Usos domésticos del videoteléfono

Resultados experimentales de una tecnología

 

Francis P. Jaureguiberry

 

La experimentación del videoteléfono en Biarritz permite comprobar la adecuación de una tecnología a las demandas sociales. Pero también muestra la influencia de este nuevo servicio sobre las relaciones sociales.

 

Videoteléfono: los aficionados a la ciencia‑ficción conocen desde hace tiempo este aparato sinónimo de interactividad visual y auditiva. Desde hace tres años, la ciencia y la tecnología han convertido la ficción en realidad en Biarritz, en donde 1.400 abonados podrán en lo sucesivo efectuar «desplazamientos inmóviles». De este modo les será posible ir de visita a casa de alguien sin moverse de la suya, ver los escaparates de los comerciantes sin desplazarse, estar a la vez aquí y allí, de vivir lo lejano en el acto, en resumen, tender a la ubicuidad.

 

Pero si la ciencia ha permitido a la ficción convertirse en realidad, sigue siendo la ciencia‑ficción la que parece controlar el conocimiento que se tiene de esta nueva realidad. Un gran número de representaciones, que van desde el sueño paradisíaco a la visión apocalíptica, nos describen, en efecto, lo que serán nuestras sociedades cuando el conjunto de la población haya accedido a las nuevas tecnologías de la comunicación y, más concretamente, al videoteléfono. Estas representaciones puedan ser interesantes en tanto que reveladoras de necesidades o de tensiones que traspasan el cuerpo social, pero no nos enseñan nada sobre la utilización y las prácticas reales del videoteléfono.

 

Las páginas que siguen aspiran a presentar algunas hipótesis sobre la naturaleza de los usos efectivos del videoteléfono, actualmente experimentado en Biarritz. Y esto no a partir de la proyección de lo que ya se conoce acerca de las utilizaciones de otros aparatos mediáticos (bajo pretexto de que puedan agruparse bajo el mismo término de «nuevas tecnologías de la comunicación»), sino de la observación práctica (1).

 

1. UNA COMUNICACIÓN PRIVADA, CONVIVENCIAL Y COMPARTIDA

 

Más adelante veremos que no se trata del único tipo de comunicación videotelefónica observada, pero las llamadas videotelefóni­cas son, esencialmente, privadas. Afectan, ante todo, a la familia, en sentido amplio y a las redes de amigos.

Casi todos los comunicantes videotelefóni­cos están afectivamente próximos:

 

«La familia y los amigos en un 90 por cien­to»; «Se videotelefonea a la gente que ya se conoce bien»; «Digamos que es una historia de familia»; «Tengo comunicantes escogidos, interlocutores concretos: mis amigos».

 

No se entabla conocimiento por videotelé­fono o, al menos, no se utiliza el videoteléfo­no para conocer a alguien (2). La comunica­ción videotelefónica sirve para prolongar las relaciones de confianza ya establecidas. Des­de este punto de vista, «hay una diferencia enorme entre el minitel, que es la comunica­ción perfectamente anónima (...), y el video­teléfono que, por el contrario, es una comu­nicación muy personalizada con gente que se conoce. Son dos polos opuestos en relación al teléfono clásico. Son dos técnicas que des­de el punto de vista de la convivencia resul­tan absolutamente dispares».

La comunicación videotelefónica es, no so­lamente convivencial, sino, también, compar­tida por el entorno de los interlocutores. La llamada y, sobre todo, la recepción de un «vi­deotelefonazo» suscita la curiosidad y, la ma­yor parte del tiempo, la participación de los miembros de la familia presente. «Se puede hablar entre varios; me ha sucedido, muy a menudo, tener a una persona en el videote­léfono, después a los niños que estaban allí, o a la mujer del señor, u otros que apare­cían... En fin, es una comunicación de fami­lia. Ve usted, se llega a obtener una comuni­cación familiar, entre varios, cosa que no pue­de hacer por teléfono»; «Sí, ya veo, en casa... los niños, cualquiera, intervienen en la con­versación, vienen a decir lo que ellos tienen que decir, se van... mientras que con el telé­fono es más personal. Aquí todo el mundo participa». Desde que se ha advertido que el videoteléfono va bien, «se quiere saber quién está en la pantalla: ¿quién es? ¿Qué cara tie­ne esta tarde?, etc.». El videoteléfono es, en­tonces, descrito no como una herramienta, si­no como un lugar en donde «uno puede apa­recer, mostrarse», «decir buenas tarde», «sin presentación: justo un pequeño », «se ha­ce venir a la familia, están los niños que vie­nen a ver, a decir ¡hola!».

