La vida en la era de las telecomunicaciones

 

Joseph N. Pelton

 

El "trailer" de la aceleración histórica producida por la tecnología, y de las transformaciones que trae consigo la "era del telepoder", lleva al análisis de las pautas generales de cambio en la sociedad. Y prefigura unos consejos globales para enfrentarse a la concepción de ese futuro.

 

Hagamos frente a la verdad con claridad y decisión. "El futuro ya no es lo que era". Todo evo­luciona demasiado deprisa. Vi­vimos en la era del Tirón So­cial.

Cuando uno pisa el acelera­dor, el coche acelera y aumenta la velocidad. Pero cuando se pisa a fondo el acelerador de un Ferrari y se hacen humear las cubiertas, la cabeza del conductor sufre un movimiento ha­cia atrás que experimenta los efectos de la ace­leración continua. Esto es lo que un deportista llamaría "tirón". En un individuo aislado, produ­ce un intenso dolor de cuello, pero cuando se aplica a toda una civilización puede suponer un impacto profundo y muy grave.

Veamos si puede aclarar un poco más lo que se entiende por la expresión "tirón social". Si to­mamos los millones de años que han transcurri­do desde la aparición de los homónidos y los comprimimos hasta convertirlos en un "super­més cósmico", en el que cada segundo repre­sente dos años, obtendremos la siguiente ima­gen de nuestra civilización. Durante los prime­ros 29 días y 22 horas y media de nuestro "su­permés" el hombre fue un nómada cazador y recolector. La fase agrícola y sedentaria en al­deas y ciudades permanentes representa sólo la última hora y media del mes. Cuatro minutos antes de medianoche del último día aparece el Renacimiento. En el último minuto y medio se produce la Revolución Industrial y, por último, los 12 segundos finales simbolizan la era de los ordenadores electrónicos, la televisión, las co­municaciones espaciales y el nacimiento de la Era de la Informática. En pocas palabras, nos encotramos con que el futuro se aproxima a no­sotros a velocidad cada vez mayor. Por medio de la tecnología estamos experimentando un movimiento de aceleración continua. Un "tirón" nos impulsa hacia el futuro.

Este fenómeno, al que voy a denominar "com­prensión del futuro", está cambiándolo todo: el sitio y la forma en que vivimos, lo que hacemos y nuestras expectativas para el porvenir. Para apreciar la magnitud de la cuestión, revisemos algunas estadísticas sorprendentes. Sobre el desarrollo de la población humana. En la época de Cristo, vivía menos gente en toda la Tierra que ahora sólo en Indonesia. .Pero en el siglo XVI se erradicaron las grandes epidemias y se produjo la Revolución Agrícola. El rendimiento de los cultivos aumentó vertiginosamente en los dos siglos siguientes y pasó del 3 o el 4 por 1 al 10 por 1. Esto marcó el comienzo de la explo­sión demográfica que aún continúa hoy. Había, a principios de los años cincuenta; 2.500 millo­nes de seres humanos; a finales de los sesenta, ya eran 3.500 millones; hoy en día somos alre­dedor de 4.500 millones y a principios del siglo XXI probablemente seamos unos 6.300 millones. No se espera que se estabilice el aumento de la población hasta el año 2.025, a un nivel máxi­mo de 10.000 millones o más.

En los últimos 2.500 años (que suponen una vigésima parte de la existencia de la especie), la población casi se ha multiplicado por 50. Por asombroso que parezca este aumento, no equi­vale ni de lejos a la expansión de conocimien­tos e información que ha producido la humani­dad. En este campo, la expansión ha sido de 10 millones de veces. En pocas palabras, nuestros conocimientos (o, al menos, nuestro volumen de información) ha aumentado 200.000 veces más deprisa que la población. Esta "explosión de co­nocimientos "ha hecho muy difícil la aparición hoy en día del "hombre renacentista", es decir la persona que domina todo el saber de su cul­tura y su tiempo.

En la antigua Grecia, el que conociera un mi­llón de datos lo sabía prácticamente todo. Hoy, un millón de datos representa apenas un 0,01% dé los conocimientos totales de la humanidad. El resultado es que confiamos más y más en máquinas "inteligentes" que almacenan, clasifi­can, relacionan entre sí y suministran en el mo­mento oportuno todos estos datos. Y no sólo eso, sino que están empezando a pensar tam­bién por nosotros. Vivimos en la era de las pró­tesis intelectuales. El hombre al que le falta una pierna o un brazo tiene que recurrir a miem­bros artificiales; las personas cultas de la Era del Telepoder tienen que conectarse con ban­cos de informaciones computerizadas.

