios en sentido estricto. La educación hoy en día es necesaria para descubrir e inventar usos, para generar demandas, para expandir la frontera de la innovación, tanto técnica como social. La economía de la información, por paradójico que pueda parecer, podría convivir perfectamente con altos niveles de analfabetismo en una hipótesis de existencia estática, pues los resortes de la vida los manejarían redes complejas de automatismos informatizados; en una hipótesis dinámica, en cambio, que es la única realmente posible, la educación pasa a ser el caldo de cultivo imprescindible del desarrollo de la economía.

En cuanto a la innovación, a la vez motor y resultado cotidianos de la economía de la información, ha sido considerada en los últimos años objetivo socio-económico de primerísima importancia y objeto de análisis y definición de políticas específicas. De ser el resultado de la chispa sagrada de la inspiración individual, la innovación pasó a ser entendida como fenómeno esencialmente social, altamente dependiente de la atmósfera cultural, sensible a frenos y a estímulos.

De entre las múltiples líneas de investigación vinculadas al fenómeno de la innovación, tres elementos surgen con fuerza como particularmente interesantes. El primero tiene que ver con los lugares donde se generan innovaciones: Von Hippel demuestra convincentemente un hecho de importancia mayor, a saber, que la innovación no es un fenómeno localizado en algún eslabón privilegiado de la producción o de la sociedad, sino que la innovación es un fenómeno distribuido (8). El segundo señala que la innovación requie= re de apoyos múltiples y diversos, ubicados a nivel de la educación, de la investigación, de la gestión; que depende tanto de acciones particulares a nivel de personas e instituciones como de las interrelaciones entre personas e instituciones, elementos estos que se sintetizan en el concepto de Sistema Nacional de Innovación (9). El tercero, por último, señala que una relación privilegiada para la emergencia de innovaciones realmente útiles es la que liga a usuarios y productores. Concepto este -el de relación usuario-productor- realmente significativo si lo que se busca es revertir la pretensión de que en el binomio tecnología-sociedad es la primera la que propone y dispone y la segunda la que se adapta (10).

Por último, la noción de competitividad sistémica, claramente entrelazada con las dos anteriores a través de la idea fuerza de que hoy por hoy todo interactúa con todo, conduce a un concepto clave, que es el de la competitividad internacional de la economía nacional (11).

La idea aquí es que a ningún actor individual le es posible obtener niveles óptimos de competitividad si no cuenta con una densa red de apoyos de muy diversos tipos, que son justamente los que le permiten llegar a esos máximos. Servicios de información, sistemas públicos -aunque sean de régimen privado- de controles y certificaciones de calidad, capital de riesgo, servicios de asesoría tecnológica, de mercados, de gestión, apoyos a nivel de tradings, incubadoras de empresas, parques tecnológicos, etc.; la necesidad de que todas estas cosas estén presentes fluidamente en la sociedad y que los diversos actores aprendan a servirse de ellas remodela el papel del Estado. Éste pasa de ser visto como garante de un mínimo de condiciones con mínima participación, a visualizarse como una poderosa herramienta al servicio de la competitividad nacional, competitividad cuyos agentes concretos son mayoritariamente agentes privados (12).

Éstos son entonces algunos de los factores que en la economía de la información pasan a tener un rol clave. Economía de la información, uno de cuyos rasgos distintivos es su carácter global: «...lo que es decisivo es que también en la década de los 80 se constituye, por primera vez en la historia, una economía global funcionando como unidad cotidiana en tiempo real. No se trata de un proceso de internacionalización de la economía, sino de su globalización» (13).

Por eso, no tiene sentido pensar que América Latina, a pesar de ser tan distinta del mundo desarrollado, pueda obviar estos factores. Claro está que podrá hacerlo, y reiterar con ello fracasos anteriores. Pero la ilusión de que se pueden absorber por ósmosis -o importaciones- las ventajas competitivas de una nueva lógica, de una nueva cultura, sin esforzarse por comprender la dinámica profunda que le permite a la economía de la información ser un apoyo central de la competitividad, se vuelve cada vez más quimérica. Así, queda planteada la necesidad de una aproximación alternativa a aquella con la que la región ha encarado históricamente su inserción internacional.

