La TV sueca en el umbral de la transición

 

PETER DALHGREN

 

La situación de las teletransmisiones en Suecia, como en muchos otros países europeos, está actualmente en proceso de cambio de un período histórico a otro. Suecia no está entre los países que han llevado más lejos esta transformación, y aunque las incursiones se han hecho evi­dentes en varios frentes, el monopolio de transmisión de servicio público, no co­mercial, sigue prevaleciendo ampliamen­te. Parece crecer el consenso de que sus días están contados. Aunque nadie puede decir con certeza qué forma tomará el posible resultado, a pesar de que hay puntos de vista encontrados sobre cuál debe ser la organización de la transmi­sión sueca en el futuro, su presente tiene ya, alrededor, un fuerte aura de pasado.

En este artículo se esquematizará, pri­mero, la situación actual y las principales opciones en la eminente transición que vive la Swedish Broadcasting Corporation (SR), y se hará énfasis en la compañía de televisión subsidiaria (STV). Después, se verán dos hipótesis que conforman la ma­yor parte del actual debate sobre el futu­ro de STV; aspecto en el que se enfocará el área de noticias y asuntos de actuali­dad. Dado que ésta no es una información definitiva y trata de una situación de tran­sición, es difícil llegar a conclusiones fir­mes, pero espero que mis reflexiones sean de interés para los lectores que no están familiarizados con la situación en Suecia.

 

LA TV SUECA CONTRA LA PARED

 

STV consiste en dos canales no comer­ciales, con perfiles de programación muy similares, que transmiten juntos alrededor de 90 horas a la semana; STV, como otras compañías de televisión, se encuentra a sí misma limitada fundamentalmente por los elevados costos y los reducidos recur­sos. Aunque las cuotas por licencia no son, de ninguna manera, altas (aproxima­damente 100 dólares por un año de TV de color), parece haber un fuerte senti­miento de que intentar elevarlas encon­traría una oposición política seria. Los costos de producción y laborales están elevándose marcadamente, e incluso los precios de muchos programas importados (que constituyen cerca del 40% de las transmisiones) han subido significativa­mente debido al crecimiento de la de­manda internacional, dentro de la cual los equipos vía satélite son importantes.

Las restricciones económicas se han sentido durante bastante tiempo y han provocado que sólo haya habido nuevos empleos para muy pocas personas duran­te los últimos 15 años. Esto ha creado, a su vez, problemas obvios, entre los cuales es importante la necesidad insatisfecha de sangre nueva y de las perspectivas de una generación más joven. STV ha com­pensado esto, en parte, con la opción de un uso progresivo de sociedades de pro­ducción externas y personas que trabajan por su cuenta.

Sin embargo, la principal amenaza per­cibida actualmente es la evolución de la situación externa. STV ha perdido su mo­nopolio sobre lo que la gente ve en las pantallas de televisión debido a la llegada del vídeo a Suecia, en los primeros años que siguieron a 1980.

Aun cuando las películas alquiladas lle­garon a convertirse en un competidor sig­nificativo entre un cierto sector del públi­co televidente, STV podía consolarse, al menos, con que una gran parte del uso del vídeo estaba dirigido simplemente a correr los horarios de los programas tras­mitidos, ya que la gente grababa las transmisiones para verlas más tarde. Además STV se ha ido introduciendo lenta y modestamente en el mercado del vídeo.

Pero, unos cuantos años después, el es­tablecimiento de servicios de televisión por cable a escala experimental comenzó a indicar lo que el futuro reservaba. Loca­lizados en una media docena de comuni­dades de Suecia, estos equipos tienen hoy todavía menos de cien mil hogares conectados a sus sistemas, aunque se es­pera que el número se duplique en el curso de un año. La motivación original era hacer posible la transmisión a nivel local. El retraso político en la legislación regulatoria significó que la gran “explo­sión de cable” a nivel local no se materia­lizara. A principios de 1985 fue aprobada una ley sobre el cable muy liberal, pero la financiación de la televisión de cable local aún no está resuelta, aunque los pe­riódicos, las compañías inmobiliarias y los gobiernos municipales, que son importan­tes, están tratando activamente de esta­blecerse en este campo. También está ampliamente interesado en este campo Esselte, un conglomerado educacional y publicitario de medios de comunicación que espera distribuir películas subtitula­das en sueco a través de la red de cable.

 

Salvo por dicha distribución de pelícu­las, STV no se enfrentaría aún a mucha competencia si la televisión por cable fuera simplemente un fenómeno local y doméstico. Naturalmente no lo es: como en otros países, la televisión por cable significa también enlace con satélites in­ternacionales y, por lo tanto, distribución de programación extranjera (principal­mente angloamericana). Las encuestas in­dican que la mayoría de los espectadores suecos aún prefieren la programación sueca si pueden escoger, pero hay una variable demográfica que es amenazado­ra: esta preferencia decrece con la edad de los grupos de televidentes. En pocas palabras, la nueva generación (y por lo tanto el futuro) se orienta cada vez más hacia programas y películas extranjeras. (Se puede tomar nota, de pasada, de que cerca de 85% de las películas que se ex­hiben en los cines de Estocolmo son ame­ricanas y la cantidad es aún mayor para películas de vídeo alquiladas.)

