Salvación a plazos

 

BERTA SICHEL

 

El principal problema de la modernidad es el problema de la creencia. Daniel Bell.

 

Yo sentí una presencia perturbadora a mi al­rededor. Cuando abrí los ojos, Él estaba en frente de mí... 300 metros de altura, mirando para mí.

Oral Robert, en un programa de televisión.

 

¿Acaso nos aguarda alguna revelación? Yeats.

 

Uno de los contextos primarios para la discusión de la modernidad es el análi­sis de la cultura contemporánea. En este momento actual, el del "breakup" de la cultura de la modernidad, pocos temas tienen una relación tan directa con esa cultura como el examen de la creciente popularidad de los "nuevos evangelistas". Analizar ese fenómeno, que alcanza hasta países católicos como Brasil, consideran­do solamente el hecho de que vivimos en una sociedad de masas y "controlada por los medios de comunicación" sería plan­tear un análisis sin profundidad.

Si es verdad que la idea de la moderni­dad está en crisis y que no es posible vi­vir sin "un sistema de creencia", entonces no es difícil explicar el desarrollo de una plataforma de discurso que juega con la fe y con la ilusión de participar de un mo­vimiento mundial para la salvación. Este discurso, en última instancia, promete la cura de la alienación esquizofrénica, pro­movida por una sociedad donde lo mítico y lo sacramental tienen poco valor.

El más interesante de los sociólogos, Daniel Bell, dice que la causa de la crisis de las sociedades occidentales puede ser trazada en la propia génesis de la cultura moderna. Con la ausencia del sentido de lo sagrado ha desaparecido el respeto que antes inspiraban los conocimientos que parten de la razón y sus facultades intrínsecas. Religiones esotéricas, difusión del ocultismo, predicadores‑ejecutivos, etc., representan, así, una rebeldía contra la razón.

Según Bell, la cultura de la modernidad y sus valores penetraron en las estructu­ras de la vida cotidiana, subvirtiéndolas y provocando un cambio cuantitativo y cua­litativo, sea en la esfera personal o en la pública. Debido a esos cambios, existe una presión para la ilimitada realización propia y, al mismo tiempo, una demanda para una auténtica experiencia personal. En esta versión la cultura demole las tra­diciones, convenciones y virtudes ‑virtu­des esas que ahora están corroídas por la racionalidad impuesta por las presiones económicas y burocráticas.

Ese conjunto de factores desembocó tal vez por primera vez en la historia en una cultura completamente profana. El recha­zo moderno por lo sagrado, la pérdida del poder de la autoridad religiosa en su comunidad, junto al gran destajo moderno ‑la libertad‑ crearon una "sociedad sin protección". Si otras sociedades se forma­ron desde las limitaciones propias del destino del hombre, la nuestra sugiere, ya sea o no en el plano simbólico, que los lí­mites son inexistentes...

Lo profano es solamente uno de los componentes del "corazón de la moderni­dad". Al exceso de pompa exterior, que degenera en vicio y/o deshonestidad, se añade el individualismo, la burocracia y el pluralismo, mientras funcionen integra­dos de acuerdo con los cánones de los sistemas modernos.

Si lo profano resulta en una orfandad espiritual, el exceso de libertad provoca un encogimiento del yo. El resultado es una persona egoísta, individualista, cen­trada en sus propios intereses, los cuales, la mayoría de las veces, nada tienen en común con los intereses de la comunidad en general. Si una postura egoísta puede, en ciertos momentos, traer recompensas financieras y status social, por ejemplo, provoca por otro lado aislamiento.

Ante esa situación compleja, para Bell y otros sociólogos que siguen su línea de raciocinio, la cuestión es: ¿Cómo y por qué vías pueden surgir en la sociedad fuerzas y normas capaces de frenar el li­bertinaje y reestablecer la ética? La única solución, según su punto de vista, es la re­vitalización de la religión. El enlace de la religión con la fe de la tradición devolve­rá al individuo su identidad y, al mismo tiempo, dará seguridad a su existencia amenazada, sea por la burocratización de su rutina diaria, o por la incapacidad de la ciencia y la tecnología en cumplir las promesas hechas en relación a una vida placentera. Ese renacimiento religioso puede ser entendido también como un ansia por la "de‑modernización" provoca­do por la falta de creencia en el propio progreso. Este siglo está marcado por la idea obsesiva de la escasez. El progreso fue vendido como la nueva ancla que sus­tituiría al ancla tradicional, la religión. En lugar de protección, el progreso prometió vida larga o sin frustraciones. Y el nihilis­mo inundó la sociedad de ilusión, pero solamente una ilusión, aunque el hombre sea capaz de cruzar la zona de gravedad de alrededor de la Tierra o hacer tras­plantes de corazón a niños de apenas tres días. La modernización ya dio pruebas en Occidente de unos efectos para que no haya motivo de consumar la esperanza de que el futuro es prometedor.

 

UN PUENTE CON EL MUNDO

 

Es evidente que con Toynbee Schweitser, y Teilhard de Chardin siempre ha habi­do una relación orgánica entre la religión y el concepto de progreso. Nuestro siglo, sin embargo, proporciona pruebas nega­tivas que confirman esta conclusión.

