Los medios de comunicación y la pérdida del proyecto cultural del Estado Mexicano

 

JAVIER ESTEINOU MADRID

 

Tradicionalmente la reflexión y el di­seño de las políticas culturales en México se ha caracterizado por considerar las problemáticas referencias al campo edu­cativo, museográfico, arqueológico, etno­gráfico, operístico, dancístico, musical, li­terario, etc., pero sistemáticamente ha marginado la inclusión de los medios de comunicación en dicha área. Esta grandí­sima omisión, por una parte, ha reflejado la existencia de una lengua esencial del sector pensante del país, y por otra, ha provocado una enorme contradicción en­tre lo que se siembra mentalmente por la mañana y lo que se destruye cognitiva y afectivamente por la tarde y noche.

Así, en primer término, al dibujar el sector intelectual del país las políticas culturales sin la incorporación de los me­dios de comunicación modernos, lo que pinta es sólo la sombra del problema y no la esencia de la realidad que vivimos en la sociedad mexicana de 1989. Es decir, al no considerar la presencia de los cana­les de información en esta reflexión y ac­ción, lo que se aborda es la realidad cul­tural del México del siglo XIX, donde no existía la comunicación de masas, y no la de finales del siglo XX, que es la que hoy vivimos, pues si algo ha cambiado tajante­mente la realidad ideológica del país después de la Conquista Española, la ac­ción de la Iglesia y la intervención del Aparato Educativo en nuestra sociedad es la presencia de los medios electrónicos de información. Es más, podemos decir que existe con toda claridad una mentali­dad, una sensibilidad y una imaginación nacional antes y después de la aparición de los medios de comunicación, particu­larmente de la radio y la TV.

En segundo término, al pasar por alto la existencia de esta realidad elemental, se ha permitido flagrantemente que la sensi­bilidad que el Estado Mexicano con mu­chísimos esfuerzos, a través de la Secreta­ría de Educación Pública, la Red Nacional de Bibliotecas, el Sistema Global de Mu­seos, el Programa Cultural de las Fronte­ras, la cobertura del Instituto Nacional de Bellas Artes, los circuitos de muestras teatrales, las casas de la cultura, el con­junto de zonas arqueológicas, la acción del libro de Texto Gratuito, etc., siembra por la mañana en las conciencias de los niños, jóvenes y adultos, sea borrada en el atardecer a través de los avanzados ca­nales de comunicación, particularmente, de la televisión. Es decir, lo que nace y se construye por la mañana, se destruye y entierra por la noche.

Con ello, el sector “intelectual crítico” del campo cultural, paradójicamente, ha ignorado que la emergencia de los me­dios de comunicación dentro de la esfera ideológica de la sociedad mexicana, no sólo representa la radical transformación del interior de la estructura de nuestra sociedad civil, sino que el fenómeno más relevante que se ha producido, es la creación de una nueva dimensión ideoló­gica del Estado nacional, vía la moderna extensión cultural de éste a través de los aparatos de información. Es decir, con la presencia de los medios de comunica­ción, y en particular de la televisión, el Estado Mexicano ha sufrido una gran mu­tación al interior de su esqueleto cultural, pues las tareas de construcción, dirección y cohesión ideológica que realiza éste han entrado en una fase de extensión geométrica que ha dado origen a una nueva faceta del poder nacional: la exis­tencia del Estado Ampliado Mexicano.

La especificidad de este flamante Esta­do Ampliado en nuestra República se ca­racteriza porque a través de los apoyos tecnológicos que le brindan los canales de información, ha conquistado una nueva capacidad orgánica para realizar de ma­nera más competente las funciones cultu­rales que debe ejecutar como instancia rectora de la sociedad. Por ello, el naci­miento y la expansión de esta nueva zona del Estado Ampliado Mexicano se en­cuentran en íntima correspondencia con la evolución y organización que adopta cada nuevo sistema y proceso de comuni­cación que aparece en nuestro territorio.

La presencia de este moderno Estado Ampliado ha producido en los últimos se­tenta años un silencioso cambio drástico en la correlación de fuerzas culturales que delinean el proyecto ideológico del país, pues ha posibilitado la rápida y fuer­te acción de nuevos grupos en la esfera cultural: el sector privado y el sector transnacional. Así, las fracciones monopó­licas privadas supranacionales, en el me­nor tiempo ocupado en toda la historia de México para propiciar un cambio mental, han construido e internalizado en la po­blación otro proyecto cultural de socie­dad diferente al que durante décadas ha planteado el tradicional Estado nacional.

