Identidad europea y cambios en la comunicación De la política a la cultura y los medios

 

Philip Schlesinger

 

Los modelos europeos de identidad política y cultural se han visto conmocionados. Los pro­nunciamientos nacionalistas tajantes, la diversidad de los discursos e intereses, las diferen­ciaciones de «otras» culturas, plantean incógnitas considerables sobre la identidad europea. Los sistemas de comunicación tendrán un gran peso en la construcción de este futuro.

 

INTRODUCCIÓN

 

Los modelos de identidad po­lítica y cultural europea vi­gentes durante largo tiempo se enfrentan hoy a un desa­fío sin precedentes. El anta­gonismo de los años de pos­guerra entre dos sistemas po­lítico‑económicos se está desmoronando an­te nuestros ojos. El símbolo más elocuente de esta situación lo constituyen las grietas, tanto reales como metafóricas, que resquebrajaron el Muro de Berlín en noviembre de 1989. Pa­ra quien haya vivido la guerra fría y recuer­de sus espeluznantes momentos de máxima tensión, resulta inevitable sentirse conmovi­do por las corrientes democratizadoras que se extienden por la Europa del Este. Y sin embargo, por el mismo motivo, quien recuer­de las desastrosas circunstancias que lleva­ron a la división de Europa después de la guerra, no puede dejar de preocuparse por la índole del nuevo orden que se pretende construir y por cómo va a llevarse a cabo.

El papel informativo de los medios de co­municación ha sido de vital importancia a la hora de difundir e interpretar los principales acontecimientos de los últimos meses. Des­de el otoño y el invierno pasados, la Europa del Este ha dejado prácticamente de existir en su antiguo sentido político (es decir, como un conjunto de estados satélites dominados por la Unión Soviética). Este repentino cam­bio pone en tela de juicio la capacidad de in­terpretación del entorno socio‑político de nuestros sistemas de comunicación. También ejerce una influencia fundamental en el pa­pel social de los intelectuales como intérpre­tes de los nuevos acontecimientos y proce­sos.

Resulta sorprendente hasta qué punto el análisis de los medios de comunicación contemporáneos se ha visto sumido en la confu­sión tras la apertura de los sistemas de comunicación del antiguo bloque oriental (con­secuencia de la liberalización política). El es­quema analítico fundado en la lucha ideoló­gica de titanes entre la «democracia» y los «to­talitarismos» ha dejado de tener la fuerza de antaño. Ahora, sus investigaciones deben centrarse en la tarea eminentemente prácti­ca de llevar un seguimiento de los procesos que se desarrollen en el antiguo bloque del Este, y en ir acuñando marcos teóricos apro­piados a las nuevas circunstancias. Por ejem­plo, uno de los procesos más interesantes que tendremos la oportunidad de presenciar en los años venideros será la respuesta política, económica y cultural de la Europa del Este y Central a la invasión de las compañías mul­timedia. No obstante, de una manera más ge­neral, con el tiempo se nos pedirá que teori­cemos sobre la dimensión comunicativa de esta transición del comunismo al capitalismo, sin precedentes en la historia.

No tardarán en surgir trabajos relevantes. En efecto, ya contamos con nuestro primer, y sin duda provisional, análisis de la glasnot en la Unión Soviética (cf. McNair, 1989; Graffy and Hosting, 1989; Goban‑Klas, 1989), En un futuro próximo, nos veremos abocados a re­visiones continuas, siendo un ejemplo vivo de ello el hecho de que los recientes ensayos académicos escritos en Polonia, Hungría y la RDA en muchos casos se vieran sobrepasa­dos por los acontecimientos antes de ser pu­blicados (cf., e.g., Jakubowicz, 1990; Hanke, 1990). Las escalas académicas de carácter temporal no servirán para los tiempos que se avecinan. Actualmente son los reporteros, los comentaristas y los eruditos quienes tienen la palabra y a ellos toca trazar los perfiles de nuestras nuevas interpretaciones. (El acadé­mico, cómo no, puede asumir de buena ga­na una o varias de las funciones citadas.)

Mientras Europa sufre una transformación inminente y enormemente compleja, nuestros sistemas de comunicación (entendiéndolos en el sentido más amplio de la palabra, es de­cir, no sólo los medios de comunicación de masas, sino también las múltiples redes so­ciopolíticas que constituyen la sociedad euro­pea) tendrán que desempeñar cada vez más el papel de terreno de pruebas. Algunos de los más notables y manidos estereotipos de ayer han perdido hoy su significado (así, por ejemplo, hoy ya resulta inútil hablar de la mi­sión del mundo libre contra el comunismo en los círculos oficiales), pero contamos con un buen número de rasgos distintivos que se ajustan perfectamente a nuestras necesida­des de clasificar, diferenciar y poner en cla­ro un mapa geopolítico cada vez más comple­jo. Es éste precisamente el asunto que quie­ro tratar a través de algunas reflexiones so­bre la cuestión de las identidades colectivas,

 

PUNTOS DE PRESIÓN

 