Datos divulgados en los Estados Unidos en el pasado mes de agosto dan a cono­cer que seis millones de personas envían constantemente dinero a las corporacio­nes religiosas gestionadas por evangelis­tas ejecutivos, como Oral Robert, Jimmy Swarggart o Jerry Falwell, que hacen de la televisión sus púlpitos. La media del valor de los cheques es muy baja: menos de veinte dólares, aunque en compara­ción con las limosnas dadas en las misas parecían mucho. La razón de contribucio­nes menores a la expectativa es que la gran mayoría de los contribuyentes son mujeres y viejos, muchos de ellos viven solos o en asilos. Como ese dinero es sa­cado del cheque de la seguridad social, el hecho también revela que, en última instancia, es el propio gobierno el mayor benefactor de los "profetas electrónicos", de sus familias y sus caprichos consumis­tas. Tammy Baker tenía aire acondiciona­do hasta en las casetas de sus perros; Jim­my Swaggart tiene un salario anual de 140 millones de dólares y su casa fue valora­da en millón y medio de dólares. La mesa de trabajo de su atractiva mujer, Francis, costó 11.000 dólares.

Para muchos de los contribuyentes, la TV y el correo funcionan como único puente con el mundo. Impedidos de salir a la calle, sea por dolencias, vejez o por­ que resuman las actividades de su día estrictamente a su rutina, la vida social en la comunidad no existe. En muchos de los casos, la carta personalizada que llegará a sus manos agradeciendo la limosna es una de las raras oportunidades de recibir correspondencia. Las cartas, en verdad, se, responden automáticamente por siste­mas de procesamiento de datos, los cua­les ejecutan todas las etapas del proceso: abrirlas, separar los cheques y escribir la respuesta, de donde llaman a los contri­buyentes "Payer partners". Con frecuen­cia, las  cartas van acompañadas de pe­queños regalos, como una bolsita llena de hormigón, simbolizando la fe en el pro­yecto cuando el motivo de la donación es ayudar a la construcción de hospitales que nunca funcionan, o de colonias de va­caciones de las cuales la gran mayoría no disfrutan.

De acuerdo con la teoría de Bell, estos datos corresponden a su idea de cultura. En un sentido menos antropológico, cultu­ra "es la búsqueda de la perfección", una definición fácil de entender en un mundo donde la meta es tener la mejor actuación y la mayor productividad. Ese deseo por la perfección actúa junto con la frustra­ción de la condición de paria de esos contribuyentes anónimos. Sentados en sus sillas, sin embargo se sienten participan­tes de la cruzada electrónica mundial para la salvación de las almas, incluso la suya.

 

EL FIN DE LA UTOPIA

 

El análisis de Daniel Bell y sus seguido­res es condenado por teóricos sociales como el profesor de filosofía de la Univer­sidad de Frankfurt, Jurgen Habermas. Él está en desacuerdo con que "la cultura de la modernidad" sea la responsable del éxi­to o del fracaso individual en una socie­dad capitalista. "Él (Bell) lo atribuye a la búsqueda desmedida por el placer, la au­sencia de la identificación social, el narci­sismo y la competición por el éxito en el dominio de la cultura". Para Habermas, como un factor presente y activo en la creación de todos esos estigmas, la cultu­ra hace, solamente, un papel de media­ción. Las presiones, los problemas y las frustración de la sociedad moderna son provocados, en su opinión, por "la moder­nización social" o la acción de los patro­nes de la racionalidad económica y admi­nistrativa. Esa modernización, impulsada por el esfuerzo en desarrollar la tecnolo­gía y la ciencia, "penetra profundamente, cada vez más, en las formas conocidas de la existencia”.

El argumento entre Daniel Bell y Jur­gen Habermas es comparable a la famosa querella entre Mathew Arnold y Thomas Henry Huxley, donde cada cual hablaba para diversas culturas y defendían puntos distintos, aunque los dos hablasen de las cuestiones de la modernidad y la influen­cia en la vida moderna. Sea de acuerdo con Bell o con Habermas, sea por causa de la cultura o de los patrones de la ra­cionalidad económica y administrativa, la modernidad y su idea asociada de pro­greso separan la "paja del grano". O sea, cavan un inmenso agujero entre los que tienen condiciones de abrirse a sí mismos a las nuevas formas y aquellos que se sienten desprotegidos porque lo nuevo subvierte la estabilidad y la autoridad, al mismo tiempo que las novedades son innaccesibles por la pobreza, vejez, des­conocimiento, pérdida de la salud, etc. Y por una vía u otra se llega al hecho de que "la sustancia tradicional del hombre" fue devaluada y éste se siente un huérfano espiritual, aunque disfrute, al menos en parte, del "progreso" científico y tecnoló­gico. La religión fue reemplazada por la Utopía; pero tampoco la Utopía es un "ideal trascendental", sino un ensueño ca­paz de la realización del mito del progreso.

Pero "el mito es un rito" ‑decía Roland Barthes‑ y, así, la creencia en el evan­gelio transmitido por la televisión tiene razones más fuertes en el hecho del desa­rrollo de las tecnologías elecrónicas en los últimos 50 años. Las palabras de los evangelistas ‑la mayoría de base funda­mentalista‑ revelan una ignorancia total de la ciencia y favorecen actitudes con­servadoras y moralistas, pero atienden el deseo de protección de millones de indi­viduos alejados de los valores de la mo­dernidad, éxito, integración social, esta­tus, tarjetas de crédito, etc. Como cono­cen bien su rebaño, intentan cambiar los criterios de evaluación de los conceptos modernos de felicidad/infelicidad, y tam­bién de éxito/fracaso, al mismo tiempo que seducen con la tan soñada integra­ción social ‑aunque sea mediada (o a través de los medias)‑ y garantizan la salvación del alma. Propuestas irrecusa­bles, especialmente cuando nadie elige saldos mínimos en las cuentas bancarias o diplomas universitarios, y los pagos de esas ofertas pueden ser hechos en pe­queñas prestaciones mensuales.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Bell, Daniel. The Cultural Contradictions of Capita­lism. Basic Books, N.Y, 1977

 

Habermas, Jurgen. In Habermas and the modernity. Edit by Jay.

 

Nisbit, Robert. Historia de la idea dé progreso. Gedisa, Barcelona, 1981,