En Japón se está desarrollando un ordenador de la "quinta generación". ¿Qué se espera que haga esta máquina? Pues se espera que tenga un vocabulario de 10.000 palabras, que com­prenda miles de reglas gramaticales de diver­sos idiomas, que sea capaz de resolver fórmulas y que hable, utilizando un sintetizador de voz. En resumen, quieren que haga lo que hacen las personas cultas. Igualmente quieren que traba­je en cooperación con robots para realizar ta­reas complicadas.

Todos sabemos lo que son los robots, espe­cialmente los que se utilizan en las cadenas de producción industrial. Algunos de nosotros esta­mos familiarizados incluso con los que son capa­ces de ver, de desplazarse o de manipular con­troles delicados; pero estas máquinas se están haciendo cada día más complicadas. El Ministe­rio de Comercio Internacional del Japón dispo­ne ahora de un robot, llamado "Marilyn Mon­roe", que canta y toca la guitarra. Las aplicacio­nes industriales son, ni que decir tiene, "top se­cret".

Las nuevas tecnologías de información sur­gen y se extienden a nuestro alrededor por to­das partes. El primer satélite comercial fue el Early Bird", puesto en órbita en 1965. Este saté­lite triplicó las posibilidades de telecomunica­ción a través del Atlántico con su capacidad para 240 circuitos telefónicos simultáneos. En la actualidad se está construyendo el satélite IN­TELSAT VI, que se pondrá en órbita en 1986/ 1987.

Comparar entre sí el rendimiento relativo de estos satélites sería como comparar la altura de una barraca con la del World Trade Center de Nueva York. Si analizamos este enorme satélite (dos hombres de 1,80 m de estatura podrían tenderse a lo largo sobre la antena sin abarcar­la en toda su longitud) en cuanto a su capacidad de comunicación de datos, nos encontraremos con que puede transmitir la Enciclopedia Britá­nica, desde Nueva York hasta Madrid, veinte veces, !en un minuto!, incluyendo facsímiles de gran resolución de todas las ilustraciones. Exac­tamente... esto quiere decir una vez ¡cada tres segundos! INTELSAT no prevé una gran de­manda para este tipo concreto de aplicación, pero no por eso deja de ser impresionante.

La revolución de los teleconmutadores se ex­tiende por todo el mundo. Un cable óptico pue­de enviar millones de "bits" de información por medio de una única fibra del grosor de un ca­bello humano, a cientos de millas, sin necesidad de reamplificar la señal. No debe subestimarse la importancia de estas notables nuevas tecno­logías de telecomunicaciones, informática y au­tomación. Están modificando la economía bási­ca, redefiniendo los hábitos laborales y remo­delando nuestras vidas. Las "máquinas inteli­gentes" va a vivir con nosotros y vamos a tener que adaptarnos a ello. Cada día será más difícil proteger nuestra intimidad y preservar nuestras industrias y culturas locales.

Y, sin embargo, las ventajas son inmensas. El coste actual de la utilización de los satélites, una vez ajustado al nivel de inflación, es 20 veces menor que el de 1965. El coste técnico de las transmisiones por satélite se ha reducido a una centésima parte. Si los automóviles hubieran se­guido la misma evolución que los ordenadores, podríamos hoy en día comprar un Rolls Royce por un dólar y no gastaría ni un litro de gasolina cada cien kilómetros. El coste de la aplicación de los robots a la industria (para realizar turnos de 24 horas) se ha reducido hasta un nivel de entre 4 y 6 dólares al día, mientras que los cos­tes laborales en las economías "avanzadas" se han incrementado hasta cerca de los 20 dólares por hora.

Para la próxima década, los robots podrán competir con los costes de la mano de obra en Hong Kong y Taiwan. En Estados Unidos, por ejemplo, General Motors y AT&T, conscientes de estas nuevas realidades, han anunciado re­cientemente importantes proyectos de expan­sión industrial dentro del país, en lugar de tras­ladar las instalaciones fuera de las aguas juris­diccionales, al suroeste de Asia. El uso genera­lizado de la robótica va a suponer una altera­ción importante de las pautas de inversión en el extranjero.

En un reciente estudio realizado en Europa, Estados Unidos y Japón se prevé que, para el año 2000, se habrán perdido 300 millones de puestos de trabajo en el sector industrial. Pero las repercusiones no serán sólo éstas, sino que van a más. Otro estudio, realizado en Alemania por el gigante de la electrónica Siemens, prevé que, para el siglo XXI, podrían haberse automa­tizado un 40% de los puestos de trabajo admi­nistrativos o de oficina existentes hoy. Ya se es­tán utilizando los robots y ordenadores para los servicios jurídicos, en el diseño industrial por ordenador e incluso en la asistencia médica.

No es preciso mirar al futuro para darse cuenta de lo que pasa. Basta con mirar hacia atrás. Las pautas de empleo en Estados Unidos, se han modificado espectacularmente a lo largo los últimos 200 años. Los puestos de trabajo en la agricultura y la minería, se han ido reducien­do en los últimos cien años y con especial rapi­dez en los últimos 50. Los puestos de trabajo en la industria alcanzaron su máximo hace algunos años y, en los próximos 15 años, está previsto que desaparezcan 12 millones de ellos.

