El mitológico advenimiento de los satélites en América Latina

 

Hector Schmucler

 

La genealogía de los satélites de comunicación muestra sus estrechas vinculaciones a la guerra fría y la carrera militar. Su introducción en América Latina, rodeada de las expectativas de una ideo­logía desarrollista, plantea numerosos interrogantes que deben ser despejados desde el punto de vista de la vida humana.

 

Puede parecer un juego de pa­labras: los satélites artificiales que surcan el cielo, no vienen del cielo. Es decir: los satélites tienen historia. El hecho es co­nocido y sin embargo no siempre se tiene en cuenta cuando se discute sobre el papel que cum­plen en los días que corren. Las cosas ocu­rren como si esa historia se independizara del objeto tecnológico y no pesara sobre su uso contemporáneo. Parece que los orígenes no tuvieran significación alguna: desprovisto de inconsciente, el satélite está allí, neutro e ino­cente; sin huella.

En las notas que siguen sugeriré que los sa­télites de comunicación tienen una historia que se articula con la historia propiamente di­cha y que en el caso de América Latina par­ticipa de las reiteraciones del continente: de­pendencia, conflictos, ilusiones, ideologías engañosas. También señalaré que, por una parte, la instalación de satélites en algunos países latinoamericanos no es más que el ca­pítulo local de un mito que se extiende: la co­municación; y que, por otra, constituye la ver­sión mostrenca de un hábito generalizado: ol­vidar preguntarse qué necesidades satisfa­cen los satélites, qué voluntad los impone, a qué concepción de la realidad responden, en qué favorecen el bienestar de los seres hu­manos.

 

GENEALOGIA, MITO E HISTORIA

 

Alguna vez Jorge Luis Borges sostuvo que las noticias periodísticas son decepcionantes porque sólo muestran el último capítulo de una novela cuya trama se desconoce. Imitán­dolo, podría decir que los satélites de comu­nicación aparecen a los ojos del mundo como una ofrenda tributada por la ciencia y la téc­nica contemporánea a los seres humanos, para regocijo de la mente y exaltación de la especie. Final venturoso de una historia poco recordada que, gracias al olvido, se constru­ye mitológicamente. Así, cuando en 1957 el Sputnik soviético rodeó la tierra, Prometen parecía romper sus cadenas para poner en manos de los hombres, otra vez, el fuego de los dioses. Detrás de la apariencia se escon­día una realidad donde habitaba lo siniestro: un juego de poderes donde se apuesta el do­minio y la destrucción del planeta.

La genealogía(1) oscurece al mito: los satéli­tes de comunicación se construyeron sólo para la guerra. Más aún: si algún día el instru­mento se volviera obsoleto para sus fines bé­licos, difícilmente se los seguiría utilizando como meros transmisores de señales electro­magnéticas. Algunas empresas transnaciona­les que operan en el negocio de la comuni­cación lo saben y sus vendedores no dudan en afirmar que la fibra óptica, por ejemplo, suplirá en el futuro a los satélites de comunica­ción con ventajas tanto en lo económico como en la calidad de la transmisión y en la­ seguridad del medio.

La genealogía desmorona la magia. Es sa­bido que la existencia de los satélites artifi­ciales está íntimamente vinculada a la de los proyectiles portadores y que en la historia moderna de éstos, dos nombres aparecen con frecuencia: Adolfo Hitler y Wernhert von Braun. Apenas asumido el poder en Alema­nia, Hitler dio impulso a los ensayos militares en el campo de la cohetería (2); Von Braun es conocido como el padre de la bomba V‑2, en la que los nazis depositaron su última espe­ranza de triunfo.

Menos reiterado es el nombre de Bernard Schriever, general de la fuerza aérea nortea­mericana que estaba a cargo del programa de proyectiles espaciales en los primeros años de la década del 50. En la época, y con el objeto de perfeccionar la precisión de los proyectiles balísticos de largo alcance (Inter­continental Ballistic Missile, ICBM), se intensi­ficaban los estudios sobre la trayectoria de los cohetes, mientras la estrategia de guerra predominante seguía reposando en la fuerza de los aviones bombarderos. Una franca dis­puta separaba a los partidarios de una y otra estrategia: o proyectiles de largo alcance, o bombarderos de la serie B.