Actualmente, ha surgido en el seno del dis­curso político la tendencia un tanto confusa a reflexionar sobre el concepto de identidad, fenómeno que tiene un origen claro en la con­ciencia de cambio. Entre los factores que ejercían mayor presión en la configuración europea posterior a Yalta, con su legalidad decadente basada en dos sistemas sociopo­líticos y económicos ideológicamente opues­tos, cabe resaltar los siguientes; el intento acelerado y a veces desigual de provocar la integración política y eco­nómica en la Comunidad Europea, pro­ceso que tiene consecuencias no sólo de carácter económico y político, sino tam­bién cultural;la total desintegración de la facción so­cialista a raíz del programa de reformas de Gorbachov. El abandono de la doc­trina de Brezhnev y la decadencia inter­na de los partidos comunistas en el po­der ha dado lugar a unas medidas bas­tante inesperadas de pluralización polí­tica (o al menos a una oposición organi­zada y legítima). Evidentemente, no po­demos seguir pensando en términos glo­bales, ya que el ritmo de los cambios va­ría considerablemente en cada país, de modo que no es lo mismo hablar de Po­lonia, de Checoslovaquia, de Hungría, de la RDA, de Rumanía o de Bulgaria, al menos por el momento, y parece proba­ble que continúe siendo así; tanto en el Este como en el Oeste, la cuestión de la nación y de su derecho a la autodeterminación ha vuelto a irrum­pir con fuerza en la actualidad política, aunque adoptando diversas formas. La aceleración de la integración de la Co­munidad Europea ha suscitado proble­mas relativos a la soberanía nacional y a la representación democrática. La de­sintegración del estado socialista ha ori­ginado un nuevo pronunciamiento étnico en la URSS (el intento de secesión de Li­tuania puede considerarse prácticamen­te la crisis más grave hasta la fecha) y ha puesto de actualidad posibles disputas fronterizas en la Europa del Este y Cen­tral, que hasta ahora estaban controladas por la pax sovietica de posguerra; para complicar más las cosas, la cuestión de la reunificación alemana es hoy con­siderada por todos el principal proble­ma político que presenta la construcción de un orden europeo aceptable tanto pa­ra la OTAN como para el Pacto de Var­sovia, organización esta que se desmo­rona. La velocidad del colapso de la RFA sorprendió incluso a los observadores mejor informados. No obstante, durante los dos últimos años, era perfectamente evidente que la ultima ratio de la nueva Westpolitik soviética traería consigo la cuestión alemana.

Los problemas suscitados por estos cam­bios críticos, que desafían de forma trascen­dental la pericia de los diplomáticos y de los hombres de Estado, son tanto de carácter político‑económico como cultural. Por una parte, estamos hablando de una posible rees­tructuración del poder político y económico en Europa de modo que tenga consecuencias globales, más amplias. Por otra parte, y esto no puede escaparse a nuestra atención, de­bemos considerar lo que pensamos de estas estructuras y de sus interrelaciones, pues con el tiempo, esto hará que los europeos se re­planteen las colectividades a las que deben lealtad y las bases legítimas de éstas.

Si debemos adoptar nuevas ideas con res­pecto a aquello que en el lenguaje marxista de café en boga se denomina «nuevos tiem­pos» (Hall and Jacques, 1989), tendremos que aprender a olvidar y a recordar consciente­mente. Debemos recordar lo que es común a la cultura y a la sociedad europea, y olvi­dar lo que la dividió. Como es natural, tam­bién tenemos la opción alternativa de recor­dar las divisiones y olvidar las cosas comu­nes. Sospecho que esta modalidad de resis­tencia adquirirá gran fuerza para muchos, porque ofrece una promesa tranquilizadora en una época en la que el camino se presen­ta difícil. En todo caso, sin embargo, para lo­grar un análisis autodisciplinario es claro que debemos intentar que no se mezclen los di­ferentes usos de la memoria y la amnesia y el afán por construir nuevas imágenes de fu­turo, por una parte, y los sentimientos exacer­bados que suelen ir unidos a éstos, por otra. Por lo tanto, la tarea consiste en recordar y olvidar, pero también en hacer proyectos e imaginar nuevas alternativas y posibilidades.

Esta reordenación de los modelos estable­cidos de pensamiento es un objetivo muy al­to, tanto es así, que nadie puede saber con seguridad el alcance que tendrá el proceso de cambio. Ya se han puesto en juego gran­des dosis de proyectos e imaginación, por­que la erudición detesta el vacío. Es el furor de la euro‑futurología (eurología, para abre­viar). Ningún comentarista eurólogo que se precie es capaz de sustraerse a la tentación de trazar un bosquejo de lo que será la «Euro­pa del año 2000». En un artículo de este tipo aparecido en el periódico londinense Independent se decía que la frontera alemana «ha adquirido la forma semi‑recordada de una aberración temporal», que el Producto Interior Bruto (PIB) de España aventajará al de Gran Bretaña cuando Gibraltar sea devuelto, y que Europa Central guarda algo más que una si­militud pasajera con el imperio Austro­Húngaro (Cottrell, 1989). The Financial Times ofrece una visión fantástica del año 2020, en la que se encuentran los siguientes modelos de organización: los «Estados Unidos de Euro­pa Occidental» y una serie de «Uniones» con diferentes denominaciones, tales como euro­pea central, báltico‑escandinava, balcánica, eslava y turca, junto con la Federación Cau­casiana de Armenia y Georgia (Mortimer, 1990). El imperativo categorial no profundiza demasiado. En la sección de «Débats» de Le Monde, por tomar otro ejemplo, un miembro del SPD del Bundestag asegura a sus lecto­res de la élite francesa que en estos tiempos postnacionalistas lo que importa es el momen­to cultural de la germanía. El mundo se diri­ge hacia una identidad global, de modo que:

«De nos jours, nous, citoyens‑téléspecta­teurs, ne vivons plus dans un État unique, nous vivons tous en méme temps dans d”aufres États et d”autres culfures. Nous vi­vons de plus en plus dans une sorte de culture‑collage. Cela vautpourla plupartdes régions du monde, et pas seulement pourles Allemandes.» (Duve, 1989) (*).

No debemos dejarnos seducir por esta idea cargada de buena intención. Efectivamente, el germen de la verdad reside en los méto­dos empleados por las comunicaciones pa­ra transmitir imágenes e interpretaciones de cambio a audiencias muy diferentes. En es­tos tiempos de rápidas transformaciones po­líticas, la importancia de los procesos de co­municación transnacionales se ha acentuado considerablemente, y las responsabilidades de los intérpretes del cambio han aumenta­do a la par. Pero la suposición posmoderna del artículo de Le Monde de que el ciudadano‑expectador ve el mundo como un collage cultural relativista a mí me parece completamente insostenible. La interpreta­ción del mensaje no es uniforme. El hecho de que la frontera Oder‑Naisse se considere du­radera o no, puede ser tratado con preocu­pación y también con relativa ecuanimidad en el Reino Unido o Francia, pero no tiene la misma repercusión, ni muchísimo menos, en países como Polonia o la Unión Soviética.