Durante las sesiones de grupo hemos in­cluido la idea de intrusión: la mirada del ex­terior, potencialmente mirona, espía y peli­grosa, penetrando el espacio privado. Hemos propuesto también esta cuestión durante las conversaciones individuales. Incluso si el rui­do del zoom de la cámara, poniéndose en fun­cionamiento antes de que el timbre suene, in­triga al comienzo, el temor de ser observa­do, violado en su intimidad, no existe aparen­temente. De hecho, el aspecto mirón no ra­dica, como habíamos imaginado al comien­zo, del lado del que llama, sino del lado del llamado, o, más exactamente, en el entorno del llamado. Este entorno quiere ver, a ve­ces, sin mostrarse (hemos sido testigos varias veces, de este tipo de situación que parece corriente).

La imagen del videoteléfono atrae. Es lo que nosotros llamamos «efecto de imán». No­sotros nos hemos, evidentemente, planteado la cuestión de saber si no se trataría aquí de un fenómeno debido a la novedad del apa­rato, al carácter excepcional, inédito, expe­rimental, de las llamadas. Tal no es el caso. Pues si al comienzo de la operación «Fibras ópticas Biarritz», la recepción de una llama­da videotelefónica suscitaba, sistemáticamen­te, el interés de toda la familia que asistía al acontecimiento, dos o tres años después, y a razón de varias llamadas por semana, sigue sucediendo siempre lo mismo. Aunque el in­terés no es más sistemático y general, las lla­madas siguen despertando la curiosidad de los presentes.

 

2. EL LUGAR VIDEOTELEFÓNICO

 

Este efecto de imán, el campo de la cáma­ra, la participación de los presentes, se tra­duce espacialmente hasta en el lenguaje: de herramienta, el videoteléfono se convierte en un lugar, un lugar «semipúblico» en el espa­cio privado del piso o de la casa. «De hecho... el lugar en donde está el videoteléfono co­rre un poco el riesgo de convertirse... en un lugar público, quizá no... pero, inconsciente­mente sí, esto le sucede un poco en la medi­da en que se sabe que puede haber una ima­gen para transmitir».

Frente a esto, hemos observado dos gran­des reacciones, siendo la primera, con mu­cho, mayoritaria.

 

1. Banalización de un lugar «semipúblico» en el seno del espacio privado: el carác­ter colectivo o potencialmente compar­tido de las comunicaciones videotelefó­nicas se acepta. El videoteléfono se si­túa, entonces, en una habitación central, de fácil acceso. «Yo, yo tengo puesto el videoteléfono en el vestíbulo por donde pasa toda la familia. Así todo el mundo puede participar un poco en la conver­sación»; «Está en la habitación más estra­tégica de la casa: el pasillo»; «En el des­pacho porque es el lugar en donde se puede entrar, salir fácilmente... no es ín­timo, no es... no va a enseñar uno su ha­bitación ¡eh!».

2. A la vista de esta banalización colectiva, la búsqueda de la confidencialidad se traduce por un cambio del videoteléfo­no: del salón o del pasillo es transporta­do al dormitorio... Es la neutralización, la marca de un lugar, un rincón íntimo en el seno del espacio privado con el fin de evitar las indiscreciones, las irrupciones inoportunas. De este modo, este padre de familia ha situado su videoteléfono en su habitación: «Es decir, el lugar donde efectivamente hay las menores interfe­rencias posibles y donde puedo discu­tir sin problemas, sin que haya ruido, la televisión, los niños que pasan o cual­quier otro...»; «Se puede muy bien crear una especie de pequeño rincón vidéo­telefónico»; «Yo lo tengo puesto en un lu­gar en el que puedo estar aislado, solo. Aquí se está bien, tranquilo».

 

En los dos casos hay una puesta en relación del lugar videotelefónico y del tipo de llama­da que se le puede (o no) hacer o recibir. Ve­remos más adelante que esto se traduce en una programación incrementada de aparatos de comunicación según la naturaleza de la re­lación.

