Modelos de desarrollo científico‑técnico

Situación y opciones de futuro en España

 

Miguel A. Quintanilla

 

Tres grandes modelos del sistema científico‑técnico coexisten hoy en los diversos países, con dinámicas y políticas de I + D diferentes. La situación española puede analizarse y compren­derse a partir de esos modelos.

 

Cada vez es más claro que el conjunto de actividades que se llevan a cabo en un país en torno a las tareas de investiga­ción científica y desarrollo tecnológico involucran a mu­chas personas y tienen reper­cusiones en todo el conjunto de la vida social, tanto en la cultura como en la economía y la po­lítica. Por eso es conveniente acostumbrarse a pensar la ciencia y la tecnología de un país como una parte relevante de todo el sistema so­cial. Mi propósito en estas páginas es delinear tres modelos teóricos de organización del siste­ma científico‑técnico de una sociedad, con la esperanza de que nos ayudarán a entender al­gunas peculiaridades de la situación de la cien­cia y la tecnología en nuestro país, y a aclarar las opciones políticas que se nos presentan para impulsar su desarrollo. Para ello utilizaré informalmente el marco conceptual de la teoría de sistemas (1).

 

1.CARACTERIZACIÓN DE UN SISTEMA CIENTÍFICO‑TÉCNICO

 

Cualquier sistema se caracteriza por su com­posición, su estructura y su entorno. En el caso de un sistema social, los componentes son los individuos humanos que integran el sistema, la estructura está formada por el conjunto de las relaciones que surgen entre los individuos como resultado de su actividad económica, cul­tural o política, y el entorno comprende tanto el entorno físico en que vive la sociedad como los otros sistemas sociales con que se relaciona.

Tal como lo entendemos aquí, el sistema científico‑técnico (CT, para abreviar) es una parte del sistema social que incluye actividades culturales, productivas y políticas o de gestión. Una de las objeciones que se pueden hacer al enfoque que adoptamos es que, al meter en un único saco a la investigación básica y a la tec­nología industrial, seguramente estamos forzan­do la realidad de la organización de las activi­dades de I+D en nuestros días. Pero precisa­mente nuestro propósito es diseñar tres mode­los de CT que principalmente se caracterizan por el diferente grado de integración de la ciencia y la tecnología en cada uno de ellos y las diferentes formas de interacción con el resto .del sistema social. Veamos, pues, cuáles son los componentes, la estructura y el entorno más re­levante para caracterizar un sistema CT.

 

1.1. Composición de CT

 

El componente fundamental son las personas dedicadas a tiempo completo o parcial a la in­vestigación científica y al desarrollo tecnológico. Su actividad abarca desde la producción desinteresada de conocimientos nuevos hasta la búsqueda de aplicaciones del conocimiento científico disponible y el diseño de productos, procesos o servicios basados en él. Se conside­ra como última fase de la actividad de I+D (in­vestigación y desarrollo) la producción de pro­totipos y su evaluación desde el punto de vista de su fiabilidad y eficacia. Los productos de la I+D son, pues, conocimientos nuevos o aplica­ciones tecnológicas, que se traducen en publi­caciones científicas, patentes industriales, dise­ños y prototipos. Estos resultados pueden llegar a ser parte del insumo del sistema productivo.

Junto a las personas que se dedican estricta­mente a I+D, en la composición de CT hay que incluir también al conjunto de personas dedica­das a tareas auxiliares para la investigación y a los dedicados a la administración y a atender los servicios requeridos por el sistema (técni­cos, bibliotecarios, administrativos, gestores, políticos, etc. ).

 

1.2. Estructura de CT

 

La estructura del sistema CT es el resultado de las múltiples actividades que se llevan a cabo entre los miembros del sistema. La inves­tigación básica y aplicada, el diseño de artefac­tos, la implementación de prototipos, su evalua­ción, junto con el conjunto de actividades enca­minadas a organizar, financiar, y controlar las primeras dan lugar a instituciones como las aca­demias, laboratorios, institutos de investigación, equipos de trabajo, oficinas de evaluación, or­ganismos de gestión, etc., que constituyen el en­tramado del sistema CT. Un sistema puede dife­rir de otro por el tipo de instituciones en las que se producen las actividades de I+D, por la composición e interrelaciones de los grupos de investigación, el tipo de especialidades que cultivan, las relaciones entre investigadores de distintas áreas, los organismos e instituciones encargados de la financiación, evaluación y control de la actividad científico‑técnica, etc.