El espacio europeo, más que ofrecer un co­llage cultural, constituye un espacio en el que están a la orden del día los pronunciamientos tajantes de identidades nacionales basa­dos en las divergencias o el interés. Basta con pensar en los movimientos secesionistas de los estados bálticos y las dificultades en su relación con el poder central del Estado so­viético; o en la tendencia a la fragmentación de grupos nacionalistas hostiles que se están formando en Yugoslavia; o en los letales odios étnico‑religiosos del Cáucaso; o en la gran minoría húngara que ha tenido una lar­ga historia de persecuciones en Rumanía. Una federación postnacionalista germánica no tiene por qué ser la imagen de todos nues­tros futuros, por la sencilla razón de que no todos somos postnacionalistas.

Verdaderamente, no existe índice más elo­cuente de la complejidad y riqueza de mati­ces de nuestro sentido de lo que es ser euro­peo que la erupción del nuevo mapa de Euro­pa. De pronto, nos vemos obligados a pen­sar en gente y en lugares que han sido ocul­tados durante largo tiempo por la estrategia antagonista de la guerra fría. Hoy abundan los mapas que señalan los potenciales y rea­les puntos conflictivos en los que las divisio­nes étnicas y religiosas se manifiestan de nuevo con toda su riqueza. En una de estas visiones, que abarcaba el continente europeo desde el Atlántico hasta prácticamente los Urales, se contaba un número no menor a cuarenta y seis puntos que podían incluirse dentro de la «multitud de tensiones» de Euro­pa (cf. Ascherson, 1990). Me limitaré a men­cionar solamente dos casos que han ocupa­do recientemente el centro de la atención: los silesios de Polonia, cuya identidad alemana se ha redescubierto recientemente; y el nue­vo foco de divisiones religiosas que ha servi­do de caldo de cultivo para la reafirmación de las exigencias de la iglesia católica unia­ta de Ucrania frente a las de la iglesia orto­doxa (Gott, 1990; Clough, 1990). Habida cuen­ta de los conflictos que están a la orden del día en las fronteras europeas, y desde el pun­to de vista del criterio nacionalista mítico que entiende la perfecta conjunción de cultura y política, no resulta muy arriesgado pronosti­car que se producirán tensiones inherentes a la nueva organización europea.

 

IDENTIDADES COLECTIVAS

 

En este turbulento contexto, el papel ine­ludible de los intelectuales de hoy en día consiste en analizar las fuerzas políticas, econó­micas, sociales y culturales que moldean las identidades colectivas, entre las cuales las identidades nacionales son las más importan­tes, aunque esto último nos parece discutible. Sin embargo, como es bien sabido, no existe un papel único para el intelectual, sino más bien una gama de posibilidades socialmen­te estructuradas que van íntimamente unidas a la articulación de los intereses económicos y políticos (cf. Schlesinger y otros, 1987).

Dentro de los Estados existentes, las rela­ciones de clases y la organización política tie­nen una importancia enorme a la hora de de­finir el objeto de la actividad intelectual. En­tre Estados, las líneas imperfectas que deli­mitan las naciones ofrecen por una parte una fuente fundamental de identificación, y por otra el espacio político para la elaboración de un discurso nacional. De cualquier modo, yo haría hincapié en el hecho de que no debe­mos poner en conflicto las identidades nacio­nales y las fronteras de los Estados concre­tos, porque la cultura y la política no siempre encajan limpiamente entre sí. Estados tales como Gran Bretaña y España, por ejemplo, son multinacionales y albergan diferencias regionales significativas, que confieren iden­tidades propias, hecho este que difícilmente pasa desapercibido para los residentes en Escocia o Cataluña, por ejemplo. Por lo tan­to, esta dimensión viene a complicar más las cosas. Además, no hay que dejar de lado el papel significativo de los organismos interna­cionales, transnacionales y supranacionales como elementos en los que tiene lugar la ar­ticulación de los proyectos internacionales. Es precisamente en estas instancias donde se elaboran muchos de los grandes proyectos para el futuro europeo.

El sociólogo Alberto Melucci ha ensayado una definición de «identidad colectiva» que transcribo a continuación:

«Identidad colectiva es una definición inter­activa y compartida, producida por varios in­dividuos interactivos que se preocupan por la orientación de sus actividades así como del campo de oportunidades y restricciones en el que se desarrolla su actividad... La forma­ción de la identidad colectiva es un proceso delicado y requiere inversiones constantes. Cuando empieza a asemejarse a formas de acción social más institucionalizadas, la iden­tidad colectiva puede cristalizar en formas or­ganizadas, tales como sistemas de normas formales y modelos de liderazgo.» (1989: 34‑35.)

Personalmente, me parece bien que se ponga de relieve la elaboración de procesos cognitivos y sentimentales dentro de una es­tructura de oportunidades. Me gustaría aña­dir que las identidades colectivas se apoyan en un proceso dual: por una parte, un proce­so de inclusión, que nos proporciona unos lí­mites que nos rodean, y por otra, de exclu­sión, que nos hace diferenciarnos de los «otros». Es una característica común a todas las clasificaciones sociales al trazar límites en­tre «amigos», «enemigos» y «neutrales» (cf. Schlesinger, 1988). Llevados al extremo, se­mejantes procedimientos pueden resultar mortales (deshumanización del Otro y geno­cidio son los casos límite), o por lo menos in­flexibles en cuestiones nada triviales, como señaló en una ocasión, con gran agudeza, el humorista de origen húngaro George Mikes:

«Es una pena, y de mal gusto para un ex­tranjero; es inútil fingir lo contrario. No tiene salida posible. Un criminal puede reformar­se y llegar a ser un miembro decente de la sociedad, pero un extranjero no puede refor­marse. Quien ha sido extranjero, lo seguirá siendo siempre. No hay salida para él. Podrá hacerse británico, pero nunca será inglés.» (1946: 8.)

