Medios de masas y elecciones

Un experimento brasileño

 

R. A. Amaral Vieira / César Guimarâes

 

La reciente historia de las relaciones entre politica y televisión en Brasil agigantó la teoría so­bre la influencia todopoderosa del medio y de su papel en la construcción de la realidad. Pero los movimientos sociales parecen imponerse cada vez más a los propios medios de comunica­ción.

 

“Un coup de des jamais n’ abolira le hasard

 

Mallarmé

 

 

Brasil vivirá en breve dos expe­riencias históricas de la mayor importancia: a) la celebración, en noviembre próximo, de las elecciones presidenciales por voto directo y universal (1); y IB b) el hecho de que esas elec­ciones tendrán lugar bajo el esperado e inédi­to imperio de los medios de comunicación de masa, con la televisión en primer plano. Am­bos son fenómenos atípicos en la sociedad brasileña.

El hecho sustantivo que determina la atipici­dad de las elecciones es su realización misma. En Brasil, no obstante sus cien años de historia republicana, las elecciones presidenciales no han conseguido convertirse en un hecho consa­grado por la vida política, siendo conocida su crónica inestabilidad institucional. Las eleccio­nes han sido eventuales y dispersas. De hecho, la última elección para la que la república bra­sileña convocó a su electorado fue la de 1960. Evidentemente que tras veintinueve años el país es otro, lo que quiere decir que las nuevas elecciones no pueden ser comparadas con nin­gún antecedente de carácter nacional. La se­gunda atipicidad proviene de la participación, y la influencia de los medios de comunicación de masa, en especial los electrónicos, en un país en el cual la televisión desempeña un papel que, por su poder de influencia e inserción social, tal vez sea también atípico, con lo que queremos decir que no conocemos otro modelo que le pueda servir de referencia.

En 1960, cuando el país eligió por última vez un presidente de la república, votaron poco menos de doce millones de personas, la quinta parte de la población. En la esperada confron­tación del 15 de Noviembre próximo, votarán ochenta millones de brasileños, casi el sesenta por ciento de la población y, por vez primera, participarán los jóvenes menores de dieciocho años y mayores de dieciséis y los analfabetos, grupo que se estima en el 26 por ciento de la población de diez o más años (Censo de 1980).

Brasil ha sufrido una transformación social ra­dical. La comparación de los censos de 1960 y 1980 (el último disponible) destacan la magnitud de los cambios. La población urbana, que en 1960 era apenas el 30 por ciento del total, al­canza, veinte años después, al 67 por ciento. En el mismo período la población económicamente activa creció el 93 por ciento, pero la del sector secundario creció el 263 por ciento y la del ter­ciario el 167 por ciento (2). El país se volvió ur­bano e industrial y por lo tanto macho más sen­sible a los estímulos de la televisión, que ahora actúa en condiciones de mayor homogeneidad cultural y de mucha mayor sensibilidad ante las diferencias profundas y las contradicciones que caracterizan a la estructura social brasileña.

En 1960 la televisión aún no había substituido a la radio y, en un país predominantemente ru­ral, llegaba tan sólo a sus ocho ciudades princi­pales (3).

Ahora, el 94 por ciento de los brasileños ve regularmente televisión (4), que llega no sólo a las aglomeraciones urbanas donde habita la gran mayoría de la población, sino también a las áreas rurales, inclusive a la Amazonia, en un país que cuenta con un sofisticado sistema de satélites internacionales y nacionales y subsiste­mas de tropodifusión y microondas.

Los medios electrónicos ya participaron del proceso político electoral brasileño en las elec­ciones regionales, siendo responsables de la modificación del diseño de las campañas. Los contactos cara a cara y las largas peregrinacio­nes por un país de ocho millones y medio de kilómetros cuadrados, fueron substituidos par­cial pero significativamente. La imagen del lí­der político llega al electorado a través de las redes nacionales y, de forma no menos impor­tante, por las repetidoras locales y regionales, en la medida en que los tradicionales mítines fueron convertidos en showmicios (*), animados por artistas destacados y montados de modo de que pudieran ser transmitidos por medios elec­trónicos.