El principal argumento contra la cohetería aludía a su eficacia: hasta el momento no se habla logrado que los misiles alcanzaran el blanco con absoluta precisión. Los ICBM At­las tenían capacidad como para llegar a Ru­sia y lanzar una bomba atómica, pero el mar­gen de error podía alcanzar a 20 millas cuan­do se trataba de objetivos específicos. La so­lución propiciada por Schriever fue drástica: incorporar en la cabeza del Atlas ICBM una bomba de hidrógeno de tal potencia que hi­ciera irrelevante un error de distancia de esa magnitud. La destrucción del objetivo queda­ría asegurada junto con la de una amplia zona de los alrededores. Para ello era necesario encontrar una versión de la bomba H sufi­cientemente liviana y compacta como para que pudiera ser transportada en el cohete.

Un equipo dirigido por el matemático John von Neumann (4) resolvió el problema y, al ha­cerlo, desempeñó un papel destacado en el comienzo del programa norteamericano de misiles intercontinentales. Después de que el comité von Neumann determinara que era

posible una bomba H de las características requeridas, la Comisión de Energía Atómica se comprometió a diseñar un prototipo, Y la General Dynamics Corporation ‑que había participado activamente en la investigación y desarrollo de misiles de largo alcance des­de 1946‑ propuso un audaz programa de producción de cohetes y la General Electric preparó un cono de proa que resistiría la en­trada de los proyectiles en la atmósfera.

El Departamento de Defensa del presiden­te Eisenhower, tras aceptar las recomendacio­nes del comité von Neumann, elevó el pro­grama de misiles al rango de máxima priori­dad. El general Schreiver tomó a su cargo, en 1954, toda la actividad espacial y de cohete­ría de la fuerza aérea. Por su parte, la marina de guerra establecía su propio proyecto, en el que trabajaron algunos colaboradores de Von Braun: la Army Ballistic Missile Agency(5).

Cuando en junio de 1955 la Academia So­viética de Ciencias anunció que su país in­tentaría lanzar un satélite terrestre como par­te de su contribución al año Geofísico Inter­nacional (en realidad 18 meses, desde julio de 1957 a diciembre de 1958), los círculos mi­litares norteamericanos no ocultaron su in­quietud: los cohetes capaces de poner en ór­bita un satélite podrían lanzar bombas a tra­vés del océanos (6). Contemporáneamente, la Academia Nacional de Ciencias de los Esta­dos Unidos incluía en su programa para el Año Geofísico Internacional el lanzamiento de cohetes en la alta atmósfera y la puesta en ór­bita del primer satélite estadounidense. La importancia del Año Geofísico Internacional iba en aumento y el general Eisenhower otor­gaba especial atención a los objetivos milita­res en el espacio: el Consejo Nacional de Se­guridad resolvió que los grandes proyectos vinculados al AGI quedaran bajo control del Pentágono.

Mientras tanto los científicos de la Unión So­viética y de Estados Unidos proclamaban, al unísono, que los esfuerzos espaciales de las dos naciones se orientaban en beneficio de la humanidad en su conjunto. Los reglamen­tos del AGI establecían que las informaciones recogidas durante su celebración seria pues­ta a disposición de todos los países. El mun­do parecía reconciliarse fuera de la tierra.

Los hechos posteriores multiplicaron los desengaños. Ningún paso en la carrera espa­cial dejó de estar marcado por la guerra. El uso de los satélites de comunicación, de teledetección, de reconocimiento, de navega­ción, apuntaron a un objetivo central: estable­cer ventajas tácticas o equilibrar descompen­saciones en el poder de las dos superpoten­cias. El 12 de abril de 1961 la Unión Soviética realizaba otro gesto espectacular: Yuri Gaga­rin, a bordo de la Vostok I, era el primer ser humano que orbitaba la tierra.