Las peculiaridades de los ingleses no nos impiden observar que en otras partes de Europa funcionan formas muy similares de clasificación: así, las observaciones de Theo­dore Zeldin sobre Francia y sus «extranjeros» son un caso notable (cf. Zeldin, 1985: ch. 26).

En el contexto actual, resulta pertinente destacar algunos principios relevantes para el análisis de las identidades colectivas (cf. Schlesinger, 1987). En primer lugar, hay que advertir que dichas identidades fueron cons­tituidas sobre la marcha, y que posteriormen­te se vieron continuamente reconstituidas conforme a una dinámica interna y a un equi­librio externo de fuerzas, argumento este que se ve confirmado por el ritmo actual de cam­bio. Como Alberto Melucci (1989, 25‑26) acer­tadamente señalaba, tenemos que conside­rar las identidades colectivas como rasgos originados por la acción colectiva.

En segundo lugar, deberíamos ser cons­cientes de la dimensión temporal en la que se produce el complejísimo proceso imagi­nario de reconstrucción de las tradiciones y de la memoria colectiva [cf. Hobsbawn and Ranger (eds.) 1983; Schama, 1987; Namer, 1987]. La antropóloga Mary Douglas (1987: 70; ha señalado que «La memoria pública es el sistema de almacenamiento del orden social. Pensar en ella es lo más parecido a reflexio­nar sobre las condiciones de nuestro pensa­miento». Las cuestiones clave serían, por lo tanto, qué es lo que olvidamos socialmente como miembros de colectividades y qué es lo que recordamos, y por qué.

En tercer lugar, también tenemos que pen­sar espacialmente. Esto puede resultar a su vez complejo, porque las identidades colec­tivas no tienen por qué ajustarse limpiamen­te a un modelo de concentración territorial e integridad jurídico‑política. Prueba de ello, por ejemplo, son las naciones y las etnias que aspiran a formar Estados; quienes viven a ca­ballo de las fronteras de dos Estados, y quie­nes sobreviven en las diásporas.

Estas observaciones más o menos genera­les influyen en la realidad europea y en su interpretación. El espacio sociopolítico de la postguerra ha estado dividido en los bandos de los Amigos y los Enemigos, con grandes etiquetas diferenciadoras: Democracia con­tra Totalitarismo; Capitalismo contra Comu­nismo; Este contra Oeste. Como es natural, estas verdades simplistas ocultaban diferen­cias internas dentro de los dos grandes gru­pos y hacían parias de aquellos que anhela­ban algo sustancialmente diferente (aunque las doctrinas de McCarthur y el Gulag no pueden compararse, claro está). El peso de la política internacional de la postguerra aho­gó las reclamaciones comunitarias y abolió la idea de formar un Centro en una Europa di­vidida en Oeste y Este, buenos y malos.

 

DISCURSOS SOBRE EUROPA

 

Los procesos de cambio político y econó­mico en marcha están provocando cierta competencia en el discurso político, y es ahí, en la forja de nuevas interpretaciones, don­de los intelectuales deben hacer su mayor contribución (junto con los medios de comu­nicación de masas, que difunden sus argu­mentos y sus sistemas). Se nos está pidiendo que «imaginemos» o visualicemos diversas Europas, dependiendo del lugar en el que nos encontremos dentro del mosaico euro­peo. Es probable que este proceso se acele­re y se intensifique. El debate se está produciendo en distintos campos, aunque éstos es­tán claramente interrelacionados entre sí.

Dentro de la Comunidad Europea ha exis­tido un conflicto entre minimalismo y maxima­lismo que al parecer ahora empieza a resol­verse. El locus clasicus del minimalismo es el notable discurso que la primera ministra británica, Margaret Thatcher, pronunció en Brujas, en el cual dijo:

«... la Comunidad Europea es una de las manifestaciones de... la identidad europea. Pero no es la única. No debemos olvidar nun­ca que al este del telón de acero viven per­sonas que en su día disfrutaron plenamente de la cultura, la libertad y la identidad euro­peas y que se vieron separadas de sus raí­ces» (Thatcher, 1988: 3).

Estas palabras se pronunciaron antes de los cambios revolucionarios que se iniciaron en el antiguo Este en 1989. Ahora que Budapest, Praga, Varsovia y Berlín comienzan a ocupar de nuevo el lugar que les corresponde en una constelación europea más extensa, se en­tiende que las palabras de la señora That­cher encerraban una verdad que no tiene na­da de inocente. A su modo de ver, una Euro­pa unida por lazos más débiles, con una ex­tensión mayor que la proyectada para el fu­turo mercado único de 1992 puede incluir a la Europa del Este y al mismo tiempo propor­cionar a Gran Bretaña un escenario más am­plio para actuar y, cómo no, guardar las dis­tancias. Porque la señora Thatcher y sus par­tidarios insisten en que la soberanía nacional, principio clave de una «cooperación activa y voluntaria entre estados soberanos indepen­dientes es la mejor manera de construir una comunidad europea próspera». Se observa aquí una interesante pero poco sorprenden­te divergencia entre Estado y Nación, al mis­mo tiempo que se insiste en que la nacionali­dad, las costumbres nacionales, la tradición y la identidad tienen que protegerse contra de «un retrato robot de la personalidad euro­pea» y contra un «superestado» (Thatcher, 1988: 5).

