Industrias culturales y retos latinoamericanos El papel de la comunicación en la integración del subcontinente

 

José Marques de Melo

 

Termómetro en otra época del desarrollo, aparato indiferente cuando no contrario al desarro­llo después, las industrias culturales son hoy más que nunca un instrumento capital para la democracia, la integración y el bienestar latinoamericano.

 

1. EL DESARROLLO DE LAS COMUNICACIONES EN AMÉRICA LATINA

 

La década de los 60 significó para América Latina el mo­mento histórico en que las expectativas de superación del atraso, de la miseria y del subdesarrollo alcanzaron sus niveles más eleva­dos. Tanto la acción de los organismos inter­nacionales como la ONU, la UNESCO y la FAO, cuanto los programas de cooperación norteamericana encabezados por la USAID, crearon expectativas de que era viable con­seguir estados de crecimiento económico y el consiguiente mejoramiento en las condi­ciones de vida de las poblaciones del conti­nente.

Especial papel en ese programa corres­ponde a la CEPAL ‑Comisión Económica pa­ra América Latina‑, órgano de las Naciones Unidas con sede en Santiago de Chile, que realizó un conjunto de estudios y proyectos destinados a sensibilizar los gobiernos lati­noamericanos para adoptar medidas concre­tas en el campo de la planificación económi­ca. Como señala Furtado (1985), la CEPAL, en poco tiempo, «se transformaba en símbolo del esfuerzo de la unión de América Latina en su lucha por escapar de las tenazas del subde­sarrollo». Efectivamente, su presencia se hace constante difundiendo la mística del de­sarrollo y contribuyendo en los esfuerzos na­cionales o regionales comprometidos con la adopción de programas de planificación de inversiones, entrenamiento de recursos hu­manos y modernización de estructuras admi­nistrativas.

En el campo específico de la comunicación, la UNESCO fomentó iniciativas articuladoras y movilizadoras con la finalidad de estimular el crecimiento de las redes nacionales de di­fusión masiva, renovar o formar equipos pro­fesionales, investigar los fenómenos cultura­les implícitos en la actuación de los mass me­dia. En la reunión de especialistas sobre el desarrollo de los medios de información en América Latina, realizada en Santiago de Chi­le en febrero de 1961, trascendía la convicción de que el arranque desarrollista tendría un punto de sustentación importante en los sis­temas de comunicación de masas.

La imagen que se creó del fenómeno del desarrollo, y que se difundió masivamente en los diferentes países, es la de que los cam­bios sociales se producirían con una cierta ra­pidez, apoyados por la ayuda externa y la asistencia técnica. Las poblaciones urbanas, que fácilmente se empatizan con los patrones de vida de las naciones económicamente avanzadas por la vía del cine y de la televi­sión, comienzan a desear situaciones de con­fort y bienestar distintas de aquellas que exis­ten en la región y a presionar a los gobier­nos nacionales para su satisfacción.

Arrullados en el sonsonete de que la ex­pansión de las redes de comunicación de ma­sas podrían acelerar el desarrollo, los Esta­dos latinoamericanos crearon mecanismos para facilitar la importación de tecnología mo­derna que los colocara en la etapa de la al­dea global: off‑sets, telecomunicaciones, tran­sistores, televisión en color, etc.

Al inicio de la década de los 60, América Latina ya se encontraba en una situación re­lativamente favorable en cuanto a la disponi­bilidad de canales de comunicación (con 7,8 ejemplares de periódicos diarios, 9,8 recep­tores de radio, 3,5 espectadores de cine y 1,5 televisores por cada 100 habitantes ‑UNES­CO, 1961). A1 final de esa década nuestro con­tinente ya no figuraba como área subdesarro­llada, de acuerdo con los parámetros fijados por la UNESCO para medir ese campo del crecimiento nacional/regional. Poseíamos, entonces, 10,8 ejemplares de periódicos dia­rios, 16,7 receptores de radio, 2,9 entradas de cine y 5,4 televisores (Frey, 1973). Y en la dé­cada de los 70 continuaríamos creciendo.