 

3. IMÁGENES DE SÍ MISMO

 

Todos los analistas de usos sociales de otras nuevas tecnologías de la comunicación (CB, minitels, teleconvivencia, «radios abier­tas») han subrayado la importancia de «una función espejo» en la utilización de las nue­vas máquinas para comunicar (3). El indivi­duo que tiene dificultades para reconocerse a sí mismo puede, en efecto en lo sucesivo, conectarse a una multitud de redes mediáti­cas, hablar de él, decirse, representarse tal como él querría ser, fuera de toda determi­nación que no sea su voluntad. Se trata, en­tonces, de una comunicación narcisista, en­caminada, esencialmente, a disfrutar de la atención, de la escucha y de la aceptación por los otros, de la‑autodefinición que se quie­re dar de sí.

En una sociedad de la imagen, de la apa­riencia, del «look», como es la nuestra y en donde es preciso, parece, aparentar cada vez más, para ser, esperamos descubrir es­ta «función espejo» en el uso del videoteléfo­no. Nosotros hacíamos, pues, la hipótesis de la búsqueda incesante de reconocimiento y la necesidad de valoración de sí mismo, que parecen caracterizar, cada vez más, al indi­viduo contemporáneo, iban a traducirse en un inmoderado de la tecla control (4).

Que la gente iba a ponerse en escena, vi­gilarse, mirarse, evaluarse, •«consumirse», mientras comunicaba...

Ahora bien, éste no es el caso: «Se pasa muy deprisa sobre este asunto. En un primer momento se pone un poco de atención, después da igual»; «Uno se habitúa a esto: uno ya no se fija»; «Cuantas más comunicaciones se reciben, menos se fija uno. A1 principio, es verdad, iba al cuarto de baño... cuando lla­maban... me peinaba otra vez... Ahora ya no lo hago»; «Cuando videotelefoneo, no me pa­so un cuarto de hora delante del espejo, lo hago como estoy»; «Personalmente cuando llaman no arreglo mi peinado, etc. Me digo: que se me acepte tal y como soy. Punto final».

 

El conjunto de los testimonios recibidos, de los relatos de situaciones y de las observa­ciones, nos indican una dirección que, en el primer momento, casi no consideramos: en el videoteléfono, la apariencia no es funda­mental. Se apoya sobre la tecla‑control al principio de la comunicación para centrarse, ajustar la luz, después se introduce la imagen del otro: sólo ésta cuenta realmente. Esto no quiere decir que nuestros informadores no pongan cuidado en su imagen o no cuiden su «look»... pero el videoteléfono no es el lugar en donde se miran, se controlan, evalúan su apariencia física. No obstante, la coquetería de cada uno reaparece en la evocación de la traición de la imagen: «En el videoteléfo­no, a pesar de todo, está uno menos favore­cido que en la realidad»; «La imagen no es en verdad muy buena... de modo que si usted quiere, el hecho de preguntar a la persona si ella se encuentra bien, no es inútil...»; «A partir de las dos de la tarde todos los hom­bres tienen el aspecto de gángters con la bar­ba de ocho días...»; «Todo el mundo sabe que la imagen no es muy fiable y ..., en algunos casos, no es, quizás, tan mala».

Cuando hemos pedido a nuestros informa­dores que explicaran por qué, contra toda previsión, la apariencia en esta «caja de imá­genes» tenía tan poca importancia; la res­puesta llegó rápidamente: «De los amigos, de la familia, no se espera una mirada crítica»; «Cuando videotelefoneo o se me videotele­fonea el fin de semana, no me afeito jamás... entonces en el videoteléfono... pues... no me importa: yo videotelefoneo a pesar de todo. El otro me dice: ¡no te has afeitado!, o bien: ¡Tienes una pinta fatal esta mañana! Me da igual, ya que son amigos. A los amigos a los que videotelefoneo puedo llamarles en cami­són o en bata, por la mañana... son amigos»; «Con mis amigos no es la apariencia lo que cuenta, presto atención a la apariencia de los amigos tanto como a la mía».

En efecto, la comunicación videotelefónica es, ante todo, relacional, única, afectiva. Es la autenticidad, la presencia, la escucha, lo que se busca, más que la apariencia. Se sa­be que la evaluación, el sentimiento, más o menos positivo, no dependerá de un mechón mal situado o de un maquillaje más o menos conseguido. Al contrario (pero esto no es vá­lido en todos los casos), el hecho de apare­cer «tal como se es» puede ser interpretado (por poco que se guarde, sin embargo, un mí­nimo decoro) como una prueba de confian­za, una proximidad suplementaria, un don de sí.