 

1.3. El entorno de CT

 

CT mantiene relaciones estrechas con el res­to del sistema social. En primer lugar con el sis­tema productivo; pero también con el subsiste­ma cultural y político. Por otra parte, el entorno geográfico es igualmente relevante, y las relaciones de dependencia de un sistema CT nacio­nal con respecto a sistemas internacionales o multinacionales son esenciales. Precisamente la naturaleza de las relaciones de CT con el siste­ma productivo y el resto del sistema social nos servirán como criterio para distinguir tres mo­delos de sistemas científico‑técnicos.

 

2. MODELOS DE INTERACCIÓN DEL SISTEMA CT CON EL SISTEMA SOCIAL

 

Proponemos tres modelos de CT basados en el tipo de interacción con el resto del sistema social. Los llamaremos modelo de interacción esporádica (A), de interacción sectorial (B) y de interacción global (C).

 

(A) Interacción esporádica de CT con el sistema social

 

En este modelo CT coexiste con el resto del sistema social, pero apenas mantiene relaciones con él. Éstas son esporádicas, poco intensas, casuales y de escasa entidad o influencia mu­tua. El número de investigadores e ingenieros es muy escaso, prácticamente insignificante respecto a la población total. La actividad de in­vestigación es protagonizada por individuos ais­lados. Existen lazos de conexión entre los inves­tigadores, como las academias, institutos o uni­versidades, pero tales instituciones no ejercen un papel protagonista en la orientación de la actividad CT. El tipo de conocimiento que pro­duce el sistema es generalmente de carácter básico; y aunque surgen aplicaciones de interés para el sistema productivo o para el resto del sistema social, éstas tienen poca incidencia y suelen quedarse en un estadio de diseño o pro­totipo sin llegar a tener una repercusión gene­ral en todo el sistema productivo.

La innovación tecnológica se produce por lo general de forma autónoma, y sólo esporádica­mente como resultado del desarrollo de aplica­ciones de descubrimientos científicos. La inci­dencia de CT sobre el sistema cultural es esca­sa, casi nula. En relación con el sistema político, CT suele oscilar entre la figura del mecenazgo y la de la persecución. No existe una política específica de ciencia y tecnología, y si a veces se toman decisiones políticas que afectan al sis­tema, ello se hace desde criterios coyunturales y ajenos a la dinámica de CT. Generalmente, el mayor incentivo para apoyar políticamente la investigación científica y técnica está relaciona­do con objetivos de prestigio y a veces con la utilidad militar que se espera obtener de algu­nos desarrollos tecnológicos.

Este modelo A representa naturalmente la si­tuación de CT en las sociedades preindustria­les, pero no debe pensarse que se trata de un modelo de interés meramente histórico. En so­ciedades actuales con un grado considerable de desarrollo industrial puede darse la coexis­tencia del modelo A. Esto es posible porque el sistema productivo de estas sociedades puede estar beneficiándose del sistema CT de otros países, a través de la transferencia de tecnolo­gías y de know how, y al mismo tiempo mante­ner su propio sistema CT dentro del modelo A como un elemento ajeno al sistema productivo.

Esta situación es compatible con la aparición en el sistema CT de figuras aisladas de gran ca­lidad científica e incluso con la existencia, en la opinión pública del país, de una actitud de res­peto y admiración por la figura del investigador científico o del innovador tecnológico. Es difícil encontrar casos puros de vigencia del modelo A; pero la situación de la investigación científi­ca y técnica a lo largo de todo el siglo XIX es­pañol podría servir como una buena aproxima­ción. La renovación científica y cultural que se produce en España en el primer tercio del siglo XX, con acontecimientos como la creación de la Junta para Ampliación de Estudios (2) se puede entender como un esfuerzo intencionado para pasar de la situación descrita como modelo A a una situación más acorde con lo que puede ser el modelo B. Es sabido, sin embargo, que aque­llos esfuerzos fueron en gran parte frustrados por la guerra civil y la dictadura. En buena me­dida el período de autarquía subsiguiente a la guerra supuso un retroceso en el que el sistema CT español vuelve a aproximarse al modelo A.

 

 (B) Modelo de interacción sectorial

 

En este modelo CT no sólo coexiste con él resto del sistema social, sino que mantiene con él estrechas relaciones de carácter permanen­te, no esporádico, aunque sectorial, no global. La interacción se produce fundamentalmente a través de los diversos sectores del sistema pro­ductivo; pero de forma especial a través del sector industrial. Éste genera una demanda de productos científico‑técnicos y el sistema CT responde parcialmente a esa demanda.

