La sociedad de la información: un panorama engañoso

 

CEES J. HAMELINK

 

En la sociedad contemporánea, casi a nivel mundial, se está propagando pe­netrante y persuasivamente un poderoso panorama: la llegada de la sociedad de la información. El panorama sugiere que la "revolución de la información" es el acon­tecimiento histórico más importante de nuestro tiempo; una transición revolucio­naria a una era fundamentalmente distin­ta.

Esa transición constituye el paso de una sociedad industrial a una sociedad de la información. Descripciones afines de esa nueva sociedad son: post‑industrial, post­capitalista, post ‑ideológica, y post‑protes­tante. Cualquiera que sea el término que se emplee, la principal característica de la transición es el aumento de la impor­tancia de un recurso llamado "informa­ción'. En la sociedad de la información, este recurso es fundamental para todos los procesos. Por ejemplo, al tratamiento de la información se le considera el prin­cipal factor que contribuye al desarrollo económico de las sociedades.

El aspecto más importante del panora­ma es la creencia de que estamos entran­do en una etapa radicalmente diferente de la historia de la humanidad. La socie­dad de la información es una "post‑socie­dad"; esto significa una ruptura con los va­lores, con los convenios sociales y con los modos de producción anteriores. Este matiz del panorama es "computoriano"; espera que la aplicación de tecnologías gobernadas por ordenador completarán de manera efectiva una estructura social que se caracteriza por una interminable lucha entre ganadores y perdedores, en­tre gobernantes y gobernados.

El panorama de la sociedad de la infor­mación tiene tres dimensiones: económi­ca, política y cultural.

 

Economía: La sociedad de la informa­ción será testigo del final de la produc­ción industrial capitalista con sus vicios in­herentes de centralización, expansión, uniformación, sincronización y explota­ción. Se producirá un paso de la produc­ción industrial a la prestación de servicios en un mercado desmonopolizado y diver­sificado.

 

Política: El terreno político de la socie­dad de la información es participativo. Su toma de decisiones está descentralizada y su insistencia en un mayor acceso de to­dos los ciudadanos a la información se asemeja al cambio del poder de la élite gobernante al proceso democrático real de referendum en el que se participa apretando un botón.

 

Cultura: En la sociedad de la informa­ción, al ser humano se le libra de las pe­nalidades del trabajo, que es asumido por los sistemas electrónicos; flexibles e inte­ligentes robots crean un tiempo de ocio sin precedentes. En este jardín del Edén, la gente disfruta de una producción autó­noma y de una diversidad de productos culturales. La cultura masiva de la socie­dad industrial cede el paso al consumo cultural individualista de productos en momentos y lugares que la gente elige por sí misma.

El realismo del panorama depende en gran medida de lo verosímil que sea la vertiente que tome. Pero la historia, refle­xionando seriamente y a pesar de las teo­rías revolucionarias de quienes las inter­pretan, puede que resulte ser más bien un proceso continuo que la "nueva era" que los profetas están dispuestos a acep­tar. Lo que sucede en nuestro tiempo po­dría explicarse diciendo que es una mera continuación de un proceso histórico que no tiene un punto de partida fijo e indis­cutido. En vez de pensar desde la pers­pectiva de un cambio revolucionario del pasado, la sociedad de la información po­dría describirse como un sucesor lógico de fases históricas anteriores. A lo que se denomina "revolución de la información" podría considerársele, en un análisis más serio, tan no revolucionario como su ante­cesora, la revolución industrial.

Hace unos cien años, en algunas partes del mundo comenzaron a utilizarse las técnicas mecánicas en la producción y distribución de bienes industriales. Ese proceso de mecanización, motivado en gran medida por consideraciones de ren­dimiento y de costes, se desarrolló lógi­camente en diversas etapas de avance, como la racionalización (Taylorismo) y de automatización de cinta transportadora (Fordismo). Los adelantos técnicos, por ejemplo en el campo de la utilización de la energía, contribuyen a este proceso de depuración.