Sin embargo, todo sería diferente con des­conocidos o simples conocidos no próximos afectivamente: «Si tuviera que videotelefo­near a un comerciante, o a una estación o a una administración, pondría más cuidado, desde luego. Seguro, sería diferente»; «O lla­maría por teléfono o me apañaría un aspecto presentable, me pondría mi corbata, etc.»; «Cuando lo utilizo para mi trabajo, esto no tie­ne nada que ver, pero nada. A1 contrario, aquí pongo mucho cuidado en mi presenta­ción.» De hecho, esta relajación que rodea las comunicaciones videotelefónicas no existe más que en la medida en que en el 90 por ciento de los casos son amigos o parientes quienes llaman. Además, como el número del corresponsal aparece por sistema, hay una seguridad (las tres cuartas partes de las per­sonas interrogadas han adquirido el hábito de mirar el número antes de descolgar el auricular, reservándose, de este modo, la po­sibilidad de rechazar una llamada). La ima­gen control actúa, en algunos casos, como in­terferencia negativa en la comunicación: «Lo que más me molesta no es enviar mi imagen, no. Cuando apoyo sobre la tecla‑control no es mi imagen lo que me molesta (la introduz­co muy brevemente, justo para centrarme), es el hecho de verme hablando: hablo y al mismo tiempo me veo. No se me ocurriría la idea de discutir con alguien y al mismo tiem­po utilizar constantemente el control para mi­rar mi actuación. Una vez que estoy centra­do corto rápidamente porque no tengo ganas de verme»; «El videoteléfono ofrece la posi­bilidad de una experiencia de comunicación, en la que uno se vería comunicar a sí mismo. Y esto, sí, esto me molesta».

 

4. LAS COMUNICACIONES INSTRUMENTALES CON METAS FINALIZADAS

 

Incluso si las comunicaciones de relación y afectivas entre parientes y amigos repre­sentan la inmensa mayoría de las llamadas de las familias observadas, un segundo tipo de comunicaciones domésticas existe: a comer­ciantes, a la administración; a los profesiona­les, a menudo, desconocidos. No se trata, pues, aquí de relaciones privadas: el corres­ponsal es llamado a causa de su función, de su estatus. Se espera una información, una prestación, un servicio de su parte. ¿Por qué escoger entonces el videoteléfono antes que el correo o el teléfono?

Los casos proporcionados por nuestros in­formadores y observados (llamadas para pre­guntar a un comerciante si había tal tipo de tornillo, tal tela, tal pieza de un aparato do­méstico, explicar un plan y mostrar un cro­quis) revelan que se trata siempre de un tipo de intercambio en donde el hecho de ver o de mostrar un objeto es de primera importan­cia para el buen desarrollo de la comunica­ción y el éxito de la gestión. El objeto pare­ce, entonces, condensar en sí mismo el moti­vo de la llamada y el recurso al videoteléfo­no. Es, en principio, el único lazo relacional y conversacional. El acento está puesto sobre el lado instrumental, funcional y es el objeti­vo final de la llamada. No se videotelefonea para mostrarse, sino para ver o exhibir un ob­jeto. De hecho, los intercambios tienen lugar bajo la forma de comentarios sobre lo que se ha visto en la pantalla. Las caras de los inter­locutores no aparecen más que al principio y fin de la llamada. En medio: la presentación del objeto o... nada.

Uno puede preguntarse si este tipo de co­municación operativa, enteramente mediati­zada por una tecnología y con una meta es­trictamente finalizada, no es una perfecta ilus­tración de lo que J. Habermas llama «la colo­nización del espacio público por la lógica de una acción utilitaria y estratégica». Los indi­viduos invadirán la esfera pública no con ac­ciones abocadas a la intercomprensión «a fin de poner de acuerdo mutuamente sus planos de acción sobre el fundamento de definicio­nes comunes de las situaciones», sino con ac­ciones instrumentales orientadas hacia el éxi­to de procedimientos técnicos o con acciones estratégicas en las que la meta es adaptar los medios considerados más racionales y efica­ces en relación a fines determinados (5).