El sector de servicios es el que hoy tiene ma­yor capacidad de crecimiento en cuanto a em­pleo. Hoy en día, los empleos relacionados con las comunicaciones y la información, tanto en Estados Unidos como en Japón, representan el 50% de los puestos de trabajo y se comprueba que existe una fuerte relación entre la forma en que se distribuyen los empleos entre los diver­sos sectores y el grado de desarrollo económi­co.

Según nos vayamos adentrando en lo que he llamado, en aras de la brevedad, la "era del te­lepoder", el ritmo de cambio social ser irá ace­lerando. El "tirón social" nos empujará hacia el porvenir. No obstante, existen formas de adap­tarse y prepararse para este cambio inevitable. Quisiera compartir con el lector ocho posibles métodos para adaptarse a la vida en la Era del Telepoder, además de ocho "estrategias" para conseguir el éxito en los nuevos tiempos. Las claves para la Era del Telepoder son la ener­gía, el telepoder y la "teleciudad".

Empecemos por la teleciudad. Un intelectual europeo muy erudito, llamado Fernand Braudel, ha escrito un estudio en tres volúmenes y 2.500 páginas sobre la civilización humana desde el Renacimiento hasta el principio de la era indus­trial. No se preocupen, no voy a tratar de expli­car todo lo que dice Braudel. No dispongo ni del tiempo ni del ingenio necesario para ello.

Braudel argumenta que Venecia, Amberes, Génova, Amsterdam y Londres desempeñaron sucesivamente, a lo largo de los siglos, el papel de "ciudad mundial", desde el siglo XV hasta el XVIII. Estas ciudades representaron. según Braudel, cada una en su momento, el epicentro no sólo del comercio y la industria, sino también de la navegación, del capital, de las finan­zas y, especialmente, del poder político y mili­tar, incluyendo la capacidad para utilizar la fuerza para conseguir la integración de la eco­nomía mundial. Braudel sugiere que Estados Unidos y, en particular, el eje Nueva York/Was­hington D. C. es el epicentro actual de la activi­dad económica del mundo, con un competidor muy aventajado en Tokio.

Examinemos el papel de la ciudad en la civi­lización y su evolución a lo largo del tiempo. La ciudad es un invención reciente. Apareció ha­cia el 8000 a. de J.C., junto con la invención de la agricultura. Los asentamientos urbanos de di­versa extensión se convirtieron casi de inme­diato en áreas de defensa mutua, además de centros de intercambio comercial. La ciudad permitió además el desarrollo de la especializa­ción laboral, la tecnología y la artesanía, que, a su vez, hicieron necesarios el dinero y las finan­zas. Durante 9300 años, el papel de la ciudad apenas cambió. Todos sus elementos estaban trazados a la medida de los desplazamientos a pie. Por ejemplo, en el siglo XIII, Beijing era la ciudad más grande del mundo, con una superfi­cie de poco más de 50 kilómetros cuadrados. El centro de la ciudad se encontraba sólo a unos cuantos kilómetros de camino.

Pero luego sobrevino el .Renacimiento, que acabaría trayendo consigo un mejor aprovecha­miento del agua y la energía del vapor: el naci­miento del capitalismo y de los sistemas econó­micos a escala mundial; las carreteras y ferro­carriles modernos; los estados soberanos y una mezcla cada vez más compleja de poderes eco­nómicos, políticos y militares. Las fronteras del mundo y de las ciudades se desplazaron. Los nuevos tipos de transporte, tales como aviones y naves espaciales, así como las nuevas armas y fuentes de energía, comenzaron a modificar las "reglas". Toda esta revolución ha servido para definir la ciudad y las fuentes del poder.

La expansión de las actuales ciudades mons­truo consume literalmente miles de millas cua­dradas, desde San Diego a Los Angeles, desde Osaka hasta Tokio. Sólo la ciudad de México abarca hoy en día miles de kilómetros cuadra­dos. Así pues, nuestras ciudades actuales tienen poco que ver con el peatón y mucho con los co­ches, trenes, aviones y petróleo. ¡El petrodólar reina indiscutido y todopoderoso! La historia del petróleo y la energía es, en gran medida, la de la evolución de Estados Unidos, desde la oscu­ridad de 1900 hasta convertirse en la superpo­tencia mundial en 1985.

Pero, ¿qué pasará en el siglo XXI? Las reservas de petróleo no son infinitas. Si tomamos las correspondientes a un millón de años y aumen­tamos el consumo tan sólo en un 2% anual, esas reservas se extinguirán en poco más de 600 años. El precio del petróleo ha llegado ya a su máximo pero nunca volverá a ser de 2 dólares por barril, como en 1970. La curva exponencial de Hubbert nos muestra la historia del consumo de petróleo en el mundo. En la actualidad, nos encontramos en la cúspide de la misma.

