Receptividad de la sociedad española ante las nuevas tecnologías de la información

 

Adolfo Castilla Mª Cruz Alonso

 

Las grandes tendencias de las actitudes científicas ante las nuevas tecnologías de la información, introducen los resultados de una amplia encuesta desarrollada sobre la receptividad de la socie­dad española a estas tecnologías. Un alto nivel de aceptación junto a un deseo generalizado de con­trol muestran una considerable madurez de los españoles ante esta problemática.

 

Quizá sea excesivo indicar al comienzo de este artículo «que es hora ya de que el hombre inicie su camino de vuelta al paraíso». Hay de­masiados grandes concep­tos y demasiadas utopías humanas encerradas en esa breve frase, como para que sea fácil relacionarla con un tema tan específico como la receptividad de la sociedad española ante las nuevas tecno­logías de la información. Sin embargo, por ahí debe comenzar nuestro discurso. Si para algo puede servir la reflexión, los conocimientos, las cosas que el hombre hace, es para cons­truir un mundo mejor que se acerque asintó­ticamente a un ideal de perfección. No apro­vechar los cambios diversos que en la socie­dad se producen para mejorar es un contra­sentido, y no sacar partido de todos los me­dios disponibles, incluida la tecnología, para vivir mejor, un gran pecado.

Del análisis de la historia de la humanidad, al menos desde el Renacimiento para acá, debería resultar obvio que el hombre avanza y que su sociedad se perfecciona. Los hechos objetivamente estudiados deberían ser claros al respecto. Sólo así uno tendría ánimo para enjuiciar futuras etapas de desarrollo y para determinar aspectos de detalle como, por ejemplo, el papel que en ello le correspon­derá jugar a la tecnología.

De eso tratamos en las páginas que siguen, de nuevas etapas de evolución social y de tecnología; y a pesar de su carácter global, y casi manifiesta incontestabilidad, no nos re­sistimos a plantearnos preguntas tales como: ¿va la sociedad humana a alguna parte? ¿Avanzamos siquiera? ¿Dirigimos nuestra marcha? ¿Qué nos puede ayudar a caminar?

A las puertas de lo que muchos señalan como un salto cualitativo en la evolución de la sociedad esas preguntas adquieren rele­vancia. La sociedad intensiva en información a la que parece que nos dirigimos puede ser algo radicalmente distinto de la sociedad in­dustrial que conocemos. Cambiarán proba­blemente las formas de producción, el trabajo realizado por los hombres, las actividades diversas que llevarán a cabo a lo largo de sus vidas, la distribución de su tiempo, la organi­zación de las ciudades, las relaciones huma­nas, los valores sociales y muchas otras co­sas más. En la base de todo ello estará, más que nunca, la tecnología. Si a ella se hace re­ferencia es muy difícil no concluir que el mundo se transforma con rapidez. Si esa transformación es avance o retraso, si nos lle­va a algún sitio en concreto o si es espontá­nea o pretendida, resulta más difícil de aven­turar.

Cada cual tiene sus propias respuestas, siendo frecuente que la sociedad utilice para sus debates las de los grupos más extremis­tas: los optimistas a ultranza que sólo ven pro­greso y mejora por doquier y los pesimistas sin remisión que sólo ven retroceso y perjui­cio en todos los rincones de nuestra existen­cia. Pero ¿qué opina el hombre medio?

¿Qué dice la mayoría silenciosa que sopor­ta el cambio y lo hace posible?

Si encontráramos un buen procedimiento de consulta probablemente nos sorprende­ríamos de los resultados.

La sociedad acepta la tecnología y el cam­bio que ello produce con más calma, espíritu positivo, e incluso conocimiento de causa, de lo que muchos grupos explotadores de los miedos y deseos del hombre nos quieren ha­cer creer.

Esas son al menos las primeras conclusio­nes que se deducen de un estudio sobre la receptividad de la sociedad española ante las nuevas tecnologías de la información que FUNDESCO está llevando a cabo.

También se deduce que existen muchas expectativas ante lo que algunos llaman so­ciedad de la información. Por nada del mun­do esas expectativas deberían ser frustradas.

Tomemos esa sociedad de la información ‑denominación que nosotros utilizamos como forma de entendernos sin adherirnos eufóricamente a su uso, aunque tampoco evi­tándolo puerilmente‑ como una nueva opor­tunidad de dirigir nuestros pasos por cami­nos de humanización y perfeccionamiento. Convenzámonos de que el paraíso está cer­ca si nos lo ponemos como objetivo.

En ese proceso de mejora en que los hom­bres estamos ‑o debemos estar‑ implica­dos, la tecnología tiene muchas aportaciones que hacer. Lo queramos o no la tecnología es hoy un medio al que resulta imposible renunciar. Su integración en la vida del hombre es tal que cualquier intento de éste por zafarse de lo tecnológico resulta ingenuo, cuando menos. No es necesario acudir a ejemplos muy rebuscados para comprobar que todos, absolutamente todos, vivimos sobre un subs­trato científico‑técnico o tecnológico, del que dependemos. Resistirse a este hecho y atacar a lo tecnológico sin más, comienzan a ser fe­nómenos raros de encontrar en los países industrializados.

 

RESISTENCIA Y ACEPTACIÓN FRENTE A LA TECNOLOGIA

 

El sentimiento de que la tecnología es mala para el hombre, de que se rebela contra él, existe hoy en la sociedad pero reducido a unos límites estrictos. En épocas anteriores, la maldad o bondad de la tecnología fue el tema favorito de debate de muchos intelectuales; como el sexo de los ángeles, esta discusión ha pasado a un segundo plano sin que se haya alcanzado ningún tipo de acuerdo.

De que la tecnología es mala en determi­nadas circunstancias hay innumerables muestras, de que es buena hay multitud de ejemplos. Sería demasiado simple, sin embar­go, insistir en el tópico de que la tecnología no es buena ni mala en sí misma, sino que todo depende de su uso. Este argumento, que junto al de que el hombre puede controlar todo lo que hace, tuvo una cierta vigencia hace algunos años, resulta hoy un tanto des­fasado. La tecnología, hay que reconocerlo, ha llegado a ser muy compleja en nuestros días, ha adquirido un excesivo poder destructor, su control no está siempre garantizado y la autonomía de su marcha es manifiesta en mu­chos casos.