En este modelo el número de personas dedi­cadas a tareas de I+D adquiere niveles signifi­cativos de porcentaje de la población, aunque caben enormes diferencias según los países. Los recursos financieros dedicados a CT son también significativos respecto al PIB. Final­mente el grado de organización institucional del sistema es elevado: aparecen grandes centros de investigación regentados con criterios em­presariales, se utilizan procedimientos de pro­gramación, planificación y evaluación sistemáti­ca de la actividad de I+D y ésta adquiere una relevancia creciente en el diseño de la política global del país. En concreto se crean organismos gubernamentales y parlamentarios especializa­dos en política científica y se racionaliza la asig­nación de recursos, el establecimiento de prio­ridades y la organización de los servicios nece­sarios para el funcionamiento del sistema CT.

Aunque la integración de CT con el sector in­dustrial es alta, ello no significa que la aporta­ción al proceso productivo industrial sea la úni­ca función social del sistema. De hecho en CT no sólo se producen patentes y prototipos, sino también, y fundamentalmente, conocimientos nuevos de carácter básico, sin aplicaciones in­dustriales inmediatas. Con otras palabras: aun­que hay una respuesta de CT a las demandas del sistema productivo, no toda la actividad de CT está condicionada por éste; lo que sí es cierto, sin embargo, es que la mayor parte de los recursos económicos y humanos que consu­me CT están dedicados a esa función relaciona­da con la producción (se suele considerar como proporción normal un 30% dedicado a investi­gación y un 70% a desarrollo tecnológico), en especial con la producción industrial.

Por otra parte la incidencia de CT sobre el sistema industrial, aunque importante, es par­cial. De hecho en este modelo la mayoría de las innovaciones productivas no tienen por qué ser debidas a resultados obtenidos en CT, aunque esto sí sucede con las innovaciones más radica­les y de mayor alcance. Por ejemplo, en la in­dustria tradicional el diseño de un nuevo pro­ducto (pongamos por caso un nuevo modelo de electrodoméstico) no necesita generalmente in­corporar genuinas innovaciones científico‑técni­cas; esto sí sucede, sin embargo, cuando en el sistema productivo se inaugura una nueva línea de productos con componentes radicalmente nuevos, como ha sucedido, por ejemplo, en la industria electrónica con el transistor y los cir­cuitos integrados (3).

Por último, en el modelo B la incidencia del sistema CT sobre otros sectores del sistema productivo es escasa en comparación con el sector industrial, pero no nula. En el sector pri­mario aporta, por ejemplo, mejoras genéticas de plantas y animales por selección artificial sistemáticamente controlada, y fertilizantes y plaguicidas, maquinaria agrícola, alimentación controlada, etc. En el sector servicios influye sobre todo en la salud a través de la medicina humana, en los transportes y en las comunica­ciones (telefonía y radio).

El modelo B es compatible con muy diversos niveles de implantación, según las magnitudes de los parámetros que lo caracterizan. En gene­ral es el modelo predominante en las socieda­des industrializadas de nuestros días. Pero hay grandes diferencias entre ellas, como es sabi­do. Una forma útil de medir el grado de implan­tación del modelo B en una sociedad es a tra­vés del balance de transferencias tecnológicas: dada la internacionalización de la economía, un país con escasa capacidad de exportación de tecnología es un país con un nivel bajo de inte­gración de su sistema CT en su sistema produc­tivo. Les diferentes grados de desarrollo del modelo B tienen consecuencias notables en el conjunto de la economía del respectivo país. A mayor desarrollo científico‑técnico, mayor com­petitividad industrial.

Por último, las repercusiones del sistema CT sobre el resto del sistema social son importan­tes, aunque también sectorializadas: una de las más notables es la demanda creciente de per­sonas dedicadas a I+D, con lo que ello supone de transformación en la estructura ocupacional; la demanda creciente de recursos para la in­vestigación, con sus consecuencias en la econo­mía y en las finanzas del Estado; y la extensión y renovación del sistema educativo y de forma­ción profesional que la incorporación de inno­vaciones tecnológicas en el sistema productivo lleva consigo.