Al calor de estos acontecimientos pue­den verse ya algunos cambios, o por lo menos una evolución en la política de programación de STV: un aumento en los programas de revista, en efectos gráficos más llamativos y otras iniciativas cosméti­cas, así como intentos crecientes de ha­cer versiones suecas de géneros ameri­canos de programación. La producción doméstica ha sido proclamada como la clave para enfrentarse a la competencia extranjera en el futuro. Pero los críticos insisten en que hacer imitaciones pobres de programas americanos ayuda muy poco a mantener la cultura sueca.

Por otro lado, STV se enfrenta con di­versos ataques de la competencia. TA, la Telecommunications Administration, es la autoridad del Estado responsable tanto en la distribución como en el funciona­miento de los servicios telefónicos (Suecia tiene el número más alto del mundo de teléfonos por persona) al igual que de ra­dio y televisión. Tiene también, de hecho (aunque no legalizado), un monopolio so­bre la construcción y mantenimiento de la red sueca. Desde esta posición, TA ofre­ce una variedad de servicios y productos concentrados alrededor de la red, tales como enlaces y terminales de ordenador. Aquí el papel de TA como autoridad del Estado comienza a borrarse y a confundir­se con el de una empresa comercial. TA ha empezado a lanzarse a sí misma, por vía de la agresividad mercantil, dentro de la nueva sociedad de información como un gigante electrónico internacional, y ha establecido un número de compañías subsidiarias (para desarrollo de produc­tos, asesoría, ventas, etc)

En el presente, el gran empuje de TA está en el área de la telemática; más es­pecíficamente, TA quiere una nueva tele­red digital, integrada y completamente puesta a punto para principios de los años 90. Tal red digital de servicios integrados sería el primer paso de un cambio gra­dual a fibras ópticas.

Esto se hace relevante, desde la posi­ción de STV, en el aspecto relativo a que las compañías que tienden los cables para televisión lo estén haciendo en cable de capacidad y calidad apropiada so­lamente para televisión de cable. TA de­sea absorber esta cableado sin coordina­ción y establecer su red de banda ancha, la cual sería capaz de manejar una gran cantidad y variedad de servicios. TA es así un actor importante y poderoso en la situación de los medios que actualmente emergen, y sus intereses por el cable son contrarios a los intereses de STV.

En la actualidad TA no tiene el impacto político para empujar su proyecto a través del Parlamento. Los socialdemócratas, en el poder, están contentos con dejar a TA que siga tendiendo cables de acuerdo con la demanda evidente del mercado. El dilema para los socialdemócratas es que, mientras ellos favorecen, generalmente, un sistema estatal centralizado, TA es un enemigo serio para SR entero, y está (en su papel de empresario) moviéndose más allá del completo control del Estado. Pero pedir su desmantelamiento (como se hizo con la British Telecom) sería hacerles el juego a los partidos burgueses de mayor orientación mercantil. Uno de los mayores problemas inmediatos con que se enfren­ta STV es la cuestión de la publicidad, puesto que la presión para que sea lanza­da está aumentando.

Existen, naturalmente, varias versiones sobre cómo podría ser organizada y le­gislada, y aquí entran en juego las pro­pias estructuras y la propiedad de STV. En términos sencillos, a partir de las dis­cusiones y debates políticos de hoy, pue­den establecerse varios modelos distintos:

 

1.  El mantenimiento del status quo, v.g., ausencia de publicidad y continua­ción del monopolio. Esto parece alta­mente improbable en el contexto ac­tual.

2.  Hacer comercial uno de los canales de TVE (tal vez con una componente de TV de pago).

3. Establecer un tercer canal comer­cial, dentro de STV.

4. Establecer un tercer canal comercial

independiente de STV.

5.  Consolidar STV en un solo canal, con un segundo canal comercial, ya sea dentro o fuera de STV.

 

Las razones en pro y en contra han sido puestas en el lenguaje neutral de la viabi­lidad económica, pero se ha visto claro, últimamente, que los mayores problemas son políticos.

Por ejemplo, el argumento mayor en contra de la publicidad, que va a restar ingresos a la prensa y que por ello debili­taría varios periódicos, ha sido disipado. Asimismo, un argumento a favor ha sido que ayudaría a la industria sueca a com­petir con los supuestos anunciantes ex­tranjeros que aparecerían en la pantalla. Esto también ha sido negado.