Por disposición legal, los partidos tienen ac­ceso gratuito a la radio y la televisión mediante dos programas anuales de una hora de dura­ción cada uno. Además pueden participar de la Gura Eleitoral, que ocupa dos horas diarias du­rante los sesenta días previos a las elecciones, en la que cada partido dispone de un tiempo proporcional al tamaño de su representación en la cámara de diputados. Dada la gran cantidad de partidos (5) y la distinta dimensión de su re­presentación, las diferencias de participación son notables, con lo cual cada elección está condicionada por los resultados de la anterior.

La constitución federal, aprobada en 1988, va a ser reglamentada en muchas de sus disposi­ciones, entre ellas las que se refieren a la vida partidaria y a las próximas elecciones. En rela­ción con éstas el congreso reglamentó el acce­so de los partidos y de los candidatos a los ho­rarios gratuitos de radio y televisión. La partici­pación variará de treinta segundos diarios a dieciséis y veintidós minutos, tiempo de que dispondrán los partidos con mayor representa­ción en el congreso.

En consecuencia, en 1989 como en 1988, en 1986 y en 1985, los principales partidos de cen­tro (PMDB) y derecha (PFL) tendrán el control absoluto del horario gratuito en los medios de comunicación (radio y televisión) en los 60 días que anteceden a la primera vuelta de las elec­ciones presidenciales.

 

LA TELEVISIÓN COMO ESPACIO ELECTORAL

 

No hay duda, por lo tanto, como lo pone de manifiesto el interés que expresan los políticos, que los medios electrónicos tendrán un papel destacado en el proceso electoral. El que so­bresale de entre ellos por su difusión, a la que ya hemos aludido, y por otras razones que ana­lizaremos después, es la televisión. Lo que nos remite a la controversia tradicional que domina las especulaciones de los que analizan los efec­tos que produce este medio. ¿Es la televisión un mero apoyo de tendencias políticas previamen­te resueltas en la esfera de la competencia per­suasiva de las relaciones interpersonales, de los contactos primarios y de las múltiples formas de participación política? o, por el contrario, ¿el es­pacio electoral es el espacio de la televisión que propiciaría un acceso político inédito de los candidatos presidenciales al electorado, sin las mediaciones tradicionales?

La controversia es antigua y ha sido alimenta­da por las recientes elecciones locales y regio­nales que han suministrado, como en otros con­textos, argumentos y evidencias a favor de am­bas posiciones, lo que demuestra el breve estu­dio de algunos casos.

En las elecciones nacionales de 1974 para el senado federal y la cámara de diputados, el ré­gimen autoritario (1964‑1985), que se considera­ba suficientemente fuerte, propició por vez primera el acceso a la televisión de los dos parti­dos autorizados: ARENA (Alianga Renovadora Nacional) del gobierno y el MDB (Movimiento Democrático Brasileiro) de la oposición. El pri­mero tenía amplia mayoría en ambas cámaras y el control de todos los gobiernos y asambleas estatales. En las elecciones anteriores (1970), el electorado opositor había preferido, antes que al partido de oposición, expresar su protesta a través del voto nulo o en blanco, que en su con­junto sumó cerca del 55 por ciento del total de los sufragios. En consecuencia, el partido de oposición encontró dificultades incluso para completar sus listas de candidatos, aun en las principales para la elección de senadores. Así ocurrió en el antiguo estado de Río de Janeiro (al que aún no se había incorporado la ciudad del mismo nombre), donde el favorito para la elección del puesto al senado en disputa era el entonces presidente de esa cámara, el senador Paulo Torres, viejo político local, militar retirado con amplias conexiones con la dictadura y con base electoral rural, donde el caciquismo tradi­cional le daba la seguridad de una contienda electoral sin sobresaltos. El MDB, que hasta ese momento no había conseguido un candidato, terminó apelando, en las vísperas de la contien­da, al concurso de un técnico que se había ale­jado de la lucha electoral hacía más de diez años, el ingeniero Roberto Saturnino Braga. Era el momento de rendir su cuota de sacrificio al partido, enfrentando a un candidato cuya elec­ción se daba por descontada.