También puede resultar desfasado el insis­tir en la superposición del progreso industrial como proceso autónomo, imparable una vez iniciado, y la posibilidad para el hombre de elegir dentro de él. La inevitabilidad del avance tecnológico es algo en lo que coinci­den tanto los partidarios como los críticos de la tecnología. Los primeros, con W.W. Rostow a la cabeza, hablan de los procesos acumula­tivos y autogeneradores del desarrollo y la industrialización, los cuales actúan sobre la sociedad añadiendo libertad y posibilidades de elección. El cambio tecnológico, que es visto por estos autores como el único induc­tor del cambio social, lleva aparejado un de­sarrollo político y social que entre otras mu­chas cosas permitirá un mejor reparto de los bienes colectivos y unas nuevas y más favo­rables formas de política y de gobierno.

Para los segundos, entre los que hay que ci­tar en lugar destacado a Paul Goodman, Her­bert Marcuse, Lewis Mumford y Jacques Ellul, el proceso tecnológico es ineluctable pero los hombres son prisioneros de él y su liber­tad y dignidad se resienten. El poder autóno­mo de la tecnología ha sido señalado por mu­chos autores además de los reseñados, des­de Warner Heisenberg que hablaba de una especie de proceso biológico a gran escala que ha ido mucho más allá del control huma­no, hasta John Kenneth Galbraith que indica que «nos estamos convirtiendo en esclavos, tanto de pensamiento como de acción, de las máquinas que hemos creado para que nos sirvieran», y René Dubos o Martin Heidegger que creen que es demasiado tarde para controlar la evolución autónoma de la tec­nología.

El trabajo de todos ellos ha dado pie inclu­so al desarrollo de una interpretación del he­cho tecnológico a la que Langdon Winner, profesor de Ciencias Políticas y Estudios Tec­nológicos en el MIT, llama Tecnología Autó­noma. La labor de este autor es notable, en­tre otras cosas por la revisión exhaustiva que hace en su libro de los autores que en las úl­timas tres décadas más brillantemente han abordado el tema de la tecnología y su im­pacto social. Jacques Ellul, el filósofo francés autor de un libro muy popular en Estados Uni­dos al final de los 60 y principio de los 70, The Technological Society influye desde el prin­cipio hasta el final en el trabajo de Winner, con la particularidad de que su visión exce­sivamente crítica y pesimista de la técnica ha sido moderada y matizada en trabajos pos­teriores.

Releer el libro de Winner es hoy un ejer­cicio nostálgico, tanto porque en él se pasa revista a los patriarcas de la crítica radical a nuestra sociedad desde Thoreau y William Morris a William F. Ogburn Mumford y el res­to de los ya citados, como porque los temas clásicos tales como dominio y autonomía de la técnica, el determinismo tecnológico, la evolución de la tecnología o el imperativo tecnológico, son tratados con gran profundi­dad y a la vez amenidad. Marx, uno de los más destacados pensadores en relación con la tecnología y su evolución y el primero en interpretar el avance tecnológico como un proceso Darwiniano, es estudiado con tanta amplitud como otros trabajos de conocidos autores americanos lo estudian más recien­temente.

Las aguas fluyen rápidas, sin embargo, en el tema de la tecnología y su impacto social. Los enfoques y los autores clásicos con su crí­tica o su apoyo a los procesos tecnológicos se nos han quedado viejos en poco tiempo. Hoy existe una corriente de pensamiento en la que el hombre resulta más integrado con sus críticas. La ciencia y la tecnología, como piezas «solidificadas» de la racionalidad hu­mana, no pueden considerarse aparte de la sociedad o en lucha perenne con ella.

Karl Popper al decir que «estamos vivien­do el mejor de los mundos conocidos», Was­sily Leontief al abundar en la misma idea des­de una perspectiva económica, Victor Ferkiss que nos habla del «hombre tecnológico» , como posibilidad potencial de evolución so­cial que permita la creación de una nueva cultura y una nueva filosofía de vida en la que la tecnología controlada tenga papel destaca­do; y, más recientemente Fritjof Capra que propone una nueva visión de la realidad que haga posible un fluir conjunto de todas las fuerzas que transforman nuestro mundo como un movimiento positivo para el cambio social, y muchos otros, están abogando hoy por un hombre y una sociedad menos en lucha con­sigo mismo, sin dejar por eso de ser cada vez más reflexivos y conscientes.

En este proceso parece haber tenido un pa­pel destacado la Escuela de Francfort. Hork­heimer al criticar por igual al positivismo, con su «razón instrumental» al servicio del domi­nio de la naturaleza y de la explotación de los hombres, y al marxismo «vulgar», con su con­fianza excesiva en el materialismo progresis­ta, «trata de mediar entre el individualismo y el colectivismo, entre el egoísmo y el sacrifi­cio de si mismo y, en última instancia, entre el sujeto y el objeto».

Nada mejor para que Habermas construya una teoría de la sociedad en la que la «madu­rez» permita unir la razón con la decisión, y comprender las propias bases materialistas de la racionalidad. La ciencia puede de esta forma ser admitida como fuerza productiva a la vez que como fuerza emancipadora, y la tecnología, a la que Habermas considera una realidad irreversible para el hombre, como algo a utilizar con la sola condición de que, como en toda concreción de valores, su evo­lución se produzca «mediante la discusión y el consenso».

El hombre constituye una especie, cuyo fi­nal, probablemente, esté en las estrellas y más allá. Para enfrentarse a su destino tiene necesidad de la tecnología. Esta sólo puede perjudicar a aquellos hombres o sociedades que se descuelguen del proceso imparable de la evolución. Como dice James Martin al principio de su libro La Sociedad Interconec­tada « la solución no está en renunciar a la tecnología». En la actualidad, la población mun­dial está por encima de los 4.000 millones de personas y llegará a los 7.000 millones al tiem­po en que se agoten las reservas petrolíferas. Sin tecnología, la tierra no puede mantener a más de 2.000 millones de habitantes; para ali­mentar a 4.000 millones se requiere una tec­nología altamente avanzada».

 

LA SOCIEDAD DE LA INFORMACION: UNA NUEVA ETAPA DE EVOLUCION

 

Al igual que en la tecnología y su acepta­ción por la sociedad, también en el tema de la sociedad de la información hay grupos a fa­vor y grupos en contra. Con frecuencia, unos y otros son extremistas. Dentro de los prime­ros están, como siempre, los implicados inte­resadamente, los optimistas a ultranza y los que, dicho en frase hecha, practican la «uto­pía utópica», la cual es la única que no debe ser nunca utilizada. Entre los segundos se en­cuentran aquellos núcleos sociales con fuer­te visión ideológica de las cosas, que opinan que la sociedad de la información es sólo una operación de marketing avanzado montada por las multinacionales o por los países más industrializados, para introducir en los merca­dos internacionales toda una serie de nuevos productos y servicios.