Políticamente, los tres partidos burgue­ses, así como la National Association of In­dustry y la Employers Union, apoyan la publicidad en TV. A todos ellos les gusta­ría ver un tercer canal, ajeno a STV. (Uno de los partidos, el Centro, ha sugerido que un canal así podría ser usado para ayudar al sostenimiento de STV, pero esto no parece realista.) Las industrias publicitarias y minoristas también apoyan la publicidad en TV, pero preferirían que uno de los canales de STV fuera transfor­mado, pues ello les daría acceso a au­diencias ya establecidas.

Los socialdemócratas, junto con los co­munistas, están en contra de la publici­dad, pero recientemente han aparecido fricciones dentro del partido en el poder acerca de este tema.

La tradición del servicio público de TV en Suecia ha dado una plataforma ideoló­gica y ha legitimizado discusiones serias acerca de los propósitos, fines y estánda­res de la TV. A1 mismo tiempo, en Suecia como en otras partes, la TV es tratada fundamentalmente como un medio de en­tretenimiento. Los debates actuales acer­ca de la “calidad” de la programación en esta situación de transición tienden a cen­trarse en los programas de entretenimiento.

Estos son, naturalmente, importantes, pero no debe olvidarse que aquí se trata también de la naturaleza y la calidad de la programación de noticias y asuntos pú­blicos. En el actual período de transición, una de las preocupaciones centrales es justamente qué tipo de público televiden­te surgirá.

 

DOS SUPOSICIONES CUESTIONABLES

 

En términos algo simplistas, se podría decir hoy que los actuales debates sobre el futuro de STV se encuentran, en gran parte, atrapados entre las Scylla y Caribdis de un futuro comercial contra el monopo­lio estatal de televisión. En tanto que los debates políticos pueden tender a simpli­ficar y polarizar las cuestiones, parece que gran parte del pensamiento actual acerca de la TV en Suecia está fundado en el dualismo de este panorama familiar de crisis.

Esto ha tenido el efecto de que la ma­yor parte de la gente con visión política progresista, al ser confrontada con esta elección, ha tendido claramente a estar a favor de la continuación del monopolio de servicio público. Su razonamiento es que, a pesar de sus defectos, el monopolio es mejor que poner la TV en manos de los mercaderes, quienes no tienen compro­miso alguno con TV de calidad en gene­ral o con programación de noticieros o de actualidades en particular. Por lo tanto, en el contexto de la crisis actual, toman una posición defensiva de atrincheramiento.

Esta posición deriva de dos suposicio­nes relacionadas entre sí. La primera es que el actual modelo de servicio público ha provisto verdaderamente de televisión adecuada a la sociedad sueca durante las últimas décadas y debe, por lo tanto, ser defendido a cualquier costo. La segunda premisa es que un canal comercial repre­sentaría por sí mismo una decadencia en la calidad de los programas y forzaría a STV a competir con él y serviría aún más para reducir la calidad incluso en el lado no‑comercial. Ninguna de estas suposicio­nes puede ser desechada a la ligera, y cada una de ellas merece un estudio críti­co.

Si comenzamos con la segunda suposi­ción, no existe una garantía de que la pu­blicidad contribuya a disminuir la calidad de la programación en un canal comer­cial. Es probable, naturalmente, que un canal así se dirigiera de manera especial a lo “popular. Sin embargo, debemos pensar que todas las compañías de TV tienen en cuenta los gustos de sus audien­cias, independientemente de su forma de financiación. Existe hoy en STV una pro­gramación considerable, cuya “calidad” hace que uno se pregunte qué “servicio” recibe en realidad el público. Por tanto, otra posibilidad es que, si bien un canal comercial independiente crearía cierta­mente una situación fuertemente competi­tiva para STV, el resultado neto sería una mezcla similar a la que los dos canales de STV transmiten hoy día. Esto es, ambos, la STV y el canal comercial ofrecerían programas populares, así como algunos programas para gustos minoritarios.

Alternativamente, podría preverse que uno de los canales de STV podría sentirse liberado de la presión de transmitir programas de más bajo denominador común y pudiera por lo tanto permitirse el pre­sentar programación con un perfil más serio (y, tal vez, sueco). Esto conduciría sin duda a menos espectadores, pero cap­turaría, a cambio, más las diversas audien­cias con gustos minoritarios. Por tanto, de­bemos concluir aquí que hay terreno para el escepticismo frente al “pánico moral” sobre la comercialización, aunque, natu­ralmente es imposible decir exactamente cómo será el resultado final.

La primera hipótesis, sobre el éxito de STV en su papel de servicio público, es quizá algo más fácil de manejar, puesto que está relacionado con la evaluación del pasado más que con las suposiciones sobre el futuro. En términos de “calidad” de la programación general se puede, sin lugar a dudas, citar evidencias en pro y en contra de la suposición. Sin embargo, si restringimos el resto de la discusión al área de transmisión de noticieros y tomas de actualidad que son la contribución de la TV a la esfera pública puede aducirse que la actualización del monopolio STV ha sido en realidad muy mala.