Ante el ascenso del prestigio soviético, John F. Kennedy, quien había asumido la pre­sidencia de los Estados Unidos tres meses an­tes, interrogó a Lyndon Jonson (7): «¿Tenemos alguna posibilidad de dar un golpe a los so­viéticos colocando un laboratorio en el espa­cio, o realizando un viaje alrededor de la luna, o enviando un cohete tripulado que vaya y regrese a la luna? ¿Existe algún programa es­pacial que prometa resultados dramáticos y en el que podamos salir triunfantes?> El 25 de mayo el presidente norteamericano habló a su pueblo: «Ha llegado el momento de dar grandes pasos adelante. El momento de una nueva gran aventura de Estados Unidos. El momento en que esta nación tome un claro papel de liderazgo en la conquista del espa­cio que, en muchos sentidos, guarda la clave de nuestro futuro en la tierra. Creo que esta nación puede comprometerse a lograr, con sus propias fuerzas, el objetivo de hacer des­cender un hombre en la luna y retornar satis­factoriamente a la tierra antes de que conclu­ya esta década (8).» Estados Unidos necesitaba no sólo poseer una fuerza militar equiparable a la de su enemigo, sino que le resultaba im­prescindible levantar la debilitada moral de su población: cinco días después del vuelo de Gagarin, los norteamericanos habían fra­casado en la invasión a Cuba tras el desem­barco en Bahía de Cochinos.

La guerra fría imponía su ritmo. El 13 de agosto la Unión Soviética anunció la construc­ción del muro de Berlín y dos semanas des­pués decidía reanudar las pruebas nucleares, después de tres años de moratoria. Estados Unidos, a su vez, comenzó de inmediato prue­bas atómicas subterráneas. Entre septiembre y octubre los soviéticos hicieron estallar bombas de 30 y 58 megatones, las más pode­rosas explotadas hasta el momento. Cuando el soviético Titov repitió la hazaña de orbitar la tierra, Jrushov habló a Estados Unidos sin sutilezas: «Si ustedes quieren amedrentarnos desde posiciones de fuerza, tengan en cuen­ta que no tienen bombas de 50 y 100 mega­tones. Nosotros, en cambio, las poseemos aún

 

más poderosas. Hemos colocado a Gagarin y Titov en el espacio y podemos volver a co­locar otros tipos de cargas que pueden ser di­rigidas a cualquier lugar de la tierra.( 9) »

En 1963 Estados Unidos abandonó su estra­tegia de «daño limitado» para el caso de una guerra nuclear. En su lugar el gobierno de Kennedy generó el concepto de «destrucción mutuamente asegurada, MAD. Aunque se había avanzado en tecnologías de satélites de reconocimiento, detección y orientación de los vuelos, nada aseguraba que estos medios pudieran efectivamente limitar los daños de una guerra atómica. La nueva estrategia MAD parecía más eficaz: la certeza de que quien comenzara la guerra desaparecería del mapa junto con su enemigo debería quitar a ambos la voluntad de iniciar las hostilidades. Pero la estrategia MAD exigía también que la capa­cidad de represalia pudiera mantenerse lo suficientemente intacta como para disuadir a la Unión Soviética: satélites de reconocimien­to de todo tipo eran necesarios para vencer las defensas soviéticas. Y así se hizo. Poste­riormente se firmó el tratado que prohibía las pruebas nucleares. Un nuevo dispositivo de satélites entró en funcionamiento para detec­tar pruebas en la atmósfera y en el espacio.

Los satélites estaban presentes para dar respuesta a todo. Por un tiempo pareció re­troceder el riesgo y era innecesario avanzar en la estrategia de la guerra nuclear. El De­partamento de Estado pudo volver sus ojos, con más calma, hacia la guerra convencional que, en esos días de Vietnam y América La­tina, tomaba la forma de guerra contrainsur­gente. Ahora los satélites se vinculaban a operaciones militares convencionales: satéli­tes de vigilancia, de apoyo a la navegación y de comunicaciones, comenzaron a constituir­se en complejos sistemas en el espacio. Los satélites de comunicación recibieron enton­ces el beneficio de las mayores investigacio­nes y desarrollo técnico.