Saturnino no pudo hacer una campaña con­vencional. No disponía de recursos financieros y el clima de generalizado y justificado temor político no le permitía movilizar a la militancia del partido. Le quedó, por decir así, la televi­sión y poquísimo tiempo de campaña. Ganó gracias a unas pocas apariciones.

El “efecto Saturnino” sirvió de fuerte eviden­cia para los defensores de la elaborada tesis del papel de la televisión como manipuladora de la opinión pública. En este caso hay que co­rregir la observación anterior: a Saturnino no le quedó la televisión, le bastó con ella.

Sin embargo, un efecto similar aunque no de la misma magnitud se observó en esas eleccio­nes en los principales estados del país. El elec­torado opositor habría pasado a expresarse a través del voto partidario en lugar de por el simple voto de protesta, tendencia que, signifi­cativamente, se confirmaría en las contiendas posteriores. Lo que, en manos de los otros ana­listas, sirvió para descalificar el “efecto Saturnino” a favor de una explicación basada en los cambios de comportamiento del electorado.

No obstante, el que llamamos “efecto Saturni­no” debe de haber ganado adeptos dentro del gobierno autoritario, al punto de que éste tomó el cuidado de alterar las reglas de juego en las elecciones que siguieron, en 1978, eliminando del tiempo de emisión electoral el discurso li­bre de los candidatos y substituyéndolo por la simple aparición de su imagen congelada, se­guida de informaciones burocráticas sobre el candidato y sus promesas. Lo que sin embargo no impidió el voto creciente por el partido de la oposición, que se había iniciado en 1974, au­mentado en 1978 y más aún en 1982.

Independientemente de las aporías a que dio lugar esa tradicional y apresurada bipolariza­ción teórica, el hecho es que los partidos, con sentido práctico, incorporaron a su día a día electoral y programático el uso adecuado del medio que acababan de descubrir.

Las elecciones de 1982 ‑las primeras para gobernadores de estados en veinte años‑ se­ñalan la adopción de los grandes debates tele­visados entre candidatos.

En aquel año el país ya vivía con un sistema multipartidario ‑aunque todavía estaban prohi­bidos los partidos comunistas‑ y bajo el im­pacto de la amnistía parcial (1979) concedida a los perseguidos por los gobiernos militares. Por esa razón pudo ser candidato al gobierno del nuevo estado de Río de Janeiro (que ahora in­cluía la ciudad del mismo nombre) Leonel Bri­zola, que había logrado organizar su Partido Democrático Trabalhista (PDT). Era un nuevo y pequeño partido que se oponía al gobierno fe­deral y al gobierno del estado, controlado por el partido que había sucedido al MDB, el Parti­do do Movimiento Democrático Brasileiro (PMDB). Las primeras encuestas asignaban no más del 4 por ciento de las preferencias para Brizola, centrando la disputa entre otros dos candidatos: la candidata de filiación derechista que se preparaba a obtener el apoyo del go­bierno federal y que entonces lideraba amplia­mente las encuestas, y el candidato del PMDB, a quien se consideraba favorito en virtud del ya demostrado poderío de la maquinaria política local.

A los debates televisados se atribuye la mo­dificación de las encuestas posteriores y del re­sultado final.

Recordando el “efecto Saturnino”, Brizola, que tenía escaso acceso a los recursos políticos par­tidarios tradicionales, demostró un extraordinario dominio de la televisión, particularmente de los debates, numerosos para esa elección. Los sondeos comenzaron a registrar no sólo sus avances sino la inminente derrota de los dos fa­voritos. Personaje controvertido, con baja acep­tación en los círculos militares, el “fenómeno” Brizola despertó preocupaciones (y teorizacio­nes) y llevó al gobierno federal a respaldar otra alternativa electoral, la del joven ex‑opositor, que había estado afectado por el artículo de suspensión de los derechos cívicos, Wellington Moreira Franco, que también partía de un um­bral bajo en las encuestas electorales (el cuarto y último lugar). Terminada la campaña y reali­zada la elección, los resultados arrojaron un apretado triunfo de Brizola sobre Moreira Fran­co. Y no queda la menor duda ‑finalmente hay consenso entre los analistas‑ de que fueron los debates finales en la televisión los que llevaron a la sustitución de la dupla inicial de antagonis­tas por la polarización entre los dos últimos. La reputación de estrella de la televisión que con­quistó Brizola creó en torno a él un aura de po­lemista imbatible, su principal triunfo para las elecciones presidenciales de 1989, en las cua­les es candidato.