 

Si algunos pensaban que el videoteléfono iba a participar en la destrucción de fronte­ras separando espacio privado y espacio pú­blico, podemos aquí, visto el conjunto de los testimonios de nuestros informadores, plan­tear la hipótesis exactamente inversa. Obser­vamos, en efecto, por una parte, llamadas es­trictamente privadas, convivenciales, en don­de la regla es una reciprocidad interindivi­dual basada en lo subjetivo y, por otra parte, llamadas con destino a la esfera pública, re­feridas a acciones de tipo instrumental o es­tratégico, en donde la marcha funcional está siempre dirigida hacia una meta precisa que hay que alcanzar (6).

 

5. EL LADO POTENCIALMENTE «TRAMPOSO» DEL VIDEOTELÉFONO

 

Es difícil ser desagradable, mentir, hacer confidencias y escurrir el bulto durante una conversación videotelefónica. Para explicar este aspecto «trampa» del videoteléfono, nuestros informadores se refieren, a menu­do, al teléfono. «Se puede mentir difícilmen­te en el videoteléfono, mientras que por te­léfono...». «Creo que en el videoteléfono uno se siente rápidamente culpable»; «Es una co­municación en donde el individuo se compro­mete más que en una comunicación telefóni­ca»; «A partir del momento en que se intro­duce la imagen, se está ya comprometido. Mientras que en el teléfono esto es mucho más anónimo: se dice “lo siento”, y se cuel­ga; «El videoteléfono perturba nuestros hábi­tos porque... impone un poco la presencia de una persona que, quizá, no se espera. En el teléfono no hay ningún problema para abre­viar la conversación, mientras que en el vi­deoteléfono...»; «Es más difícil negarle algo a alguien al que se ve, que cuando es anóni­mo. Si alguien que usted no conoce quiere quedar con usted y esto no le interesa es más fácil decir “no” cuando no hay imagen. Tan pronto como se entra en contacto visual, tan pronto como se tiene la imagen, cuando se tiene a alguien en frente... es algo así como una trampa».

De la misma manera es aparentemente muy difícil ser agresivo o desagradable en el videoteléfono: «Yo puedo llegar a adqui­rir un tono brusco en el teléfono, el tono de alguien muy contrariado, lo finjo, mientras que en el videoteléfono no se puede ofrecer una imagen peor de lo que se es»; «La gente es menos agresiva en el videoteléfono que en el teléfono. Esto lo he constatado con mi tra­bajo»; «La gente es más agradable en el vi­deoteléfono, más amable, sí»; «Yo sería mu­cho más agresivo por escrito que por teléfo­no, y mucho más por teléfono que por video­teléfono».

La naturaleza de las llamadas recibidas re­fuerza esta impresión: «Hay algo raro: se es­pera siempre alguna cosa positiva cuando suena el videoteléfono, Y si no se reconoce el número del corresponsal, se sabe que de todas maneras uno se va a enterar de algo... bueno»; «Tengo la impresión de que voy a en­terarme de algo que me va a agradar».

Algunos piensan ya en explotar este lado «trampa»: «Se podría quizá servirse de ello co­mo ventaja»; «Yo estoy seguro de que una gestión administrativa por videoteléfono, da­ría resultados tres veces más eficaces». O más prosaicamente: «Si todos los servicios pú­blicos estuvieran equipados de videoteléfo­no serían mucho más agradables cuando se les pidiera una información»; «Las telefonis­tas no se atreverían ya a enviaros a paseo co­mo lo hacen por teléfono»; «Sí, o hacerlo es­perar a uno mientras toman café...». La san­ción no está lejos: «Al menos si ellos (los fun­cionarios) responden de mala manera, uno se acordaría de la cara del villano...»

 

6. ESPACIO OBLIGADO Y ESPACIO ESCOGIDO

 

El videoteléfono permite en la visión inte­ractiva emanciparse de la distancia geográ­fica. El determinismo espacial, en el que la contigüidad era sinónimo de accesibilidad y de rapidez, se esfuma: en lo sucesivo se tar­dará más en cruzar la calle para hablar a su vecino que videotelefonear a algún habitan­te del otro lado de Biarritz. Una posibilidad

 

de disyunción, de ruptura, en el binomio espacio‑tiempo, donde el ahorro de uno se traduce en ganancia para el otro, aparece: «La cuarta dimensión está aquí» (7).