El término Sociedad de la Información, con mayúsculas y con el sentido que le damos en la actualidad, comenzó a ser usado hace algo más de una década con el objetivo de susti­tuir al mucho más general «Sociedad de Ser­vicios» y al mucho más ambiguo «Sociedad Post‑Industrial», como nombre asignado al tipo de sociedad que sustituirá a la industrial en que vivimos. Parece que los responsables del término y de mucha de su carga concep­tual actual son los japoneses, quienes ya lo usaron a final de los años 60, y lo difundieron con fuerza a partir de los trabajos de Yoneji Masuda.

Como se sabe, ha habido muchos intentos de poner nombre a la sociedad en que vivi­remos en los próximos años. En los años 60 se usó el término «La Era de la Cibernética»; Marshall MacLuhan en 1964 propuso «La Era de la Electrónica» y la «Era de la Informa­ción»; Peter Drucker, el gran experto mun­dial en Management, describió en 1969 lo que él llamó «Sociedad del Conocimiento»; Zbigniew Brzezinski sugirió en 1970 el térmi­no « Technetronic Society»; más reciente­mente el informe francés Nora‑Minc aboga por la denominación «Sociedad Telemáti­ca»; y, en tono más distendido Michael Marien, autor que ha tratado extensamente el tema, ha propuesto el de « The Age of In­foglut».

Por alguna razón, que los especialistas en marketing podrán seguramente explicar, el término de sociedad de la información tiene «gancho» y alrededor de él se crean más ex­pectativas e incluso más euforia de lo que se­ría razonable. Aunque a nivel tecnológico hay varias otras «revoluciones» actualmente en marcha en el mundo, la de las nuevas tecno­logías de la información parece ser la de más atractivo. También puede que sea la llamada a tener más impacto social. No cabe duda de que a ello están contribuyendo varias cir­cunstancias, entre ellas la propaganda de las multinacionales. Pero hay otras menos mer­cantilistas.

La posibilidad de un crecimiento económi­co distinto del típicamente industrial que co­nocemos, es algo de enorme interés para una sociedad que está de vuelta del consumismo y cansada de las «industrias de chimenea» y sus ataques a la naturaleza, pero que necesi­ta el desarrollo económico para sobrevivir. La vía de un crecimiento basado en tecnologías «blandas» como pueden ser las de la informa­ción y su aliada las telecomunicaciones, es ló­gico que despierte expectativas, después de una época en la que los límites al crecimien­to han sido quizá utilizados en exceso para asustar al mundo.

El desarrollo humano y social que se vislumbra a través de una revolución destinada al uso de la información para producir más conocimientos y más sabiduría en la socie­dad, añade esperanzas y llena de atractivo a la nueva etapa de evolución. Es su conexión con el saber, lo que en nuestra opinión, da ca­rácter a la sociedad de la información y la hace objeto de la atención de muchos grupos sociales.

Sin tener intención de entrar en grandes discusiones, parece claro que lo que está ocurriendo en la sociedad es algo radical­mente distinto de lo ocurrido en etapas inme­diatamente anteriores. Es necesario distin­guirlo, sobre todo, de la revolución en la co­municación en sí y comunicación de masas de los años 60. Quien ponga a la comunica­ción y a la información en un mismo cajón perderá una parte importante del significado de la Sociedad de la Información. Aquella ya ha dado de sí casi todo lo que podía; su asi­milación por la cultura consumista es un he­cho. La información por el contrario, entendi­da como paso intermedio hacia la sabiduría y la acción, está llena de potencialidades, y no es extraño que constituya la última ilusión del hombre moderno. En la Sociedad de la In­formación es probable que las tradicionales dos culturas, la técnica y la humanística, se acerquen y converjan.

Quizá estamos en una etapa de «enamora­miento» previo con las nuevas tecnologías de la información, pero es curioso cómo diver­sos grupos, tradicionalmente críticos a la tec­nología están alabando sus aportaciones y so­bre todo sus posibilidades, En los últimos ocho o diez años se han publicado cientos de libros y artículos dando la bienvenida a la nueva sociedad. Tan tempranamente cómo en 1975, investigadores tan destacados como de Solla Price, Churchman y John Platt crea­ron un movimiento al que denominaron WISE (World Information Sythesis Enclyclopedia) con la idea de discutir las posibilidades rea­les de existencia de un verdadero «cerebro social» en la forma en que lo describió H. G. Wells en su libro World Brain publicado en 1938, precisamente ante la evolución crecien­te de las tecnologías de la información y ante el desarrollo de los sistemas técnicos de in­tercomunicación entre personas.” Muchos otros movimientos están hoy en marcha es­tudiando y ponderando las potencialidades de la nueva sociedad. En julio de 1982, fecha en que se celebró en Washington la Cuarta Asamblea General de la World Future Society dedicada al tema «Communications and the Future>> se pudo comprobar la cantidad y di­versidad de estos grupos a nivel mundial.

Aunque muchos de ellos y sus publicacio­nes están a favor de la nueva sociedad y sus tecnologías, hay otros que las critican y que sacan a relucir el oportunismo del marketing que las trata de imponer.

Wilson P. Dizard, sin estar en contra de ello, hace un destacado análisis de sus pros y con­tras y revisa las posibilidades para la econo­mía y las necesidades del tipo político que exigiría una buena dirección y encauzamien­to de las nuevas tecnologías y nuevos servi­cios en su libro The Coming Information Age.

Como otros han hecho antes, acierta este autor al situar en el núcleo de la nueva evo­lución la integración información‑telecomuni­caciones, lo cual está trayendo una nueva y más amplia redefinición de ambas áreas de actividad.

James Martin, Joseph Pelton y otros autores con procedencia profesional de las telecomu­nicaciones han insistido en la misma cues­tión.

Entre los más críticos, pero a la vez con vi­sión más clara, hay que situar y dar importan­cia, a Herber I. Schiller, profesor de Comuni­cación de la Universidad de California, San Diego, que ya se había distinguido con traba­jos tales como Mass Communication and American Empire escrito en 1969 y Who Knows: Information in the Age of the Future 500, y que recientemente ha publicado su destacado e interesante trabajo Information and the Crisis Economy, en el cual pone al descubierto la vigente labor de propaganda que están lanzando las multinacionales del sector y señala lo oportuno que han resulta­do la crisis económica, y la más artificial cri­sis del «management», para que el nuevo po­der de la información sea monopolizado por los de siempre.