 

 (C) Modelo de interacción global

 

En este modelo el sistema CT mantiene con el resto del sistema social relaciones estrechas, como en el modelo B, y de carácter sistemático a través de los distintos sectores del sistema productivo. Pero, a diferencia de lo que sucede en el modelo B, ahora las interacciones son multidireccionales, muy intensas, y se difunden por todo el sistema social. En primer lugar los productos de CT afectan con igual intensidad al sector industrial que al de servicios. En segun­do lugar, promueve nuevos sectores productivos relacionados con innovaciones científico‑técni­cas (por ejemplo, el sector de la información). En tercer lugar, la ciencia y la tecnología se ha­cen presentes en las actividades no producti­vas, como el ocio o la administración. Por últi­mo, el conjunto de la cultura, las formas de vida y las actividades de todo tipo (desde la guerra y la política hasta la educación y el arte) inte­ractúan intensamente con el sistema cientifico­técnico.

Una de las características de este modelo es que no solamente aumenta extraordinariamente el número de personas dedicadas a CT, sino que aumenta en especial el número de perso­nas que parcialmente se relacionan con el siste­ma CT. Dicho con otras palabras: aumenta el tipo de actividad creativa e investigadora rela­cionada con la ciencia y la tecnología que se in­corpora a otras actividades. Otra característica importante es que en las interacciones con el resto del sistema social, y en especial con el sistema productivo, el sistema CT en este mo­delo no actúa exclusiva ni principalmente in­centivado por la demanda preexistente, sino que contribuye de forma activa y espontánea a definir nuevas demandas generando innovacio­nes en la oferta de productos y servicios.

Desde un punto de vista institucional el mo­delo C supone por una parte un incremento de la complejidad y extensión de las instituciones de investigación y desarrollo, pero por otra par­te supone también la extensión de un nuevo tipo de organizaciones científico‑técnicas, gene­ralmente de tamaño medio o reducido, vincula­das a empresas en las que el papel de la inno­vación y el desarrollo de conocimientos es el factor principal de producción, tales como empresas de diseño, ingeniería, informática, etc.

En este modelo la investigación científica y tecnológica es la principal fuente de innovación en todos los sectores del sistema productivo, pero además es también el principal motor de innovación en el sistema cultural de la sociedad y uno de los principales factores de transforma­ción de toda la estructura social.

Como contrapartida de la incidencia que CT tiene sobre el conjunto de la sociedad, se pro­duce también un aumento de la participación social en el sistema CT, tanto desde el punto de vista de los fondos públicos y privados dedica­dos a I+D como desde el punto de vista del in­terés de los organismos representativos de la sociedad en el control del desarrollo cientifico­técnico. Esta participación puede presentar di­ferentes modalidades y desarrollarse en distin­tas direcciones. Una de las más significativas es aquella que se refiere al control y evaluación social de las innovaciones tecnológicas de largo alcance (4).

En resumen, el modelo C supone una socie­dad en gran parte organizada a todos sus nive­les en torno a su sistema CT.

Obviamente este modelo C todavía está en ciernes. No hay ningún ejemplo puro de lo que puede ser una sociedad con un sistema científi­co‑técnico de estas características, pero sí hay indicios, en las sociedades industriales más avanzadas, del surgimiento de este nuevo mo­delo. Por ejemplo, como consecuencia del de­sarrollo de las llamadas "nuevas tecnologías", to­das ellas resultado de desarrollos científicos bá­sicos obtenidos en los últimos decenios, se es­tán produciendo transformaciones sociales que conducen a un modelo de sociedad en el que el papel de la investigación científica y técnica como factor de innovación productiva y de in­novación social se está generalizando. Fenóme­nos como el interés creciente de los más diver­sos grupos sociales por el conocimiento científi­co, por el control de las tecnologías y por la cultura científica apuntan también en la direc­ción de este modelo C. Otro indicador de esta misma tendencia es la transformación de la es­tructura ocupacional en las sociedades indus­triales avanzadas, cada vez más orientada hacia el sector servicios y cada vez más exigente res­pecto al nivel de cualificación científico‑técnica de la mano de obra.

 

 

3.DINÁMICA DEL SISTEMA CT Y DISEÑO DE POLÍTICAS DE I+D

 

La evolución normal de un sistema CT supo­nemos que consiste en un proceso paulatino desde una situación inicial acorde con el modelo A hasta una posible situación caracterizada por el modelo C. Los factores que condicionan esta evolución son de dos tipos: de carácter in­terno al propio sistema CT y de carácter exter­no. Los factores internos tienen que ver funda­mentalmente con el crecimiento "vegetativo" del propio sistema: número de investigadores, calidad del trabajo científico, capacidad del sis­tema para formar nuevos investigadores, logro de una "masa crítica" en una determinada área de la investigación científico‑técnica, etc. Estos factores son decisivos para que se pueda pro­ducir un cambio en el papel que el sistema científico‑técnico juega en el conjunto del siste­ma social. Pero no son suficientes para explicar todos los aspectos del desarrollo científico‑téc­nico en una sociedad.