El primer intento de colocar un artefacto geoestacionario fue parte de un proyecto de la Agencia de Proyectos de Investigaciones Avanzadas para la Defensa que, curiosamen­te, se llamó < Advenimiento> . Se trataba de co­locar tres o cuatro satélites en órbita geoes­tacionaria a fin de establecer una red mundial de comunicación para el control de bombar­deros, submarinos y naves espaciales. Las propuestas de Arthur Clarke (10) se hacían rea­lidad, así como los cohetes habían realizado

los anuncios de julio Verne (11). Los satélites Syncom I y II, lanzados por la NASA en julio de 1963 (12), fueron las experiencias iniciales de comunicación satelital en órbita geoestacio­naria. A su vez, la Unión Soviética instalaba, en 1964, el primer sistema de satélites de co­municación para uso nacional (13).

 

LA HISTORIA SE REPITE COMO COMEDIA: LOS SATÉLITES EN AMÉRICA LATINA

 

Una imperturbable lógica de dominio ha­bía montado el escenario donde los satélites se reproducían. Apenas comenzaron a trans­portar imágenes televisivas (14), el espectáculo reemplazó a la historia y la tecnología de los satélites irrumpió en América Latina. Otra vez renacieron ilusiones temo‑instrumentales como solución de males que permanecían in­definidos aunque se padecieran cotidiana­mente. La pobreza es atroz porque suele vol­ver desesperados e ingenuos a los pobres. Entonces la historia suele repetirse, pero sin grandeza. La tragedia desciende a comedia y, por añadidura, no tiene un desenlace feliz.

Los proyectos para la instalación de satéli­tes nacionales y regionales aparecieron pre­cozmente en América Latina. Contracara de la guerra antünsurgente, en la década del 60 proliferaron en la región los planes de desa­rrollo. Con el desarrollo, se sostenía, desapa­recerá el malestar social de las poblaciones latinoamericanas y las posibilidades de aven­turas insurreccionales se verían debilitadas. Los ideólogos de la modernización tenían un diagnóstico claro: la ignorancia era causa fun­damental del subdesarrollo. La terapia era casi obvia: educar. La transmisión vía satélite podría ser utilizada con ese objetivo y la bon­dad del propósito no admitiría réplica. Los sa­télites podrían superar su origen: nacidos al servicio del poder militar, encontraban la for­ma de ennoblecer su destino (16).

En 1966 (casi al mismo tiempo que el pro­yecto SITE para la India se formuló el proyec­to SACI, Sistema Avanzado de Comunicacio­nes Interdisciplinarias. El SACI aspiraba a co­locar un satélite que cubriera el territorio bra­sileño, para destinarlo fundamentalmente a la educación. Sólo logró realizar una experien­cia piloto en Río Grande del Norte con el apo­yo de la NASA y a través del satélite experimental ATS‑6. Con el tiempo el proyecto que­dó abandonado y su inspirador, el ex inves­tigador de la NASA Fernando Mendonga, fue cesado de su puesto en el Instituto de Inves­tigaciones Espaciales (INPE)'s.

No corrieron mejor suerte los proyectos CAVISAT Y SERLA, imaginados para la edu­cación regional en América Latina. Tenían, al igual que el SACI, el aval de los buenos de­seos de una organización internacional como la Unesco que, en su XI Conferencia General, había indicado la conveniencia de «iniciar es­tudios e investigaciones para que las comu­nicaciones espaciales fueran utilizadas en fa­vor de la educación, la ciencia, la cultura y la comunicación (17)> . En esta línea, la universidad de Stanford publicó en junio de 1967 un es­tudio llamado Sistema Avanzado para las Co­municaciones y la Educación en el Desarro­llo Nacional, ASCEND, que se refería a la uti­lización de satélites para la teleducación en Latinoamérica (18).