Aunque esta visión minimalista que defien­de la soberanía nacional y la integridad cul­tural cuenta con cierto apoyo, ahora no pa­rece tener demasiadas posibilidades de pre­valecer por encima de las fuerzas que pro­pugnan la integración de la Europa de la CE. En abril de 1990, se dio un paso muy impor­tante hacia la visión integracionista gracias al presidente Mitterrand y el canciller Kohl, que propusieron que se acelerara el proceso de unión política. El significado preciso de esto en términos de desarrollo institucional está to­davía por ver, y el resultado final será pro­ducto de sucesivos cambios de estrategia. No obstante, no resulta demasiado inverosímil prever para los años venideros que el Esta­do‑nación irá perdiendo importancia como órgano de soberanía y toma de decisiones. Detrás de este último impulso reside, en par­te, la necesidad de crear un marco viable pa­ra albergar el Estado alemán ampliado, que será consecuencia de la absorción final, por parte de la República Federal, de la RDA.

El maximalismo de la CE concibe una «Europa social» o un Estado europeo de bie­nestar que propicie, como cada vez parece más probable, una comunidad integrada tan­to políticamente como en materia de defen­sa. Los portavoces de este punto de vista pre­sentan una imagen del futuro que difiere del homogéneo «retrato robot de la personalidad europea». Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea, por ejemplo, se ha refe­rido en términos sencillos a la creación de una «aldea europea», .mientras que por su parte el presidente del gobierno español, Fe­lipe González, ha hecho referencia al «espa­cio europeo».

Hay que señalar que la constitución preci­sa de este «espació» todavía necesita una es­pecificación detallada. Es cierto que desde los años 80 se ha hecho un esfuerzo (inspira­do burocráticamente por Bruselas) para en­contrar un rasgo cultural para los Doce que pudiera etiquetarse como «espacio audiovi­sual europeo». Esta tendencia se manifesta­ba en muchos casos en la oposición a la im­portación de programas televisivos de los EE.UU. Como se ha puesto ahora de manifies­to, el espacio de los medios de comunicación de la Comunidad Europea touf court ocupa cada vez más los territorios del anterior Este también, por lo que el proyecto tendrá que ser replanteado en muchos aspectos.

Verdaderamente, es de esperar que la re­definición del «espacio cultural europeo» se convierta en uno de los pasatiempos intelec­tuales y burocráticos más populares de los próximos años, así como en una lucrativa fuente de ingresos para especialistas e inves­tigadores. Dicho espacio no podrá quedar li­mitado a la circunscripción de las normas de difusión y de cinematografía solamente, por­que a la larga se relacionará con la cultura en todas sus manifestaciones. De un tiempo a esta parte, se ha empezado a hablar tam­bién del «espacio económico europeo», que surgirá a partir de un conjunto de relaciones comerciales renegociadas entre la Comuni­dad Europea y la Asociación Europea de Co­mercio Libre. Como es natural, una reestruc­turación semejante del espacio económico europeo tendrá a su vez inevitables conse­cuencias de tipo político y cultural (cf. Cor­nelius and Milner, 1990).

Las identidades colectivas europeas tam­bién han estado estrechamente ligadas a la seguridad e inseguridad colectivas euro­peas. En consecuencia, la OTAN y el Pacto de Varsovia han funcionado como marcado­res simbólicos para definir las lealtades no­minales de millones de personas. Por lo tan­to, sería de esperar que los procesos de re­definición señalados más arriba se hayan ocupado análogamente del campo de la de­fensa. Aunque se le ha dado un juego consi­derable, sobre todo en los medios de comu­nicación de élite, el carácter de esta idea ha­ce que sea coto de los especialistas, en lu­gar de hallarse en el punto de mira del mar­keting político, puesto que el gran público es muy sensible a los grandes gestos y propues­tas relativas a las reducciones de tropas y de armas nucleares, que les hacen sentirse más seguros o más vulnerables, pero no presta demasiada atención a los matices de la polí­tica y las instituciones.

No obstante, lo que está cada vez más cla­ro es la interconexión creciente entre las con­sideraciones de defensa estratégica y otros planes políticos de mayor alcance. Por ejem­plo, al pedir una nueva «arquitectura» euro­pea, el secretario general de la OTAN, Man­fred Wórner está tomando la cuestión nacio­nal como uno de los temas centrales que la Alianza Atlántica debe controlar si se quiere alcanzar una estabilidad. Por eso señala que un nuevo orden político en Europa debe ser de tal modo que:

«Las fronteras nacionales se vuelvan mucho menos significativas, respetando siempre la autodeterminación y la soberanía nacional; favorezca la integración económica para que todas las naciones adquieran un interés vital en la prosperidad común y en el avance po­lítico conjunto; mantenga la democracia y los derechos humanos en todos los Estados» (1990: 10).

Esto demuestra un buen sentido de las relaciones existentes entre la cultura, la econo­mía y la política al mismo tiempo que se deli­mita el futuro de la OTAN. Durante la última década, aproximadamente, ha sido el movi­miento antinuclear el que ha demostrado de una manera más explícita su conciencia de las consecuencias culturales de nuestra or­ganización global de defensa. Ahora que tan­to la OTAN como el Pacto de Varsovia em­piezan a cobrar nueva forma se está ponien­do de relieve cada vez más la profunda in­fluencia que han ejercido en nuestro pensa­miento las conocidas coordenadas de la iden­tidad política de la guerra fría. Aunque el vie­jo enemigo está dejando de ser poco a poco una amenaza generalizada, eso no implica la desaparición de todas las rencillas. Más bien, puede afirmarse que las corrientes cambian­tes han cumplido las condiciones necesarias para que se dé el desplazamiento de‑la pre­sentida amenaza, y esto puede asimismo dar origen a consecuencias culturales a los ojos de quienes compiten con la nueva Europa ampliada en el escenario mundial.