El “efecto Brizola” puso en dificultades a aquellos que trataron de explicar su victoria como la simple resultante de la tradicional ten­dencia del electorado del estado de Río de Ja­neiro a polarizarse entre la izquierda y la dere­cha, como en todas las elecciones anteriores. Pero, por cierto, ese argumento debe ser teni­do en cuenta como lo fue para construir el “efecto Saturnino”. Lo cierto es que el “efecto Brizola” conquistó adeptos en la televisión brasi­leña que cuidó mejor, en las elecciones siguien­tes, la organización de los debates, con vistas, tal vez, a dificultar el camino de candidatos que no eran de su agrado, como era el caso, en aquel entonces, del líder del PDT. Pero tam­bién es verdad que las sucesivas apariciones de Brizola, ya como gobernador, durante los cuatro años de su mandato, no bastaron para que lograra hacer triunfar como sucesor a su candidato, lo que, con la polarización tradicio­nal, consiguió la derecha a través de la persona de Moreira Franco, también de elogiada actua­ción televisiva.

 

LA DINÁMICA TELEVISIVA

 

Una vez más, sin embargo, es necesario po­ner de manifiesto que no estamos ante conclusiones absolutas. Si los debates han llegado a tener una importancia decisiva eso no quiere decir que no se pueda pasar sin ellos. En San Pablo, en las elecciones municipales de 1985, el ex presidente Jánio Quadros, candidato a la al­caldía de la ciudad más grande del país, se negó a comparecer a ningún debate, excentri­cidad política a la que vinculó su hostilidad a la prensa y su denuncia de los institutos verifica­dores de opinión a los que acusó de manipula­dores. Dejaba todo el espacio del debate al candidato del hasta entonces imbatible PMDB, el senador Fernando Henrique Cardoso, un ex­ponente de la intelectualidad brasileña y políti­co de excelente presencia en la televisión.

Ausente de los debates, el antiguo presidente supo estar presente en los medios electrónicos, generando información sobre su propia excentri­cidad, en una palabra, convirtiéndose en noti­cia. La ventaja del senador ilustre duró tan sólo hasta la apertura de las urnas. Jánio Quadros ganó las elecciones gracias al voto de la perife­ria paulista.

De una forma o de otra, la televisión, en Bra­sil, pasó a ser un elemento crucial de las deci­siones partidiarias, influyendo no sólo en la es­trategia de la campaña sino incluso en la selec­ción de candidatos. El dominio del “nuevo” me­dio se convirtió en uno de los factores de la elección de candidaturas, con frecuencia a cos­ta de la experiencia política, cuando no de la representatividad. Al mismo tiempo, a conse­cuencia de esto, los partidos, con diferentes es­tructuras, tamaños, recursos y programas, pasa­ron a tener, también ellos, una relación con los medios y un uso de los mismos diferente.

Así fue cómo un partido recién legalizado, el Partido Comunista do Brasil (PC do B), utilizó en las elecciones parlamentarias de 1986 una es­trategia que se revelaría apropiada para sus pequeñas dimensiones y expectativas. En lugar de presentar una lista amplia y completa de candidatos a los cargos de diputados federales y estatales, como era su derecho, este partido, cuya dirección está muy centralizada, se limitó a presentar un candidato para cada uno de esos cargos. De ese modo, ya que disponía de po­quísimo tiempo en la Guia Eleitoral, evitó la dis­persión del mensaje debida al elevado número de candidatos, lo que le posibilitó concentrar no sólo sus votos sino todo el tiempo disponible en la televisión en sus dos candidatos que, dis­putando representaciones que se distribuían en forma proporcional, recibieron un tratamiento igual que si hubiesen sido candidatos mayoritarios. Ese pequeño partido actuó en coalición con el PMDB y los resultados que obtuvo no po­drían haber sido mejores. El candidato Edmil­son Valentim, obrero, negro, afectado por el ar­tículo de suspensión de derechos y comunista ortodoxo, obtuvo excelente resultado siendo elegido con facilidad. Jandira Fagalli, médica, de excelente presencia en la pantalla, también afectada por el artículo y no menos ortodoxa, no sólo fue elegida sino que fue la más votada de la coalición partidaria que la presentó. Por si eso fuese poco, su partido trasmitió su mensaje programático sin concesiones.