Por el momento, las relaciones amistosas están, en gran parte, unidas a la práctica de un espacio común; uno se encuentra con los amigos porque en un momento dado está en el mismo lugar que ellos y no les pierde de vista porque se tiente la posibilidad de, pre­cisamente, verse a menudo. Hay una parte de no elección en este determinismo físico (que, evidentemente, no es sólo espacial, si­no, sobre todo, social: sólo algunas categorías bien definidas de gente frecuentan los mis­mos lugares). ¿Cuántas relaciones, amigos perdidos, a causa del alejamiento? «Hay amistades que no puedo mantener a causa... en fin, a causa de la distancia». En este caso, el videoteléfono se describe unánimemente como capaz de luchar contra esta erosión en las relaciones. «Por más que se les imagine (a los amigos), que se les escriba, incluso, que se les envíen fotos, no es igual... Son trozos de nuestra vida que se dejan un poco de la­do, mientras que con el videoteléfono los vi­vimos plenamente»; «No nos perderíamos de vista»; «La relación se podría mantener»; «Con el videoteléfono se terminará por no creer en el dicho: ojos que no ven, corazón que no siente...»

Al lado del espacio obligado de las relacio­nes, se perfilaría, pues, gracias al videotelé­fono, un espacio escogido. A la inscripción espacial del lazo social se superpondría un tipo inédito de relaciones desterritorializadas, llevadas por flujos mediáticos casi inmateria­les. Una simple presión sobre un botón y el amigo querido, separado por centenares de kilómetros, aparecería... Grupos no territoria­les mantendrían así sus relaciones. La iden­tificación no se haría ya a partir de un espa­cio de referencia, sino de un pasado común, de unos mismos intereses o pasiones. La te­le o videoconvivencia reemplazaría al espa­cio social.

 

7. VIDEOGRABACIÓN

 

Uno puede preguntarse si la toma de con­ciencia de tales posibilidades no se traduci­rá en una programación de los diferentes me­dios de comunicación en función de la natu­raleza de los corresponsales, de lo que se tie­ne que decir y de lo que se espera de ello. Esta programación sería concomitante con un fenómeno de «objetivación», cada vez más preciso, de las relaciones, al traducirse por elecciones que quieren ser las apropiadas, con la finalidad de administrar mejor su tiem­po y con la esperanza, sin duda, de dominar­lo.

En efecto, el aspecto «trampa» del videote­léfono no hace más que reforzar la tenden­cia a no utilizarlo más que al nivel de la ac­tualización de lazos afectivos fuertes, ya es­tablecidos, en el seno de los cuales este as­pecto no es temido. Fuera de usos puramen­te instrumentales y funcionales, que se deri­van de la posibilidad de mostrar un objeto y, al mismo tiempo, de comentar la imagen, el videoteléfono no serviría más que para inter­cambios privados de connotación positiva. Al­gunos han dado este paso: «Una persona ha dado la consigna a sus amigos de no llamar­le más que por su videoteléfono. Ha hecho una selección: las buenas noticias, por el vi­deoteléfono, por lo menos en lo que se refie­re a los amigos, el resto por teléfono». El co­rreo revistiría un carácter oficial, sirviendo esencialmente para comunicar con las insti­tuciones y la administración. Sin duda algu­na, todo el mundo deplora la pérdida de los intercambios epistolares con sus amigos, pe­ro... nadie hace «el esfuerzo de escribir» (es en estos términos como el fenómeno está si­tuado) cuando es posible telefonear.

Se recurrirá al teléfono para gestionar asuntos ligados al mundo del trabajo, pero también para ocios y para conversaciones consideradas delicadas, íntimas o confiden­ciales. Es preciso señalar, a este respecto, que para nuestros informadores, y tipos de comunicación en donde el videoteléfono qui­ta más que aporta el uso del teléfono. Si se repasan los calificativos de las comunicacio­nes para los cuales el videoteléfono tendría un signo menos («fastidiosas», «dolorosas», «di­fíciles», «muy íntimas», «ficticias», «imagina­rias») uno se da cuenta de que su buena ges­tión implica en todos los casos una distancia entre los interlocutores. Distancia que justa­mente el teléfono introduce. En efecto, fuera del puro mensaje, de la entonación de la voz, de la percepción de la respiración, de los suspiros o de la risa, ninguna información se transmite cerca del estado del corresponsal telefónico. Hay que imaginarse a éste, figu­ra ausente que sólo el texto vuelve presen­te. En el videoteléfono, por el contrario, el in­terlocutor aparece: se le ve, está allí. Lo ima­ginario no está dirigido hacia la imagen ausente del otro, no hay ya distancia ficticia.

