La normalización terminológica del catalán

 

M. Teresa Cabré i Castellví

 

La normalización terminológica de una lengua es un proceso complejo, pendiente de múltiples factores, y que exige opciones concretas. La terminología catalana se encuentra ahora en una situación crucial, sentando las bases para una ordenación en el marco de una política lingüísti­ca.

 

1. ¿HAY QUE NORMALIZAR LA TERMINOLOGIA?

 

Con la intensificación de las relaciones comerciales a todo: los niveles se ha evidenciado la necesidad de la normalización de cualquier unidad 5 producto. Es en este sentido por lo que los confeccionista; que quieren comerciar con el exterior necesitan normalizar sus tallas; y los fabricantes dE envases de cartón, las medidas y calidades dE los productos que fabrican. La posibilidad de: producto único, del producto "hecho a mano" ha quedado prácticamente arrinconada, si tomamos en consideración la variable "intercambio con el exterior". Sin normalización no se puede competir. Sin normalización no se puede vender con unas ciertas pretensiones. Sin nor­malización es difícil intercambiar ideas o punto: de vista sobre una misma cuestión. Los merca­dos locales han quedado pequeños. El nuevo mercado, el mundo del momento, reclama pro­ductos e intercambios normalizados.

 

Si efectivamente es ésta la situación actual y queremos tomar parte en ella; si efectivamente queremos integrarnos en esta nueva sociedad que exige productos normalizados, es preciso que los ciudadanos seamos conscientes de lo que ganamos y de los que perdemos con esta normalización. Que, en términos más gráficos, podríamos considerar como un "ponerse el uni­forme". Es evidente que "normalizar" quiere de­cir convertir en estándar y que esta operación se basa en la elección y el rechazo. Es una elección, porque se debe privilegiar una posibilidad entre unas cuantas; es un rechazo, por que las posibilidades no seleccionadas se tienen que desterrar inevitablemente a fin de que el acto de normalización resulte eficaz. Normali­zar tiene que ser un acto consciente por parte de la sociedad y de sus dirigentes. La normalización debe programarse racional, adecuada y moderadamente en función de los objetivos que espera alcanzar.

Pero hay un hecho incuestionable: para ele­gir hay que rechazar; para elegir hay que re­nunciar ‑al menos en unos determinados nive­les‑ a la diversidad. Es necesario que tenga­mos en cuenta este hecho en el momento de to­mar una opción. Sólo renunciando a la diversi­dad, si ésta no es esencial, nos relacionaremos con el exterior de manera también normalizada.

Las necesidades de normalización se centran fundamentalmente en los productos comercia­les, en las ideas científicas y en las tecnologías y persiguen un objetivo fundamental: un inter­cambio ‑siempre comercial‑ más eficaz, más rentable y más ceñido a lo que se pretende.

Un proceso de normalización, en consecuen­cia, no puede ser un acto puntual, ni individual, ni irracional, sino que debe cumplir unas condi­ciones básicas mínimas. De lo contrario no ten­dría ni la más mínima eficacia. El dictado de una norma, su imposición social, su publicación en un órgano colectivo, no tienen valor alguno en sí mismos; el valor de una norma es única­mente su aplicación y, para ello, hace falta que se cumplan unos requisitos indispensables, como pueden ser: el consenso sobre la norma, el consenso sobre la normalización y el consen­so sobre su aplicación.

Sólo si hay un consenso previo sobre la nece­sidad de llevar a cabo un proceso de estandarización general; sólo si hay consenso sobre la necesidad de dictar una norma específica para un producto; sólo si los que toman parte en cualquiera de los peldaños relacionados con el producto están dispuestos a cumplir el acuerdo que han establecido, un proceso de normaliza­ción tendrá sentido, porque sólo así se respeta­rán los pactos que supone una decisión de estas características.

Pero, ¿es necesaria o no la normalización? Esta es una pregunta de muy difícil respuesta. Es necesaria, en la media en que una comuni­dad desee participar en una concepción espe­cífica de la sociedad moderna; es necesaria, en la medida en que una comunidad no quiere ser única y, en consecuencia, encontrarse aislada; es necesaria, sólo si así lo deciden sus miem­bros. A fin de cuentas, la respuesta está condi­cionada por la forma de pensar sobre el pro­greso y su sentido, sobre la visión de futuro y sobre la necesidad o no de participar en un de­terminado y muy preciso panorama mundial.