Por fin, en 1969 surge en Chile el proyecto CAVISAT (Centro Audiovisual Internacional Vía Satélite), como resultado de una reunión en la que participaron algunas universidades de América Latina, otras de Estados Unidos y empresas comerciales norteamericanas. El proyecto apuntaba a realizar estudios de fac­tibilidad sobre programas educativos en una gama muy amplia ‑desde alfabetización has­ta instrucción universitaria‑ para ser difun­didos por satélite, para niños y adultos de América Latina.

La empresa norteamericana de satélites, COMSAT, y otras privadas como la General Electric, aseguraban el financiamiento del proyecto que, sin embargo, sufrió la descon­fianza de algunos gobiernos latinoamericanos preocupados por la < interferencia que signi­ficaba para la autodeterminación en el domi­nio cultural y educativo». Tecnología en mano, e incrédulos ante los argumentos na­cionalistas, los directivos de CAVISAT volvie­ron al ataque con argumentos razonables: a) el espacio orbital es libre; b) los satélites de transmisión directa, en breve, podrían pres­cindir de estaciones terrestres; c) se podría reconocer y dar títulos norteamericanos a los alumnos latinoamericanos (19).

Con todo, en 1970, los ministros de educa­ción de la región andina reunidos en Bogotá para constituir el Convenio Andrés Bello, die­ron definitivamente por tierra con el proyec­to CAVISAT aunque para nada desecharon la tecnología satelital para < comunicaciones y desarrollo en la región andina> (21): se solicita­ba al PNUD, la UNESCO y la UIT un estudio de factibilidad para la instalación de un siste­ma de satélites que cumpliera esos objetivos.

A partir de estos presupuestos y con la in­corporación de Argentina, Chile y Paraguay, que no pertenecen al Convenio Andrés Be­llo, surgió el proyecto SERLA (Sistema de Educación Regional Latinoamericano). Tras numerosas reuniones y estudios, el SERLA hizo un gesto grandilocuente en 1973: publi­có un «Diseño y metodología del estudio de la viabilidad de un sistema de teleducación para los países de América del Sur.» Después murió. Y la «educación para el desarrollo» vía satelital fue perdiendo prestigio en América Latina junto a los ya evidentes fracasos de la revolución verde y de la Alianza para el Progreso (21).

La ilusión tecnológica, los esfuerzos para in­corporar satélites propios para uso interno (mal traducido como satélites «domésticos») en los países latinoamericanos, adquirieron nuevos sesgos. La desesperanza de la pobre­za permitía difundir nuevos mitos que ya ha­bían arrasado algunos países desarrollados: el futuro es de la comunicación; o su contra­partida terrorista: sólo con comunicación ha­brá futuro. El concepto mismo de comunica­ción se limpiaba de taras humanistas para dar lugar al triunfo de la visión temo‑burocrática.

Hacia 1980 se estudiaban planes para la ins­talación de satélites nacionales en cinco paí­ses de América Latina: Colombia, Brasil, Mé­xico, Venezuela y Argentina. Los dos últimos no llegaron a formular proyectos definitivos. Colombia, después de haber llamado a una li­citación internacional, pospuso sine die una nueva convocatoria tras declarar desierta la primera (22). Brasil y México, en cambio, dispon­drán de sistemas de satélites propios duran­te el segundo semestre de 1985.

El anuncio de que Brasil poseerla un siste­ma de satélites para uso interno estuvo ro­deado de espectacular promoción. Minucio­sos detalles técnicos y económicos fueron ampliamente difundidos: la Spar canadiense, en alianza con la Hughes norteamericana cons­truirían el satélite; el cohete Ariane francés lo pondría en el espacio. Viaje prestigioso el del primer satélite brasileño: en el mismo dis­paro el cohete francés llevada la sonda es­pacial científica Giotto, que tendrá la misión de acompañar de cerca al comete Halley (23).