Pero las técnicas mecánicas exigen energía de proceso intensivo de capital en forma de trabajo manual o de carbu­rantes fósiles. El lógico rendimiento de costes favorece su sustitución por siste­mas semiindependientes que exigen un mínimo de energía y que producen mejo­res ratios coste‑beneficio. Así, los siste­mas electrónicos que utilizan información en vez de consumo de energía vienen a sustituir a las máquinas. Este proceso puede denominarse informatización; las técnicas mecánicas están siendo reem­plazadas de manera creciente por técni­cas de información en la producción y distribución de bienes industriales.

Surge la pregunta de si el proceso his­tórico en el que la mecanización se con­vierte en informatización implica cambios fundamentales en las estructuras sociales donde se produce. Para responder, resul­ta útil retroceder a esa fase anterior de la historia llamada revolución industrial. La aplicación de técnicas mecánicas a la producción industrial va asociada gene­ralmente a una importante transformación social; el paso del poder del señor feudal al empresario capitalista. En lo externo, esto fue acompañado por importantes cambios sociales en los instrumentos téc­nicos que empleaba la gente (el paso de la herramienta a la máquina), en el pano­rama social (la aparición de las fábricas y de los medios de transporte), y en el esti­lo de vida de mucha gente (la creación de un proletariado industrial).

Lo que no cambiaron fueron las relacio­nes de poder entre ganadores y perde­dores; entre gobernantes y gobernados. Lo único que hicieron fue tomar nuevos nombres. El siervo pasó a ser el trabaja­dor. El siervo vivía en la pobreza, en la enfermedad y en la miseria. El trabajador también. Si acaso, el trabajador estaba peor porque los acuerdos contractuales entre siervo y señor ofrecían más seguri­dad que los acuerdos equivalentes entre trabajador y empresario.

Se emplearon técnicas distintas, pero el acceso a su manejo no fue alterado de forma radical. Lo que resulta llamativo es que no hay ningún indicio de que la situa­ción vaya a ser diferente con la llegada de la sociedad de la información. Pueden esperarse cambios, ciertamente, pero es­tarán limitados a los instrumentos que las sociedades despliegan (ordenadores, ro­bots), al panorama social (oficinas sin pa­peles y fábricas sin seres humanos), y al estilo de vida de la gente (cambios en la idea de la intimidad, riesgo de desem­pleo, necesidad de aprender a usar los ordenadores). Todo esto, ciertamente, tie­ne una extraordinaria importancia para los ciudadanos particulares afectados, pero en modo alguno es una revolución social.

Suele afirmarse que en la transición de una sociedad agrícola a una sociedad in­dustrial, y de una sociedad industrial a una sociedad de la información, cambian las fuentes de poder. Puede ser que las fuentes de poder cambiaran con el paso de la propiedad de la tierra a la propie­dad del capital, y de la propiedad del ca­pital a la propiedad de la información. Pero ¿qué diferencia supone esto cuando, después de cada cambio, hay una nueva élite (que normalmente se deriva de la anterior) que controla el acceso a la fuen­te de poder?.

El argumento de la sociedad de la in­formación pretende que aunque el acce­so a la tierra y al capital fuera restringido, la diferencia radical es que todo el mun­do puede poseer información. Diversos factores se oponen a esta afirmación sim­plista.

1. En ciertos sectores sociales la infor­mación se está haciendo progresivamente compleja y especializada. En general, esto implica que, a pesar del creciente volumen de información de que se dispo­ne, hay más gente que sabe menos.

2. El recurso "información' es mucho más difícil de explotar que la tierra o el capital; requiere unas condiciones inte­lectuales y directivas altamente desarro­lladas que están muy desigualmente re­partidas en la sociedad.

3. El hardware y el software avanzados para el tratamiento de la información son caros y sólo están al alcance de los ha­cendados o de los capitalistas. El resto tendrán que arreglárselas con instrumen­tos obsoletos.