Para ello es preciso atender a factores exter­nos, puesto que la característica diferenciadora fundamental de los diversos modelos de CT se refiere a la interacción de este subsistema con el sistema productivo y el conjunto del sistema social. Entre estos factores externos están, en primer lugar, las necesidades y dinámica del sistema productivo; en segundo lugar, el diseño de políticas explícitamente dirigidas a la pro­moción de la I+D.

La presión del sistema productivo sobre el sistema CT, y la consiguiente respuesta política mediante el diseño de planes y estructuras ade­cuadas para incrementar la productividad cien­tífico‑técnica, son fenómenos que se han gene­ralizado a raíz de la segunda guerra mundial. El resultado es un salto generalizado del modelo A al modelo B. En los países más industrializados este fenómeno se produce de forma más o me­nos espontánea y bajo la presión directa de las necesidades de incrementar la productividad del sistema industrial. Y es fundamentalmente el deseo de transferir el nuevo tipo de desarro­llo tecnológico e industrial, impulsado por la in­vestigación científico‑técnica, a los países en vías de desarrollo lo que hace que los organis­mos internacionales, en primer lugar, y después los diversos gobiernos nacionales, se preocu­pen de diseñar modelos de política de desarro­llo científico‑técnico que permitan rentabilizar al máximo los esfuerzos de la sociedad en la promoción de la ciencia y la tecnología.

Estos diseños de política científica en ocasio­nes cumplen la función primordial de permitir que países en vías de desarrollo puedan prepa­rarse para recibir las transferencias tecnológi­cas de los países más desarrollados. El proceso en ocasiones se lleva a cabo de forma inadecuada, incrementando la dependencia tecnoló­gica de los países pobres, pero en todo caso contribuye a que, aún en los países desarrolla­dos, se tome conciencia de la importancia que tiene el diseño de políticas explícitas de desa­rrollo científico y técnico.

En la doctrina internacional sobre política científica se considera que ésta debe organizar­se en cuatro niveles (5): el primer nivel, o nivel de la planificación general de la ciencia y la tecnología; el segundo nivel, o nivel de la ges­tión de recursos para el sistema CT; el tercer nivel, o nivel de la ejecución de la investigación científica y el desarrollo tecnológico, y el cuarto nivel, o nivel de los servicios científico‑técnicos.

Los objetivos generales de una política de I+D son la promoción del desarrollo cientifico­técnico mediante la asignación de recursos pú­blicos y la incentivación de la inversión de re­cursos privados en ciencia y tecnología, la coor­dinación y racionalización del empleo de los re­cursos dedicados a I+D y la evaluación de los resultados de los esfuerzos sociales dedicados a investigación.

Para llevar a cabo esta tarea, los países que están desarrollando un sistema CT de acuerdo con el modelo B se dotan de instituciones ade­cuadas a los cuatro niveles de la política cientí­fica, siendo las de primero y segundo nivel las más características. Se crean así departamentos ministeriales u organismos interministeriales para la planificación y gestión de la política científico‑técnica, se crean comisiones parla­mentarias dedicadas a la evaluación y segui­miento de la política de I+D, y aparecen por lo general figuras jurídicas que permiten la actua­ción de los poderes públicos en el sistema CT a través de instrumentos de planificación relacio­nados con los planes de desarrollo económico de los diferentes países.

Una vez instaurado un mecanismo de diseño de políticas nacionales de investigación y desa­rrollo, éste se constituye generalmente en el principal motor de la evolución del propio siste­ma CT.

Dentro de este esquema general hay muy di­ferentes formas de implementar políticas de de­sarrollo científico‑técnico, condicionadas en ocasiones por diferentes perspectivas ideológi­cas sobre el papel de la ciencia y la tecnología en el conjunto de la sociedad, pero fundamen­talmente también por las diferentes situaciones de partida que se dan en cada país, en especial su nivel de desarrollo industrial y su papel en el conjunto de las relaciones económicas interna­cionales.