Los votos a favor y los votos en contra de­ben ser conocidos por todo investigador que se quiera adentrar en el tema y que desee es­tudiarlo en toda su amplitud.

Dentro de esa investigación referida a Es­paña, la actitud de la sociedad española ante la tecnología y su postura ante las nuevas tec­nologías de la información es un tema de gran importancia. En él puede encontrarse la raíz de algunos de los males que nos aquejan como país que no acaba de incorporarse al grupo de los países verdaderamente indus­trializados y que corre incluso el peligro de perder posiciones. Nada más erróneo para un tema así, que tratar de resolverlo con un sim­ple trabajo de campo en el que una encuesta determinada sea componente básico. Como Gregory Bateson ha enseñado, uno de los ma­yores peligros de las ciencias sociales es el de analizar los datos u observaciones de la realidad a la luz de nociones explicativas im­perfectamente definidas o hipótesis circuns­tanciales que nada tienen que ver con las ver­daderas explicaciones o leyes fundamentales que rigen la vida de las comunidades. Como este autor indica en su notable obra Steps to an Ecology of Mind « los científicos del com­portamiento humano y social que no sepan nada de la estructura de la ciencia ni de los 3.000 años de cuidadoso pensamiento filosó­fico y humanístico sobre el hombre ‑aque­llos que no sepan definir lo que es la entro­pía o un sacramento‑ deberían dedicarse a descansar antes que hacer nuevas aportacio­nes a la actual jungla de falsas o erróneas hipótesis».

 

RECEPTIVIDAD SOCIAL ANTE LAS NUEVAS TECNOLOGIAS DE LA INFORMACION. RESULTADOS DE UNA ENCUESTA

 

Dentro de la reflexión que FUNDESCO lle­va a cabo sobre la receptividad social ante las nuevas tecnologías de la información se ha realizado una encuesta, pero en ningún caso se ha pretendido dar a esta parte del tra­bajo mayor cometido del que le correspon­de. El estado del arte en cuanto al impacto so­cial de la tecnología y el análisis profundo de lo que se ha escrito y se ha hecho en rela­ción con la sociedad de la información de lo que en las páginas anteriores se ha dado una brevísima muestra, constituyen componentes de la labor general mucho más importantes y decisivas.

La encuesta en sí, no obstante, da unos re­sultados, que aún siendo parciales y provisio­nales, merece la pena resumir. Todo el trabajo de campo se dividió en dos fases. La pri­mera de tipo cualitativo, tuvo a su vez dos eta­pas: las reuniones de grupo y las individua­les. Se pretendía en esta primera fase anali­zar la estructura actitudinal y motivacional en relación al problema planteado; así como pro­porcionar las claves que permitieran el desa­rrollo de un cuestionario cerrado para la fase cuantitativa, de la que posteriormente se ha­blará.

Se llevaron a cabo cinco reuniones de gru­po, entre los distintos tipos de usuarios de servicios de comunicación. Los grupos que se contemplaron fueron: empresarios y pro­fesionales, agricultores, jóvenes de ambos se­xos hasta 25 años, hombres y finalmente mu­jeres. Con dichos grupos se cubrió el amplio espectro social del que sería el receptor po­tencial de las nuevas tecnologías.

En la segunda etapa de esta primera fase se realizaron treinta entrevistas en profundi­dad a individuos que, por su relevancia so­cial o especiales conocimientos, pudieran aportar su propia opinión y centrar el tema adecuadamente. Entre estas personas se en­contraron empresarios, sindicalistas, periodis­tas, políticos, artistas, intelectuales, etc. Es de­cir aquellas personas que por su status tienen mayor información y capacidad de acción. Los resultados de esta primera fase fueron interesantes y sobre todo bastante amplios. Dada la extensión que este artículo está ad­quiriendo ya, es inevitable dejar para una ocasión posterior su explotación exhaustiva. Las características de la encuesta han sido:

 

Ámbito: Nacional, incluyendo Islas Baleares y Canarias.

 

Universo: Población de 15 y más años.

 

 Tamaño de la encuesta: 2.000 en­trevistas.

 

Selección: Polietápico. Estratifica­ción por regiones y tamaño de mu­nicipio.

 

La selección de las unidades últimas de muestreo ha sido aproporcional para permitir que todas las áreas regionales contaran con un contingente mínimo de 100 entrevistas. Definido el número de entrevistas por estrato, se pasó a la se­lección aleatoria de las localidades de muestreo.

Trabajo de campo: Supervisión. Se realizó por la red de campo de IopeEtmar entre el 17/9 y el 6/10.

Se entrevistaron el 20 por ciento de los cuestionarios.

Margen de error: Basados los resultados en una muestra nacional de 2.000 casos y con las características señaladas, se puede decir con un margen de confianza del 95,4% que el error atribuible a la muestra y otros efectos aleatorios puede llegar a ser de + 2,2 por ciento.

 

PERFILES DE ACEPTACION Y RECHAZO

 

La aceptación de las nuevas tecnologías de la información en España depende, y por este orden, del nivel educativo y del status so­cioeconómico.

La primera discriminación es expresiva por poner en evidencia la relevancia del nivel educativo de la población, al distinguir entre el segmento con estudios de bachillerato como mínimo (posturas de mayor acepta­ción), y el compuesto por los entrevistados con estudios que no superan el nivel prima­rio (menor aceptación).

Por su parte, la influencia del status socio­económico se manifiesta en un posterior paso de segmentación, cuando los niveles «alto» y «medio alto», caracterizados por su elevada aceptación tecnológica, son separados de los niveles «medio‑medio», «medio‑bajo», y «bajo» señalados por la mayor debilidad de su aceptación.

En el siguiente esquema, se puede seguir la jerarquía de los sucesivos variables y el contraste entre los segmentos sociales con posturas más opuestas:

 

SEGMENTO MAS FAVORABLE A LAS NUEVAS TECNOLOGIAS

 

• Entrevistados con nivel de bachillerato como mínimo (aceptación del 77 por 100).

y que, además, pertenecen al status medio­ alto o superior (86 por 100).