 

6. ¿CÓMO PLANTEAR UNA INSERCIÓN ALTERNATIVA DE AMÉRICA LATINA EN LA ECONOMÍA DE LA INFORMACIÓN?

 

Nuevamente aquí el tema es tan amplio que hay que seleccionar puntos de enfoque. Elegiremos tres entre los muchos posibles, haciendo hincapié en la necesidad de tratar el problema según sus requisitos generales sin caer en la autoconmiseración del subdesarrollo, pero reconociendo a su vez aquellas especificidades que sirven de orientación concreta a la acción.

El primer punto de vista tiene que ver con una vieja discusión; para que realmente se integren a la sociedad de la manera simbiótica que parece ser la condición de su eficacia, las infraestructuras de la economía de la información ¿deben ser construidas, al menos en parte, o es suficiente con que sean usadas?

Veamos un planteamiento que no hay razón para no considerar válido en América Latina: «Las naciones también deberán preguntarse si será realmente necesario involucrarse en la producción de tecnologías de la información para hacer de ellas uso efectivo. Si así fuera, ¿cómo debería encarar una nación su entrada en la carrera? ¿Debería ese desarrollo dejarse en manos privadas? ¿O quizá hubiera un papel a ser jugado por el gobierno nacional? Si esto último fuera correcto, ¿cómo debería el gobierno formular estrategias de desarrollo? ¿Qué tipo de estrategias deberían implementarse? ¿Deberían comprender la totalidad del amplio espectro de sectores tecnológicos e industriales que abarcan las tecnologías de la información? ¿O más bien tendrían que concentrarse en unos pocos de ellos? ¿Deberían enfatizar la presión de la oferta tecnológica o la del mercado? ¿O ambas? ¿Qué mecanismos pueden utilizarse para implementar estrategias hacia las tecnologías de la información y la convergencia paralela? ¿Qué organizaciones deben involucrarse en esto? ¿Cómo?» (14).

Estas preguntas son absolutamente básicas, y no son privativas del mundo desarrollado. No cabe ninguna duda acerca de que a la pregunta sobre si la estrategia debe ser abarcarlo todo o concentrarse en algunos aspectos, Japón dará una respuesta diferente de la de Bélgica, del mismo modo que en América Latina Brasil dará una respuesta distinta de la de Uruguay. Pero lo sorprendente es que estas preguntas se hagan seriamente en América Latina y que no se dé por descontado que el solo formularlas es una muestra flagrante de desubicación. Primer punto entonces, de una inserción alternativa en la economía de la información: plantarse frente al problema en la dura hipótesis de que la eficiencia habrá que arrancársela a dicha economía, y no simplemente comprarla, junto con sus infraestructuras.

Un segundo punto de enfoque tiene que ver con el modelo a seguir para ingresar en la economía de la información. Muchas veces, al leer informes producidos en el mundo desarrollado que evalúan el éxito en las estrategias de los latecomers frente a las tecnologías de la información, se tiene la impresión de que América Latina nunca llegará, porque el criterio básico de medición del éxito es la capacidad competitiva a nivel internacional de las industrias basadas en dichas tecnologías, es decir, la capacidad exportadora.

Para poder exportar en las industrias high tech de la. información hace falta, o bien tener facilidades que permitan la producción masiva de productos altamente estandarizados, como es el caso de los países del sudeste asiático, o bien apostar a altos grados de especialización, particularmente a nivel de bienes de equipo, es decir, en el área de electrónica profesional, que es el camino seguido, por ejemplo, por los pequeños países del norte de Europa. En cualquiera de los dos casos, la exportación de las industrias de la información se basa en un fuerte empuje al desarrollo científico, tecnológico e innovador interno, con importante recurso a procesos cooperativos, sea de tipo liderazgo, como es el caso de Japón respecto de su zona de influencia, o de estrategias con mayor componente integrativa, como en el caso del vértice escandinavo.

América Latina está lejos de estar integrada y el liderazgo de EE.UU. no podría diferir más del japonés en términos de apoyo al desarrollo científico, tecnológico o industrial. La región no tiene condiciones para competir en productos masivos de la industria de la información; la región no tiene imagen como para exportar, por ahora, los productos altamente especializados de la industria electrónica profesional que produce. Si la capacidad exportadora constituye el único criterio con el cual es medible el ingreso activo de un país o una región en la economía de la información, tienen razón los que siempre consideraron una innecesaria utopía el intento de desarrollar endógenamente en América Latina industrias de fuerte base tecnológica.