En general, aquellos países que parten de si­tuaciones más atrasadas en cuanto a nivel de desarrollo científico‑técnico son los que necesi­tan diseñar políticas más estrictas de promoción y coordinación del esfuerzo investigador. Por el contrario, los países más adelantados, con una mayor tradición científico‑técnica y una mayor solidez en su sistema industrial, pueden diseñar políticas de desarrollo científico‑técnico de ca­rácter mucho más flexible, en las que el papel de las instituciones públicas no es tan importan­te como el de la propia iniciativa empresarial de carácter privado. En cualquier caso, inde­pendientemente de las diversas opciones posi­bles, en todo país con un nivel medio de desa­rrollo económico se requieren políticas explíci­tas de I+D, acciones gubernamentales en sec­tores estratégicos de la investigación y medidas encaminadas a la transferencia de recursos pú­blicos a las empresas privadas para la promo­ción de la investigación, el desarrollo y la inno­vación fiscales, bien sea de forma directa con subvenciones o exenciones fiscales, bien de forma indirecta a través de la promoción gene­ral de la investigación (6). En definitiva, ningún país desarrollado, o que pretenda alcanzar un determinado nivel de desarrollo económico, puede prescindir de acciones políticas encami­nadas directamente a la promoción de la inves­tigación científica y técnica.

Esto hace que progresivamente las institucio­nes especializadas en política científica adquie­ran una cierta autonomía e incluso preponde­rancia en la administración pública. La política científica va adquiriendo así un papel central en el conjunto de la política de los países desarro­llados, si bien estrictamente coordinada e inter­relacionada con otras áreas tradicionales de la actividad política, en especial con el área eco­nómica, el área de la política industrial y el área de la política educativa, universitaria y cultural.

En los países más desarrollados estos fenó­menos que estamos señalando adquieren una intensidad creciente que responde, en parte, al paulatino paso de un modelo de tipo B a un modelo de tipo C. Los indicios de este tipo de transformación se reflejan en fenómenos como los siguientes: la política científica no sólo ad­quiere un carácter cada vez más central en la política económica de un país, sino también en el conjunto de las opciones políticas en todos los sectores de la vida social. En especial la po­lítica científica empieza a condicionar de forma creciente aspectos decisivos de la política in­ternacional, de la política de empleo, de la polí­tica de servicios sociales y de la política cultu­ral. Por otra parte los objetivos propios de la política científico‑técnica se van transformando desde un planteamiento característico del mo­delo B, en el que el sistema CT responde a las necesidades del sistema productivo, a un plan­teamiento más próximo al modelo C, en el que el sistema CT toma iniciativas ofreciendo posi­bilidades y novedades de interés directo para el sistema productivo (empresas de alta tecno­logía ligadas a universidades, etc.).

El paso de una política propia del modelo B a una política encaminada hacia un modelo C está vinculado en cierto modo a la crisis econó­mica internacional abierta a mitad de los seten­ta. Una de las características de esta crisis es que se requieren esfuerzos de innovación ex­traordinarios para aumentar la productividad y la competitividad de las economías nacionales mediante inversiones que no supongan aumento de gasto en materias primas y en mano de obra. Y hay una conciencia generalizada de que este tipo de innovaciones sólo es posible incorporando al proceso productivo conoci­mientos científico‑técnicos y soluciones avanza­das a los problemas tradicionales que se plan­tean en él. Igualmente hay una conciencia ge­neralizada de que la respuesta a la crisis tiene que pasar por la aparición de nuevos sectores que se integren en el sistema productivo, como puede ser el propio sector de la información, del conocimiento y, en general, de los servi­cios, tanto tradicionales como nuevos (7).

 

4. LA SITUACIÓN EN ESPAÑA

 

En los últimos años ha aumentado en nuestro país la preocupación por el desarrollo científi­co‑técnico, tanto en la esfera de los poderes públicos como en los ámbitos privados y em­presariales. En general hay una gran coinciden­cia en el diagnóstico de la situación de nuestro sistema CT, de los males que le aquejan, y en el deseo de solucionarlos. Existen, sin embargo, diferencias notables en cuanto a los remedios que se proponen.

Los cuatro grandes defectos de nuestro siste­ma CT que todo el mundo coincide en señalar son los siguientes (8):

 

1)   Escaso nivel de desarrollo del sistema CT, tanto medido en términos del porcentaje de PIB que se dedica a I+D como en tér­minos del número de investigadores y de producción total científico‑técnica.

2)   Deficiente organización del sistema, en es­pecial, falta de coordinación horizontal (en­tre diferentes organismos de investiga­ción) y vertical (entre diversos niveles de la Administración).

3) Escasa participación de la iniciativa priva­da empresarial en el esfuerzo investigador.

4) Escasa incidencia del sistema CT sobre el sistema productivo.

 

A esto hay que añadir la ausencia casi total, durante mucho tiempo, de una política científi­co‑técnica coherente, situación a la que en los últimos años se está respondiendo con iniciati­vas administrativas y legislativas de todos cono­cidas.