 

2. NORMALIZACION TERMINOLOGICA Y NORMALIZACION LINGÜISTICA. LAS POLITICAS LINGÜISTICAS

 

La normalización terminológica no es acto único, sinó que participa de los mismos objeti­vos y condiciones que afectan a la normaliza­ción general. Es en este sentido que normalizar terminológicamente significa preferir un térmi­no a otros, rechazar los términos no elegidos, uniformizar la "manera de nombrar", la manera de "referirse a".

No hace falta insistir en la necesidad de es­tandarizar los términos, si queremos estandari­zar los productos que designan; ni en la necesi­dad de homogeneizar la "manera de nombrar", si queremos intercambiar ideas. La normaliza­ción terminológica es necesaria para relacio­narnos entre nosotros y con el exterior, ya que, sólo presuponiendo que hablamos de la misma cuestión porque usamos el mismo término para designarla, podremos volcar nuestros esfuerzos mentales en la cuestión y, además, unificaremos la manera de referirnos a las cosas.

Con todo, la normalización terminológica no afecta a la lengua general. Sólo estandariza la designación de los conceptos y productos pro­pios de las ciencias, de las técnicas y de las profesiones ‑designaciones que se recogen en las llamadas lenguas de especialidad. Y todavía más, sólo aborda el aspecto gráfico y, en muy contadas ocasiones, el fónico. La normali­zación de la terminología se centra en el aspec­to formal de los términos propiamente dichos y no interviene en el léxico, ni en la sintaxis, ni en la morfología generales. Así pues, cuando ha­blamos de normalización lingüística no nos refe­rimos ni mucho menos a todas las palabras, sino sólo a aquellas que dentro de un lenguaje espe­cializado designen conceptos específicos.

Un lenguaje especializado es un subconjunto de la lengua general, subconjunto definido por la realidad profesional y laboral. La terminolo­gía es un subconjunto del léxico común, del lé­xico general.

No podemos perder de vista que normalizar terminológicamente no es, ni puede ser, un pro­ceso aislado. Por una parte, está muy relaciona­do con la normalización de productos y concep­tos; por otra parte, ha de estar concebido den­tro de la normalización lingüística general. Ha­blando lisa y llanamente, normalizar terminolo­gías presupone querer normalizar productos y querer normalizar la lengua. Es bien cierto que un país podría plantearse perfectamente el nor­malizar sus términos técnicos y científicos de cara a las relaciones exteriores y que las líneas generales que propusiesen no tuviesen nada que ver con las que dispusiesen para la lengua en general. Muy bien podría pasar que la adap­tación de los préstamos técnicos siguiese unas recomendaciones contradictorias con las dicta­das para los préstamos generales.

Esto, que evidentemente es posible, no es de ninguna manera deseable. Normalizar una len­gua ha de ser un acto consciente no sólo de la necesidad de llevarlo a cabo, sino también de las resoluciones terminológicas para llevarlo a cabo. Una política terminológica bien estructu­rada no puede prescindir de la política lingüís­tica general y, en la medida en que ello sea po­sible, ha de mirar de acoplarse a sus mismas lí­neas. ¿Por qué? Por coherencia hacia la lengua, por respeto a los ciudadanos y por rentabili­dad económica y política. Los dirigentes han de saber cómo deben tratar a la lengua, qué "quie­ren hacer" con la lengua. Siempre habrá quie­nes opinen que no importa que un lenguaje se pierda, que así se demuestra que es un organis­mo vivo y, como tal, nace, se desarrolla y mue­re. También habrá quienes sean partidarios de considerar cada lengua como una "pieza única", que se aleje siempre que pueda de las solucio­nes de otros idiomas. Habrá quienes crean tam­bién que sólo el uso es soberano. Otros habrá que pensarán que todo producto ‑incluida la lengua‑ se debe normativizar. Muchas son las opciones, y de todas o de algunas de ellas han de surgir unas decisiones claras y coherentes que configuren una política lingüística determi­nada.

Querría subrayar el uso que hago del artículo indeterminado al referirme a la política lingüís­tica. Observemos que establecer una política cualquiera, unas estrategias para llevarla a cabo y unos márgenes de maniobra es simplemente una cuestión de decidirse por alguna opción. Es obvio que hay políticas más eficaces que otras; como las hay que son más coherentes en con­junto y otras internamente contradictorias; y, aún más, las hay que se acoplan más estrecha­mente a la manera de pensar de cada cual y de concebir la lengua. Sin embargo, para estable­cer una política lingüística, uno debe decidir y, al decidirse, tiene que tomar una opción y re­chazar otras posibles alternativas.