Ahora, imaginémonos un mundo futuro en el que puedan desplegarse instantáneamente vas­tas cantidades de energía; en el que pueda en­viarse esta energía ilimitada a cualquier punto de la superficie de la tierra, de los océanos o de los casquetes polares no en una semana, ni en un día, ni en una hora, ni siquiera en un mi­nuto, sino en manosegundos (milmillonésimas de segundo). Imaginemos un planeta en el que puedan enviarse billones de dólares a cual­quier lugar simplemente con apretar un botón y en el que las fábricas puedan pasar, mediante el control de ordenadores, de fabricar coches y camiones a producir tanques o vigas, o del montaje de ordenadores personales al de tele­visores de alta definición. Imaginemos que esto pudiera hacerse mediante una simple orden dada al otro lado del mundo.

Imaginemos también empresas multinaciona­les de enormes proporciones, integradas en el nuevo sector de la "TELE/INFORMATICA/ ENERGETICA", que controlaran la tecnología de ordenadores, telecomunicaciones, fuentes avanzadas de energía y robots. Imaginemos or­ganizaciones colosales que hayan descubierto que la suma tecnológica de chips de ordena­dor, inteligencia artificial y robótica, es superior a la combinación de las partes. Imaginemos, en resumen, el mundo de telepoder, en el que los sistemas de información, telecomunicaciones y armamentos espaciales y terrestres controlarían nuestro destino económico y político.

Para imaginar esto, mejor es que nos olvide­mos de la mayor parte de lo que sabemos. Y la primera regla es olvidar lo que sabemos de geografía, transportes y costos de energía.

Etam, en el estado de Virginia Occidental, se encuentra a 600 kilómetros de Washington D.c., en línea recta; Okmolgee (Oklahoma) está a 2.000 kilómetros, mientras que Londres, Frank­furt y Madrid distan de 8.000 a 10.000 kilómetros de dicha ciudad. Pero en el mundo del telepo­der, en que el tiempo se cuenta en nanosegun­dos, las superciudades del sistema global de comunicaciones electrónicas están mucho más próximas entre sí que los pueblos y aldeas actuales. Un megabit de información (unas 100 pá­ginas de texto) puede transmitirse ya desde un terminal terrestre de Nueva York hasta el tele­puerto de Londres en menos de un segundo, con un consumo de sólo unos cuantos vatios de potencia y a un costo de alrededor de un centa­vo de dólar. El correo instantáneo ya está entre nosotros, convulsionando los conceptos tradicio­nales de distancia, consumo de energía, riqueza y poder.

Con las nuevas tecnologías, pueden transmi­tirse instantáneamente, de un sitio a cualquier otro, trabajos y servicios, a un costo de unos cuantos dólares por hora. Así pues, el telepoder traerá consigo la era de las migraciones elec­trónicas. Imaginemos a Sara Wilson, diseñadora de ingeniería civil radicada en Houston (Texas), distribuyendo su día entre varios televiajes a Jeddah (Arabia Saudita), a Lima (Perú) y a Bar­celona (España), todo ello sin salir de su casa. Imaginemos ahora a Kim Song Lee, de Seul (Corea), trabajando en un programa de ordena­dor para un sistema de transportes europeo, "en vivo" en "interactivo", vía satélite, desde una dis­tancia de 12.000 kilómetros.

En resumen, las ciudades de los siglos XIX y XX fueron modeladas en primero y último lugar y para siempre por el transporte y la energía. En el siglo XXI, nuestras ciudades estarán for­madas por edificios y fábricas "inteligentes". Las personas estarán interconectadas con "casas in­teligentes" y sistemas globales de intercomuni­caciones. Antiguamente (hasta ayer o anteayer) los edificios, casas o escuelas eran el pastel y los equipos y accesorios que se instalaban en su interior, su relleno. En el próximo siglo, los arquitectos y planificadores diseñarán los siste­mas de ordenadores, los componentes primero, y luego el edificio.

Las multinacionales podrán situar sus operacio­nes en el lugar que quieran. Las fábricas po­drán instalarse en zonas de bajos costes, cerca de los recursos naturales, de las fuentes de energía solar, eólica, petroquímica u oceánica, o incluso bajo tierra. El "cerebro" y la dirección de estas instalaciones, sin embargo, podrá estar a miles de kilómetros.