Últimamente ha hecho irrupción un segun­do discurso en el campo de los debates in­ternos de la CE, bajo la forma del llamamien­to soviético para un «hogar europeo común», lo que se ha dado en llamar, merced a los ca­prichos de la traducción, la «casa común europea». Se trata de una metáfora particu­larmente interesante que implica, según la frase de Ernest Gellner (1983) un tejado polí­tico _común para todos. Hasta la fecha, toma­da como imagen, el «hogar común» ha resul­tado más sentimental que programático, aun­que algunos portavoces soviéticos han trata­do de otorgarle un cierto contenido, como por ejemplo la idea de un sistema de seguridad para toda Europa, así como la puesta en mar­cha de medidas conjuntas para el medio am­biente, energía y comunicaciones. Pero hay que decir que la casa todavía no tiene cimien­tos, y ni mucho menos tejado en la parte su­perior, ni mobiliario por dentro. A pesar de estos defectos, se trata simplemente de un es­logan que ha estimulado la imaginación polí­tica en la medida en la que los demás han in­tentado comprenderlo. Haciéndose eco des­de occidente, Jacques Delors ha manifesta­do que comparte esa visión, y otro más, Ja­mes Baker, Secretario de Defensa de los EE.UU., ha opinado que la nueva Europa de las libertades tiene la llave de la casa del fu­turo. En una palabra, ha habido una competencia creciente en la esfera del discurso posterior a la guerra fría.

El desvanecimiento de la doctrina de Brezhnev ha provocado su sustitución por otra, la nueva doctrina de Sinatra («... a mi ma­nera...»), en palabras del portavoz del minis­terio soviético de asuntos exteriores, Gen­nady Garasimov. Esto se ha presentado co­mo la piedra básica en la construcción del «hogar común». Sin embargo, aunque hasta la fecha les haya sido posible a los países del bloque oriental liberarse del influjo soviéti­co, en la actualidad sigue sin tolerarse la semi‑independencia dentro de los confines de la URSS, como ha demostrado claramen­te el caso de Lituania.

 

¿DEL ESTE AL CENTRO?

 

De todas las nuevas euro‑fantasías la más llamativa hasta el momento ha sido la de Europa Central, de la que se ha hablado co­mo espacio político, e incluso como proyec­to de índole moral. Hasta hace muy poco, el fundamento del debate había sido la oposi­ción al poder soviético, que se había llevado a cabo sobre todo en Checoslovaquia y Hun­gría (y también hasta cierto punto en Polonia) por parte de ciertos sectores de la intelectua­lidad. Más allá del telón de acero, también han mostrado interés Austria y la República Federal Alemana. El debate se ha centrado en la cuestión del tipo de espacio cultural y político que puede definirse por sí mismo en­tre Alemania y Rusia; qué futuras relaciones (en el caso de una retirada soviética inicial­mente hipotética, pero no real) deberían es­tablecerse entre el Este y el Oeste y, final­mente, si existe una identidad centroeuropea distintiva, o no (cf. Schópflin and Wood, 1989). Hasta finales de 1989, el debate se ha dedi­cado a la planificación de posibilidades. Más allá de eso, como ha señalado Timothy Gar­ton Ash (1989: 188‑189), uno de los más agu­dos y benévolos comentaristas especializa­dos en esa zona, existe la necesidad de rea­lizar «un examen riguroso y desapasionado tanto de la legalidad real de una Europa Cen­tral histórica, que sería una Europa dividida, más que unida, y de las condiciones reales de la Europa centro‑oriental de nuestros días, como por otra parte un examen de las dife­rencias y de las similitudes». El reciente cam­bio ha puesto de manifiesto que resulta inevitable enfrentarse al pasado y trabajar el presente, como ha señalado el presidente checoslovaco Vaclav Havel (1990: 18‑19).

La nueva retórica es más tranquilizadora que la antigua, pero también deja a la som­bra muchos problemas de reorientación socio‑económica y política. El proceso de re­forma del Este puede considerarse como una relativa victoria histórica de la burguesía de­mocrática y la eficacia capitalista. Pero como se ha indicado, con gran acierto (Pohoryles and Kinnear, 1989), si nos obsesionamos con la crisis del Este, corremos el peligro de ol­vidar que Occidente tampoco está exento de problemas. Siguen existiendo la pobreza, el desempleo, las desigualdades, el racismo, la falta de viviendas y las diferencias políticas sin resolver. La economía capitalista todavía está sujeta a fluctuaciones cíclicas, y en un mundo en el que nos vemos obligados a re­conocer nuestra interdependencia, no pode­mos ignorar hasta qué punto la división Norte­ Sur y los grandes problemas ecológicos van a condicionar nuestro futuro. En pocas pala­bras, puede que Occidente haya vencido el Kulturkampf de la postguerra, pero no por ello es invulnerable, ni mucho menos.

Volviendo de una manera más directa a la cuestión de la identidad colectiva, hay que destacar que la incipiente y denominada Europa de las libertades es un lugar al que se puede emigrar con mayor libertad (como ha quedado demostrado con la avalancha de alemanes del Este en 1989). Cuando se pro­ducen grandes movimientos de población (que engendran un mayor número de deman­das de tipo socio‑económico a los países re­ceptores y traen asociados problemas políti­cos) existe la tendencia a ponerse a la defen­siva con conceptos de identidad nacional y cultural en el terreno político. El racismo y la discriminación hacia los emigrados son peli­gros que siempre están ahí.

Las optimistas expectativas que se mantie­nen actualmente con respecto a la influencia del cambio de sistema en el Este, nos lleva a plantearnos seriamente las pertinentes pre­guntas lanzadas por el sociólogo polaco Jerzy Mikulowski‑Pomorski (1988) en las que se cuestiona la existencia de unos «valores euro­peos» comunes y se pregunta si el colapso del comunismo en el Este provocará la tan es­perada «convergencia» de sistemas. Según él, la prolongada experiencia de poder tota­litario ha producido un declive en la moralidad civil y política o, dicho en otras palabras, la ausencia de una esfera pública y de una sociedad civil vital, así como la falta de tole­rancia a la hora de sobrellevar las tensiones provocadas por las diferencias políticas. Co­mo puede apreciarse ya, la evolución políti­ca de los países pertenecientes al fenecido bloque oriental distan mucho de formar un conjunto uniforme, y será necesario que man­tengamos una actitud abierta en lo tocante a los tipos de gobierno y cultura política que seguirán a la primera onda de elecciones de­mocráticas.

