EDITORIAL La pizarra y el ordenador

 

 

 

Hacia la Edad Media, conocer las operaciones aritméticas era condi­ción valorada como signo de inte­ligencia en quien la poseía. Aún, si no re­cuerdo mal, cuando yo era muy niño, era posible asegurarse una vida digna y sin mayores problemas económicos sabiendo tan sólo leer y escribir y algo de contabi­lidad. Hoy, por poner un ejemplo que no sé si es muy exacto, para aspirar a un puesto de la administración municipal, además de contar con buena salud y su­perar unas pruebas psicotécnicas, es ne­cesario haber aprobado el bachiller, pero, dada la competencia, las probabili­dades de obtenerlo aumentan si se ha cursado una carrera universitaria y se po­seen conocimientos de un idioma extran­jero. Por lo demás, los estudios de bachi­llerato contienen aproximadamente todos los saberes de los que se disponía en la Edad Media, y muchísimos más, entonces inexistentes.

Últimamente, el concepto práctico de inteligencia ha sufrido enormes modifi­caciones. Ahora, unos circuitos electróni­cos pilotan un complejísimo avión reactor, lo mismo que juegan al ajedrez y ganan a la gran mayoría de jugadores humanos. Tamaña eclosión de conocimientos se ha trasladado en forma de requerimientos al sistema educativo con una presión brutal y con velocidad animada de una acelera­ción incongruente con el ritmo histórico de la sociedad. Se quiere que los estudiantes al salir de su ciclo escolar estén más o menos a la altura de las máquinas.

Pero, he aquí que el sistema escolar no parece ser capaz de responder eficaz­mente al desafío y de añadidura produce fracaso escolar, aunque más apropiado sería llamarlo fracaso educativo. La socie­dad se lleva las manos a la cabeza. Ha encerrado a sus vástagos en los colegios y universidades y pagado sus impuestos y mensualidades, confiando sin éxito apa­rente a un profesorado (mal remunerado) el cuidado y el futuro de sus hijos. ¿Qué es lo que falla? Los especialistas emiten diferentes diagnósticos. Algún sector pone en duda la misma pertinencia del concepto actual de fracaso educativo, por no mencionar a quienes cuestionan radi­calmente la validez del sistema educativo institucionalizado.

Un argumento frecuente es que el sis­tema educativo simula cada día estar en un ineficiente mundo arcaico, desconec­tado método lógicamente de la tecnología que mueve el mundo real. Con excepcio­nes cuantitativamente pequeñas, los edu­cadores siguen utilizando la clase magis­tral y la pizarra ante una audiencia dema­siado numerosa y psicológicamente vario­pinta. Solución: hay que introducir las tec­nologías de la información, en especial el ordenador, como motor de productividad en el sistema. En adelante, al profesorado se le reservará la tarea noble que "siempre" le ha sido irrenunciable, la dimen­sión afectiva, los aspectos éticos y la or­ganización del trabajo. De paso, y para completar la solución, a la anterior fun­ción instrumental cabría añadir, según al­gunos, la consideración de la informática como un nuevo contenido educativo. ¿No vivimos y viviremos rodeados de ordena­dores? Pues introduzcamos la alfabetiza­ción informática como parte de la ense­ñanza.

Naturalmente, y con razón, no todo el mundo está de acuerdo en el análisis que se acaba de resumir. Y en todo caso, se­ría imprudente atribuir a las tecnologías de la información virtudes mágicas "per se" con respecto a este asunto. Hacerlo sería una visión totalmente simplista a corto plazo. Ahora bien, lo que no sólo re­sultaría imprudente sino también un error, sería no reconocerles su potencialidad in­discutible e incluso su inevitabilidad. En efecto, si aceptamos el hecho demostrado de la evolución fisiológica de la especie humana hacia un cerebro mayor, adicio­nalmente prolongado por instrumentos tecnológicos, es necesario convenir en que el sistema educativo, cuya difícil mi­sión es construir lo fundamental del cerebro social, está abocado a amplificarse funcionalmente por los mismos instrumen­tos. Ello requiere tiempo. Pero ¿cuánto?

Hay ciertos procesos que requieren ser considerados con perspectiva Histórica, para poder comprender la dinámica del cúmulo de problemas entrecruzados que su interior alberga. El reajuste tecnológi­co y metodológico del sistema educativo es uno de ellos. La penetración de las tecnologías informativas en la educación será un fenómeno lento a irregular, antes reflejo que causa del proceso de asimila­ción por la sociedad de dichas tecnolo­gías. La cuestión no es que éstas no pue­dan resolver ahora el fracaso educativo ‑hablando en términos globales, ni siquie­ra podrían mejorar apreciablemente la enseñanza en las actuales circunstancias‑, sino que son la única salida a largo plazo para acompasar la capacidad del sistema educativo al ritmo de producción de co­nocimientos en todos los frentes.

El hecho de situar el fenómeno en un marco histórico evolucionista no facilita una respuesta clara a la pregunta formula­da hace un momento, decir otra cosa se­ría un contrasentido. Tampoco ha de ser tomado como pretexto para bloquear la acción sobre los problemas antes genéri­camente evocados, y que se plantean en diversos campos disciplinares. Simple­mente, es un intento de referencia realis­ta, aunque difusa, con el que contrastar el diseño y las posibilidades de las distintas acciones emprendidas o por emprender.

En resumen, introducir adecuadamen­te las tecnologías de la información en el sistema educativo no es asunto nada sen­cillo. Es, como diría Ackoff, un "mess" (un sistema de problemas), pero es también una necesidad cuya consecución parece reclamar un lapso de un orden de magni­tud superior al que muchos han pensado o quieren pensar. Conviene saberlo, para no concebir ni hacer concebir falsas ilu­siones.

 

F. Sáez Vacas