El libro, la escuela y otras incertidumbres.

¿Hay que matar a Gutenberg?

 

Fabricio Caivano

 

La reflexión sobre el futuro del libro en la escuela, a partir de las nuevas tecnologías, lleva necesariamente aparejada una cuestión más profunda: el propio futuro de la institución que ahora llamamos escuela. El autor maneja la certeza de que estamos en los inicios de una nueva cultura, y opina que la educación que practicamos en nuestras escuelas está creando una‑ masa de neoanalfabetos que habitarán el futuro sin conocer esa nueva cultura.

 

“Es difícil hacer profecías, sobre todo acerca del futuro”.

A. KOESTLER

 

Cuál es el futuro del libro? Difí­cil profecía. Y no tanto por prospeccionar el lugar del li­bro en el mañana mismo, sino más aún, por preconstruir el mañana mismo. La cuestión implícita no es el uso venidero de un noble producto cultural ‑el libro‑ sino el contexto general cultural del tiempo venidero, sus relaciones sociales y económicas.

Doctores tienen las iglesias que nos señalan el nuevo esplendor, unos, o la imparable deca­dencia, otros, del continente que Gutenberg avistó hace siglos. La cuestión que trataremos de reflexionar aquí es más precisa y, en buena parte, más predecible: el futuro del libro en la escuela. Nuevamente es preciso evidenciar la base del iceberg: ¿Cuál es el futuro de la insti­tución que ahora llamamos escuela? (1).

Para tal reflexión existe un variado instrumen­tal conceptual o su variante de legítima proyec­ción mercantil o corporativa. Como el específi­co del sector editorial, o el propio de los edu­cadores. Aquí echamos mano de un punto de vista excéntrico (es decir, desinteresado, no inercial ni conservador). La imaginación socio­lógica puede advertir la desnudez del rey con su mirada ingenua. De manera que sea preciso reformular el problema del libro en la escuela y reconvertirlo en materia formulable sociológica­mente.

 

ANGELES Y MALIGNOS: LA MISMA TENTACION

 

Una cuestión obvia salta a la vista. ¿Por qué hoy preocupa el futuro del libro?. La respuesta es igualmente banal: al parecer su imperio como transmisor cultural/informativo está en pe­ligro. El asalto de las nuevas tecnologías ha abierto la torre de marfil de la comunicación a otras modalidades electrónico/visuales, más efí­meras pero fascinantes por instantáneas y uni­versales. Es un cambio tecnológico que com­porta modificaciones sociológicas de primera magnitud para los modos culturales (2). El dis­curso está servido y no vamos a ahondar en él.

El futuro era ‑hasta ayer‑ una ampliación ma­jestuosa del presente: crecimiento económico, bienestar, consumo y desarrollo. Hoy, por el contrario, se ha quebrado aquel simplismo pro­yectivo. Y en buena parte le sustituye el catas­trofismo del discurso opuesto, tan unilateral y simplificador como su predecesor. Nuevas tec­nologías, el cielo o el infierno...

Hay que escapar, pues, a dos tentaciones. Una, la de elaborar un planteamiento tecnoide, inconcreto y de cuño marketing que oculta gro­seramente las consecuencia sociales, económi­cas e industriales de la informática, reduciéndo­la a otro episodio técnico del cuento chusco del progreso hacia la civilización del ocio crea­tivo (léase paro). Los vendedores y fabricantes de cacharros necesitan también sus abastece­dores de mitos, hay que entenderlo.

Otra tentación, reacción prelógica ante la beatería de la anterior, es la que predice el ad­venimiento del demonio para esta movida fin de siglo. Ahora el maligno viene de .la azufrosa mano de las tecnologías, acero frío que partirá el corazón de las cálidas y tradicionales formas culturales. Desde el oscuro Orwell hasta el últi­mo de los idílicos jóvenes que tratan de retor­nar, patética e inútilmente, al trueque y la vida pastoril y bucólica, caben cualquiera de las hui­das hacia atrás caracterizadas por una oscuran­tista y temerosa voluntad de ignorancia, de no saber de los dolores y placeres que las fantásti­cas convulsiones de hoy nos, preparan.