     • y que, además, son católicos pero no muy practicantes o que están adscritos a otra re­ligión (89 por 100)

    • y concretamente, los que poseen estudios de nivel técnico medio o universitario (94 por 100)

 

SEGMENTO MENOS FAVORABLE A LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

            • Entrevistados con estudios que no superan los primarios (aceptación del 51 por 100)

    • y que, además, no han visto ordenadores o ni siquiera han oído hablar de ellos (45 por 100)

    • y que, además, se identifican con valores ideológicos muy conservadores o tradicio­nales (19 por 100)

            • y que, además, superan los 65 años de edad (9 por 100)

 

Concluyendo puede afirmarse que la acep­tación mayoritaria en España, de las nuevas tecnologías de la información se sustenta fir­memente en los sectores más activos, diná­micos y con futuro:

 

• Las jóvenes generaciones, los empresarios, profesionales y cuadros medios y adminis­trativos, con estudios superiores a los pri­marios, de clases media‑media y altos, con residencia urbana y laboralmente activos.

 

La aceptación se explica, fundamentalmen­te, por el nivel educativo y el protagonismo socio‑económico.

El concepto de INFORMACION que se ma­neja actualmente de forma más generalizada, carece de los contenidos más característicos que definen las nuevas tecnologías de la In­formación. Es así un término que se asocia casi exclusivamente a una modalidad de la adquisición y transmisión de «conocimien­tos». Todavía no se ha manifestado en nues­tra sociedad aquella concepción más amplia de INFORMACION que también connota una modalidad de la «acción».

El diverso grado de generalización o de uso social de cada una de las citadas acep­ciones de INFORMACION, guarda un eviden­te paralelismo con la noción actual de «pro­greso» y las modificaciones que en ella em­piezan a percibirse.

En el momento presente es aún mayorita­ria entre nosotros la tendencia que vincula el «progreso» ‑en términos de felicidad huma­na y futuro de la especie‑ al rol de los «maestros y profesores» en tanto que difuso­res y transmisores del «saber» en general; y, en particular, de aquellos conocimientos úti­les, instrumentales o prácticos que están en la base del proceso de «aprendizaje» en una sociedad contemporánea de tipo industrial.

Sin embargo, con las expectativas de las generaciones más jóvenes y de los sectores sociales que dirigen el proceso económico (empresarios y profesionales), empieza a operar una nueva mentalidad «tecnológica» (post‑industrial, podría añadirse) que conce­de el papel de «motor del progreso» a los «científicos y técnicos» antes que a los «en­señantes»; la «transmisión de conocimientos» cede aquí su lugar a la «acción» científica y técnica (teórica y práctica).

La sociedad de la información se conci­be, más o menos confusamente, como la maximalización de las posibilidades de los me­dios e instrumentos actualmente más conoci­dos y divulgados. El ordenador y la informá­tica, la robótica y el video, se configuran como sus principales paradigmas.

El ordenador es la poderosa construcción mítica que permite la proyección en una So­ciedad de la Información. Es una «máquina in­teligente», sistemática, rigurosa y constante, cuya razón última es resolver dificultades.

El robot es la representación de lo que se entiende por una máquina que despliega ac­tividad, acciones concretas. En el ámbito la­boral y empresarial es percibido reorgani­zando el espacio y produciendo desplaza­mientos que, en sus últimas consecuencias (no deseadas mayoritariamente), podrían sig­nificar la sustitución del hombre.

En este discurso mítico del ordenador y el robot, el video, sobre todo en el Hogar, ope­ra como un elemento configurativo, trascen­diendo la etapa del televisor en su sentido primero, de la Sociedad de la Información equivalente a lo que representa el ordena­dor en el marco empresarial.

Buena prueba de todo ello es que:

• El 95 por 100 de los consultados, al menos, ha oído hablar de los «videos», y el 90 por 100 sabe para qué sirven.

    • El 87 por 100 de la población ha oído, al menos, hablar de los «ordenadores», y el 73 por 100 sabe para qué sirven.

            • 84 de cada 100 entrevistados han oído ha­blar de las «máquinas robot».

 

Japón (50 por 100) y Estados Unidos (28 por 100) son las zonas percibidas como más avan­zadas en el desarrollo de las nuevas tecnolo­gías de la Información. La Unión Soviética (11 por 100) y Europa (1 por 100) aparecen sig­nificativamente descolgadas.

 

El grado de interés por las noticias y datos sobre las nuevas tecnologías de la Informa­ción constituye un indicador del impacto de éstas en nuestra sociedad.

El 26 por 100 de los consultados manifiesta estar muy o bastante interesado al respecto; otro 30 por 100 afirma estarlo «algo».

La proporción de los «muy» o «bastante» in­teresados aumenta significativamente entre «empresarios y profesionales» (53 por 100), miembros de la clase media‑alta (39 por 100) y alta (47 por 100), quienes poseen estudios superiores al Bachillerato (47 por 100) y en la generación más joven de las estudiadas en la Encuesta, entre 15 y 17 años de edad (39 por 100)

La Televisión (85 por 100), la Radio (59 por 100) y la Prensa (55 por 100) son los medios a través de los que se recibe, más frecuente­mente, información sobre las nuevas tecnolo­gías de la Información.

El que un tercio de los entrevistados reci­ba información sobre ellas a través de los «amigos» es un dato que ilustra la «actuali­dad» del fenómeno, así como advierte de una probable demanda informativa insatisfecha por los medios de comunicación social y que busca en los contactos personales ampliar y contrastar noticias, corroborar y reafirmar ex­pectativas y, quizá, conjurar temores.

Existe la creencia, bastante extendida, de que los medios de comunicación social no es­tán cumpliendo acertadamente su función en relación a las nuevas tecnologías de la Infor­mación. Porque:

            • manipulan (57 por 100)

            • dan menos información de la necesaria (56 por 100)

            • emplean un lenguaje difícil de entender (56 por 100)

            y dan informaciones sensacionalistas (52 por 100).

 

EL AVANCE TECNOLOGICO, COMO IMPERATIVO INEVITABLE

 

La progresiva y rápida implantación de las tecnologías de la Información, el advenimien­to de esa Sociedad caracterizada por el todo de la Información, se tiende a recibir como un imperativo categórico y algo inevitable. Se configura todo un nuevo hipersector de producción y servicios ‑definido por la Informa­ción y las Comunicaciones‑ que se piensa tiene la tarea de redimir un mundo industrial caduco, que ha entrado en sus últimas con­tradicciones, para proporcionar la necesaria eficacia empresarial a fin de recuperar el pro­greso económico.