MCI, el nuevo gigante de las telecomunica­ciones en Estados Unidos, está planificando en la actualidad todos sus centros de conmutación electrónica para que sean totalmente automáti­cos, con los equipos de reparación situados a centenares de kilómetros, en bases de helicóp­teros. Las nuevas plantas Saturno de General Motors, en Estados Unidos, tendrán un elevado ratio de rendimiento/costo, porque su grado de automatización será 10 veces superior al actual. Chrysler acaba de anunciar planes similares y Toyota, Honda, Nissan y Mitsubishi tienen ya muy avanzada la fabricación automatizada de automóviles, con robots programables y técni­cas continuas de montaje.

Los edificios de las telecomunicaciones esta­rán unidos entre sí por complejos electrónicos en forma de fibras ópticas, redes locales y ter­minales de satélite, conectadas a inmensos or­denadores centrales situados en el espacio, en forma de agrupaciones de satélites y "granjas" de antenas. Y esto no es ninguna fantasía de Buck Rogers.

Se ha concluido en Estados Unidos, Japón y Europa la estructuración de diversos conceptos de diseño para satélites que tienen una capaci­dad de más de un millón de circuitos telefóni­cos. El satélite de Rastreo y Transmisión de Da­tos diseñado por la NASA puede intercambiar circuitos en el espacio y transmitir señales de un satélite a otro. Los científicos e ingenieros de INTELSAT diseñaron recientemente una esta­ción espacial para el año 2100, destinada a la película de Arthur C. Clarke de este mismo títu­lo. Esta unidad, construida a tamaño real, sería casi tan grande como un campo de fútbol y dis­pondría de una impresionante capacidad de transmisión videofónica, televisión de alta fideli­dad y servicios telefónicos móviles.

Estas nuevas telemáquinas del siglo XXI ha­rán posible asistir al trabajo y a la escuela por teletransmisión. En los próximos 25 años, se im­partirá enseñanza escolar a más personas que en ningún otro momento de la historia de la hu­manidad. En varias universidades de California se han llevado a cabo recientemente dos estu­dios. Uno de ellos predijo que, para el siglo XXI, algo más del 20% de los norteamericanos empezará a trabajar de una manera electrónica y el otro afirmó que la mitad de las actividades docentes se realizarán por telecomunicaciones o vídeo. Esto quiere decir que se producirán profundos cambios en la construcción, localiza­ción y motivación básica de los hogares, escue­las, oficinas y fábricas. Todos los edificios debe­rán tener flexibilidad suficiente para poder ser actualizados, según vayan surgiendo las nuevas tecnologías.

Esto implica la utilización de sistemas de ca­bles de fibras ópticas; de conductos energéti­cos eficientes; de sistemas de antenas terres­tres y de nuevos métodos de producción y al­macenamiento de energía. Todo ello podría su­poner la implantación de nuevos sistemas para cubrir las edificaciones con tejados que incorporen sistemas de antenas organizadas por fa­ses, para la recepción de los servicios de tele­comunicación y de las transmisiones vía satéli­tes, es decir, "tejados electrónicos". Esto signifi­ca también la incorporación de nódulos de red para los sistemas "bus" de comunicaciones por infrarrojos, para las transmisiones móviles. Sig­nifica igualmente edificios más inteligentes, fle­xibles y convertibles, además de instalaciones de telecomunicaciones totalmente nuevas.

Las industrias de servicios serán las primeras en experimentar los efectos. Los bancos, escue­las, universidades, empresas de seguros, de ventas al por mayor y al por menor y los servi­cios postales también tendrán que someterse a una reestructuración. Se redistribuirá la fuerza de trabajo, al tiempo que los empleados de co­rreos y de teléfonos y los vendedores tendrán que aprender nuevas habilidades. Los sistemas de correo electrónico, de enseñanza automáti­ca, de información telefónica informatizada y de compras por videotexto no sólo revolucionarán el mercado laboral, sino que redefinirán las cla­ses de edificios que se construirán y, especial­mente, el lugar y el momento en que serán construidos. Cada vez habrá más consumidores que encontarán la oficina de correos local, la escuela del barrio, los grandes almacenes o el banco en lugares inesperados tales como el otro extremo de la línea telefónica, la pantalla del televisor, el terminal del ordenador o en un supermercado o una "hamburguesería". En lu­gar de "McDonald's", tendremos "McBank". El telepoder se expandirá por las infraestructuras electrónicas de las nuevas teleciudades por ca­minos nuevos y diferentes.

Los ordenadores orientados al usuario quizá estén a la larga más orientados al operador del sistema que al usuario del mismo. James Martin habla de ordenadores no sólo orientados sino también "seductores" del mismo, pero ya me he encontrado con muchas máquinas desagrada­bles para el usuario en mi vida.

Veamos ahora ocho pautas generales de cambio que cabe esperar en una sociedad re­gida por el telepoder.