Esto llevaba a la inmediata comparación con nuestro estado de desarrollo socio­económico, que había experimentado, en mu­chos países, situaciones de regresión cuan­do no de estancamiento. Furtado (1973) pre­sentaba el siguiente diagnóstico: «en el cua­dro altamente dinámico de la economía mun­dial, en las últimas dos décadas, América La­tina surge como un caso especial de relativo estancamiento. Exceptuando los casos espe­ciales, las economías de la región fueron se­riamente afectadas, aun cuando en grados di­versos, por el descenso relativo del comer­cio internacional de productos primarios. En razón de la insuficiencia estructural de la ca­pacidad importadora creada por esa tenden­cia básica, las economías procuraron diver­sificar sus estructuras productivas instalando industrias sustitutivas de las importaciones. Así, la fase de expansión externa de las gran­des empresas norteamericanas coincide, en América Latina, con la creación de amplias facilidades, con vistas a la interiorización de actividades productivas, particularmente en el campo manufacturero. La industrialización latinoamericana tendió a asumir, en conse­cuencia, la forma de internalización de las ac­tividades productivas ligadas al comercio in­terno, lo que vendría a marcar el desarrollo de la región en su fase actual».

Se concluye, inmediatamente, que la expansión de los medios de comunicación en Amé­rica Latina no afectó de modo directo a la transformación de las estructuras sociales y económicas, en el sentido de crear el clima de productividad responsable por la gene­ración de iniciativas capaces de asegurar me­jores condiciones de vida a su población. Al contrario, el crecimiento y modernización de nuestro sistema de comunicación ocurrieron paralelamente a un proceso de empobreci­miento de las masas urbanas en la gran ma­yoría de los países latinoamericanos, como re­sultado del modelo de desarrollo dependien­te que aquí se instauró. Por otro lado, Pre­bisch ya había alertado, en la reunión de San­tiago de Chile, sobre el papel relativo de la información de masas en el contexto desarro­llista, sugiriendo que la utilización de las «téc­nicas modernas de difusión de ideas y de uniformaciones» era solamente una variable de” un proceso más amplio: «la asimilación y adaptación de la técnica contemporánea a las condiciones de América Latina».

No fue exactamente ésta la orientación asu­mida por los vehículos informativos en el con­tinente. La investigación pionera sobre el con­tenido de los periódicos de prestigio de los principales países de la región, realizada por CIESPAL (1967), ya apuntaba hacia una ten­dencia anti‑desarrollista más a tono con el re­fuerzo de las situaciones de evasión o esca­pismo de las grandes masas y poco compro­metida con los esfuerzos de promoción del crecimiento económico. Ese patrón persisti­ría y se ampliaría para los canales electróni­cos y audiovisuales que, combinando imagen y movimiento, fascinan y seducen a sus audiencias, diseminando comportamientos frívolos y triviales, precisamente lo opuesto de aquella movilización popular para soste­ner y hacer avanzar las iniciativas de los equi­pos gubernamentales dirigidos al desarrollo económico.

De ahí que Beltrán (1971) denunciara enfá­ticamente esa postura contraria al desarrollo. «Los medios de comunicación de masas en América Latina son, en su mayoría, indiferen­tes o contrarios a los fines del desarrollo na­cional en mucho mayor grado de lo que pu­diera favorecerlo.»

Consecuentemente, se frustró toda una es­peranza alimentada por comunicadores y pla­nificadores, que confiaban en las posibilida­des de multiplicar las expectativas de parti­cipación popular en los destinos nacionales y en la conducción de los gobernantes al to­mar decisiones consecuentes con las metas de acumulación de capital y redistribución de renta en conformidad con las directrices emanadas de la CEPAL.

Esta situación se explica, por una parte, por la coyuntura política* dominante en la mayoría de los países, donde los intereses de las éli­tes dirigentes se orientan más hacia la realiza­ción de cambios en la fachada de la edifica­ción social, consustanciando aquello que Ri­beiro (1978) denomina «modernización refleja».

El proceso de industrialización no ocurre de manera autónoma y se da en asociación con empresas multinacionales que pasan a produ­cir aquí los bienes de consumo antes importa­dos. Por otro lado, se debe a la circunstancia de que los medios de comunicación ya existen­tes y aquellos que van surgiendo después constituyen propiedad de esta misma élite económica. Luego su manejo informativo no obedece a aquellas directrices idealizadas por los planificadores estatales o vinculados a las agencias internacionales de desarrollo, si­no que se orienta hacia el estímulo al consumo de los bienes fabricados por sus industrias, y a brindar sustentación política a los gobier­nos que garantizan sus beneficios clasistas.