Pero la pregunta que debería hacerse es esta: ¿todos los países que hoy exportan productos de la industria de la información empezaron exportando? La respuesta es claramente negativa. Por mencionar sólo a los países escandinavos, es evidente que su adscripción a la economía de la información tuvo su primer impulso endógeno a partir del desarrollo de tecnologías y productos dirigidos a sus propias necesidades -lechería, forestación, etcétera.

En el caso de la información, también hay economías hacia afuera y economías hacia adentro; ambas son importantes, hay modelos en que son simultáneas, otros en que son sucesivas, y otros en que sólo una está presente durante un cierto tiempo.

Lo que está planteado entonces es que la industria de la información tiene un papel estratégico a cumplir como productora de bienes y servicios con valor de uso interno y no solamente cuando éstos adquieren valor de cambio en el mercado internacional. Ese valor de uso es el que permite una mayor competitividad a todas las actividades económicas, sea en la agricultura, la minería, la industria o los servicios; es también así que se adquiere experiencia, se aprende a innovar, se logran especializaciones, se descubren nuevas aplicaciones y se va definiendo un estilo propio en materia de industrias de la información que pueda llegar a dibujar un perfil competitivo, con valor de cambio en el mercado internacional.

Por último, más que un punto de vista, una opinión. Si a la primera pregunta, acerca de si debe considerarse la producción y no sólo el uso en el ingreso a la economía de la información, se contestase afirmativamente; si a la segunda pregunta, acerca de si sería válida esa producción aunque en una primera etapa se dirigiera solamente al mercado interno, se contestase también afirmativamente: ¿habría condiciones en América Latina para seguir ese camino alternativo de inserción en la economía de la información?

La respuesta, brevemente, es que habría condiciones tecnológicas para abordar un amplio espectro de iniciativas, pero que el panorama de las condiciones institucionales es mucho más incierto (15). Educación, innovación, competitividad sistémica, están lejos de la atención de las instituciones latinoamericanas y no hay agentes privados con una visión de largo plazo capaz de sustituirse a ellas y reemplazar o completar un cierto liderazgo en esos aspectos.

La afirmación de que en América Latina hay condiciones tecnológicas para entrar vía la producción, además de vía el uso, en la economía de la información puede despertar escepticismo. Y no sólo en el mundo desarrollado, acostumbrado sí a ciertas excelencias académicas, pero que no tiene por qué saber que también las hay a nivel de la producción de tecnologías punta. En la propia América Latina son muy pocos los que saben qué cosas se han hecho y qué las hizo posibles, es decir, qué estrategias se desarrollaron para sustituir con éxito todos los elementos que, presentes en el desarrollo, en América Latina se transforman en ausencias.

Esa ignorancia de sí misma levanta en la región una barrera a la autoconfianza que aborta los mil y una vez iniciados caminos de creación, imaginación e innovación. Es en buena parte esa ignorancia la que explica que, necesitando modernización, en la región llegue a creerse que sólo otros pueden proporcionarla y no procure entonces levantar los apoyos institucionales necesarios para el florecimiento de sus propias capacidades de oferta técnica.

Así, finalmente, y sin ánimo de paradojas, podríamos decir que una de las cosas que más necesita América Latina para encontrar caminos alternativos de integración a la economía mundial de la información es información sobre sí misma.

 

7. CONCLUSIÓN

 

¿Qué caminos hay para América Latina en la economía de la información? Los que se avizoran a partir de las transiciones en curso ya fueron recorridos en la región: modernización para elites, marginación concomitante de mucha gente, nuevas oportunidades perdidas para empezar a recorrer algún círculo virtuoso de dinamismo económico y social.

Existen caminos alternativos. Para recorrerlos hay que mirar cuidadosamente al mundo, aprendiendo, que no copiando. Hay que saber con qué capacidades se cuenta, hay que reconocer las anécdotas tecnológicas y buscar las innovaciones institucionales que las transformen en tendencias, hay que apostar por la educación, por la innovación, por la construcción de competitividad nacional.