Contemplado el panorama de nuestro sistema CT desde la perspectiva de los modelos que hemos esbozado, el diagnóstico podría ser el si­guiente:

 

1)   Hasta la década de los sesenta, el modelo predominante en España era de tipo A: existían universidades y centros públicos de investigación (especialmente los del CSIC), pero su incidencia sobre el sistema productivo era prácticamente nula, el nivel cualitativo de la investigación que se reali­zaba era bajo (sin perjuicio del carácter meritorio de la labor de muchos investiga­dores, en las condiciones en que se desarrollaba), y el papel de la acción política del Estado sobre el sistema CT se guiaba más por razones de prestigio o de control ideológico que por objetivos de desarrollo económico y social.

 

 

 

2)   La situación empieza a cambiar a partir de la "apertura" del régimen dictatorial hacia el exterior y de la introducción de los pla­nes de desarrollo. Se toma conciencia en­tonces de la necesidad de apoyar el desa­rrollo científico‑técnico, se crean organis­mos gubernamentales de coordinación de la acción del gobierno en esta materia y se produce un proceso paulatino de au­mento de las inversiones y gastos públicos en I+D, mejorando el equipamiento de los centros de investigación y las universida­des, creando el Fondo Nacional de Inves­tigación, etc. El extraordinario crecimiento cuantitativo del sistema educativo y uni­versitario favorece esta atención del go­bierno hacia el campo de la investigación, iniciándose el Plan de Formación del Per­sonal Investigador e introduciendo ele­mentos de planificación de la ciencia a través de la CAICYT, Esta etapa, que cu­bre hasta finales de los años setenta, se puede caracterizar como de transición de un modelo A a un modelo B de bajo nivel de desarrollo. En ella el defecto funda­mental es la dispersión y descoordinación del sistema CT, su escasa incidencia en el sistema productivo y la presencia de me­didas de política de I+D de carácter fun­damentalmente coyuntural, de poco alcan­ce y a veces incoherentes.

3) En la transición democrática la situación del sistema CT recibe una atención cre­ciente por parte de los poderes públicos, al mismo tiempo que se produce en el propio interior del sistema (fundamental­mente en los OPI: Organismos Públicos de Investigación) un movimiento de autocon­ciencia crítica y de exigencia de un mayor desarrollo y mejor organización del siste­ma (9). Paralelamente el surgimiento de la nueva administración autonómica plantea nuevos problemas de organización territorial del sistema, pero también nuevas ini­ciativas tendentes a promover desde los poderes públicos el desarrollo cientifico­técnico. También el sector empresarial privado empieza a manifestar preocupa­ción por el sistema CT, si bien con cierto retraso y menor intensidad que el sector público. De todas formas los planes con­certados por parte de la CAICYT y las ac­ciones del CDTI, encaminadas a potenciar la investigación en las empresas y la inno­vación tecnológica, suponen el inicio de un mayor acercamiento del sistema CT al mundo empresarial.

 

4)   Por último estas tendencias de evolución positiva del sistema reciben un impulso considerable a partir de 1983, impulso orientado principalmente, más que al au­mento espectacular de los recursos (aun‑, que éstos se han duplicado en cuatro años, lo que supone un esfuerzo importante, aunque sólo relativo, dado el bajo nivel de la base de partida), a la racionalización en el empleo de los existentes y a la mejora de los mecanismos de coordinación de la política científica, especialmente en el área de las competencias ministeriales de Educación e Industria. En esta línea se ha dado un paso decisivo de carácter legisla­tivo con la aprobación de la Ley de la Ciencia (Ley de Fomento y Coordinación de la Investigación Científica y Técnica), que pretende ofrecer un marco jurídico global para introducir mecanismos de pla­nificación del desarrollo científico‑técnico, estructuras de coordinación tanto de los departamentos ministeriales como del Es­tado con las Comunidades Autónomas, y unas nuevas bases jurídicas para el funcio­namiento interno de los centros públicos de investigación más importantes. Por otra parte, tanto la reglamentación de la auto­nomía universitaria introducida por la LRU, como las medidas flexibilizadoras del fun­cionamiento administrativo de los OPI y las iniciativas que se toman desde la Adminis­tración, están encaminadas a potenciar cada vez más la interacción entre el siste­ma productivo y el sistema CT. La puesta en marcha del Plan Nacional de Investiga­ción Científica y Técnica, que se está pro­duciendo en los momentos de redactar este artículo, puede ser el instrumento de­cisivo para consolidar el sistema CT espa­ñol.