De esta forma, la capacidad de educa­ción y de dirección ideológica de la so­ciedad que ganó el Estado mexicano a través de las armas en la Revolución de 1910, hoy la ha perdido aceleradamente por la falta de aplicación de un control cultural sobre los medios electrónicos de comunicación. Esto es, el espíritu, la uto­pía y la visión del hombre nuevo que creó el movimiento insurgente de princi­pios de siglo, se perdió rápidamente por la institucionalización que el Partido Revo­lucionario Institucional (PRI) hizo de éste y porque el proceso de industrialización que surgió en el país desde 1920, creó, primero a través de la radio y después de la TV, una nueva esperanza que se deno­minó “consumo” y que con el tiempo se convirtió en la moderna religión que hoy vivimos compulsivamente.

Esto significa que, sin que el aparato escolar del país haya anulado su acción, la principal fuerza educativa que guía a nuestra sociedad ha sido desplazada del tradicional sistema educativo a la red de los medios de comunicación de masas.

Por ello, hoy día, la verdadera dirección ideológica de nuestra sociedad, fundamentalmente, ya no se construye cotidia­namente desde el aula, sino desde los ca­nales de información colectivos, y particu­larmente, desde la televisión.

Con este modelo mental que se intro­duce mediante el desarrollo tecnológico de la radio y televisión, se acelera el rompi­miento de la reproducción del árbol ge­nealógico cultural con lo nacional, es decir, la continuidad ideológica de la familia tri­generacional compuesta por la relación que se establece entre Hijos‑Padres­-Abuelos, que ha sido el principal sostén humano de este país en los últimos 400 años, acelera su rompimiento interno al atravesarse los medios electrónicos de comunicación como nueva variable mental y afectiva que interfiere con las relaciones humanas que se establecieron libremente entre Abuelos‑Padres‑Hijos. Así, en me­nos de una generación se siembran masi­vamente en nuestras conciencias las raí­ces de lo transnacional norteamericano, al grado de que hoy podemos decir al estilo de Carlos Monsivais que en el territorio mexicano ya nació la primera generación de norteamericanos. Esto es, en nuestro interior hoy ya hondean gran parte de las estrellas y barras de la bandera nortea­mericana, pues se ha perdido fuertemente la memoria con nuestro proceso históri­co, y rápidamente, en menos de cuatro décadas, se ha empezado a adquirir la memoria de lo multinacional.

Por ello, aunque el Estado nacional cada día se esfuerza por ser más Estado en el terreno de las relaciones económi­cas, internacionales, políticas, ecológicas, laborales, productivas, etc., en realidad, en última instancia, cada vez más, es me­nos Estado, porque ha perdido la capaci­dad de conducción moral de nuestra so­ciedad. En este sentido, en términos cul­turales el sector privado del país contro­lador de los medios de comunicación, cada día es más el verdadero Estado me­xicano y el Estado formal, cada vez, es menos rector nacional. Es decir, en las úl­timas décadas las corporaciones privadas de medios de comunicación han sido las verdaderas Secretarías del Estado que han producido el principal intelecto y la emoción colectiva que ha cohesionado al país y no el aparato cultural del gobierno.

Ante esta realidad comunicativa obser­vamos cotidianamente la presencia de un Estado mexicano crecientemente más dé­bil, porque es profundamente apolítico, pues va en contra de la propia raíz de la política que es interesarse por la “polis”, es decir, por la ciudad, esto es, por lo co­lectivo, en una idea, por el hombre.

Por eso, para corregir la dirección del espíritu nacional hoy es estratégicamente fundamental incluir el papel que ocupan los medios de comunicación electrónicos y particularmente de la televisión dentro del examen, diseño y realización de las políticas culturales, pues es desde éstos desde donde se está construyendo coti­dianamente con mayor fuerza el proyecto de la República. Dada la pérdida de la rectoría cultural de la sociedad mexicana por parte del gobierno, actualmente, es RAZÓN DE ESTADO el que éste planifi­que los medios de comunicación para el desarrollo del país. Hay que considerar que debido a la aceleradísima crisis glo­bal que vivimos de nada servirá intentar corregir los pies económicos, los brazos tecnológicos, las manos laborales, el estó­mago agropecuario, los pulmones ecoló­gicos del país, etc., si no modificamos el alma que le da vida a nuestra sociedad, pues el cuerpo, tarde o temprano, se vol­verá a desmoronar y, cada vez más, con mayor profundidad.

Ante esta situación, es urgente que los investigadores mexicanos analicemos los efectos devastadores que están produ­ciendo los medios electrónicos de comu­nicación en nuestro país y propongamos al Estado y a la sociedad civil nuevas for­mas de corregir este retroceso cultural.