Otros partidos pequeños e ideológicos que no adoptaron esa estrategia y prefirieron pre­sentar el mismo número de candidatos que los grandes partidos, no obstante disponer de un tiempo extremadamente menor que éstos, vie­ron frustradas sus pretensiones de que al me­nos uno de sus candidatos fuera elegido. En cierta manera fue como si no hubiesen com­prendido el papel de la televisión, prefiriendo la suma de votos obtenidos tradicionalmente por muchos candidatos a la suma de tiempo en pocos candidatos que, dadas las circunstancias, requería la televisión. Es el caso de otro partido comunista, el PCB, en San Pablo y Río de Janei­ro, y del Partido Socialista Brasileiro (PSB), en Río de Janeiro.

Resta saber si se puede repetir esa estrate­gia después de conocidos sus efectos. Es im­probable que otros partidos, grandes o no, es­tén dispuestos a formar coaliciones como aqué­lla, dado que en una elección proporcional sólo estarían contribuyendo a aumentar los votos de un candidato único en lista múltiple. Por otra parte, la estrategia exige que quien la usa cuente con una extremada centralización deci­soria en su interior, lo que es cada vez menos frecuente, incluso en partidos ideológicos de iz­quierda.

Si es incuestionable el poder de los medios de comunicación de masa, si es indiscutible la capacidad manipuladora de la televisión, inclu­so interviniendo en los hechos (6), no nos parece menos incuestionable que ese poder, lejos de ser absoluto, está condicionado por la propia realidad en la que intenta intervenir.

Como ya se ha dicho, la llamada Guia Electo­ral, horario gratuito de radio y televisión de que disponen los partidos en las elecciones, se distri­buye de modo de privilegiar siempre al partido de mayor representación en la cámara de dipu­tados. Siendo así, el PMDB disponía del mayor espacio en ocasión de la campaña de las elecciones parlamentarias y de gobernadores de estados que tuvieron lugar en 1986 y, a conse­cuencia de los resultados que obtuvo en ellas, pasó a disponer de más tiempo todavía en las elecciones municipales de 1988 (más de treinta minutos en un programa de una hora), propor­ción que, por otra parte, mantiene la nueva le­gislación que regula las elecciones presidencia­les de 1989, como ya hemos visto.

En aquellas elecciones de 1986 el PMDB lo­gró obtener casi todos los gobernadores de es­tado y la mayoría absoluta de la cámara de di­putados y del senado federal. En las elecciones de 1988 fue derrotado en prácticamente todas las capitales de estado y en innumerables ciu­dades del interior del país. Entre una y otra confrontación, el tiempo de que el PMDB dispu­so en “a televisión creció, en tanto que otras re­laciones de poder intra y extragubernamentales se mantuvieron inalteradas. Diferente fue la rea­lidad de las relaciones del PMDB con su electo­rado.

Las elecciones de 1986 se desarrollaron bajo el signo del Plan Cruzado, programa de estabi­lización monetaria elaborado por técnicos del PMDB y puesto en práctica por un ministro de hacienda vinculado a ese partido. El plan invo­lucraba una congelación de precios, y peque­ños pero importantes aumentos del salario real, además de indicios de una moratoria de la deu­da externa. Logró una notable popularidad que se reflejó en los índices de aceptación del go­bierno que llegaron prácticamente al 100 por ciento. Lo que no fue casual. Durante sus meses de éxito, pocos más de los necesarios para cu­brir el proceso electoral, las capas más pobres de la población tuvieron acceso a un nivel de consumo como nunca antes habían alcanzado y sólo reducido desde entonces. La televisión fue ampliamente movilizada en la divulgación del plan, tras haber sido consultados y cooptados previamente los dirigentes máximos de las principales redes. La campaña tuvo algunas ca­racterísticas de movilización popular, en la me­dida en que se convocó a la población a coope­rar activamente con el gobierno en el control de los precios. Es ocioso señalar la relación nada sutil entre esa movilización y la campaña electoral.