Por dichas razones, la mayoría de los espa­ñoles está valorando positivamente la intro­ducción y desarrollo en el país de las nuevas tecnologías de la Información. La presencia de éstas no se percibe aún demasiado, pero se prevé su mayor incidencia en los próxi­mos años. En general, se prefiere que el rit­mo actual de desarrollo tecnológico se ace­lere algo en el inmediato futuro, pero some­tiéndolo a control para evitar los efectos no deseados.

Como ya se ha dicho antes, la implantación de las nuevas tecnologías de la Información y su desarrollo en España es, ahora,

• aceptado por el 61 por 100 de los con­sultados,

y, rechazado por el 21 por 100.

 

Estas innovaciones tecnológicas,

son actualmente percibidas «mucho» o «bastante», por el 38 por 100 de los en­trevistados.

            y un 60 por 100 cree que se notarán «mu­cho» o «bastante» en España, dentro de 10 años.

 

En cuanto al ritmo del desarrollo tecnológi­co para los próximos años,

• el 39 por 100 de la muestra prefiere que sea más rápido que el actual,

• otro 28 por 100, aprueba como correcto el que está percibiendo ahora,

y un 21 por 100 se muestra partidario de imprimir un ritmo más lento o de frenarlo.

 

Se identifica una significativa causalidad subjetiva en el fundamento de las respecti­vas actitudes de aceptación y rechazo de las nuevas tecnologías de la Información. Los ni­veles educativos y socio‑económicos (ambos de importante interdependencia mutua) son los que más claramente condicionan y expli­can tales actitudes. A medida que los citados niveles aumentan, más frecuentes son las posturas de aceptación. En lógica contrapar­tida, éstas son tanto más infrecuentes cuanto menores son aquéllos.

En definitiva, la aceptación de las nuevas tecnologías depende, en buena parte, de las posibilidades y capacidades de los indivi­duos ‑y colectivos‑ para instrumentar (in­telectual y/o económicamente) en su propio beneficio los medios y potencialidades que sugieren las innovaciones tecnológicas.

Influye, lógicamente, entre la población ac­tiva la percepción que se tiene del peligro que corre el propio puesto de trabajo por causa de las nuevas tecnologías de la Infor­mación. Así, entre los potenciales damnifica­dos, el rechazo crece, mientras quienes no se sienten amenazados muestran con mayor fre­cuencia su aceptación.

Es poco significativa, por el contrario, la in­fluencia per se, de la opiniones políticas o de las identificaciones ideológicas. En este sen­tido y en general, podría decirse que las nue­vas tecnologías no tienen ideología política. Si acaso, señalar que surgen tendencias par­ticulares que, en uno u otro sentido, se apar­tan del sentir general; se deben bien a la con­currencia de diversos factores ‑educativos y socio‑económicos, sobre todo‑ o bien, afectan más a la exigencia de controles a ejer­cer sobre el proceso y al temor ante even­tuales efectos no deseados, que a la valora­ción global misma de las nuevas tecnologías.

Consecuentemente y teniendo en cuenta aquella causalidad por una parte, y, por otra, que la aceptación media ha sido del 61 por 100 para el conjunto de la población, puede trazarse el perfil sociológico de quienes me­jor valoran las innovaciones de las tecnolo­gías de la Información:

• población masculina (67 por 100 de acep­tación)

• entre 15 y 34 años (por encima del 70 por 100)

• residentes en municipios de tamaño supe­rior a los 50.000 habitantes (entre el 62 por 100 y el 72 por 100, según los tamaños concretos)

            • con estudios equivalentes al Bachillerato (74 por 100) o de superior nivel (84 por 100)

    en general, «activos ocupados» (68 por 100) y «parados» (63 por 100); en particu­lar, los «cuadros medios y empleados (71 por 100) y los «empresarios y profesiona­les» (88 por 100)

    • pertenecientes a los status socioeconómi­cos medio‑medio y superiores (desde el 69 por 100 en el tramo inferior, hasta el 88 por 100 en el más elevado)

    • quienes no temen perder su puesto de tra­bajo por razones derivadas de las nuevas tecnologías de la Información (74 por 100)

    • interesados por objetivos sociales de orden «post‑materialista» (77 por 100)

    de cualquier ideología política, exceptuan­do la izquierda comunista y la derecha ultraconservadora y franquista.

 

El perfil de los encuestados más propicios al rechazo de las nuevas tecnologías de la In­formación, definido a partir de aquellos que superan la valoración negativa media cifrada en el 21 por 100, es el siguiente:

• edades superiores a los 44 años (25 por 100 y más)

            • residentes en municipios rurales, semi‑ru­rales o urbanos de tamaño reducido (alre­dedor del 25 por 100)

    • con estudios primarios (26 por 100) e in­feriores (30 por 100)

    • población jubilada (26 por 100)

    • agricultores (37 por 100)

    • de status socio‑económico «medio‑bajo» (24 por 100) y «bajo» (31 por 100)

            • con objetivos sociales de carácter « mate­rialista», expresados por el deseo priorita­rio de «orden» y «mejora del nivel de vida» (32 por 100)

            • los ideológicamente afines a la izquierda radical y comunista (alrededor del 28 por 100)

            quienes creen que pronto perderán su tra­bajo actual por culpa de las nuevas tecno­logías de la Información (39 por 100) y aquellos que temen perderlo dentro de al­gún tiempo por idénticas razones (26 por 100).

 

Desde un plano más general, que supera la actitud puntual en relación a la estricta coyun­tura española de hoy, es prácticamente uná­nime (80 por 100), la opinión que interpreta las nuevas tecnologías de la Información como un factor positivo, en sí mismo, para el progreso y el futuro de la Humanidad.

En realidad, este proceso tecnológico es percibido como inevitable e irreversible. Se trata de la única salida. Para España es la oportunidad última para no perder el tren del progreso, encabezado por el liderazgo nipón y norteamericano.

Es este carácter inevitable e irreversible el que da coherencia al discurso de la acepta­ción tecnológica, a pesar de los temores que suscita. Son los temores a eventuales pérdi­das ‑laborales y personales‑, lo que impo­ne la necesidad de controles sociales sobre el proceso. Y ello es así, aunque para una par­te numerosa, de la opinión pública se consi­dera que la sociedad española actual no está preparada para garantizar el control y preve­nir los riesgos.