En definitiva, la situación actual del sistema CT responde, como hemos dicho, a un modelo de tipo B con escaso nivel de desarrollo y con claras tendencias a mejorar dentro de los már­genes del mismo modelo.

 

5. OPCIONES PARA EL FUTURO

 

Para diseñar el futuro del sistema CT español hay que tener en cuenta, en primer lugar, las tendencias que ya hemos señalado y, en segun­do lugar, la necesidad de plantearse como obje­tivo el paso de nuestro sistema CT al modelo C.

 

El futuro del sistema CT español, como el de nuestra economía, estará cada vez más interconectado con el de la Comunidad Europea. En la actualidad nuestro sistema CT está excesiva­mente retrasado con respecto a la media de lo: países de la Comunidad. Las medidas de política científico‑técnica que se están poniendo en marcha van encaminadas a acortar las diferen­cias. Pero es seguro que la política de los países comunitarios en este sector se orientar cada vez más en la dirección del modelo C Esto puede suponer que, si no se adoptan decisiones en la dirección correcta, no sólo aumen­tarán las diferencias entre España y los países más adelantados de la Comunidad en cuanto a la dimensión de los respectivos sistemas CT, sino que también lo harán las diferencias cuali­tativas entre nuestro sistema y el suyo,

 

Para evitarlo es preciso, en primer lugar, in­tensificar las medidas actuales encaminadas a consolidar nuestro sistema CT en el marco del modelo B, manteniendo e incluso aumentando el esfuerzo actual en dotación de medios huma­nos y materiales para la I+D, incrementando la interconexión del sistema CT con el sistema productivo y en especial con el sector indus­trial, fomentado la participación de las empre­sas en el esfuerzo investigador y perfeccionan­do los mecanismos de coordinación, planifica­ción y evaluación de la investigación científica y técnica. En segundo lugar, es preciso plantear­se como horizonte a medio plazo una política de desarrollo científico‑técnico encaminada hacia un modelo C. Esto tendrá repercusiones en el conjunto de la política económica, social, edu­cativa y cultural y en nuestra contribución al di­seño de la política europea de I+D en los pró­ximos años.

 

 

NOTAS

 

(1) M. Bunge, TreaTIse on Basic Philosophy, vol, IV, caps. I y V. Rei­del, Dordrecht, 1979; J. Aracil, Máquinas, sistemas y modelos, Tecnos, Madrid 1986.

(2) Ver: La junta para ampliación de Estudios, ARBOR, 493 (enero,1987) y 499‑500 (julio‑agosto, 1987).

(3) E. Braun y S. MacDonald, Revolución en miniatura. La historia y el impacto de la electrónica del semiconductor. Tecnos‑Fundes­co, Madrid, 1984.

(4) Véase Evaluación de la tecnología, en Telos, 12 (diciembre‑febrero, 1987‑88), págs, 49‑99.

(5) Un punto de referencia obligado es el conocido Manual de Fras­cati, elaborado en 1980 por la OCDE. Véase Fundación Universi­dad‑Empresa, Medición de actividades científicas y técnicas. En torno al Manual de Frascati. Centro de Fundaciones, Madrid, 1985.

(6) Se discute la forma más adecuada de realizar estas transferen­cias de recursos públicos al sector privado, pero la necesidad de hacerlo nadie la niega,

(7)  Ver M. Cruz Alonso y A. Castilla (comps.), El desafío de los años 90, Fundesco, Madrid, 1986. La orientación del programa FAST de las Comunidades Europeas apunta claramente hacia un mo­delo de tipo C; véase Comisión de las Comunidades Europeas, Europa 1995. Nuevas tecnologías y cambio social. Informe FAST, Fundesco, Madrid; así como Commision of the European Com­munities. Directorate‑General for Science, Research and Deve­lopment, The Fast 11 Programme (1984‑1987). European Futures. Prospects and Issues in Science and Technology, Bruselas.

8) Véase E. Muñoz y F. Orina. Ciencia y tecnología: Una oportunidad para España, Aguilar, Madrid, 1986; A. García Arroyo, Realidad y perspectivas de la política científica en España, Arbor, 469 (enero, 1985), 59‑76.

(9) Es significativo el libro Apuntes para una política científica. Dos años de investigación en el CSIC, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1982. También el Dictamen de la Comisión Especial del Senado para el Estudio de los Problemas que Afectan a la Investigación Científica Española, Boletín Oficial de las Cortes Generales, Senado, Serie I, 140 (25 de junio de 1982).