La informática ‑y otras tecnologías y sus apli­caciones‑ no nos salva ni tampoco nos condena. Sí nos obliga a pensar autónomamente, ejerci­cio infrecuente entre las castas de intelectuales y otros profesores nacidos y acunados a la som­bra de la vieja cultura literaria y ajenos a las mutaciones del árbol de la ciencia.

 

MISTER JEKYLL Y EL DOCTOR HYDE

 

Hoy son muchos los sacerdotes del rito cultu­ral que, cuando oyen hablar de tecnologías, es­grimen la cultura como arma. Los hay que, por el contrario, sacan el revólver de las tecnolo­gías como pistola contra los modos culturales antiguos. En la base de ese final de western está la permanente dualidad española ‑estúpi­damente contrapuesta por razones históricas­ entre cultura literaria y cultura científica. En efecto, somos todos sin excepción, escolariza­dos o no (recuérdese que en este país un cuar­to de la población adulta no tiene ningún tipo de estudios), hijos de un síndrome esquizoide bien enraizado en nuestra esperpéntica socie­dad: la que escinde la mano del cerebro, el in­genio de la acción. Qué cosa sea la cultura es definido, acotado, difundido y ensalzado por los que, sin abuso, podrían llamarse “ingenio­sos”. Son los que defienden los modelos cultura­les ‑acerca de cuya validez universal no existe cuestionamiento aquí‑ dominantes en otros con­textos históricos que el contemporáneo. Aquello que no es iluminado por el estilo perceptivo usual es sólo ruido y oscuridad. Juan Cueto ha calificado acertadamente este paradigma cultu­ral como de “agrarista y decimonónico” (3). Luz y tinieblas de nuestra cultura.

Luz y tinieblas no como metáfora, antes bien como descripción exacta de nuestro desdobla­miento patológico: luz para las letras, tinieblas para las ciencias. Intelectuales han sido y son los hombres de la estirpe literaria. No existe el “intelectual científico”; menos aún un paradigma del intelectual alumbrado por la cultura tecnoló­gica que está bajo nuestras narices. La escuela, con su habitual instinto conservador, acoge y solidifica esa división. Toda su estructura está organizada sobre la incomunicación entre cien­cias/letras, hoy, a un paso del siglo XXI, el siglo de las tecnologías como entidades culturales específicas. Currícula, formación de profesores, exámenes, selectividades y otros buceos están destinados a descubrir si en cada niño/alumno habita el gen genial de Cervantes o el embrión larvado del científico. Dualidad racista, amén de simplificatoria, interesada y estúpida. El educado mister Hyde es el mismo sanguinario Dr. Jekyll...

Primera certeza ‑con su cuota de incertidum­bre‑ acerca del futuro: estamos ante el galo­pante inicio de una nueva cultura, no sólo de una retahila de cacharros amenazadores y para­disíacos. De la que se desprende otra incierta seguridad: la educación que hacemos en nues­tras escuelas está produciendo en masa neoa­nalfabetos que habitarán el futuro sin conocer esa nueva sintaxis y, en cambio, dotados de un paradigma cultural adecuado a los cambios de los siglos XVIII y XIX.

 

NUEVAS TECNOLOGIAS Y BELLAS DURMIENTES

 

Las nuevas tecnologías son un extraordinario estimulante. Su impacto ‑aunque sólo sea en el terreno de lo cirtual‑ es el que diseña cuestio­nes como la del futuro del libro, o más bella­mante, de la cultura en soporte papel impreso. La cultura con C mayúscula se inquieta... ¿Im­pacto o agresión? ¿Recuerdan ustedes el eterno cuento de la bella princesa durmiente del bos­que?