Furtado (1973) llega a la triste constatación de que: «la experiencia de las últimas dos dé­cadas en América Latina sirvió para demos­trar de forma cabal que el desarrollo es me­nos un problema de inversiones que de crea­ción de un sistema económico articulado y ca­pacitado para auto‑dirigirse». Así, apunta ha­cia la cuestión de la soberanía nacional y destaca el poder ejercido por los EE.UU. en el fortalecimiento de grupos nacionales resis­tentes a los cambios profundos de las estruc­turas sociales latinoamericanas, lo que signi­ficaría, sin duda, la reducción de sus privile­gios. «La hegemonía que ejercen los EE.UU. en América Latina, al reforzar sobremanera las estructuras anacrónicas de poder, cons­tituye un serio obstáculo al desarrollo de la mayoría de los países de la región. La estra­tegia de ayuda del gobierno de los EE.UU., mediante la creación de privilegios para las grandes empresas y el control de la subver­sión, contribuye a preservar las más retrógra­das formas de organización social y tiende a reemplazar los estados nacionales como cen­tros de decisión y como instrumentos de mo­vilización de las colectividades para las ta­reas de desarrollo.»

Conviene, a estas alturas, reflexionar sobre la esencia de las tesis de los científicos nortea­mericanos Lerner y Schramm, que sirvieron de base para todo el esfuerzo de la UNESCO para justificar el desarrollo de las comunica­ciones como promotor del clima para el desa­rrollo socio‑económico. El modelo concebido por los investigadores norteamericanos con­sistía en reproducir en los países del Tercer Mundo la dinámica modernizadora ocurrida históricamente en Europa Central y más re­cientemente en los EE.UU, Japón, Australia, etc.

La estrategia propuesta se iniciaba con el des­pegue industrial, y se completaba con la movi­lización participativa de los ciudadanos nacio­nales interviniendo en la decisión democrática referente al rumbo que tomaría el desarrollo.

Varios factores demostraron, con el correr del tiempo, que ese transplante temporal y espacial del modelo de desarrollo occiden­tal (básicamente europeo/norteamericano) no es viable en América Latina.

En las economías concentradoras de renta vigentes en América Latina, se constata que los sistemas de comunicación de masas difun­den patrones de comodidad y bienestar que no son accesibles a la mayoría de la pobla­ción sino tan sólo a su segmento privilegiado. Y, naturalmente, los programadores de los contenidos divulgados estratégicamente di­simulan su alcance, estimulando la evasión y provocando la catarsis. Sin embargo, eso no ha bastado para bloquear el deseo de las grandes masas poblacionales de beneficiar­se de las condiciones de vida que aprendie­ron a ver y a conocer en la televisión, en el cine o en las revistas ilustradas.

Desde entonces se tornaba evidente el ago­tamiento del modelo desarrollista patrocina­do por las agencias internacionales. Tanto es así que Furtado (1974) lo calificaría de «mito» históricamente irrealizable.

Creció, pues, en los niveles de liderazgo progresista de las sociedades latinoamerica­nas la conciencia de que los cambios ocurri­dos en la región condujeron a un modelo de desarrollo dependiente, marcado por la mo­dernización de los estilos de vida de las mi­norías privilegiadas (beneficiarias de la ren­ta concentrada) y por la formación/elastici­dad de los cinturones de miseria de las gran­des ciudades, donde se localizaron los con­tingentes migratorios procedentes del campo (muchas veces expulsados por la mecaniza­ción de la agricultura).

Se confirmaba, por tanto, la advertencia he­cha por Raul Prebisch (1961), argumentando que la presencia de los medios de difusión de ideas podría agudizar la exposición de las poblaciones latinoamericanas a patrones de bienestar que las sociedades nacionales no estaban en condiciones de propiciar colecti­vamente. De ahí su llamamiento para compro­meter las nuevas estructuras de comunica­ción con los programas y proyectos destina­dos a movilizar los esfuerzos nacionales en la lucha contra el subdesarrollo. Ni los mass me­dia, a no ser de forma residual, asumieron esa postura, ni los gobiernos nacionales la continuaron, en la mayoría de los países, con la adopción de las medidas recomenda­das por los equipos de la CEPAL para lograr salidas independientes en la conducción de las respectivas economías. El resultado fue el surgimiento de soluciones políticas autorita­rias para enfrentar los conflictos sociales, y la subordinación de la planificación económi­ca nacional en casi toda la región a un mode­lo de desarrollo dependiente, cuyo síntoma más importante fue el creciente endeuda­miento externo.