Hemos dicho que todo acto de normalización general es al mismo tiempo un acto de elección y de rechazo ‑elección de una posibilidad y rechazo de las demás‑; la normalización de la terminología es un acto también de elección y rechazo: elección de un término para designar un concepto y arrinconamiento de las otras de­nominaciones reales o posibles.

Centrémonos un momento en las denomina­ciones reales o posibles. Es un hecho que, a menudo, para denominar un concepto tenemos varias palabras que se usan efectivamente. En catalán, por ejemplo, para designar la "porción extrema de un tejado que sobresale más allá de la línea vertical de la fachada", y que corres­ponde al castellano alero, se puede utilizar la palabra ráfec, con todas sus variantes fónicas dialectales, y además, volada o eixida. Si efecti­vamente normalizar la terminología quiere de­cir privilegiar un término por encima de otros, en un caso como el que presentamos habrá que tomar una opción y considerar prioritario sólo uno de los términos, y los otros tratarlos como secundarios; y, a fin de cuentas, no recomenda­bles. Estandarizar significa ésto, aunque nos cueste renunciar a la diversidad, aunque pen­semos que empobrecemos lingüísticamente un área. Pero sólo .rechazando alternativas y que­dándonos con una única propuesta, y sólo re­nunciando a la "riqueza" terminológica, se pue­de llegar a estandarizar los términos.

Por este motivo, entre otros, la normalización tiene que ser un acto de consenso. Porque sólo si las partes implicadas en el uso terminológico están de acuerdo en llegar a una propuesta úni­ca, la normalización tiene algunas posibilidades de tener éxito. En caso contrario, si ya de entra­da los que han de usar un conjunto de términos de un área no quieren llegar a un acuerdo, los intentos de normalización fracasarán. La imposi­ción no es ningún método válido para la lengua. Tener que actuar por consenso, en consecuen­cia, determina unas estrategias concretas para la normalización lingüística. Y este procedi­miento, a veces, resulta difícil de entender, por­que implica lentitud y asimilación gradual. Y los ciudadanos, en algunas ocasiones, tenemos mu­cha más prisa.

La terminología, además de otros aspectos, también se diferencia de las palabras del léxico común por sus contínuos cambios. El progreso de una determinada área científica o técnica condiciona el arrinconamiento de términos ya obsoletos y la aparición de nuevas necesidades de denominación. También, para enfocar esta cuestión, hay divergencia por parte de los que se dedican a la terminología. Para algunos, las denominaciones no tienen por qué cambiar. Para otros, hay que separarse de forma brutal de la denominación anterior, porque ha surgido un nuevo concepto y, por tanto, una nueva aso­ciación concepto‑término. Una y otra posición son excesivamente radicales. Siguiendo la pri­mera, a la máquina de lavar la ropa aún la de­nominaríamos lavadero o pila. Siguiendo la se­gunda, cada concepto nuevo sería tratado inde­pendientemente de la historia que lo ha hecho posible y de los términos que lo han designado en fases precedentes.

Son variadas las posiciones en este terreno y no corresponde ni a los terminólogos ni a los usuarios el decidir las líneas básicas de este proceso. Este es un deber y un derecho reser­vado a quienes han de elaborar las pautas de trabajo sobre la lengua, a los que se tienen que haber planteado y tienen que haber expuesto explícitamente a los ciudadanos por dónde piensan conducir la lengua; en definitiva, qué quieren hacer con ella. Y los ciudadanos deci­dirán si están de acuerdo o no, si lo aceptan absolutamente, con condiciones o lo rechazan. Porque, siguiendo a Rondeau, para llevar a cabo la normalización terminológica no se pue­de prescindir de una política lingüística "clara, explícita y ampliamente difundida".

 

3. LA ADAPTACION DE PRESTAMOS

 

Uno de los temas preferentes en las discusio­nes sobre terminología es el de los préstamos. Evidentemente es uno de los más espectaculares, de los más notables a la hora de hablar de normalización lingüística. Mientras que es más difícilmente contestable en una situación preci­sa si los individuos hablan más o menos con otros, si les gustan más las películas con doblaje escrito u oral, si tienen actitudes diversas y an­tiigualitarias respecto a los diferentes dialectos o respecto a otras lenguas ‑tema del que ten­dríamos que hablar largamente‑ es fácilmente observable si usan términos directamente ex­traídos de sistemas lingüísticos diferentes. Y es un hecho real que en muchas de las áreas téc­nicocientíficas, exceptuando algunos campos de profunda tradición, las creaciones se importan, con lo cual se importan también las denomina­ciones.