Como han observado los políticos occiden­tales más previsores, la transformación del Este y su normalización según el canon libe­ral democrático no será gratuita, porque pa­ra lograr la estabilidad política será necesa­ria una relativa mejora económica. En el fon­do, y dejándonos de eufemismos, no resulta imperdonable pensar que las cuestiones se plantearán sobre todo en términos de intere­ses, y de los costes y los beneficios que en­trañará la entrada en el «hogar común» (¿una CE ampliada, quizás?), en lugar de presen­tarse en forma de argumentos acerca de la virtud política y cultural. El comentarista po­lítico británico Neal Ascherson ha advertido que la «casa europea» ha tenido siempre una escalera principal y otra de servicio, y que la disposición actual de las fuerzas y las de­bilidades económicas se encargará sin duda de que las dependencias de la servidumbre no se queden vacías.

El sociólogo húngaro Gyórgy Csepelli ar­gumenta que uno de los esperados benefi­cios para el Este sería la modernización de las formas de identidad nacional dentro de un más amplio espacio europeo, un paso del Gomeinschaft al Gessellschchaft. Aunque pueda valorarse su proposición, es seguro que el factor étnico seguirá siendo extrema­damente importante. Hay que tomar en serio a Csepelli cuando afirma que la expectativa de unos Estados Unidos de Europa según el modelo norteamericano chocaría frontalmen­te con la resistencia de la cuestión naciona­lista. Las condiciones históricas previas del Viejo Mundo no tienen nada que ver con las que existían en el Nuevo Mundo. En palabras de Csepelli, los Estados Unidos constituyen una nación «inorgánica», es decir, una nación definida jurídicamente, en la que el mito de la consanguineidad simplemente no puede funcionar, puesto que se trata de una nación fundamentada en sucesivas oleadas de emi­gración diversa. Por el contrario, Europa es­tá completamente congestionada de recuer­dos históricos, en los cuales el nacionalismo juega un papel central. Por lo tanto, las pre­guntas que habría que plantear son las si­guientes: «¿Unidad de qué tipo, por qué, y en qué términos?»

 

LAS FRONTERAS DE LA PERTENENCIA

 

Uno de los riesgos de los debates inquisiti­vos sobre la «europeidad» es verse acusados de eurocentrismo. Ése fue precisamente el problema que se me planteó en una ocasión en la que presenté una versión anterior de este artículo ante una audiencia en la que abundaban los latinoamericanos. Yo, que co­nocía este detalle, había tomado la precau­ción de justificar la orientación europea de mi trabajo por el interés apasionado por ex­plorar algo cercano a la tierra natal. Me pa­recía evidente que todos entenderían mi tra­tamiento del tema como centrado en los pro­blemas, y no triunfalista. Pero no fue así. La reacción resultó instructiva: mis oyentes no hicieron caso de la justificación y me advir­tieron que las preocupaciones de esa índole tienden a dejar de lado otras. La cuestión la­tente es que la actual corriente de euroforia pone en una situación todavía más peligrosa al endeudado Sur, en tanto en cuanto las in­versiones se apliquen al desarrollo de los paí­ses de Europa oriental.

Hay una cuestión que me interesa especial­mente. Se trata del problema de la inclusión y la exclusión, o por decirlo de otra manera, la cuestión de dónde se acaba Europa. En el reciente debate acerca de Europa Central, las reflexiones se han centrado en torno al problema de si la Unión Soviética debe con­siderarse o no «europea». Es de esperar que este asunto siga figurando en la actualidad, y resulta ciertamente interesante observar que las líneas de exclusión trazadas por Mi­lan Kundera en su conocido artículo que ini­ciaba esta discusión en 1984 (Kundera, 1984) últimamente han hallado eco en el pensa­miento de uno de los principales historiado­res militares británicos, Sir Michael Howard, que en una reciente clase dictada en el In­ternational Institute of Strategic Studies de Londres decía así:

 

«Europa central está constituida por las tie­rras que antaño formaban parte del imperio cristiano de Occidente; por las tierras del an­tiguo imperio de los Habsburgo, Austria, Hun­gría y Checoslovaquia, junto con Polonia y las marcas orientales de Alemania. El término Europa oriental debería reservarse a las re­giones que se desarrollaron bajo los auspi­cios de la Iglesia ortodoxa: Bulgaria y Ruma­nía y las zonas europeas de la Unión Soviéti­ca. Es a estas antiguas naciones del centro de Europa a las que tenemos que recibir en pri­mer lugar y con mayor calor dentro de nues­tra commonwealth europea, y finalmente en la Comunidad Europea.» (Howard, 1990: 19.)

La sala de espera externa, según parece, es un posible eufemismo que oculta la idea de rechazo y marginación. Tales conceptos hay que tomárselos en serio, sobre todo cuan­do pasan tan deprisa de los debates litera­rios de los periódicos al pensamiento de un comentarista militar.

Las relaciones entre Europa Occidental, Oriental y Central y el Islam también están surcadas por divisiones de inclusión y exclu­sión. Habrá que afrontar este problema des­de diferentes perspectivas.

En Gran Bretaña, el surgimiento del Islam como una fuerza político‑cultural que suponía una poderosa fuente de identificación colec­tiva para ciertos sectores de la comunidad asiática cristalizó finalmente en el asunto de Salman Rushdie. Como es bien sabido, algu­nos sectores de la comunidad británica mu­sulmana fueron movilizados en contra del no­velista Rushdie con motivo de las declaracio­nes que contra él hiciera el Ayatollah Homei­ni acusando de blasfema su novela Los ver­sos satánicos. La consecuencia de esta ma­nifestación fue que se le condenó a muerte y el escritor se vio obligado a ocultarse bajo vigilancia policial, situación en la que toda­vía continúa (cf. Appignanesi and Maitland, 1989). Este episodio suscitó cuestiones funda­mentales de identidad cultural, y la visión do­minante proclamaba que el fundá•nentalismo islámico era una erupción de una tradición ajena dentro del cuerpo político. Movidos por la necesidad de defender su espacio públi­co, muchos intelectuales se pusieron al lado del amenazado escritor en defensa de la con­cepción liberal de la autoría, que considera, de manera inequívoca y con razón, que el productor cultural debe estar libre de ame­nazas de intimidación o violencia.