 

2. INDUSTRIA CULTURAL       Y OPINIÓN PÚBLICA: LA COOPERACIÓN LATINOAMERICANA

 

La toma de conciencia sobre la gravedad de la coyuntura económica latinoamericana ha despertado la acción de sus mejores lideraz­gos nacionales y está comenzando a producir efectos en el plano político. El conocimiento de que la crisis del crecimiento sin desarrollo sólo puede ser enfrentada, de forma colectiva, por los estados latinoamericanos, se eviden­cia en el establecimiento del SELA (Sistema Económico Latinoamericano). Los gobiernos de los principales países de la región com­prenden las contradicciones existentes en el panorama y buscan soluciones negociadas.

El camino de la integración regional y de la creación de vínculos de solidaridad entre los diferentes países enseña una estrategia viable para subsanar los efectos del desarro­llo dependiente y para buscar mecanismos de aceleración de las transformaciones indis­pensables hacia otro tipo de desarrollo que potencialice las riquezas regionales y las convierta en factores de satisfacción de las ne­cesidades básicas de sus poblaciones.

Dos compromisos asumidos por el SÉLA merecen ser señalados en el contexto de la identificación del papel que deben cumplir las comunicaciones en el proceso de integra­ción regional:

 

a)       Fomentar la cooperación latinoamerica­na para la creación, desarrollo, adapta­ción e intercambio de tecnología e infor­mación científica, así como el mejor aprovechamiento de los recursos huma­nos de educación, ciencia y cultura.

b) Promover el desarrollo y la coordinación del transporte y de las comunicaciones, es­pecialmente en el ámbito intrarregional.

 

Estos compromisos apuntan hacia los desa­fíos prioritarios del momento histórico. La perspectiva del agotamiento de los recursos naturales no renovables y el vertiginoso cre­cimiento de la duda externa de los países del Tercer Mundo constituyen variables de una coyuntura política singular para Améri­ca Latina y el Caribe. Buena parte de esa deuda externa recae sobre los países de la región y, precisamente, en esos países se ubi­can las fuentes de varios recursos naturales de los cuales hoy dependen los países cen­trales. Esta circunstancia ha sido destacada por los analistas de la política internacional como una alternativa con posibilidad de ser utilizada por los países latinoamericanos en la negociación conjunta con las potencias in­dustrializadas, especialmente los EE.UU.

Así, la cooperación latinoamericana tiene hoy la nítida proyección de un pacto entre paí­ses deudores (respaldados económicamen­te por las riquezas naturales codiciadas por la metrópolis), cuyo diálogo con sus acreedo­res internacionales no puede realizarse en el lenguaje bancario convencional sino que de­be utilizar el simbolismo político del intercam­bio diplomático.

Las iniciativas, ya manifestadas en los en­tendimientos entre jefes de Estado y en las conversaciones mantenidas por los represen­tantes gubernamentales en los distintos foros internacionales y continentales, fueron co­rrespondidas por la cobertura de los medios de comunicación de masas de la región con el fin de armonizarlas con la opinión pública de cada país.

Pero la participación de los mass media en esa campaña histórica no llegó a tener una articulación consecuente y consistente, con­virtiendo las tímidas reacciones de los signa­tarios estatales en meros episodios de la co­tidiana aventura periodística.

Otra variable importante fue la acción de las agencias transnacionales de noticias y de las redes públicas de información audio­visual Norte‑Sur, que se encargan de dar a nuestras poblaciones versiones e interpreta­ciones de los hechos astutamente orientadas a debilitar la acción de nuestros gobiernos y a enfriar el entusiasmo patriótico que pudie­ra eventualmente canalizar las movilizaciones populares.

Les falta a nuestros liderazgos nacionales la convicción de que la causa de la integra­ción latinoamericana y el enfrentamiento po­lítico de las naciones hegemónicas deben ser conducidos con el apoyo popular y la parti­cipación de la sociedad civil. Algunos digna­tarios optan por la vía diplomática convencio­nal y buscan canales discretos que amorticen el impacto de las posibles reivindicaciones. Esa es una visión equivocada, pues las evi­dencias históricas recientes demuestran que las potencias económicas no dudan en recu­rrir a las armas de la persuasión de masas pa­ra desmoralizar los liderazgos consecuentes del Tercer Mundo y desestabilizar los gobier­nos que amenazan su primacía imperialista.

En ese sentido, la integración latinoameri­cana sólo será posible en la medida en que sea respaldada intensamente por la opinión pública de cada país. Se trata no sólo de con­vocar a los ciudadanos latinoamericanos pa­ra cerrar filas alrededor de sus líderes gu­bernamentales, sino de convencerlos demo­cráticamente de que esa causa es justa.