La información teje analogías que estimu­lan el imaginario público. Los argumentos lo­cales repiten la tipología diseñada por todos los vendedores de satélites al tercer mundo. Brasil se ofrecía como un retrato hablado del cliente ideal: territorio muy extenso, necesi­dad de integrar y mantener su identidad cul­tural y política, grandes áreas de difícil acce­so, población distribuida de manera hetero­génea, desarrollo socioeconómico desparejo.

A estas razones, cuya validez está lejos de ser evidente, se agregaban otras, según la Re­vista Nacional de Telecomunicacoes: «La con­ciencia de la importancia del Sistema Brasile­ño de Telecomunicaciones por Satélite para el país, incluyendo de manera relevante el uso militar de las comunicaciones vía satéli­te, llevó al gobierno de Figueiredo a dar, fi­nalmente, luz verde para la adquisición del satélite doméstico (24).»

El sistema Morelos, de satélites mexicanos, no gozó de la detallada información que acompañó al SBTS. Una investigación publi­cada recientementezs señala «la dificultad de conseguir información fidedigna, documen­tos creíbles, datos legitimados por un aval ofi­cial». Construidos por la Hughes y lanzados por los transbordadores de la NASA, los sa­télites mexicanos ofrecen una capacidad de uso que, en gran medida, espera aún ser diseñada.

La investigación mencionada demuestra que no son convincentes los argumentos de tipo económico ni los de orden político que se esgrimen para justificar la implantación del sistema de satélites. Algunas conclusiones: a) resultaría más económico rentar transponde­dores de los satélites de Intelsat; b). los saté­lites adquiridos ofrecen una capacidad ope­rativa sensiblemente superior a la demanda actual y la previsible en los próximos años; c) no existen planes públicamente conocidos sobre los usos más publicitados de interés so­cial: ni de salud, ni de educación, ni de tele­fonía rural.

 

PREGUNTAS DONDE LO PREVISIBLE NO APARECE

 

En el momento de las conclusiones, de acuerdo a las prescripciones académicas, no veo aparecer más que renovadas preguntas. Observo entonces que se ha escapado de mi argumentación casi todo lo previsible (en vez de «previsible» podría haber escrito: « casi todo lo real»): las disputas de algunos países ecuatoriales, encabezados por Colombia, que proclaman la soberanía sobre sus espacios extraterrestres; los conflictos derivados de la imprecisión del derecho espacial, que se re­flejan en interminables reuniones internacio­nales (normalmente auspiciadas por la Unión Internacional de Telecomunicaciones) donde se asignan los lugares en la órbita geoesta­cionaria; la competencia entre las firmas fa­bricantes de satélites para ganar los merca­dos latinoamericanos; el uso de satélites que realizaron las superpotencias durante la gue­rra de Las Malvinas; el papel de los satélites de teledetección que penetran la intimidad del continente; el servicio que prestan los sa­télites a los sectores monopólicos y transna­cionales de la economía y la cultura en Amé­rica Latina.

Lo previsible tiene la virtud de tranquilizar nuestros espíritus al evitar el vacío de lo que no se conoce. Lo previsible genera la ilusión de que podemos conocer el futuro y actuar para favorecerlo; que el mundo tal cual es, re­sulta irrenunciable porque obedece a leyes tan ineluctables como las de la naturaleza. Lo previsible aconseja la cordura: no se trata de discutir los satélites, sino de utilizarlos de la mejor manera. A eso me refería al comenzar estas reflexiones sobre la escisión entre his­toria y realidad tecnológica. La realidad, para el pensamiento dominante ‑sistémico posi­tivista o sistémico marxista‑ es conocible mediante una cantidad creciente de informa­ción. La realidad tiene dimensiones, no sen­tido.