La informática (y demás) es, aquí, el elemen­to nuevo que llega a despertar a la durmiente. cultura ya no tan joven ni hermosa; no usa del dulce recurso del beso sino de otro menos retó­rico: una patada en la cabecita de rubios tirabu­zones. Valga la brutalidad de la imagen para ilustrar la frontalidad y radicalidad de los cues­tionamientos que, de la mano de las nuevas tec­nologías, se le hacen a la cultura. Veamos algu­nos.

Cultura académica, saber escolar y retórica social son (eran) en buena parte memoria, al­macenamiento esforzado y riguroso, en el me­nor y mejor de los casos, de información para su reutilización adecuada en el momento opor­tuno. Hoy ya ese aspecto de transmisión/acumu­lación de datos lo efectúa un modesto ordena­dor de los antiguos. No consideraremos otras realidades como las consultas bibliográficas on line, o los sistemas expertos que elaboran artifi­cialmente nuevos textos a partir de esas listas de documentos iniciales. Estos reproducen el comportamiento humano que está en la base de tantos sudores y lágrimas para alcanzar lo que convencionalmente es el estatuto más elevado de la inteligencia: la tesis y su valor de cambio para la adscripción social, académica y de esta­tus... (4). Hay mucha “creatividad” amenazada por la máquina de inteligencia estúpida. Al­guien dijo ‑o si no lo digo yo‑ que un intelec­tual no es un maestro que nos dice qué y cómo hay que pensar, sino aquél que abre nuevos es­pacios pensables. Ese es el auténtico aporte que la informática ofrece agudamente, como desafío epistemológico a los viejos hábitos del conocimiento humano.

 

ESCUELA, LIBROS Y OTROS ATAJOS PARA LLEGAR AL FUTURO

 

El lector amable ‑si aún lo hay a estas alturas de la digresión‑ que se pregunta todavía acer­ca del libro y de la escuela merece, cuando menos por su resistente paciencia, una cierta concreción a su honesta curiosidad. Diseñemos, para él, dos escenarios inspirados en la actitud retroprogresiva que S. Pániker predica en nuestro particular desierto (5).

 

1) Escenario retro(pro)gresivo

 

Los fuertes y sólidos intereses editoriales, amenazados por aquel asalto anunciado, recla­man‑toda suerte de proteccionismos para con el libro. Debe entenderse que proteccionismo no es aquí sinónimo de interés exclusivamente mercantil. Esa presión protectora, efectivamen­te, puede ensayar dos ámbitos de estrategia conservadora absolutamente complementarios:

a) el sector del consumo cultural: promoción, animación y apoyo de iniciativas de vitaliza­ción de los espacios colectivos en los que el libro es protagonista o co-protagonista: bi­bliotecas públicas, bibliotecas escolares, centros de recurso y apoyo de la renovación pedagógica;

b) el sector de la creación y consolidación de hábitos culturales. Aquí son dos frentes los prioritarios: medios de comunicación de ma­sas y escuela. Ambos deben enfocarse de modo complementario e interdependiente y ' no ‑como suele hacerse desde nuestro agra­rismo pertinaz‑ como combate disyuntivo.

 