El papel que deben desempeñar los siste­mas nacionales de comunicación en ese pro­ceso fundamental para construir la unidad de la acción política en América Latina y el Ca­ribe es decisivo. No hay lugar para la vacila­ción sobre los pasos a seguir. Es urgente di­ligenciar la optimización y coordinación de las potencialidades existentes en la región y organizarlas para tal fin.

El vigor comunicacional de América Lati­na, concentrado en algunas áreas, necesita ser agilizado. La región dispone hoy de com­plejos culturales que ofrecen a las respecti­vas poblaciones nacionales mensajes e infor­maciones producidos de acuerdo con los va­lores de nuestra cultura y de nuestras tradiciones. Esos productos comienzan a circular residualmente en algunos países, ocupando un lugar privilegiado en la preferencia de los consumidores, como es el caso de las teleno­velas brasileñas, del cine cubano, de los dis­cos venezolanos, de los libros argentinos y de las fotonovelas mexicanas. Pero esos produc­tos encuentran resistencia para su expansión en la estructura monolítica controlada por las transnacionales europeas y norteamericanas. De la misma manera, hay artefactos tecnoló­gicos disponibles en el campo de la informá­tica y de la diseminación de datos que pue­den satisfacer las necesidades inmediatas de consumo de la región.

La producción cultural, tecnológica y cien­tífica deberá convertirse en una prioridad dentro de la región. Para ello, los estados na­cionales necesitan agilizar sus mecanismos fiscales y aduaneros creando estímulos para los artículos latinoamericanos y haciéndolos competitivos con los productos similares nor­teamericanos y europeos.

El impacto de esa expansión de la indus­tria cultural latinoamericana será significati­vo para neutralizar la invasión tecnológico/­educativa de fábricas cuyas sedes están en los países centrales y que reflejan, induda­blemente, sus propios valores.

La cooperación latinoamericana en el cam­po de la comunicación y de la cultura, de la información y de la educación, puede volcar­se hacia la producción del conocimiento so­bre esas realidades y ofrecer subsidios pa­ra su evaluación por los gobiernos.

Conocer más profundamente las propias potencialidades comunicacionales disponi­bles en la región y las implicaciones que sus­citan en el campo de la economía, de la polí­tica, de la cultura, es la exigencia básica pa­ra orientar mejor su utilización y acoplamiento en las tareas socioeconómicas.

Esta urgencia se hace más evidente en el sector de las nuevas tecnologías, universo que vemos a diario, pero que escapa a nues­tra comprensión sistemática. Y, por tanto, ago­ta o desestimula las iniciativas destinadas a la fijación de directrices que realicen el or­denamiento y el control indispensables de acuerdo “a los intereses nacionales.

Si el SÉLA y otros organismos de coordina­ción regional, como es el caso de ULCRA, no adelantan acciones de esa naturaleza, los de­safíos persistirán, las incertidumbres se agra­varán y, simultáneamente, aumentarán las señales de impotencia política que atan a Amé­rica Latina y el Caribe a un tipo de fatalismo inmovilizados y castrense.

Las tareas prioritarias en ese sector ‑cam­paña intensa de opinión pública, intercambio y difusión de productos culturales latinoame­ricanos, intensificación y articulación de la in­vestigación sobre el funcionamiento y el im­pacto de las tecnologías de comunicación ­no pueden retardarse. Es necesario aún acla­rar muchos aspectos: no son medidas mera­mente circunstanciales. Son proyectos que re­quieren para su realización continuidad, res­paldo financiero y participación de las comu­nicaciones científicas y profesionales.

¿A quién le corresponde realizarlas? Natu­ralmente, a los estados latinoamericanos, cu­ya fuerza institucional tiene capacidad para movilizar las universidades y las empresas privadas, las instituciones sociales y los par­tidos políticos, en un esfuerzo combinado de cooperación y fortalecimiento de los lazos de solidaridad continental.

Las comunicaciones siguen jugando un pa­pel decisivo en la conformación de la identi­dad nacional y en la conducción de las socie­dades para protagonizar episodios históricos. Pueden movilizar sentimientos y emociones para impedir el progreso o pueden desper­tar motivaciones para acelerar el desarrollo de las naciones. La clave está en saber quién controla y orienta los mecanismos de deci­sión. Las lecciones del pasado no pueden ser olvidadas sin el riesgo de repeticiones dañi­nas a nuestros intereses políticos y culturales.

