Nuevas tecnologías de la información y viejos objetivos

 

HERBERT SCHILLER

 

Un fenómeno recurrente en la histo­ria social de la comunicación, observable sobre todo en los Estados Unidos, es la eminente voz que se alza tantas veces para asegurarnos a todos que nuestras vi­das mejorarán, la cultura se enriquecerá, la educación aumentará y se multiplicarán las diversiones cada vez que entre en funcionamiento una nueva tecnología de comunicación.

Como ejemplo; los primeros días de la radio están llenos de extravagantes afir­maciones a favor de este medio. Unas de­cenas de años después se proclamaba a la televisión como el heraldo de una ex­plosión cultural. De nuevo hoy el país está en una ola de entusiasmo por la televisión por cable, la comunicación por satélite y los ordenadores personales.

Otra vez estamos con la promesa, ex­presada en la práctica como un hecho cierto, de que se erradicará el analfabe­tismo, de que los enfermos recibirán el mejor tratamiento que exista en el mundo por medio de las transmisiones por satéli­te, de que la cultura va a inundar todos los hogares y de que en una edad rica en información todos vivirán rodeados de lujo. Las promesas que se están haciendo al “mundo pobre” son aún más extrava­gantes; que saltando siglos de diferencias culturales van a poder entrar directamen­te en el milenio tecnotrónico.

Lo que ocurre es que ya existe un im­portante bagaje histórico que contradice la idea de la inminente llegada de utopías tecnológicas. Es preciso, sin embargo, no confundir el escepticismo sobre las nue­vas tecnologías con un rechazo de la ciencia en general y de la actividad in­dustrial y mecánica en particular. Lo que está en cuestión es la forma en que se ha desarrollado la ciencia y la tecnología, en circunstancias económicas e históricas concretas, en resumen, en un entorno ca­pitalista.

Un grupo de centros de poder interre­lacionados ha determinado en gran medi­da el ciclo de investigación, descubri­miento, construcción y aplicación de las nuevas tecnologías de comunicación du­rante más de un siglo. Se ve muy bien en los últimos años, en el desarrollo de los ordenadores y los satélites.

El aparato militar comenzó y apoyó ac­tivamente la investigación desde el prin­cipio y utilizó la instrumentación resultan­te de los enormes gastos efectuados. Las empresas más importantes recibieron los contratos de fabricación y adaptaron gran parte de la nueva tecnología para sus propios fines. El tema, en su conjunto, fue financiado y promovido por el gobierno federal, que continúa siendo uno de los principales clientes de la producción de las empresas.

Podíamos preguntarnos cuál es la im­portancia de lo que acabamos de decir. Las empresas, el gobierno y el estamento militar son centros dominantes en la ma­yoría de las sociedades industriales más avanzadas. Podría pues esperarse que entre ellos existiesen lazos muy estrechos y tuvieran intereses en común... ¡y es cierto!. Pero también hay otros aspectos menos aparentes que hacen que estos entendimientos no sean tan simples y a simple vista tan poco fuera de lo común.

La combinación de estas agrupaciones de intereses constituye, por lo menos en Estados Unidos, algo más que una agre­gación de centros de poder. Estamos ante los bastiones de un sistema de influencia y autoridad a nivel mundial, de los com­ponentes de un imperio global, en otras palabras.

Por ejemplo la preocupación de los mi­litares por las comunicaciones, los orde­nadores y los satélites no representa un interés en general por la tecnología avan­zada. La misión de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos es servir y proteger un sistema de organización económi­ca mundial que está dirigida por las po­derosas agregaciones de capital privado y funciona en su beneficio.

Cualquier obstáculo, limitación o con­trol de las formas de funcionamiento de este sistema comercial mundial es defini­do e interpretado como una amenaza al interés nacional de los Estados Unidos.

Las compañías multinacionales utilizan las nuevas tecnologías y procesos de co­municaciones para funcionar mejor y mantener sus posiciones preeminentes como productores globales y proveedo­res, comerciantes y banqueros, asegura­dores y comercializadores de una econo­mía mundial. Las tecnologías de la infor­mación permiten a estas empresas mun­diales cambiar a voluntad el lugar donde fabrican en función de un cálculo de sus beneficios. Los trabajadores de cualquier país están cada vez más a merced del ca­pital multinacional que fluye casi instantá­neamente a donde el coste de la mano de obra sea más bajo.

Lo que la comunidad internacional, y el Tercer Mundo sobre todo, puede esperar de la introducción de las nuevas tecnolo­gías de la información podrá ser entendi­do de las etapas anteriores a su implanta­ción en los Estados Unidos. Para resumir, en ningún momento del ciclo tecnológico de investigación, invención, aplicación y funcionamiento de estas tecnologías se han tenido en cuenta las necesidades, opiniones o bienestar de los trabajadores o de las personas, y en mucha menor me­dida han sido respetadas.