La escuela puede plantearse al sector edito­rial como un nuevo mercado o como un espacio cultural capaz de absorber productos cultura­les... y de crearlos. El punto de vista estricta­mente mercantil tratará de mantener la legisla­ción escolar, los hábitos y la picaresca derivada de circunstancias histórico‑culturales pasadas. Incluso desde una óptica liberal es, hoy, difícil­mente sostenible la obligatoriedad ‑no de la escolarización‑ sino del consumo de publica­ciones unitarias (léase libros de texto), de uso individual y de fungibilidad periódica. Tampoco desde una visión estatalizadora parece defendi­ble (no digamos ya que no se corresponde con una elemental consideración psicopedagógica) la creación de un “nihil obstat” literario para con­sumo y uso obligado de quienes, durante años, están en instituciones pretendidamente educa­doras. No es imaginable suponer ‑menos aún con el futuro comunicacional que se nos viene encima‑ mayor disociación entre escuela y lo que Ortega llamaba la “atmósfera del tiempo”. Los resultados de tal esquizofrenia, adicional a la original ciencias/letras es, hoy ya, visible: re­chazo de los aprendizajes escolaristas, fracaso escolar, desinterés y neoanalfabetismo. Leer o es algo gozoso o es una mecánica absurda y arrinconable. Las lamentaciones estadísticas acerca de los niveles de lectura parecen, a me­nudo, olvidar cómo se enseña socialmente a no amar la lectura. Así que, el enfoque mercantil es un boomerang contra esos mismos legítimos intereses editoriales. Conviene conservar todo lo sobresaliente del pasado, todo lo que la insti­tución escolar ofrece de reflexión y aprendiza­je. Pero es también imprescindible abordar es­trategias de introducción, ensayo y consolida­ción de las nuevas formas de socialización que la imagen, la electrónica y la informática posibi­litan. Junto al libro, no contra él. Así se puede diseñar el segundo escenario:

 

2) Escenario (retro)progresivo

 

Los fuertes y sólidos intereses editoriales, in­centivados ante el asalto de las nuevas tecnolo­gías, inician su reconversión hacia una produc­ción cultural multimedia. No es éste un escena­rio futurista. En Europa es la opción que, desde hace décadas, han tomado las editoriales más atentas a la atmósfera de su tiempo. La fusión de lo impreso y lo audiovisual con los sectores de la electrónica, la informática y la robótica, indican la lógica del capitalismo cultural más moderno. Sus resultados, en lo que a la escuela se refiere, son aún escasos y ‑por lo general­ más bien permanecen prisioneros del punto de vista académico, endogámico y transmisor, de la institución escolar. Pero son los inicios; tam­bién la imprenta instituye y potencia la función cultural del monasterio.

Decía uno de los más ilustres pedagogos de masas del siglo XX: “Vivimos en el mundo cuan­do le amamos”. Charles Chaplin resumía así el mayor capital con el que cuenta la educación, la transmisión de la única pasión ‑la de vivir­que es capaz de garantizar algunos, pocos, aprendizajes esenciales. La escuela futura debe cambiar para recuperar su vieja y clásica fun­ción de constructora de individuos profunda­mente modernos, o sea, herededos del pasado y del futuro. Si persistimos en mantener a los ni­ños y jóvenes apartados en escenarios artificia­les, aunque dotados de los más modernos ca­charros, sobrealimentados de cosas sin sentido vital (por ejemplo; textos descontextualizados), condenados a madurar psicobiológicamente al margen de responsabilidades específicas, esta­mos construyendo súbditos heterónomos, pasi­vos y prestos a la agresión de nuestros tan ama­dos valores culturales. Por ejemplo: el interés por el libro.

La interpenetración de la edición clásica con las nuevas tecnologías posibilita nuevas formas de edición, alejadas de los tradicionales indica­dores de tirada, distribución y venta. Pedagógi­camente suponen la efectiva realización de las incumplidas predicciones de la escuela activa de una educación integral, humanista y cons­tructiva, capaz de reconciliar individualismo con socialidad. Líneas posibles de intervención en lo escolar:

a) Reformulación radical de las estructuras co­merciales de distribución y venta. Paso de la actual artesanal red de venta a una concep­ción desintermediada de “usuarios” de servicios de información, documentación y elabo­ración de proyectos,

         b) Creación de centros locales de edición en soporte papel (y otros) de investigaciones, libros, textos y materiales diversos produci­dos/consumidos por las redes de escolari­dad.

         c) Informatización y creación de bancos de da­tos con los actuales fondos editoriales, ofer­tados como servicios mixtos, de uso privado y/o público mediante conciertos económicos con las autoridades educativas, y mediate­cas públicas, como servicio colectivo habi­tual.

         d) Aumento de ediciones tradicionales ‑en to­dos los ámbitos‑ para su uso en la escuela a través de esas mediatecas generales y bási­cas territorialmente asequibles a los consu­midores escolares o extraescolares. Supone la reformulación y ampliación de las biblio­tecas actuales y su integración en un “mapa de recursos culturales” en coordinación con el de socialización/educación. Y otras lí­neas...