Un mes después de las elecciones, que ganó el PMDB, pero habiendo ya fracasado el Plan Cruzado, no fue difícil para los analistas llegar a una unanimidad de opiniones. Con la misma in­tensidad de la movilización popular anterior se produjo como efecto bumerán un clima de insatisfacción, revuelta, desesperanza y repudio del gobierno indicado por los sondeos de opinión. El gobierno frustró las altas expectativas que había creado y la población, burlada, le cobró la factura en las elecciones de 1988. No era difí­cil que así ocurriera, porque por entonces la in­flación había llegado al mil por ciento, los sala­rios reales se habían reducido y los indicadores de la recesión se habían vuelto más visibles.

Para otros analistas, el tiempo de que dispuso el PMDB en las elecciones de 1986 fue una enorme ventaja comparativa, el de 1988 un ex­ceso de exposición. Como es bien sabido no basta con tener tiempo, hace falta un buen pro­ducto.

Por una cosa o por otra, el PMDB, perdido en la dificultad de entender los desplazamientos desconcertantes de su electorado, incapaz de solucionar sus divergencias internas que agudi­zó la crisis, dejó de realizar desde entonces los dos programas anuales de televisión a que, tie­ne derecho, para sorpresa de los demás parti­dos, grandes y pequeños, que tanto luchan por ellos y tanto los cuidan.

 

LA IMPORTANCIA DE LA RED GLOBO

 

En el caso de las elecciones presidenciales de 1989 Brasil tiene 235 canales de televisión, distribuidos en un sistema integrado en cuatro redes nacionales (7), con una producción de so­nido e imagen desde sus sedes (Río de Janeiro y San Pablo) y con una insignificante produc­ción local. Una de esas redes ostenta cerca del 75 por ciento de la audiencia media. Es fácil ha­cer su presentación:

Se trata de la cuarta red mundial y controla un mínimo de 43 canales. Su principal noticiario nocturno, el jornal Nacional, tiene una de las mayores audiencias del mundo, cerca de 50 mi­llones de telespectadores. Cubre, simultánea­mente, 3.050 de los 4.000 municipios brasileños que cuentan con aparatos de televisión, el equi­valente a un universo potencial de 80 millones de telespectadores (datos de 1982). Produce cerca del 90 por ciento de su programación diaria, es el tercer exportador mundial y explo­ta canales en el exterior. Sus telenovelas, el principal de sus productos exportados, son vis­tas en decenas de países (9). En Brasil alcanzan records de audiencia. Roque Santeiro, por ejemplo, alcanzó al 80 por ciento de los apara­tos conectados, lo que correspondió, en octubre de 1985, a 60 millones de telespectadores. En diciembre 85 ‑ enero 86 alcanzaría al 100 por ciento.

La simple mención de esas audiencias nos remite a otra especificidad del “caso” brasileño: la presencia atípica de la televisión en la vida cotidiana. La elevada exposición a ese medio contrasta con el bajo nivel de información y las tasas acentuadamente bajas de escolarización, de las que el índice de analfabetismo no es más que un indicador parcial. En Brasil son pocos los que leen, y los que leen, leen poco. Con los millones de telespectadores de la Red Globo contrastan, por ejemplo, los lectores de O Glo­bo, el diario de la red. Tiene una de las mayo­res tiradas del país y no sobrepasa los 250 mil ejemplares diarios.

La sociedad brasileña es, en consecuencia, un refinado modelo de agrafismo, caracterizado por el analfabetismo, sobre el cual se superpo­ne una cultura moderno‑mecánica fundada en la imagen y el sonido, en la trasmisión rápida, dependiente de la percepción inmediata, que no siempre son posibles si el telespectador ca­rece de informaciones para procesarlas, como, por otra parte, es en el caso que nos ocupa. Con un punto de vista uniformado, en Brasil existe una sociedad de masas urbana, analfabe­ta y extremadamente pobre, en la cual la des­trucción de las solidaridades tradicionales no tiene el contrapeso de la mejoría de las condi­ciones culturales. La sociedad de masa es, por definición, un orden de individuos aislados. En Brasil es de individuos aislados, incultos, que reciben informaciones ya procesadas, y conse­cuentemente en forma acrítica, a través de un medio explotado privadamente de forma oligo­polística. Roque Santeiro, por ejemplo, no fue sólo una telenovela, fue un compendio de men­sajes políticos, culturales, de consumo, el tema de las conversaciones del día siguiente. Por lo tanto la televisión brasileña, más que en cual­quier otro país, ejerce con eficiencia iniguala­ble el papel de formador de opinión.