 

3. DEMOCRACIA E INTEGRACIÓN; EL DESAFÍO DE LOS AÑOS 90

 

Los procesos de transición a la democra­cia que se observan en varios países de Amé­rica Latina, principalmente en el Cono Sur, contienen indicadores concretos de que el retorno al desarrollo integral constituye el ma­yor desafío de los años 90. Las experiencias históricas ya no permiten alimentar las ilusio­nes de un tipo de desarrollo dependiente de la ayuda externa. La deuda contraída con los bancos internacionales representa la conse­cuencia dramática de aquel modelo de de­sarrollismo.

Crece, por eso, la conciencia de que el en­frentamiento de la situación actual de casi estancamiento económico conduce inevitable­mente a la integración de los países latinoamericanos. Los parámetros edificados por la Comunidad Europea y las proyecciones de un mercado norteamericano inducen a los go­biernos democráticos de América Latina a la formulación de estrategias integracionistas.

Ejemplo de esto es el proceso de articula­ción política y de cooperación económica de­sencadenado, a partir de 1986, por los presi­dentes de Brasil, Argentina y Uruguay. Se tra­ta de una iniciativa destinada no sólo a la su­peración de las barreras comerciales que to­davía persisten entre los tres países, sino también a una toma de decisión para el for­talecimiento mutuo de las embrionarias expe­riencias democráticas que allí florecen.

El Acta firmada por Sarney y Alfonsín, re­vitalizando la Declaración dé Iguazú (noviem­bre de 1985), tiene cuatro motivaciones:

 

a) Impulsar el crecimiento económico. «La creación de un espacio económico co­mún abre perspectivas más amplias pa­ra el crecimiento conjunto y el bienes­tar de sus pueblos, potenciando la capa­cidad autónoma de los dos países.»

b) Consolidar el proceso democrático, «conscientes de la importancia de ese momento histórico de la relación entre las dos naciones, empeñadas en la con­solidación de la democracia como siste­ma de vida y de gobierno».

c) Avanzarla modernización, «conscientes de la necesidad de convocar sus pue­blos al esfuerzo de trillar una vía común de crecimiento y modernización que les facilite superar los obstáculos de hoy y enfrentar los desafíos del siglo xxi».

d) Contribuir ala integración regional, «se­guros de que este programa constituye un nuevo impulso para la integración de América Latina y para la consolidación de la paz, de la democracia, de la segu­ridad y del desarrollo de la región».

 

Históricamente se trata de una revitaliza­ción de las iniciativas anteriores de integra­ción regional, cuyo primer instrumento fue el Tratado de Montevideo (1960).

En aquel momento fue creada la ALALC (Asociación Latinoamericana de Libre Co­mercio), inspirada por las tesis cepalinas que recomendaban la sustitución de importacio­nes como forma de mantener el crecimiento de la región y, al mismo tiempo, ampliar el parque industrial ya en funcionamiento en va­rios países.

A pesar de que los esfuerzos anteriores de integración latinoamericana han sido marca­dos por la frustración de‑ resultados, existe hoy una creencia en las potencialidades co­yunturales. En el caso particular de los acuer­dos firmados entre Brasil y Argentina, pare­ce evidente que se sobrepasó la esfera pu­ramente comercial. Además de eso, tenemos una situación distinta de la de los años 60, y Brasil y Argentina se caracterizan por la dis­ponibilidad de parques productivos instala­dos y con capacidad ociosa localizada. Co­mo dice Versiani (1987): «Brasil y Argentina (...) tienen (...) un nivel apreciable de complemen­tariedad potencial, haciendo que un proce­so bien manejado de integración sectorial tenga buenas perspectivas de éxito, especial­mente si ocurre de forma gradual.» Por eso existe toda una preocupación para evitar la uti­lización de una retórica triunfalista, casi siem­pre creadora de expectativas de resultados inmediatos. Las estrategias persuasivas usa­das en el pasado para fortalecer la idea de la integración latinoamericana fueron inefica­ces, creando la sensación de que ese tipo de proyecto pertenece sólo a los discursos ofi­ciales, siendo irrealizables en la práctica.

Así es que los actuales esfuerzos de inte­gración de los países de América Latina no pueden equivocarse sobre las variables co­municacionales, tanto aquellas relativas a la infraestructura operacional (hoy bajo el im­pacto de las nuevas tecnologías), cuanto las de naturaleza socio‑política. Estas compren­den los flujos de difusión masiva que mode­lan la opinión pública e influyen decisivamen­te en el comportamiento colectivo, factor im­prescindible para impulsar los cambios en la economía y en la cultura.

 

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