 

Líneas posibles. Otra cosa es que exista vo­luntad política e imaginación empresarial para articularlas en realizaciones. Hay indicios de ac­tuaciones culturales asumidas por la administra­ción, y por grupos de editores, que permiten esperar tiempos mejores para cuando despeje la pertinaz sequía económica. Falta, quizá, la comprensión de que es preciso establecer op­ciones sobre qué modelo de desarrollo se prio­riza, es decir, acerca del color de los ratones que el gran gato decide cazar. Como en otras ocasiones de crisis y transformaciones sociales, hay que elegir entre Eros y Tánatos. Esa es una opción política, pero también que se ejerce desde la vida cotidiana. ¿Preferimos leer un li­bro a la sombra de un rumoroso álamo plateado o ejercitarnos en el terror disimulado de la pre­paración del exterminio? ¿Hacemos el amor o la guerra?. Y ustedes excusarán la simplificación algo demagógica; pero es una elección elemen­tal si es que hablamos de bienes culturales. De ella se derivan las demás. También las tecnolo­gías pueden ser herramientas para el combati­vo Hermes o instrumental para el placer de Afrodita, salvo que insistamos en seguir enten­diendo la ascésis cultural como el reposo de ciertos guerreros escogidos... ¿Utopías? Cierta­mente sí.

 

DIOSES Y MENDIGOS

 

Pero las tecnologías ‑sin esa tensión del de­seo utópico de humanizarnos‑ segregan su pro­pia y obscena tecnodicea. Sobre ella se asien­tan la neutralidad, unilateralidad e inconscien­cia del científico ignorante de las profundas raí­ces culturales y filosóficas de la nueva cultura. (6).

Afirmaba Hólderlin que el hombre es un mendigo cuando reflexiona pero un dios cuan­do sueña. Las nuevas tecnologías aceleran esa dialéctica entre lo limitado y lo todopoderoso que habita simultáneamente en el ser humano. Orden y caos, seguridad y catástrofe, utopía y pragmatismo, deseo y convención, prudencia y riesgo, política y vida cotidiana, son entre otros los vaivenes en los que se columpia el descon­cierto del dios/mendigo de este siglo de las nuevas luces. El riesgo ‑y no es menor‑ está en disociar una vez más el pensamiento científico de su compraventa ético‑utópica.

Asistimos a una profunda y zigzagueante mo­dificación del tiempo y del espacio. El uso del territorio socialmente definido, de las institucio­nes creadas en circunstancias históricas “len­tas”, las relaciones sociales y los valores que se segregaban en y para ellas, están hundiéndose en la arena movediza del interregno entre el ayer y el mañana. No hay emergencia de nue­vos órdenes significativos, de tiempos y espa­cios nuevos, que acomoden el dolor del tránsito en una esperanza que otros siglos alumbraron para su propio paso. Así, no hay bajo el sol nue­vas instituciones socializadoras capaces de es­tructurar significativamente los nuevos modelos cognitivos, afectivos y de convivencialidad, que acojan a los niños/jóvenes sin condenarlos al apartamiento, la selección, la desigualdad y el tedio de la condición del eterno alumno heteró­nomo (7). Así, el vacío colectivo de la muerte anunciada de los dioses, es colmado por la ela­boración de imaginarios colectivos fugaces, ins­tantáneos y olvidables, en una secuencia de creación y consumo trepidante. Así, por último, aquella constelación en apariencia compacta y transmisible, de valores ad hoc (el trabajo, el estudio, las creencias...) tiembla y sobrevive bajo los escombros de los espacios/tiempos amenazados. Esperan resurgir de las cenizas para volar sobre el laberinto contemporáneo hacia un sol prometido, inscrito en alguna parte del ser humano. Es éste un potencial manipula­ble, energía que puede canalizarse hacia la práctica reflexiva y el suelo creativo, pero así mismo hacia la destrucción visceral de cual­quier enemigo fácilmente identificable, contra el “otro” que puede ofrecerse como chivo ex­piatorio. Precedentes de ello llenan las páginas de la historia reciente, sin ir más lejos.