Con tantas atipicidades la. televisión brasileña tiene, sin embargo, una más, la falta de neutrali­dad o imparcialidad, de la cual la falta de con­troversia en sus noticiarios es sólo un aspecto. La televisión brasileña tiene partido: el conser­vadurismo.

Por todo lo que se ha demostrado hasta aquí importancia que dan a la Red Globo de televi­sión todos los análisis de la vida brasileña, im­portancia creciente que se demuestra por la significación del horario gratuito de que disponen los partidos brasileños y que utilizan los candidatos en los sesenta días del período de campaña electoral. Es el único momento en que se proyecta de manera aproximada el gran es­pectro político de la sociedad, el momento en que, salvadas las distorsiones de tiempo y ex­posición ya referidas; los partidos políticos, au­sentes en el noticiario o presentes de modo dis­torsionado, tienen una presencia en la pantalla, la única que está bajo su control.

En tiempo de elecciones, aparte del noticia­rio y del horario electoral, distribuido de forma desigual, están los debates controlados por los intereses de las redes, que atienden a la lógica de la audiencia o a la de su propia actitud polí­tica que puede llevarlas, incluso, a la no difu­sión de los debates.

Por todo lo que se ha demostrado hasta aquí resulta que el verdadero debate es el que la Red Globo promueve. O no difunde.

Por ejemplo, en las referidas elecciones mu­nicipales de 1988, en la campaña para la alcal­día de la ciudad de Río de Janeiro, como la Red Globo de Televisión no estaba muy segura del candidato de su preferencia, programó el pri­mero de una serie de debates, destinados a acabar con los candidatos que no eran de su agrado, para el tardío horario de la una de la madrugada del domingo para el lunes. Como temía, a su candidato in petto le fue muy mal en el debate, siendo derrotado por aquellos que a la Red menos le habría gustado ver en el go­bierno. A1 día siguiente, el diario de la Red, el matutino O Globo, descalificaría en largos análi­sis su propio programa, en un esfuerzo por anular la repercusión de los índices de desa­probación alcanzados por su candidato. Por razones obvias no hubo otros debates tras el “desastre” (10).

El resto queda por cuenta del noticiario, de los programas específicamente políticos y de la programación general, en la cual se incluyen experimentos políticos como la ya referida tele­novela Roque Santeiro y la actual O salvador da Patria, que como la anterior es un éxito de au­diencia de la Red Globo. La coincidencia de los temas de ficción política con los años electora­les no tiene nada de casual, sino que forma par­te del esfuerzo de la Red para intervenir en la construcción de la realidad. No se trata sólo de tener preferencias por determinadas candidatu­ras sino de definir un cambio legítimo para los asuntos de naturaleza política. En esto la televi­sión actúa de acuerdo con la mejor teoría, ya que si está en discusión su poder de establecer preferencias concretas, lo está mucho menos su capacidad de señalar preferencias posibles. Al menos le cabe fijar el marco dentro del cual se circunscribirá una elección que es muy poco li­bre.

 

TV Y CONSTRUCCIÓN DE LA REALIDAD

 

Una vez dicho lo cual creemos posible reto­mar la discusión que fascina a nuestros mejores teóricos, o sea la que busca identificar cuál es el papel de los medios de comunicación, en es­pecial la televisión, en la construcción de la realidad. La experiencia brasileña ha contribui­do ampliamente a favorecer la tesis de que la televisión es una máquina monolítica capaz de interpelar inapelablemente a los que le están sometidos. La historia de la Red Globo de tele­visión, su puesta en marcha par¡ passu con la consolidación del régimen militar (1964‑1984), otorgaba a esa tesis el carácter de demostrada y justifica la amplia difusión que tuvo en la lite­ratura brasileña y en la investigación universita­ria, tema que por sí solo requiere que se le de­dique otro trabajo. No obstante la sanción histó­rica, esa lectura parece haber sido conformada por la observación de la sociedad sólo desde el punto de vista del medio. Después de los go­biernos militares Brasil se tomó la venganza. En un caso por lo menos impuso a la televisión 1a crónica de la campaña de calle por la redemo­cratización, que inicialmente ella se había nega­do a transmitir. Es el caso de la campaña de 1984 por elecciones directas a presidente de la república, analizada en otra ocasión (11).