 

No podría suceder de otra manera. Si alguien inventa un producto, una fórmula o un nuevo concepto, lo denominará de una manera deter­minada, siempre aprovechando los recursos que su lengua le ofrece y, evidentemente, usan­do los morfemas idiosincráticos de su sistema lingüístico. Y así tenemos los casos del softwa­re, o el hardware para los ordenadores, o el print o el delete en el teclado de los terminales. Y los términos importados se instalan en el uso y, en consecuencia, en la lengua. Y a veces se acomodan tanto que hasta incluso usan las posi­bilidades de la lengua en la que se han instala­do. Auto‑stop es un término procedente del in­glés que ha ya producido autostopista; print ya ha producido printar en catalán.

 

Ante una situación de este tipo es necesario saber qué hacer; quienes han de establecer las líneas políticas sobre la lengua tendrán que dar unas bases generales de actuación, bases que los profesionales de la lengua (docentes, tra­ductores, redactores, etc.) o los expertos de un campo determinado respetarán o, en todo caso, discutirán; pero, en definitiva, sabrán a qué ate­nerse. Este marco general al que hacemos alu­sión se refiere a la política de préstamos. ¿Cómo queremos que sea la lengua en el futu­ro? ¿Queremos que se le incorporen sin reto­ques ni discriminación todas las palabras pro­cedentes de otras lenguas, o queremos incor­porarlas con adaptaciones? ¿Queremos tradu­cirlas o queremos adaptarlas a nuestras nor­mas?, ¿o quizás queramos crear nuevas pala­bras?

 

Las posibilidades, también en este terreno, son variadas, e inevitablemente hay que esco­ger algunas vías o bien sintetizar las diferentes posibilidades. Lo que no debe ocurrir es lo que sucede ahora en muchas lenguas, en que cada caso es considerado un tema único. Y así pode­mos encontrarnos, por ejemplo, en catalán que términos como los mencionados anteriormente software y hardware, o el zoom o el saque sean pronunciados a partir del sistema fónico de la lengua de procedencia; y, en cambio, términos como hoque¡, básquet o fútbol se hayan adapta­do fónica y gráficamente, y otros casos como parking, input o output se hayan solucionado completamente con palabras ya existentes en el catalán.

 

Es imprescindible que haya un cierto orden en estas cuestiones, sobre todo en casos como el de la lengua catalana, con un problema de normalización pendiente, en el que todos los que son conscientes de ello tienen que partici­par inevitablemente.

 

No obstante este planteamiento que acaba­mos de hacer, no podemos perder de vista que la política de normalización de la lengua común y la específica de la terminología deben respe­tar condiciones diferentes, puesto que persi­guen objetivos diferentes. Normalizar el uso de la lengua presupone estimularla en diferentes ámbitos, respetando sus formas más genuinas ‑sin que ello signifique que no pueda incorpo­rar unidades de otras lenguas con las que está. en contacto‑, hacer renacer una riqueza léxica aparentemente inexistente, pero real. Una len­gua es uno de los testimonios de una comuni­dad. Con todo, la normalización terminológica pasa por otras condiciones. No hay que olvidar que la terminología sirve para los intercambios, entre nosotros y con el exterior. Así pues, un término no es simplemente el testimonio de que pertenece a una lengua existente, sino que, además, cuanto más útil sea mejor, cuanto más fácil y operativo, tanto mejor. Las palabras tie­nen que identificar una lengua, diferenciarla de las demás. Pero es deseable que los términos tengan una base común internacional.

 

El respeto de esta doble vertiente de los tér­minos, la local y la internacional, tiene que pre­sidir incuestionablemente las líneas de la nor­malización de la terminología. Sabemos que este aspecto sólo será tenido en cuenta si una política lingüística lo requiere; de cualquier for­ma, no querer respetar esta doble cara significa aislarse, separarse del resto en este terreno. Esta opción es perfectamente legítima, pero hay que calcular las consecuencias y medir las fuerzas. Algunos países tecnológica y científica­mente desarrollados lo saben perfectamente, y por ésto se imponen terminológicamente. Los países y las comunidades que no se encuentra en esta situación tienen que calcular la jugada antes de arriesgarse a perder el tren de los in­tercambios o complicarlos innecesariamente. Es una cuestión de opciones, y, en este caso, me limito simplemente a exponerlas.