La introducción de los ordenadores, la automatización de la producción, la susti­tución de trabajadores por robots, la ofici­na automatizada, todos estos procesos se están realizando siguiendo los imperativos de la obtención de beneficios y de con­trol del mercado. Sus impactos sobre las personas afectadas rara vez se toman en consideración. Un economista del depar­tamento de investigación del Sindicato de Trabajadores de Comunicaciones de América ha formulado esta opinión de lo que está ocurriendo en la economía. (1)

“La selección e introducción de una tecnología nueva es el resultado de deci­siones de la dirección... Alguien decide qué tecnología aplicar y en los Estados Unidos, tradicionalmente este poder de decisión ha sido dejado siempre en las manos de la dirección, que elige tenien­do en cuenta la rentabilidad como consi­deración principal para juzgar el poten­cial de un sistema nuevo. Otro de los cri­terios utilizados en la selección de tecno­logías es el aumento del control de la di­rección sobre los trabajadores y el proce­so de producción”.

Junto al objetivo de disciplinar y redu­cir la mano de obra, existe otra razón pri­mordial para la introducción de nuevas tecnologías de información. Estas tecnolo­gías están diseñadas como herramientas de comercialización. Por ello la supuesta­mente democrática promesa sobre una televisión por cable interactiva (en las dos direcciones), no es, en realidad, más que un excelente mecanismo para llegar y cuidar a los consumidores en sus hoga­res.

Hay otro elemento, nada desdeñable, íntimamente relacionado con las nuevas tecnologías domésticas de información; los teléfonos multiuso, los sistemas por ca­ble de conexión a ordenadores y televi­sores, la capacidad de vigilancia y de ob­tener datos sobre los gustos, decisiones y comportamiento de las personas. Las de­cisiones que se introducen en los nuevos sistemas; preferencias políticas, priorida­des de bienes de consumo, selección de libros, información médica, etc..., hay que esperar que en uno u otro momento se pongan a disposición de los detentadores del poder de cualquier tipo.

Estos son los hechos que se observan en los Estados Unidos y están progresan­do rápidamente a nivel internacional. A los países pobres se les dice que las nue­vas tecnologías de comunicaciones per­mitirán a las naciones menos desarrolla­das pasar rápidamente a la modernidad. Los beneficios que se prometen a raíz de los nuevos procesos que están siendo ins­talados en todo el mundo son el creci­miento económico, la cohesión política y el enriquecimiento cultural. En realidad no son más que los medios con los que los pobres están más anclados en relacio­nes dependientes con los ricos. La utili­dad que estas tecnologías tienen para el sistema de poder transnacional prevalente es aterrador.

En la nueva división internacional del trabajo que está siendo construido bajo la guía y la dirección del sistema comercial de las multinacionales, la generación de la información, su procesado, transmisión y divulgación desempeñan partes de vital importancia. De hecho los elementos que propician el dominio y control a nivel mundial están muy condicionados por la capacidad de fabricar el hardware de las tecnologías avanzadas tales como satélites y ordenadores, la organización y adminis­tración de los sistemas internacionales de comunicaciones, la elaboración y la pro­piedad de bases de datos electrónicas completas y el control de los satélites de telemando.

El objetivo concreto de la política ame­ricana actual es la superioridad en estas áreas. Escribe un alto funcionario del Pentágono; “La nación que domine en el campo del proceso de la información ten­drá las llaves del liderazgo mundial en el siglo XXI”.

Las naciones que deciden entrar en la “carrera” tecnológica, o se las engatusa para ello, pierden la capacidad de deci­dir y elegir independientemente. Facto­res denominados “neutrales”, tales como productividad, inversión, intercambios comerciales y estabilidad monetaria se ha­cen dueños de la situación. Todas estas variables están fuertemente influenciadas por los más poderosos participantes en la economía de mercado mundial; las com­pañías multinacionales y el poder estatal que las apoya. Consecuentemente a las sociedades más débiles se las lleva a re­laciones y sistemas globales que satisfa­cen, casi exclusivamente, las necesidades y objetivos de los poderes dominantes.

Pero podríamos preguntarnos qué pa­saría si no existiesen las Exxon, IBM, Ge­neral Motors y el Pentágono: ¿Las nuevas tecnologías de la información, tendrían entonces una influencia destructiva?.

La pregunta está mal formulada. El punto trascendental de la situación actual de la información no es si es buena o mala en función de sus usuarios sino el tipo de sociedad que se está creando o perpetuando. Las nuevas tecnologías de la información, tal como se están utilizan­do en una gran parte creciente del mun­do, están orientadas a fines muy limitados y restringidos y en su mayoría destructi­vos. Sus posibilidades han sido aplicadas en gran parte a controlar y limitar en vez de a aumentar el potencial de los hom­bres. Solamente una reestructuración de la base social de las sociedades basadas en los privilegios podrá ofrecer alguna seguridad de que la tecnología de la in­formación, o cualquier tecnología, será aplicada para el progreso de la humani­zación.

 

REFERENCIAS

 

1. Ceorge Kohl, Changing competitive and techno­logy environments del telecomunications” (Los cam­biantes ambientes competitivos y tecnológicos de las telecomunicaciones). En Labor and Technology: Umon Response to Changing Environments. Editores Donalds Kennedy, Charles Craypo y Mary Lehman. Editorial Pennsylvania State University, PA. 1982.

2. David Burnham. “Debate on Pentagon computer plan focused on militarys effect on Society” (Debate sobre el plan informático del Pentágono centrado en el efecto de los militares sobre la sociedad). The New York Times. 18 junio 1984.