Ucronía y utopía son los pensables que algu­nos comienzan a abrir: nuevos ritmos para la vida cotidiana, nuevos territorios para las rela­ciones sociales, nuevas instituciones... sin el agobio taylorista de un pasado industrial en trance de muerte (8). Tiempo y espacio están en mutación profunda tanto en la pequeña polí­tica de cada día, al igual que en las nuevas, y a menudo miserables, formas de la economía con los microclimas de las instituciones cerradas. Crisis de la pequeña y de la gran política. La rapidísima pérdida de significatividad de éstos y otros ámbitos genera una secuela creciente de patologías específicas, laborales, escolares, o de simple convivencia. Pero no conviene per­der de vista el potencial de rebeldía creativa, de voluntad de acomodación transformadora y de supresión de factores inhibidores al deseo de vivir otra vida mejor, con y no contra las nuevas tecnologías. Esos sueños están, con es­casa formulación articulada y, a menudo, con saludable irreverencia, en las aspiraciones y actos de los jóvenes que, nacidos a finales de los años 60, han asistido con estupor al declive de las anémicas ideologías sobre el progreso. Y en los niños que esperan, con sorprendente madurez y paciencia, un tiempo y un espacio más acorde con sus ilimitadas capacidades de heredar el futuro. El silencio ‑aquello que más certeramente nos aniquila‑ es, por ahora, nues­tra respuesta, la que les ofrecemos nosotros, adultos enzarzados en discutir el modelo nacio­nal o galáctico bajo el que preferimos morir en un encantador y tecnológicamente fascinante fin de mundo.

 

NOTAS

 

(1) Como texto de referencia general a estas líneas, conviene leer con detenimiento el desigual libro colectivo “Nuevas tecnologías en la vida cultural española”; se recogen en él las ponencias y conclu­siones del “1 Simposio del mismo título, celebrado en Madrid del 11 al 13 de junio de 1984, auspiciado por el Ministerio de Cultura. El libro ha sido editado por Fundesco. Para el sector editorial desta­quemos el texto de Raúl Rispa y otros, “Nuevas tecnologías de infor­mación: reto y oportunidad históricas para el libro, la edición y la cultura española”.

(2) Gubern, Román. Op. Cit, págs. 29 a 48, “La antropotrónica: nuevos modelos culturales de la sociedad mass‑mediática”.

(3) Cueto, Juan. Op. cit. págs. 37 a 48. “Efectos culturales de las nuevas técnicas de información”.

(4) Amat, Nuria. Op. cit. págs. 129 a 137. 'Los escritores inteligen­tes y las máquinas superinteligentes”.

(5) Pániker, Salvador, “Aproximación al origen”, especialmente las referencias a las tecnologías como paradigma cultural, en las consi­deraciones finales. Ed. Kairós. Barcelona 1982.

(6) Morin, Edgar. “Ciencia con consciencia”. Ed. Anthropos. Bar­celona 1984.

(7) Caivano, Fabricio. Op. Cit (1), cfr. ponencia “Nuevas tecnolo­gías, nuevas instituciones. La escuela en la encrucijada”. Para preci­sar más las transformaciones escolares conviene, también, leer las aportaciones del ámbito educativo, que reúne escritos de Juan Del Val; Xavier Laborda y Manuel Alonso Erausquin.

(8) Caivano, Fabricio. 'Panfleto optimista contra la crisis”, comuni­cación presentada a las jornadas Joventut a Debat” (Barcelona, mayo 1985). Complementa y concreta las relaciones entre desarrollo y crisis económica y envejecimiento institucional de la escolaridad tradicional.