Una opción estratégica

 

Manuel Castells

 

La industria de las tecnologías de la información desempeña un papel estratégico en la estructura y dinámica de la nueva economía. Así se deduce de una reciente investigación de Fundesco y el Instituto Universitario de Sociología de Nuevas Tecnologías de la U.A.M., dirigida por el autor de este artículo. En él presenta las grandes cuestiones de la investigación, que son abordadas en este cuaderno central por otros miembros del equipo investigador.

 

La industria de las tecnologías de la información desempeña un papel estratégico en la estructura y dinámica de la nueva economía. Sin una base de investigación y producción en dicha industria, la mayoría de las economías y de los países integrados en el sistema mundial irá ocupando posiciones cada vez más marginales dentro del mismo. Podría argumentarse, en la lógica tradicional de la economía neoclásica, que lo esencial no es la producción de tecnología sino su utilización, aprovechando las ventajas comparativas propias de cada país. De hecho, se trata de una visión obsoleta que ignora la realidad del nuevo sistema productivo.

Es evidente que cada país o cada región no pueden ser autónomos en la producción de la microelectrónica y la informática que necesitan. Pero también es evidente que el intercambio de chips por turismo genera un nuevo tipo de intercambio desigual que subordina las economías especializadas en los sectores de bajo valor añadido y las condena a la espiral del subdesarrollo relativo. Aquellos espacios económicos que no generen una base productiva en las tecnologías de información, serán cada vez menos capaces de suscitarla en el futuro y, por tanto, perderán su posición relativa en los sectores industriales de mayor tasa de crecimiento, mayor valor añadido y mayor importancia estratégica de las dos próximas décadas.

Salvo en pequeñas economías (tipo Suiza) especializadas en servicios avanzados, suficientes para mantener un alto nivel de vida para una población de dimensiones reducidas, la ausencia de la industria de las tecnologías de información en una estructura productiva es equivalente a la ausencia de fuentes energéticas en un país. Quienes acumulen las dos dependencias, dificilmente podrán ser competitivos en el comercio mundial. Los trabajos empíricos de Dieter Ernst, Luc Soete y Giovanni Dos¡ son concluyentes en el sentido que aquí expresamos.

Por otro lado, la idea (ampliamente difundida en España) de que la tecnología se puede comprar y difundir en las empresas, sin necesidad de un desarrollo paralelo de las industrias de información, simplemente ignora la realidad del nuevo sistema productivo. Lo que está ocurriendo desde hace un cuarto de siglo, y lo que ya se ha consti­tuido, es la emergencia de un nuevo proce­so de producción y de gestión, que algunos economistas y sociólogos llamamos infor­macional, en el que la productividad y la competitividad dependen fundamentalmen­te de la capacidad de acceder a informa­ción, procesarla y utilizarla adecuadamente. Lo cual tiene que ver, a la vez, con la capa­cidad de introducción de equipos de proce­samiento de información y con la disposi­ción del personal adecuado para utilizarlos, junto con los analistas capaces de tomar de­cisiones de forma continua sobre la base de dicha información.

Difícilmente puede un tejido industrial ac­ceder a los equipos electrónicos necesarios en cada momento y utilizarlos adecuada­mente si el tejido productivo en equipos de información es enteramente exterior a di­cho tejido.

La interacción entre productores y usua­rios, el ajuste de equipos cada vez menos estandarizados a sus funciones, dependen de una red de relaciones industriales que deben ser integradas en los procesos mis­mos de fabricación y diseño. Este análisis reposa sobre resultados de investigación ya clásicos, en base a los estudios realizados en distintos países, por Borrus, Cohen y Zysman en Estados Unidos, por Freeman en Inglaterra, por Coriat en Francia, por Bian­chi en Italia, por Edquist a nivel internacio­nal comparativo, etc. De hecho, hay una alta correlación entre las economías nacionales o regionales que producen (al menos en un nivel significativo) equipos electrónicos, y las economías que se caracterizan por un nivel elevado de difusión de dichos equipos.

En este sentido, España no es diferente. Puede que tenga un tejido industrial menos integrado entre producción y utilización de tecnologías de información. Pero si sigue manteniendo dicha situación, por un cierto tiempo dejará de tener base productiva au­tónoma y sus instalaciones industriales estarán en relación con las industrias de la infor­mación, pero de otros países, a través de las empresas multinacionales y de sus re­des de conexión. Puede ser que tal situa­ción no preocupe en determinados medios, pero hay que ser consciente de lo que su­pone el que un país no tenga base industrial propia; significa la dependencia económica sistémica con relación a los otros países en un contexto en que la Europa integrada se hará en base a relaciones reales de poder, por encima de las relaciones formales de igualdad. El nacionalismo bien entendido es el antídoto necesario a esa entelequia de la economía global, sin color ni sexo, que no es sino el anclaje definitivo del sistema tec­no‑económico mundial en las grandes em­presas japonesas y norteamericanas (en el futuro tal vez coreanas), con algunos apén­dices europeos cada vez más dependientes tecnológicamente.

La investigación que fundamenta empíri­camente los artículos presentados en este cuaderno central, llevada a cabo por un equipo conjunto del Instituto Universitario de Sociología de Nuevas Tecnologías de la Universidad Autónoma de Madrid y de Fun­desco, aborda la problemática enunciada partiendo de los datos españoles y situán­dolos en el contexto mundial.

Los resultados permiten constatar el bajo nivel del que partimos, el rápido progreso cuantitativo realizado en los últimos años y las deficiencias existentes en la situación cualitativa de nuestro tejido tecnológico‑in­dustrial. Nuestros resultados de investiga­ción debieran suscitar un debate entre las empresas, la Administración y el Sistema de Ciencia y Tecnología del que puede surgir una nueva política tecnológico‑industrial más audaz, menos ideológicamente dependiente del espontaneismo del mercado y más capaz de asumir el reto que representa el querer seguir existiendo como país rela­tivamente autónomo, aunque sea en el mar­co de la Europa comunitaria y de la econo­mía informacional, que está desplegando a nivel mundial su geometría asimétrica.