Contemplada desde este punto de vista, la opinión pública se articula en cuatro tenden­cias actitudinales, a propósito de las nuevas tecnologías de la Información, siempre ejem­plificadas y proyectadas por la Electrónica, los Ordenadores, las Máquinas‑Robot, etc.:

        

         cerca del 20 por 100 considera incondicio­nalmente positivas las nuevas tecnologías de la Información.

            alrededor del 10 por 100 las considera po­sitivas, necesitadas, sin embargo, de con­trol, respecto del cual cree que la sociedad española está preparada para ejercitarlo eficazmente.

            • Próximos al 50 por 100, son los que con­vienen en la positividad de las nuevas tec­nologías, siempre que se las someta a un control para el cual entienden que España no está preparada.

            • El rechazo absoluto sólo es sustentado por entre un 10 por 100 y un 15 por 100 de la población.

 

EXPECTATIVAS Y TEMORES

 

La aceptación generalizada, por tanto, defi­ne las posturas ante la Sociedad de la Infor­mación. Por inevitables e irreversibles, se aceptan las tecnologías y sus consecuencias en la medida que son previsibles o teórica­mente controlables. Sin embargo, aparecen temores manifiestos en aquellas consecuen­cias en las que la incertidumbre es lo que predomina.

La racionalización sobre las expectativas deseadas que se produce cuando se reflexio­na sobre el fenómeno convirtiéndolas en un absoluto fundamenta la aceptabilidad de las nuevas tecnologías de la Información, articu­lándose sobre dos conceptos básicos: pro­greso y eficacia. La Información aparece como elemento indispensable para el logro de ambos conceptos. El progreso como aspi­ración universal de la sociedad y la eficacia como motor económico del progreso. A par­tir de tales premisas se configura una serie de expectativas, más o menos ideales, que simbolizan las esperanzas más positivas de los cambios inducidos por las nuevas tecno­logías de la Información.

Aquellas expectativas se relacionan estre­chamente entre sí:

 

• superación de la crisis/recuperar el retra­so histórico,

• acabar con el paro transformándolo en ocio/el tiempo libre para el bienestar,

• mejores condiciones de vida, 

acceso más igualitario a un mayor nivel cultural.

 

Las posturas de aceptación aparecen como norma en el sector empresarial y en relación al marco de la empresa.

Se valoran positivamente incluso los ries­gos de algo que presenta poderosas virtuali­dades y/o realidades, mientras que en otros ámbitos se incorporan preferentemente con­dicionantes o matices a la aceptabilidad.

Esta aceptación empresarial se explicita en varios datos relevantes:

        

         • el 88 por 100 de los «empresarios, ejecuti­vos y profesionales» valora favorablemen­te la introducción en España de las nuevas tecnologías de la Información (27 por 100 por encima de la media)

            • El 53 por 100 del grupo empresarial se ma­nifiesta partidario de acelerar el ritmo de su desarrollo (14 por 100 más que la me­dia)

            el 42 por 100 de estos consultados cree que las nuevas tecnologías crearán empleo a largo plazo (16 por 100 por encima de la media).

 

Determinados efectos en el proceso pro­ductivo y en la situación económica, directa o indirectamente, son previsibles y creíbles para la mayoría de la población:

 

• El 75 por 100 de los entrevistados coinci­de en afirmar que las nuevas tecnologías de la Información contribuirán a aumentar la productividad

• El 65 por 100 expresa su confianza en que los productos serán mejores; mejor hechos, mejor acabados

            el 74 por cien, opina que contribuirán a que el hombre trabaje menos horas y que ten­ga más tiempo libre.

 

En definitiva, el aumento de la productivi­dad hace concebir la esperanza de más tiem­po libre. De ello, se deduciría tanto una sali­da al estancamiento económico como a la si­tuación de desempleo. Estas expectativas ‑que ciertamente existen en el ánimo de la población‑ sólo serían realizables si se ase­gurara el control social sobre el proceso tecnológico. Como se verá más adelante, la ten­dencia «natural» que se teme, de no mediar tales controles, es el crecimiento del desem­pleo por causa de las innovaciones tecnoló­gicas. Dicho de otro modo, con control, el re­sultante será un mayor tiempo libre para to­dos. Sin control, sólo cabe esperar el tiempo libre de los parados y una variable influencia sobre el ocio de los ocupados.

 

EL PARO, COMO PELIGRO

 

Las nuevas tecnologías de la Información sugieren un. horizonte, más o menos lejano, en donde se aprecia una mejora de las con­diciones de vida. Ello al menos afecta a un par de extremos:

 

• El 68 por 100 de los entrevistados confía en que las nuevas tecnologías de la Infor­mación ayudarán a lograr una vida más có­moda y más fácil para las personas.

un 60 por 100 de la muestra entrevé un fu­turo de hombres más longevos y saluda­bles, gracias a las aplicaciones de las nue­vas tecnologías en la Medicina.

 

El acceso más igualitario a un nivel cultural creciente es una expectativa sostenida por el 66 por 100 de los encuestados, gracias a las mayores oportunidades de tiempo y medios disponibles.

Aunque es cierto que la aceptación repre­senta, mejor que el rechazo, las posturas exis­tentes hoy ante la Sociedad de la Información, también lo es que aparecen varios aspectos del problema implicados negativamente, sea como reales o como potenciales.

Los fundamentos de tales actitudes resis­tentes se articulan, en primer lugar, en torno a los temores al cambio y a sus efectos, a lo imprevisible que conlleva el progreso y el avance tecnológico. En segundo lugar, debe señalarse el «paro», como resultado de la ra­cionalización empresarial y productiva y en tanto que consecuencia de la eficacia.

Los temores generales más significativos en relación a la Nueva Sociedad revelan pro­fundas contradicciones del hombre con la máquina, en su fisicidad y en su sentido de ro­bot/inteligencia artificial/máquina inteligen­te, activa y poderosa: deshumanización, pér­dida de comunicación, inducción a estilos de vida autónomos/aislados, miedo al teclado, etc. Hay una particular reluctancia a situarse en un mundo de máquinas y, en especial, a convertir el hogar en un espacio de incomu­nicación entre sus elementos humanos:

• el 39 por 100 de los consultados piensa que las nuevas tecnologías de la Información contribuirán a que las personas se comuni­quen cada vez menos entre sí, que se co­nozca a menos gente y que la gente esté más aislada y más sola (el 33 por 100 opi­na lo contrario)

• el 60 por 100 de los encuestados valora ne­gativamente un futuro donde el hombre haya sido prácticamente sustituido en lo la­boral por las máquinas (contra un 29 por 100 que lo juzga favorablemente)

            un 49 por 100 de la muestra se manifiesta partidario del trabajo «fuera» del hogar (contra un 43 por 100 que lo hace en el sen­tido contrario).

