Las tecnologías de Mr. Marshall

 

JOSÉ MANUEL MORÁN

 

TECNOLOGÍAS Y REGIONES

 

La emergencia del hecho regional y su creciente importancia en la vida de los pueblos y las naciones arranca, por un lado, de la complejidad y globalidad de nuestro mundo, que lo hacen muchas ve­ces tan incomprensible como sin posibili­dades de una mínima gobernabilidad. Lo que induce a pensar que todo iría mejor, al menos, si se buscaran soluciones loca­les y parciales, para desde ellas intentar fraguar una salida más integrada y cohe­rente. Y por otro, del derrumbe de una geopolítica que había configurado esta­dos‑nación sin contar con las realidades regionales que encerraban unas fronteras mantenidas, más por diversas herencias o circunstancias difíciles de vadear que por la convicción de los ciudadanos que viví­an dentro de ellas.

A ello hay que sumar la crisis ideológi­ca y de valores de todo tipo que sacude a nuestras sociedades y que invita a las per­sonas a buscar unas señas de identidad desde las que fraguar una convivencia en la que reconocerse. Con ello, cobran una importancia decisiva la lengua, las cos­tumbres, la ilusoria autosuficiencia econó­mica y todos aquellos elementos que a la vez que singularizan a una comunidad dan sentido de pertenencia y cobijo moral a los que los hacen propios y esenciales. Y a los que habrá que sumar la dinámica de distribuir el poder entre gobiernos lo­cales, regionales, nacionales y suprana­cionales, y compartirlo con empresas a iniciativas de negocios que no reparan en fronteras ni en otras legitimidades que las que dicta la apertura de mercados.

Pero tales causas no tendrían pujanza suficiente para dar al traste con entrama­dos políticos y económicos anteriores si no se diesen, a la vez y desde otras instan­cias, nuevos impulsos que favoreciesen la regionalización de nuestro mundo. Dichos estímulos parten, de esta forma, tanto des­de organizaciones supranacionales, que necesitan para su afianzamiento debilitar a los estados‑nación tradicionales, como desde aquellas corrientes ideológicas que buscan configurar un mundo donde pue­dan hacerse realidad, de manera más sencilla y operativa, los propósitos de cambio que encierran sus ideas.

Y que se concretan gracias a que ca­balgan en algo tan novedoso, insoslayable e incontrolable como es el cambio tecno­lógico, que en su aceleración abre nuevas oportunidades y desdibuja argumentos para mantener lo establecido con anterio­ridad a su impacto. De ahí que la ilusión por la acción taumatúrgica de las nuevas técnicas se afiance, a la par que se acre­cienta la voluntad por hacer de lo regional una ventaja diferenciadora.

Se ve, así, que lo tecnológico adquiere una importancia instrumental decisiva, pues del papel que ello vaya a jugar, de su difusión y de su asimilación, dependerá, en definitiva, la configuración competitiva de las incipientes realidades regionales, que debieran ser algo más que tradición e historia, pues de recuerdos no es posible vivir en un mundo sacudido por la libérri­ma mano del mercado.

 

LAS TECNOLOGÍAS ADECUADAS

 

Es por ello, y a la vista de esta irrupción de lo técnico en lo regional, por lo que cabe plantear una vía de reflexión que in­dague cuál va a ser el impacto del cambio tecnológico en el hecho regional, pues aquél se ha convertido ya en un factor es­tratégico sin el que no es posible entender las transformaciones que se están operando y que se multiplicarán en el fu­turo. Habrá de buscarse, por tanto, sope­sar qué papel va a jugar la tecnología y cuáles serían las más adecuadas para que el proyecto particular de cada ámbito ge­ográfico y socioeconómico no se empeñe en emplear algo que no tiene aplicación en un contexto donde inciden otros facto­res materiales e intangibles difíciles de gestionar. Y que hacen imposibles aplica­ciones eficaces de las novedades, por vis­tosas y atrayentes que éstas sean.

Ello cobra más importancia porque se ha visto que ya no es posible pensar en un desarrollo regional asentado sobre la mo­vilidad de factores, mediante el estableci­miento de grandes empresas y el creci­miento, casi siempre de eficacia limitada, del sector público local. Sino que se hace preciso estimular el crecimiento endóge­no, acelerando la fase de reconversión, si es que hay que superarla, para buscar la innovación de los tejidos productivos, pero propiciando no cualquier moderni­zación, sino aquellas que son coherentes con el contexto particular de cada situa­ción.

De ahí que la reflexión sobre la difusión de la tecnología se convierta, además, en una reflexión sobre qué tejidos producti­vos se pretende desarrollar, cuáles son las relaciones escuela‑empresa y qué pa­pel juegan las fuerzas económicas y socia­les y las instituciones en la modernización, tanto de los medios y recursos materiales como de las formas de producción y con­vivencia. El hecho regional, visto así des­de sus posibilidades de ser matriz de se­dimentación tecnológica, adquiere un as­pecto que va más allá de la mera delimitación de competencias administra­tivas o de la coexistencia de formas cultu­rales diversas. Para asumir, en todos los casos, que el mundo del mañana se está construyendo, cualesquiera sean los ám­bitos geográficos que se contemplen, des­de el empuje de las nuevas tecnologías y de las nuevas formas de vivir y producir que ellas permiten e inducen.