Pero esto sólo es una parte de la historia. El caso Rushdie, que supuso el blanco con­tra el que se lanzaron todos los resentimien­tos acumulados por la comunidad de emi­grantes musulmanes, originado por la discri­minación y la marginación que han sufrido, ha suscitado un problema de mayor alcance: ¿de qué modo se articula la política interna­cional del Islam dentro de los Estados occi­dentales?

En cualquier caso, este problema no es ex­clusivo del Reino Unido. Por ejemplo, en Bél­gica tuvo lugar una erupción similar de la po­lítica musulmana después del bombardeo norteamericano sobre Trípoli y Benghazi en 1986. En un estudio sobre estos sucesos y su repercusión en los medios de comunicación, Dassetto y Bastenier (1987: 119) comentaban: «El hecho de que una expresión de la identi­dad colectiva se manifieste bajo formas reli­giosas contradice abiertamente el concepto normal que tenemos del juego socio‑político

Podría añadirse que el concepto normal no tiene por qué durar indefinidamente.

Tras estas tensiones, subyace la delicada cuestión de las migraciones de mano de obra a los Estados más ricos de Europa Occiden­tal y el establecimiento dentro de sociedades más amplias de subculturas étnicas con iden­tidades comunales altamente diferenciadas. En un futuro próximo, la CE tendrá que en­frentarse al manifiesto deseo turco de entra­da. Como hace notar Christie Davies (1989: 24) «los políticos turcos que llaman a la puer­ta de Europa pidiendo permiso para entrar tendrán que enfrentarse a una poderosa y arraigada mentalidad anti turca, que se re­monta muy atrás en el tiempo y que caracte­riza a sus vecinos, los europeos. Este proble­ma plantea con crudeza la cuestión de las re­laciones entre la «europeidad» y el Islam.

La cuestión alcanza una significancia mayor en un momento en que el Papa Juan Pablo II y otras figuras destacadas de la Iglesia cató­lica afirman que «el cristianismo está en las mismas raíces de la cultura europea» (cit. en Kettle, 1990: 14) y que «Europa no tiene iden­tidad propia sin el cristianismo» (cf. Koening, 1989: 23). La iglesia anglicana también se ha lanzado a la denuncia del materialismo y la evocación de la espiritualidad cristiana como una solución para la crisis de identidad por la que atraviesa Europa después de «la muer­te del marxismo» (cf. Booth, 1990). Solamente cabe preguntarse cómo evolucionarán las futuras relaciones entre las diversas iglesias cristianas y entre las confesiones cristianas y no cristianas, estas últimas excluidas de los mencionados proyectos.

Fuera de la CE, en las regiones musulma­nas de la Unión Soviética y también en Yu­goslavia, ha salido a relucir la cuestión del se­paratismo étnico‑religioso, lo que ha tenido consecuencias trascendentales para estos Estados. Sin duda, las representaciones «orientalistas» de amenaza y diferencias, ya bastante importante de por sí, aumentarán to­davía más al abarcar de una manera más sis­temática los mundos musulmanes tanto fue­ra como dentro de las fronteras europeas (cf. Said, 1981).

Por último, no debemos pasar por alto la evidencia, cada vez más clara, del resurgi­miento del antisemitismo en algunos países de la Europa del Este, donde la liberalización política ha dado lugar al nacimiento de vis­cerales prejuicios que son expresados abier­tamente.

Tampoco el oeste es inmune a esta tenden­cia. El simbólico desenterramiento de un cuerpo y la profanación de las tumbas en el cementerio judío más antiguo de Francia en Carpentras en mayo de 1990 ha dejado per­plejas a las comunidades judías y a otros sec­tores.

 

CONSIDERACIONES FINALES

 

Este trabajo no puede concluirse, sino más bien finalizarse pro tempore. El tema tratado en este artículo sigue siendo extraordinaria­mente volátil e implica la inevitable revisión continua de las ideas. De todo lo dicho se de­duce que nuestros sistemas de comunicación van a tener que soportar un gran peso en los años venideros, mientras que quienes se co­munican a través de los medios de comuni­cación públicos tendrán la responsabilidad correlativa de garantizar que interpretamos la época que nos toca vivir con discernimien­to, tolerancia y precisión. En cuanto a la dis­cutible cuestión de la identidad europea, puede predecirse con tranquilidad y convic­ción que suscitará confrontaciones ideológi­cas en los años venideros. Se trata asimismo de un tema que dará pie a un gran número de trabajos empíricos, teóricos y analíticos dentro del campo de las ciencias humanas.

Ya he señalado con anterioridad que a la hora de llevar a cabo un tal análisis hay que dejar de lado los sentimientos. Naturalmen­te, esto es difícil, habida cuenta‑ de la relación activa que mantenemos con aquello que se observa y de lo que se escribe. En el fondo, solamente puedo pensar que si hemos de ne­gociar con éxito nuestra vía a través de la vo­rágine de la identidad colectiva, no hay al­ternativa al desarrollo de un pluralismo ab­soluto de estructuras en la Europa del futu­ro; una Europa que reconozca como elemen­to indispensable para el nuevo orden uná so­ciedad en la que convivan las etnias, las cul­turas y las confesiones. Esta afirmación equi­vale a aceptar la idea de que la característi­ca más acusada del así llamado «hogar co­mún» es la diversidad, y no las similitudes.

 

TRADUCCIÓN: NURIA HERNÁNDEZ DE LORENZO