 

El «teclado» ‑por ampliación también a pantalla como abstracción sobre el televi­sor‑ representa y concita algunas de las re­sistencias más profundas en la fisicidad de adminículo de la rechazada máquina. Este as­pecto negativo resulta el contrapunto de la esencial necesidad de su aceptación: el te­clado simboliza el umbral de la nueva Socie­dad de la Información.

El temor a la manipulación a través del con­trol del flujo de la información y a la pérdida consiguiente de las libertades individuales y colectivas, se evidencia en el 22 por 100 de las respuestas obtenidas en el sentido de que las nuevas tecnologías harán «que el hombre sea cada vez menos libre, que la sociedad sea menos democrática, porque unas pocas per­sonas tendrán más medios para engañar, di­rigir y controlar al resto de la gente».

Sin embargo, la opinión contraria, optimis­ta, supera a la anterior: el 48 por 100 entiende que con las nuevas tecnologías, «el hombre será cada vez más libre y la sociedad será más democrática sobre lo que pasa, sabrán defender mejor su libertad y sus derechos, y podrán participar más directamente en los asuntos de Gobierno».

El «paro», como consecuencia de las inno­vaciones tecnológicas, articula el capítulo más consistente de rechazos. A pesar de que el 73 por 100 de los consultados reconoce que aquellas están provocando la aparición de nuevas profesiones, es considerable y de­cisivo el número de los que piensan que su resultado más evidente es la generación de

 

• un 44 por 100 de entrevistados piensa que están literalmente quitando empleos,

otro 28 por 100 opina que, aunque aquellas tecnologías estén creando empleos, el nú­mero de los que destruye aún es mayor.

 

En definitiva, las nuevas tecnologías, a jui­cio del 72 por 100 de los españoles, están coadyuvando, al menos, al desempleo. Tales cifras sitúan al «paro» como primera razón nu­mérica del rechazo.

Es más: el 61 por 100 de los encuestados cree que las nuevas tecnologías habrán crea­do, dentro de 10 años, más paro que empleo.

¿Qué explica que a pesar de las dramáti­cas consecuencias que se prevén en el or­den laboral exista una aceptación predomi­nante de las nuevas tecnologías?

En primer lugar, hay que señalar que cier­tamente hay una aceptación generalizada, pero condicionada y escéptica. Lógicamente, condicionada a aquellos controles sociales ‑políticos y económicos‑ que tiendan a fa­vorecer la ampliación del tiempo libre como alternativa al incremento del desempleo.

En segundo lugar, las nuevas tecnologías de la Información se perciben como configu­radoras de un proceso inevitable e irreversi­ble, del cual la iniciativa pertenece a otras na­ciones y de las que no es razonable distan­ciarse so pena de suicidio colectivo.

Por último y en tercer lugar, la mayoría de la población no se siente, o no cree que vaya a ser, «víctima» laboral potencial de las nue­vas tecnologías de la Información. Sólo el 6 por 100 de la población activa ocupada está convencido de que perderá pronto su actual empleo por virtud de aquellas Otro 25 por 100 teme lo propio, pero a medio o largo plazo. Alrededor, pues, de dos tercios de la pobla­ción activa ocupada ‑e indirectamente de sus familias‑ no esperan convertirse en su­jetos damnificados.

 

LA CONVENIENCIA DE ACTUAR

 

Se puede decir a modo de resumen que la sociedad española es más madura de lo que pudiera pensarse en relación con las nuevas tecnologías de la información y que el nivel de receptividad ante la sociedad de la infor­mación es alto. El hecho de aceptar unas y otras y el de pensar que pueden ser utiliza­das para resolver algunos de nuestros males presentes, sin por eso olvidarse de los riesgos implícitos en ellas y de la necesidad de controlarlas nos recuerda ese consenso so­cial que debe ser la regla de oro a utilizar en cuanto a los caminos a emprender por la hu­manidad. Orientarnos hacia una sociedad de tecnología avanzada debe ser materia de de­cisión social, sabiendo desde luego, que si se elige por mayoría esta senda, habrá que res­petar, hasta donde el bien común permita, a las minorías que opten por otras alternativas.

Como hoy se está comprobando, la socie­dad tecnológica a la que muchos países se di­rigen con conciencia de ello, es rechazada por grupos diversos que vuelven a formas de vida primitivas. No sería extraño en este or­den de cosas, que la colonización del espa­cio, próxima frontera en el «ascenso» del hombre, de la que la sociedad de la informa­ción puede que sólo sea el umbral, traiga con­sigo, por una especie de efecto de acción y reacción, la vuelta de algunos hombres a las cavernas. ¿No ocurrió ya este fenómeno en otras etapas de la evolución? ¿No son los pe­ces miembros antiguos de nuestra especie que optaron por descolgarse del proceso evolutivo? Quien sabe.

El hombre puede ser dueño de su propio destino, con las limitaciones que a ello impo­nen procesos tan imparables y tan unidos a la esencia del hombre mismo, como el creci­miento de la población y la posesión de un órgano como el cerebro, generador de lo que llamamos racionalidad, cuya actividad es asi­mismo imposible de frenar; a veces para su mal. Dentro de esos límites el hombre y su so­ciedad son, como Ackoff ha dicho, sistemas con propósito, o sistemas con capacidad «te­leológica», que pueden establecer objetivos externos a sí mismos y orientarse a su conse­cución. La sociedad de la información pue­de ser uno de esos objetivos. Algunos países como el Japón, lo están utilizando como tal sin ambages. La sociedad de la información es para los japoneses un objetivo declarado y un catalizador poderoso del cambio y de la evolución.

Por supuesto que hay personas a las que no les gusta admitir la existencia de grandes cambios ni denominar a un época con nom­bre distinto del de otra. Las denominaciones no cabe duda que son «muletas» lingüísticas, que, desde luego, no están escritas en la fren­te de los hombres de un determinado tiempo ni aparecen impresas en el cielo con la auro­ra boreal de un determinado día. Todo depende de si queremos hacer cosas o no, de si a lo que nos enfrentamos es a resolver pro­blemas y tomar decisiones o simplemente es a resolver problemas y tomar decisiones o simplemente a escribir «columnas» periodís­ticas con opiniones arbitrarias.

 

REFERENCIAS

 

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