 

1. Se redefinirán las distancias.

 

Los medios electrónicos de acceso vencerán la distancia. El valor de los bienes inmuebles, desde el nacimiento de las ciudades "mundia­les", en el siglo XV, se ha basado en la situa­ción, la situación, la situación y... ¡ah sí! en la fa­cilidad de acceso. En el mundo del telepoder, por el contrario, las diferencias temporales se­rán más importantes que las espaciales. El ac­ceso electrónico y no el físico será el que defi­na el valor de los bienes inmuebles y las rela­ciones de poder.

 

2. La expresión "mano de obra de fácil acceso" adquirirá nuevo significado

 

La clave en este campo será el acceso elec­trónico a la mano de obra "barata". Ya es una realidad: empresas de software de Filipinas, centros de proceso del Caribe y amas de casa de Illinois trabajan en cooperación electrónica por medio de líneas telefónicas e incluso de co­nexiona por satélite. En el mundo del telepoder, las destrezas y especializaciones laborales po­drán desplegarse dónde y cuando sean necesa­rias. Los trabajadores podrán dejar de "ir a tra­bajar"; el trabajo vendrá a ellos.

 

3. Preparémonos para una revolución en el transporte

 

Los sistemas de transporte actuales, al igual que las ciudades, están basados en conceptos superados. Están concebidos y estructurados para los usuarios de las horas punta. Están pen­sados para una economía industrial y no de ser­vicios; para desplazar personas y objetos en lu­gar de ideas e información; están construidos sobre la base de que nos moveremos siempre gracias a los combustibles petroquímicos. Pero ¡preparémonos para la revolución del "transpor­te electrónico" en las próximas dos décadas! Observemos cómo muchas grandes empresas tales como General Motors, Exxon y Mitsubishi se están ya diversificando para adaptarse a las pautas futuras.

 

4. La futura revolución energética

 

Cuando vuelva la crisis energética en la dé­cada de los noventa, esa vez será en serio; no será una mera rabieta como la de finales de los setenta. A quienes no hayan sabido entender para entonces el concepto de telepoder y, es­pecialmente, la importancia de la nueva ener­gética telemática", más les valdría contar con una cuenta bancaria muy saneada y una buena pensión.

 

5. Preparémonos para una revolución en la construcción

 

Y me refiero a una modificación drástica, que va mucho más allá de la utilización de términos de moda, tales como "edificios inteligentes" o "redes inteligentes de valor añadido". Para la década de los noventa, la mayoría de las gran­des empresas se encontrarán con que gran par­te de sus instalaciones y sistemas se han queda­do obsoletos y no responden a las necesidades del momento. Tomemos, por ejemplo, los ban­cos. Tal vez descubran que su primera priori­dad es instalar miles de nuevos cajeros automá­ticos en establecimientos minoristas ‑tales como supermercados‑ y que tienen que ce­rrar un centenar de sucursales. Una empresa comercial quizá llegue a la conclusión de que le interesa cerrar la mitad de sus grandes alma­cenes, reducir sus gastos generales en un 100% y realizar el 70% de sus ventas utilizando el vi­deotexto, en puntos de venta automatizados o en los mismos hogares de los compradores. El correo electrónico instantáneo y otros sistemas postales automatizados podrían dar lugar al cie­rre de centenares de oficinas de correos.

En términos generales, primero se impon­drán las redes de comuniciones, los nuevos conceptos de marketing y los nuevos sistemas de almacenamiento y, por último, las nuevas planificaciones de construcciones y espacios.

 

6. No subestimemos la automatización ni la inteligencia artificial

 

La automatización, la cibernética, los sistemas de diseño y producción computerizadas y la in­teligencia artificial no han comenzado ni siquie­ra a hacer realidad su enorme potencial. El im­pacto, en términos de billones de dólares, de estas tecnologías y la significación de las supe­rempresas de energética telemática se harán patentes en los próximos 5 ó 10 años. Cuando futuristas tales como Alvin Toffler nos hablan del "efecto PRESTO" (es decir, de cómo los or­denadores personales nos harán la vida más fá­cil, los productos y servicios más personaliza­dos y el trabajo más adaptado a las capacida­des de cada uno), lo mejor es no creerles. Las claves de la evolución serán una mayor eficien­cia de los costes y la centralización del control. Si no me creen, prueben a negociar con un banco, una compañía de seguros o un organis­mo oficial.

 

7. Vigilemos la aparición de nuevas pautas de especialización en productos y servicios

 

La aplicación del concepto de telepoder a las actividades del mercado aumentará los riesgos. Los productos y servicios podrán ser diseñados y comercializados en menos tiempo y retirados antes. De la misma forma, los productos podrán almacenarse de manera más eficiente, dirigirse a sectores del público muy específicos y redi­señarse o mejorarse, en "tiempo real", en las mismas cadenas de montaje, según los datos de marketing que se vayan recopilando. El éxito (y el fracaso) llegará con más rapidez. La presión de la supercompetencia estará siempre presen­te. La clave será la adaptabilidad, la flexibilidad y el grado óptimo de especialización.

