Vigilar el desarrollo de la tecnología

 

ENRIQUE TIERNO GALVAN

 

Existe la tendencia que no tiene fun­damento riguroso, de que nuestras nue­vas tecnologías aplicadas a la comunicación, esencialmente a la informática, van a cambiar el mundo.

Hay que preguntar para que el discurso sea lógico y lineal qué quiere decir “cambiar el mundo”.

Básicamente es una expresión vacía de fundamento si no se entiende que cam­biar el mundo es cambiar al hombre. Por consiguiente, la nueva tecnología de la comunicación no cambiará el mundo por la sencilla razón de que no puede cam­biar al hombre. Puede llegar, aceptando las tesis pesimistas, a transformar en par­te las relaciones sociales y aumentar cier­tos peligros que pueden impulsar con ra­pidez el acabamiento de la libertad y de la independencia.

Hemos, pues, de ver las cosas de modo simplificado y realista. El hombre no cam­biará, pero pueden sufrir un deterioro máximo algunas de sus cualidades funda­mentales.

En otras palabras, que tenemos la obli­gación de estar prevenidos y vigilar el desarrollo de estas tecnologías que tien­den a configurarse en una red única: in­formática, televisión, radio, etc.

Permanece latente la amenaza que es real y que podría llevarnos a una situa­ción de entropía positiva; es decir, al or­den absoluto o a la muerte. En una visión más inmediata, hay que admitir que, como meros instrumentos auxiliares, las nuevas tecnologías de la comunicación han conseguido, y aún han de conseguir más, una acción de valiosas consecuen­cias, que se refieren a una condición principal: la rapidez en la información y la coordinación.

En este sentido, la experiencia munici­pal es óptima. El haber llevado la infor­mática, por ejemplo, a los nuevos servi­cios de ventanilla, ha aliviado considera­blemente las largas esperas, permitiendo dar casi al instante la respuesta veraz a la pregunta que el ciudadano hace.

Concretamente en la Gerencia de Ur­banismo del Ayuntamiento de Madrid, la introducción de la informática ha supues­to una mayor rapidez, mayor exactitud y, por consecuencia, mayor eficacia. Esto no quiere decir que el desarrollo progresivo acelerado de los nuevos instrumentos que ayudan a programar cualquier ac­ción, y que substituyen incluso la activi­dad que antes cumplía el hombre, no sean un peligro potencial. Es cierto, como decíamos al principio, que el hombre no va a cambiar, y que el umbral del desa­rrollo y los artilugios tecnológicos nunca podrán ser superiores a la propia capaci­dad de inteligencia humana; pero el mun­do puede transformarse da tal manera que la integración de los sistemas comu­nicativos en un supersistema que los pon­ga a todos al servicio de un determinado poder o de una determinada idea, es un peligro que existe y que amenaza cada vez más.

La democracia puede desaparecer por los efectos mecánicos de la máxima inte­gración y control a través de la informa­ción que los sistemas capitalistas aceleran cada vez más. Unido ésto a la evidente concentración del control del capital, por una minoría, podría traer como conse­cuencia una dictadura construida de he­cho sobre un mundo en cambio, cuya de­sintegración sería socialmente cada vez mayor aunque la unidad del poder políti­co fuese cada vez más fuerte.

 

En resumen, satisfacción inmediata y profunda por los bienes que estas tecno­logías nos deparan, y recelos justificados respecto a sus consecuencias generales en relación con el futuro.