4. La información sólo se convierte en fuente de poder si resulta accesible la necesaria infraestructura para su produc­ción, tratamiento, almacenamiento, recu­peración y transporte.

5. El argumento da por sentado que el pueblo nunca pudo ejercer el poder por­que estaba mal informado. Sin embargo, con mucha frecuencia el pueblo sabía lo que era malo e injusto, y estaba bien in­formado sobre la inmoralidad de sus man­datarios. Aun así, no actuó, y su informa­ción no llegó a ser una fuente de poder porque carecía de medios materiales y estratégicos para rebelarse.

6. El control y el acceso a los avances de la tecnología de la información están muy desigualmente distribuidos en el mundo, y el que millones de individuos puedan jugar con sus ordenadores case­ros no cambia las cosas. La estructura di­rectiva de la industria de la información no se ve afectada por la proliferación de artilugios electrónicos; si acaso, se fortale­ce considerablemente con el extensivo uso de sus productos.

Hoy día, como sucede en el caso de la posterior interpretación de la repercusión de la revolución industrial, nos enfrenta­mos de nuevo con la falsa pretensión de una disyuntiva histórica. Esas "transicio­nes", "cambios" o "revoluciones" son mu­chas veces más representativas de argu­mentos académicos que de la realidad histórica.

Necesitamos preguntarnos quién se ha beneficiado de lo que los testimonios his­tóricos califican de "revolución", y para quién se modificó, aparte de mejorar, la vida. Pueden producirse oleadas de civi­lización (como sugiere Alvin Toffler), pero eso no consuela mucho a los que siguen ahogados.

Volvemos a las tres dimensiones para examinar cuál es el panorama para los que están en el punto más bajo de la pi­rámide social.

 

Economía: Las técnicas de la informa­ción desplegadas en las sociedades de hoy (y sus proyectadas innovaciones) son los instrumentos perfectos para perpetuar un modelo capitalista de producción. Ofrecen el respaldo necesario para una división del trabajo por rendimiento de costes, una fragmentación del proceso de producción, un control integrado de todas las facetas de la producción, y una óptima utilización de la estructura directiva de la descentralización centralizada de las grandes empresas industriales.

 

Política: El avance de la tecnología de la información hace que el control centra­lizado sobre las actividades descentraliza­das sea más sencillo que nunca, dejando así más libertad para el comportamiento político desviado. Además, el vínculo en­tre la tecnología de la información y la democratización se rige por unas injustifi­cadas expectativas sobre lo que las má­quinas pueden hacer. Esto se basa en la creencia de que el dar más máquinas a los seres humanos les hace cualitativa­mente diferentes. Este punto de vista pasa por alto el significado de la infraes­tructura social en la que los humanos ac­túan entre sí. Es como sugerir que los pingüinos se humanizan más si se les dan frigoríficos.

 

Cultura: Las innovaciones técnicas en información tienden a favorecer un proce­so global de sincronización cultural en vez de la diversidad autónoma. Ilustracio­nes de esto son los omnipresentes equi­pos de video caseros con su software nor­malizado, y el logaritmo universal del len­guaje de los ordenadores. Las técnicas de la información facilitan la aparición de un mercado en oligopolio del ocio que determina y produce servicios culturales. Esto conduce a una rápida pérdida de mecanismos autodeterminados a través de los cuales el pueblo trata con su entor­no: la esencia del desarrollo cultural.

Todo esto sugiere que el panorama do­minante de la sociedad de la información, históricamente interpretado, está destina­do a alimentar los intereses de los que inspiran y manejan la "revolución de la in­formación": los sectores más poderosos de la sociedad, sus élites administrativas centrales, el estamento militar y las em­presas industriales mundiales. Pero el pa­norama no contiene promesas para quie­nes en la sociedad de hoy son los perde­dores. ¡En la sociedad de la información serán simplemente perdedores controla­dos por ordenador!.