Los productos o servicios demasiado espe­cializados no podrán soportar la carga de los elevados costos de marketing y distribución pero, por otro lado, los productos no específi­cos, no dirigidos a ningún sector concreto del mercado, y los pasados de moda dejarán insa­tisfechos a los consumidores, en cuanto a cali­dad o gusto y, en consecuencia, fracasarán co­mercialmente.

 

8. Preparémonos para el poder del marketing global

 

¿Sabían que ya se hacen llamadas telefónicas obscenas de un lado a otro del océano vía saté­lite? ¿Sabían que uno de cada cinco trabajado­res en una economía avanzada, trabaja en un producto o servicio destinado a un mercado ex­tranjero? Según se vaya integrando más y más la gestión de los 14 billones de dólares del pre­supuesto mundial y el telepoder vaya abaratan­do y facilitando las operaciones a escala regio­nal o global, las estrategias globales de marke­ting, producción y distribución pasarán a ser la clave del éxito de las empresas a largo plazo.

 

Si las ocho tendencias expuestas arriba cons­tituyen índices índices exactos de las caracte­rísticas futuras de la Era del telepoder, ¿cuáles serán las estrategias a seguir para sobrevivir y triunfar en esta nueva era? Aquí van, en forma rápida, mis ocho consejos para enfrentarse a la compresión del futuro que se producirá en la era del telepoder.

 

1. INSTRUIRSE

 

Invierta su formación y la de sus colegas en las tecnologías de la información y en la forma en que funcionan. En la era del telepoder, los antiguos límites y definiciones se quedarán anti­cuados. Todos los que estamos aquí necesita­mos aprender más sobre telepoder, robótica, conceptos energéticos avanzados, ordenadores e inteligencia artificial.

Tomemos, por ejemplo, un área de tecnolo­gía supuestamente elemental, como es la cons­trucción. En los próximos años, del 20 al 25% del valor de los edificios grandes y quizá un 10% del de las viviendas unifamiliares depen­derá de las instalaciones de telecomunicación, pasatiempos y diversiones y recepción de emi­siones, así como de los ordenadores y sistemas avanzados de producción y almacenamiento de energía. En Estados Unidos, Ryan Homes co­mercializa un nuevo tipo de vivienda dotada de un sistema de ordenadores que recibe el hom­bre de "guardián del hogar". El proyecto japo­nés "Teleopia" que afecta a diez ciudades, ha colocado a este país muy por delante de Esta­dos Unidos, en cuanto a la planificación de tele­ciudades inteligentes.

La defensa de los derechos personales, la protección de la intimidad y la eliminación de los "delitos electrónicos" requerirá un gran es­fuerzo y un considerable nivel de ingenio a ni­vel individual, social y político. Tenemos que controlar la tecnología y no a la inversa. La me­jor manera consiste en conocerla, comprender­la y ser conscientes de sus limitaciones.

 

2. SER FLEXIBLE Y ADAPTABLE

 

Las grandes empresas e instituciones de los noventa necesitarán edificios, instalaciones, sis­temas "inteligentes" y, especialmente, personal que pueda evolucionar y adaptarse al telepo­der. A nivel social, esto implica disponer de te­lepuertos, redes locales, gestión energética computerizada, sistemas de seguridad automati­zados, sistemas de apoyo a prueba de fallos y otros dispositivos. Igualmente implica la des­centralización de muchas instalaciones y servi­cios y la creación de fábricas muy automatiza­das, pero fácilmente reconvertibles, aparte de otras muchas cosas.

Para que estas instalaciones y edificios cum­plan correctamente su función, estén disponi­bles cuándo y dónde se les necesite, represen­ten auténticamente el menor costo posible y es­tén integrados en una red general de instalacio­nes diversas, tendrán que usar lo mejor que pueda ofrecer la tecnología de la información, desde las técnicas de diseño y producción computerizados hasta la inteligencia artificial, pasando por el diseño y montaje de robots.

A nivel personal, esto significa dedicar más tiempo a la formación y el adiestramiento profesional, lo cual, a su vez, implica una utilización más amplia de los sistemas de formación auto­matizados o indirectos y la creación de muchas más interrelaciones no automatizadas. También supone hacer un uso diferente de los ciclos temporales dentro de las 24 horas del día y de las 158 horas de la semana.

 

3. ELEGIR LA MEJOR PAREJA CUANDO LAS EMPRESAS DE "ENERGÉTICA TELEMATICA" DEJEN SENTIR SU PRESENCIA

 

Es sorprendente la variedad de industrias que pueden optar al matrimonio con la de la in­formación. Motorola, General Motors, Mitsubis­hi, General Electric, Phillips e incluso Walt Dis­ney Enterprises han reconocido ya este hecho en sus planes estratégicos. Las universidades y centros de investigación, y hasta el Frank Lloyd Wright Institute han comenzado a planificar "edificios inteligentes" e instalaciones propias de un teleciudad. Las asociaciones, adquisicio­nes y fusiones de empresas, el intercambio de patentes, todo ello son posibles opciones. Sólo tenemos que elegir la pareja más adecuada, an­tes de que ésta nos elija a nosotros.