Pero esta elección de máquinas para comu­nicar indica otra, sin duda, más fundamen­tal: «Al ser más numerosas las relaciones se­rán necesario escoger»; «La abundancia de relaciones las convierten, a menudo, en más superficiales, hay menos profundidad en los sentimientos, ¿cómo saber?» La casi ubicui­dad, el hecho de entrar en contacto inmedia­to con otros lugares y otras formas, revela el carácter contingente y arbitrario de los pro­cesos de socialización. Esta elección y la autodeterminación de los actores sociales pa­recen, pues, dar vértigo a algunos de ellos. Lo que explica, quizá, su creencia casi míti­ca en la técnica para disipar este malestar.

 

Traducción: Milagros Sánchez Arnosi

 

 

NOTAS

 

(1) No se trata en ningún caso de conclusiones definitivas, sino de las primeras constataciones de una investigación financiada por France Telecom y dirigida con la colaboración de C. Mornet y M. Veunac en el seno de la U.A 911 de CNRS. El método empleado es el de una intervención sociológica (por el instante dos grupos de usuarios, compuesto cada uno de 12 personas, se han reunido durante ocho sesiones de dos horas), de conversaciones individuales y de monografías. El conjunto de las citas que aparecen en el texto están sacadas en la transcripción de las sesiones. Hay actualmente 1.250 matrimonios y 150 profesionales cableados. El texto se refiere, exclusivamente, a los usos domésticos.

(2) No hay por el momento mensajería videotelefónica. El prin­cipio sería el siguiente: llamada al número de la mensajería y elección de la función <grabación»» o «visión» (varios contestado­res, pero no grabadoras videotelefónicas funcionan ya en Bia­rritz). Grabación: usted envía su imagen (usted, un documento, fotos, un montaje, etcJ haciendo en algunos segundos aparecer el centro de interés. Visión: usted ve desfilar las imágenes que los otros han dejado. Si una de ellas le interesa, compone el có­digo que corresponda. El logical de la mensajería llama enton­ces al autor de la imagen‑mensaje retenida comunicándole su código o nombre. Si éste acepta, el logical le pone en contacto videotelefónico directo con él. Si una mensajería así apareciera un día, esto significaría nada menos que la aparición de un «lu­gar público. totalmente inédito, en donde la apariencia y la ima­gen, enteramente mediatizadas por la técnica, serían, desde el comienzo, el único vínculo social de los interlocutores.

(3) Cfr. Por ejemplo, D. Boullier: HVol au dessus d”une bande de citoyensn en Réseaux, n. ° 20, 1986; C. Baltz: «Messagerie Gre­tel: Images de personnel(s)», en Réseaux, n. ° 6, 1984; A. Bride: «La télécommunication téléconviviale»», en Réseaux, n. ° 2, 1983.

(4) La tecla‑control permite interrumpir la imagen del interlo­cutor para ver la que se le envía. Es también posible verse y evaluarse en la pantalla, antes de marcar el número de su co­rresponsal. Se puede, en fin, transferir la imagen de su interlo­cutor a la pantalla desde un aparato de televisión y dejar la pro­pia imagen en la pantalla del videoteléfono: en ese caso, se con­templa a sí mismo como comunica en tiempo real, a la vez actor y espectador de su propia prestación.

(5) Cfr. J. Habermas: Théorie de l’agir communicationne, 1987, tomo I, pp. 295‑96.

(6) Las llamadas profesionales, no abordadas aquí, se refieren esencialmente a este tipo de acción. Por ejemplo, cuando un tra­diólogo transmite en directo la ecografía de una paciente a su médico, que asiste, ocasionalmente, a un enfermo, o cuando un arquitecto comenta, vía videoteléfono, un plan con un empresa­rio encargado de su ejecución.

(7) «La quatriéme dimension, vivez tout 1”espace en méme temps»»: título de un anuncio de France Télecom poniendo en es­cena el don de la ubicuidad. Se puede leer «La cuarta dimen­sión es una nueva visión del mundo. Usted está aquí y allí. Usted está más cerca de todo, más próximo a todos. Simultáneamen­te. Usted vive todo espacio al mismo tiempo (...)H.