El detallar los argumentos va más allá del alcance de este artículo, pero pueden hacerse notar algunos puntos. El 2.° canal, TVZ, comenzó a transmitir en 1969. En esa época, el clima político (al menos fue­ra de los centros de poder establecidos) era bastante tenso y TVZ así como TV I introdujeron temas y elementos críticos y experimentales en algunos de sus progra­mas. En particular, la cobertura de huel­gas laborales en las minas y una serie crí­tica acerca del supuesto fracaso de la so­cialdemocracia atrajeron la furia de la es­tructura de poder de las elites económi­cas y burocráticas y todos actuaron para presionar sobre STV.

En 1971 hubo un cambio importante en la Dirección y en el Consejo informal pero efectivo, que garantizó que STV se sintonizara mejor con las necesidades del poder establecido y que el periodismo televisivo se hiciera más acorde con la vi­sión del mundo de la estructura del po­der.

Esto se logró mediante una variedad de mecanismos, tales como recortes presu­puestarios, movimientos de personal y la expansión del entramado burocrático. En el contrato de SR con el Estado se en­cuentran términos como “fortalecer los va­lores democráticos básicos” e “imparciali­dad”, pero nada hay escrito en la ley que obligue a una amplia diversidad de puntos de vista. Por lo tanto, STV era suscep­tible a las presiones del clima político.

La experiencia de aquellos años causó una “gran congelación” en el periodismo televisivo que continúa hoy, aunque des­de mediados de los años 70 ha funciona­do más como cuestión de rutina que como consecuencia de tales presiones. El resultado ha sido que las transmisiones y los comentarios en vivo han declinado marcadamente; la producción documental doméstica ha desaparecido virtualmente: los temas, opciones, oradores, los actores políticos y el lenguaje que aparecen son todos muy centristas. La tendencia lleva a restar legitimidad a todos los puntos de vista y las actividades ajenas al área polí­tica formal y oficial. Los noticieros dan esencialmente noticias “oficiales”, privile­giando a los sustentadores del poder y a los grupos de intereses establecidos. Aún más, este clima, acoplado con la congela­ción del empleo, han conducido a un es­tancamiento profesional dentro de STV. Se ha adquirido la costumbre de tener muy poco espacio libre para el periodis­mo televisivo.

La lógica de programación que emer­gió a principios de los años 80, de “más espectadores y menos contenido”, conti­núa hasta el presente. Como se hizo notar antes, los cambios cosméticos son hoy muy obvios, así como los nuevos formatos de revista, con su “infordivertimiento”.

La consigna es “mantenerlo ligero y en movimiento”. Con unas cuantas excepcio­nes notables, la esfera pública televisiva ha quedado desprovista de su vitalidad.

Claramente, hay que ser realistas acer­ca de los límites ideológicos que puede alcanzar la TV. Podría argüirse que de no haber ocurrido el estancamiento cuando lo hizo, habría llegado más tarde o más tem­prano de todas formas, puesto que la TV se estaba volviendo una molestia para los poderes establecidos. Sin embargo, tam­bién podría decirse que la propia estruc­tura del monopolio de servicio público fa­cilitó enormemente esta mediación del control, y una vez que ésta se afirmó, era muy improbable que se agrietara fácil­mente, más aún, la situación adaptada al monopolio ha significado la pérdida de una generación entera de periodistas te­levisivos en potencia. Aquellos que que­dan se han ajustado mayormente a las cir­cunstancias prevalecientes y no es proba­ble que, después de 15 años, puedan abrir nuevos campos.

Para una minoría, la situación actual parece tan cerrada y tan carente de espe­ranza, que cualquier alternativa es prefe­rible. Si bien, es comprensible una sensa­ción de desesperación, podría ser que la presente crisis presentara una pequeña esperanza de cambio. Un competidor co­mercial podría ser el catalizador justo para una esfera pública televisiva más descentralizada y revitalizada. Un canal comercial, junto con estaciones locales de cable y una STV reorganizada y conse­cuente de la competencia, podrían ofre­cer un clima donde una nueva generación de periodistas televisivos podría emerger y definir nuevas prácticas profesionales. El peligro aquí es, naturalmente, que pu­diera sucumbir al aura del estilo interna­cional (principalmente estadounidense) de periodismo “suave y entretenido” y continuaran por el mismo agradable di­vertimiento. Si ellos logran generar un periodismo televisivo renovado y vital, tendrán naturalmente que luchar con cen­tros de poder ansiosos de retomar el con­trol. Pero esperemos que sea más difícil esta vez.