Dicha innovación ‑que pretende la lo­calización y actualización de servicios, la promoción de nuevos sectores ligados al manejo de esa nueva materia prima que es la información‑ requiere de políticas que incentiven la aplicación de nuevas tec­nologías, promuevan la creación de infra­estructuras avanzadas ‑telecomunicacio­nes‑ que la hagan posible y estimulen tanto el reciclaje profesional continuado como la movilidad y actualización laboral permanente. De ahí que detrás del análisis del impacto del cambio tecnológico haya toda una necesidad de saber cuáles de­bieran ser las nuevas relaciones entre el sistema educativo y el sistema productivo, para que tal impulso no chocase con el cuello de botella de la inexistencia de unos recursos humanos preparados para alcan­zar las nuevas metas. En definitiva, de ese análisis tendrá que salir también cuál es el nuevo papel que han de jugar en la confi­guración del futuro tanto las instituciones como las fuerzas económicas y sociales, y su modo de entender concertadamente en qué consiste la modernización.

 

DE LAS PALABRAS A LA ACCIÓN

 

Y es que hasta ahora se ha generaliza­do mucho sobre que las nuevas tecnolo­gías son la llave de la modernidad y se ha sentado más de una cátedra, o un instituto universitario, que de todo hay, con sólo enumerar cuáles son las más vistosas de aquellas que se tienen por nuevas. O qué cuadros estadísticos cabe inferir para el futuro, y poder así pontificar que sólo quien tenga nuevos juguetes tendrá dere­cho a salir en tan brillantes relaciones cuantitativas y proyecciones de ilusiones sin freno.

De ahí que sea imprescindible dejar de hablar sobre grandes horizontes y empe­zar a ver cómo se siembran las nuevas tecnologías sobre cada terreno y con qué abonos cabe esperar que lleguen a ger­minar como proyectos empresariales ven­tajosos. Pues no es cuestión de seguir es­perando a que llegue un nuevo Mr. Mars­hall repartiendo juguetes tecnológicos en sitios donde no haya un ambiente mínimo que permita llevar adelante algún juego productivo razonable. A no ser que se quiera seguir con meros malabarismos cara a la galería, que suelen acabar con el trapecista desplomándose de bruces a la segunda intentona.

Y para ver qué juguetes cabe aceptar, o cuáles convendría adquirir, nada mejor que saber qué es y adónde cabe querer ir. Lo cual es tanto como decir que bueno sería empezar por analizar qué tecnologí­as están al alcance y cuáles son los recur­sos educativos y empresariales que per­miten tal dominio. A la par, claro es, de so­pesar cómo están los mercados para los que se aplican tales tecnologías. Y, en consecuencia, qué huecos quedan todavía por disputar y en cuáles cabe atisbar una mayor viabilidad de éxito. Pues la adecua­ción auténtica no se define en los libros y en los informes de los expertos, sino que la determina el mercado.

Pero de nada valdría tan sesuda refle­xión si luego no se experimentasen qué vías de oportunidad son factibles y qué proyectos piloto cabe impulsar, dentro de un plan global, para validar en la práctica las ilusiones de tanto modernizador como anda suelto. Pues hasta que no sepamos si Teruel puede ser California no parece ra­zonable que queramos promocionar arbi­trismos en cualquier provincia que se pre­cie de tener también derecho al maná tec­nológico.

Lo malo de un programa de esta natura­leza es que no deja tiempo ni para organi­zar mesas redondas ni para asesorar a los príncipes, sino que requiere ponerse ma­nos a la obra con proyectos más o menos sencillos, poco vistosos en la mayoría de los casos, y que no dan pie para escribir libros hasta que no se han llevado a buen puerto. Y eso, ya se sabe, que además de fatigoso no parece ser muy apropiado para quienes buscan fama y renombre tan aceleradamente como dicen que se mani­fiesta el cambio de máquinas y procesos.

Pero si no se escoge esa vía, si se fía todo a querer ser como Mr. Marshall sólo por saber que existe el valle del silicio, puede que se esté esperando que florez­can microchips allí donde sólo cabe culti­var espárragos. Y a la postre, como el fil­me de Berlanga, veamos pasar la innova­ción fugazmente por nuestra puerta con la sensación de no haber sabido retenerla, por no saber tampoco qué ofrecerle para que hubiese sido atractivo pararse en nuestros predios o por no haber sido lo suficientemente sensatos para imaginar que los que dominan la ciencia y 1a tecno­logía sólo darán juguetes a quienes sepan jugar con ellos y a los que, además, lo va­yan a hacer en un marco donde se pueda apreciar para qué valen tan codiciados instrumentos.

Pues no se trata sólo de saber jugar, sino también de conseguir que haya quien compre rentablemente las cabriolas, ya que si no se venden, no podemos seguir pagando a Mr. Marshall como a él le gusta cuando se aviene a compartir con uno el fuego del Olimpo, que en los umbrales del siglo XXI al parecer, arde gracias a la innovación y a la educación tecnológica y gerencial.