Más importante todavía, el fortalecimiento y la actuación de los movimientos social y sindical y los resultados de las elecciones recientes, apuntan a una diferenciación creciente y a una conciencia política que las condiciones cultura­les del país no han podido obstaculizar. La preocupación conservadora acerca de la posi­ble victoria de un candidato de izquierda en las elecciones de 1989 va en aumento y, dadas las condiciones, es fundada.

Eso, por cierto, influirá en el comportamiento de los medios de comunicación de masa, y en especial de la televisión y de la Red Globo, en la tentativa de decidir a favor de su partido ‑el conservador‑ la contienda del 15 de noviem­bre.

 

Traducción: Jorge A. Andrade

 

 

 

 

 

 

 

 

 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

(1) De acuerdo con la nueva constitución, las elecciones presi­denciales brasileñas se realzarán en dos vueltas si ninguno de los candidatos obtuviere mayoría absoluta en la primera (15 de noviem­bre). En ese caso, la segunda vuelta tendrá lugar treinta días des­pués de la primera y a ella concurrirán sólo los dos candidatos más votados

 

(2) Cf. Santos, Wanderley Guilherme, CRIme e castigo Partidos e generais na política Brasilera Vértice/IUPERJ. Sao Paulo. 1987,

 

(3) A saber, San Pablo, Río de Janeiro, Belo Horizonte, Porto Ale­gre, Salvador, Recife, Fortaleza, Curitiba.

 

(4) Cf. Vela, 29 de marzo de 1989, página 37

 

(5) El esquema de partidos brasileños es el siguiente, 20 partidos con registro provisional y 10 con registro definitivo. De ellos 16 están representados en el congreso nacional

 

(6) Cf AmaraL Vieira, R,A “A contradiçáo público versus privado e a construçáo da realidade pelos meros de comunicaçáo de massá” en Comunicaçáo & política 2 (l‑2), 53‑62, marzo‑enero 1984.

 

(7) Rede Globo de Televisáo, Rede Bandeirantes, Rede Manche­te, Sistema Brasileiro de Televisáo‑SBT. A esas cuatro redes se suma  el sistema de redes públicas (televisiones educativas o universitarias y la Radobrás que opera la Tevé Nacional, de Brasilia, estatal y co­mercial) y algunos pocos canales independientes.

(8) La audiencia media se distribuye así; Red Globo 75 por ciento, SBT 7 por ciento, Red Bandeirantes 5 por ciento y Red Manchete 4 por ciento. La red pública se conforma con un modesto 2 por ciento. El resto corresponde a los canales independientes.

(9) Al respecto ver LASAGNI, Cristiana. RICHERI, Giuseppe. L’alto mondo quotidiano. ERI Ediziom Rai. Torno. 1986.

(10) Para otros análisis de las relaciones de la Red Globo con la política brasileña reciente, cf. LIMA, Venicio A„ “The state, televi­sion and political power in Brazil , apud Critical Studres in Mass Communication, 108‑128, ver también GUIMARAES, César y AMA­RAL VIEIRA, R. A., A televisáo brasileira na transiçáo (un caso de conversao rápida á nova ordem)” en Comunicaçáo & Política, este artículo se puede encontrar en su versión inglesa, Brazilian televi­sion a rapid conversion to the new order” en FOX, Elizabeth (edj, Media and politics in Lahn America, London, Sage Publications, 1989.

(11) Guimaráes, César, Amaral Vieira, R A., ídem.

 

(*) De la palabra inglesa “show” = espectáculo y la palabra portuguesa “comicio” = mitin (NT).