 

4. EXPLORAR LA DIVERSIFICACION

 

Una vez que se exploran las oportunidades que ofrecen las tecnologías de la información, comienzan a multiplicarse las posibilidades abiertas a las industrias no informáticas, como en los ferrocarriles, las productoras de cine, promotoras inmobiliarias, etc. Existen muchas opciones para nuevos negocios y diversificacio­nes, salvando las "fronteras tradicionales". Las industrias pesadas no deben explorar sólo la forma de aplicar la tecnología de información y comunicaciones a sus negocios, sino la manera de abordar con efectividad las asociaciones y mercados internacionales.

 

5. AFIANZAR LA POSICION PROPIA

 

Cuando empecemos a evolucionar hacia el telepoder y la tele‑ciudad, afiancemos nuestra posición. Tratemos de proteger las técnicas ex­clusivas que desarrollamos. Patentemos los nue­vos sistemas que demuestren su utilidad y ha­gémoslo con rapidez y efectividad, a nivel in­ternacional. Especialmente, reconozcamos el potencial de comercialización de los productos y servicios de informática que desarrollemos, a escala nacional e incluso internacional. El as­pecto "inteligente" de los negocios y activida­des empresariales tradicionales no se circuns­cribirá, en la mayoría de los casos, a las restric­ciones geográficas.

6. VIGILAR LAS CONVERGENCIAS Y EL FENOMENO DE LA "ENERGÉTICA TELEMATICA"

 

A medida que rebasemos las fronteras tradi­cionales, recordemos que todos los demás es­tán haciendo lo mismo. Las empresas petrole­ras, las telefónicas, los concesionarios de siste­mas de televisión por cable, las emisoras de ra­dio y televisión, los bancos, los supermercados, los promotores inmobiliarios, los minoristas y las grande empresas de informática y ordenadores, todas ellas están buscando una nueva definición de lo que son y lo que hacen. Algunas tienen mucho dinero y mucho afán de lucro, otras dis­ponen de una impresionante tecnología. Los conceptos de convergencia y competencia nos sugieren que lo mejor es que estemos dispues­tos para reaccionar con prontitud.

 

7. DESARROLLAR PLANES ESTRATÉGICOS AMPLIOS A LARGO PLAZO

 

Es importante que cada entidad y organiza­ción tenga planes estratégicos y objetivos a lar­go plazo para la era del telepoder. Entre ellos, deberán incluirse planes y objetivos en el te­rreno de la tecnología, la financiación, la diver­sificación y la expansión. Las empresas debe­rán analizar tanto sus puntos fuertes como sus debilidades mediante evaluaciones estrictas de las oportunidades.

 

8.EN ULTIMO LUGAR, AUNQUE NO POR ELLO MENOS IMPORTANTE, ¡CUIDADO CON LOS FUTURISTAS!

 

No escuchemos los consejos de futuristas o expertos de cualquier clase, cuando no parez­can adecuados y viables al propio caso. Tanto la tercera ola, de Alvin Toffler, como Macroten­dencias de John Naisbitt, como también mi pro­pio nuevo libro pendiente de publicación, TE­LEPOWER, contienen todos errores graves, al menos en mi opinión. Las predicciones ingenio­sas pueden estar equivocadas de medio a medio. Pero no nos sintamos complacientes. La re­volución del telepoder no se está aproximando: ¡ya está aquí!

La "era del telepoder" se estrenará pronto en los mejores locales y en este "trailer" se cuenta sólo el principio de la historia. No he incluido las partes que hablan de la necesidad de crear 700 millones de puestos de trabajo en el Tercer Mundo, en los próximos 20 años. He omitido las razones por las que el "desfase" de las comuni­caciones tiene que aumentar necesariamente. He preferido no comentar la mayoría de los problemas educativos, especialmente la disyun­tiva entre educación superior y formación pro­fesional. Esto es lo que sé. La labor que lleva a cabo FUNDESCO para enfrentarse a los proble­mas del futuro es decisiva. No podemos abrigar esperanzas de resolver las dificultades graves del futuro a menos que comencemos a analizar­las y estudiarlas seriamente. A este respecto, FUNDESCO se incorpora a un grupo de élite que en todo el mundo ha comenzado a hacer frente al futuro. Y no se ha adelantado ni un na­nosegundo. (*)

 

(*) Este artículo corresponde a la ponencia presentada por su autor en la I Reunión Anual de Prospectiva, organizada por Fundesco.