 

4. ORGANIZACION DE LA TERMINOLOGIA CATALANA

 

La terminología catalana se encuentra en una situación muy precisa ‑aunque todavía poco consolidada‑ y, en este momento, crucial. Es crucial porque podemos considerarnos situados en el punto de paso de una situación no ordena­da a, al menos, una situación abordada. Estamos en el punto de sentar las bases para llevar a cabo una determinada ordenación terminológi­ca que respete, por un lado, el marco de la po­lítica lingüística establecida por la Generalitat de Catalunya, y, por otro, las recomendaciones dadas por la institución reconocida como la au­toridad lingüística para la lengua catalana: el Institut d'Estudis Catalans (1).

Ambas instituciones han creado un organismo que se dedicará a los trabajos terminológicos, a la normalización terminológica. Evidentemente, al crearlo, cada institución le ha dado el apoyo que puede proporcionarle. El Institut d'Estudis Catalans, el apoyo lingüístico, puesto que san­cionará, mediante la participación de algunos de sus miembros en las Comisiones de Supervi­sión, los términos propuestos y las recomenda­ciones para formar otros nuevos. La Generalitat de Catalunya, su apoyo lingüístico, legal y estra­tégico, puesto que recomendará o propondrá, según el sector de que se trate, los términos que hayan surgido de las Comisiones de Super­visión ya mencionadas.

Este Centro, el TERMCAT (2), se ha de ocu­par, pues, de todos los aspectos relacionados con la planificación terminológica:

 

1. De la planificación de la investigación terminológica, convenientemente ade­cuada a las líneas prioritarias estableci­das por la Direcció General de Política Lingüística de la Generalitat de Catalu­nya.

2. De la unificación de la metodología de investigación y de presentación de dic­cionarios y vocabularios esepecializa­dos. De la difusión de una metodología normalizada.

3. De la creación de un banco de datos terminológicos automatizados, que in­cluyan información (3) sobre el término catalán y su equivalencia en otras len­guas.

4. De la creación de un banco de datos documental sobre terminología, que in­cluirá repertorios lexicográficos gene­rales y especializados, obras específi­cas tanto de teoría terminológica como de áreas científicas y técnicas específi­cas y documentos terminológicos aptos para el vaciado.

S. De la supervisión de los términos a tra­vés de su Consejo Supervisor, en el que figurará el Institut d'Estudis Cata­lans.

6. De la difusión de las terminologías nor­malizadas, a través de publicaciones y servicio de consultas.

7. De la formación de personal especiali­zado en la investigación terminológica, ya sea procedente del área de la lin­güística, como de alguna de las áreas de la ciencia y la tecnología.

 

El TERMCAT es un centro de servicios para la terminología catalana y sus equivalencias en otras lenguas, que dará información sobre y a partir de las denominaciones en catalán o sobre y a partir de los términos en otras lenguas. Será, por lo tanto, útil, tanto para los docentes, como para los traductores, locutores, periodis­tas, redactores técnicos y expertos en general.

 

NOTAS

 

(1) La Generalitat de Catalunya se somete lingüísticamente a las recomendaciones del Institut d'Estudis Catalans, tal y como consta en el Decreto 90/1980 de 27 de junio publicado en el DOG n.° 74 de 16 de julio. Mientras que el gobierno autónomo de la Generalitat de Catalunya sólo abarca el ámbito del Principado, el Institut d'Estudis Catalans tiene competencias sobre toda el área de habla catalana y, por tanto, tiene jurisdicción en la comunidad autónoma de Valencia y en la balear.

(2) El TERMCAT funciona desde setiembre de 1985. Tiene su sede en la calle del Carme, 08001 Barcelona.

(3) Cada ficha terminológica incluye varias informaciones: el tér­mino gramatical, el campo y el subcampo al que pertenece, la defi­nición, los contextos, las fuentes de referencia de todas las informa­ciones, la marca de ponderación, el autor y fecha de la ficha y las equivalencias en inglés, francés, castellano, alemán e italiano; ade­más de otros datos no obligatorios.

 

 

BIBLIOGRAFIA

 

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TermNet News núm. 9, 1985.