Hay que creer que se pueden recorrer alternativas, hay que querer recorrerlas.

La pregunta acerca de qué caminos hay para América Latina en la economía de la información es todavía una pregunta abierta, aunque no lo seguirá siendo por mucho tiempo. Contestarla bien es uno de los tantos desafíos urgentes que la región tiene planteados.

 

 

Notas

 

(1) CEPAL. Transformación productiva con equidad, Santiago de Chile, 1990. p. 24.

(2) Mercado Común del Sur, que producirá un régimen de mercado único entre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay en 1995.

(3) Montero, Cecilia, «La evolución del empresariado chileno. ¿Surge un nuevo actor?», Colección Estudios de CIEPLAN, núm. 30, Santiago de Chile, diciembre, 1990. p. 110.

(4) En algunos casos excepcionales -en el que Chile y México se destacan- la retirada del Estado de muchos ámbitos se combina con una renovadora presencia en otros, particularmente en lo que tiene que ver con apoyos técnicos a la producción y al mercado -laboratorios, gestión de nuevos mercados, etc.-, pero se trata realmente de excepciones. Es imposible encontraz en América Latina una densidad de participación estatal en el tejido de soporte a la producción empresarial como puede encontrarse en cualquier país europeo, aun en el regido por la más neoliberal de las concepciones.

(5) Fajnzylber, Fernando, La industrialización trunca de América Latina, Centro Editor de América Latina. México, 1983, p. 158.

(6) A mediados de los años 70, el equipamiento informático era efectivamente incorporado en América Latina promedialmente dentro de los seis meses de su salida al mercado en EE.UU.

(7) Texto del folleto de invitación a la Conferencia de la CEE, Bruselas, octubre de 1991, Information and Communication Technologies. Social Aspects on Employment and Training(8) Von Hippel, Eric, TheSources oflnnovation, Oxford University Press, 1988.

(9) Ver en particular los desarrollos de estas ideas en Freeman, Ch., Téchnology Policy and Economic Performance. Lessons from Japan. Pinter Publishers. Londres, 1987.

(10) El concepto usen-producen-interaction fue acuñado por el equipo de Economía Industrial de la Universidad de Aaborg, en Dinamarca. Está muy claramente presentado en Freeman and Lunval (Eds.), Small Countries Facing 7bclhnological Revolution, Pinter Publishers, Londres, 1989.

(11) Este concepto ha sido desarrollado en particular en los trabajos del Instituto Alemán del Desarrollo, Berlín. Ver, por ejemplo, Esser, Klaus, «Stabilization and Consolidation in Latin America by Modifying the Economic Policy Model, en Economics, Tubinga, 1986, pp. 71-91. En este trabajo se desarrolla en particular el concepto de inward ajustement como problema político más que tecnocrático.

(12) En ocasiones, estos agentes privados tienen formas sociales peculiares, como es el caso de las cooperativas. Más allá de lo difícil de su generalización, las Cooperativas Industriales de Mondragón, en el País Vasco, muestran una gran competitividad, vía la introducción de las más diversas formas de innovación, tanto técnica como social, en interacción con formas públicas de fomento a la competitividad nacional, en este caso, de la Comunidad Autónoma.

(13) Castells, Manuel, «El comienzo de la historia», en Socialismos del Futuro, vol. 1, núm. 2, 1990, Madrid, p. 67.

(14) Arnold, Erik, y Guy, Ken, Parallel Convergence. National Strategies in Information Technology Frances Pinter Pub., Londres, 1986, p. 1. La idea de convergencia paralela se refiere a la convergencia técnico-industrial de la nueva generación de computadoras, llamadas máquinas convergentes por su forma de procesar información, y las tecnologías de telecomunicaciones, lo que podrá dar lugar a redes inteligentes que revolucionarían aún más la economía de la información.

(15) Este aspecto ha sido analizado para el caso uruguayo en el proyecto. Uruguay, problemas y perspectivas del sistema industrial de electrónica en un país pequeño, realizado en el Centro de Informaciones y Estudios de Uruguay con el apoyo de la Fundación Volkswagen. Los estudios correspondientes a otras realidades latinoamericanas autorizan a generalizar la conclusión que presentamos.