Desde el punto de vista del bienestar de los seres humanos, es decir, de la lucha para eliminar las injusticias que padece la enorme mayoría, del esfuerzo por doblegar la angus­tia que se extiende sobre el planeta, los sa­télites artificiales no parecen necesarios. Sé que la afirmación resultaba escandalosa pues es insensato imaginar que no existen. No me­nos insensato que aceptarlos. Porque el tema, en realidad, no son los satélites sino el mun­do de la vida humana. Desde allí, desde el mundo de la vida humana, deberíamos hablar de ésta y otras tecnologías. Lo contrario es negarnos la crítica; afirmar una legitimidad que nos es ajena.

En la película The day after la sensatez de los médicos de un hospital afirmaba que, como no estaba en sus manos impedir la gue­rra, lo único y lo mejor posible era preparar­se para asistir a los sobrevivientes. Uno de ellos se niega a las prácticas previas: prepa­rarse para la posguerra es aceptar la guerra. La metáfora nos toca. Situación trágica que tal vez sea la única opción para salvarnos.

 

NOTAS

 

  1. Genealogía: cuna forma de historia que da cuenta de la cons­titución de los saberes, de los discursos, de los dominios de ob­jeto, etc., sin tener que referirse a un sujeto que sea trascendente en relación al campo de los acontecimientos o que corre en su identidad vacía, a través de la historias. Michel Foucault, Micro­fisica del poder, La Piqueta, Madrid, 1978.
  2. Una historia que comenzara, arbitrariamente, en el siglo xiv debería dar cuenta de los estudios de balística que acompaña­ron a las primeras armas de fuego, de los trabajos de Galileo que sentaron las bases de lo que se conoce como física moderna y de los Principios matemáticos de la filosofía naturaleza de Newton en el siglo xvn Ya en el siglo xx es obligatorio el nombre del ruso Ziolkowsky, que en 1903 habla señalado las condicio­nes que debía reunir un cohete para librarse de la atracción te­rrestre. En 1923, el alemán Oberth publicó una obra clásica: El co­hete hacia los espacios planetarios; siete años después, en 1930, la Asociación para los Viajes al Espacio establecía en Alemania el primer campo experimental de lanzamientos. Pero una genea­logía, en el sentido foucaultiano, debería incluir, a su vez, la si­tuación histórica en la que surge, en el siglo XV, la nueva física y con ella la ciencia empírica. La estructura misma de la ciencia experimental se vincula con esa situación histórica que, en pa­labras de Habermas, exige que el proyecto teórico y el sentido de validez empírica se inspiren en un enfoque técnico. «En lo su­cesivo habría de investigarse y de conocerse a partir de la pers­pectiva y del horizonte de los intereses de quienes trabajan. Has­ta ese momento los papeles de la teoría y de la reproducción de la vida material eran rigurosamente separados en el plano social; la monopolización del conocimiento por las clases ociosas era in­discutido. Sólo en el marco de la sociedad burguesa moderna, que legitima la adquisición de propiedades mediante el trabajo, podía recibir la ciencia un impulso del ámbito de la experien­cia del trabajo manual y la investigación podía integrarse progresi­vamente en el proceso del trabajo social» (Jürgen Habermas, Teoría e prassi nel/a societá tecnologica, Laterza, Roma. 1978).
  3. Para estos y los datos siguientes vinculados al proceso mi­litar de la expansión científico‑tecnológica, cf Jack Manno, Ar­ming the heavens, Dodd, Mead and Co., New York, 1984.
  4. John von Neumann es universalmente reconocido como uno de los iniciadores, cuando no el «padre», de las modernas computadoras.
  5. Jack Manno, op. cit.
  6. El hermetismo que caracteriza al sistema de información so­viético obliga muchas veces a sólo conjeturar el alcance de sus investigaciones y progresos técnicos. Igualmente es difícil cono­cer qué sectores de la sociedad participan de las políticas vin­culadas a la guerra y quienes toman las decisiones.
  7. Lyndon Johnson, The Vantage Pina New York, 1971 (cit. por Jack Manno, op. cit.).
  8. Citado en John Logsdon, The decision to go to the Moon: Pro­yect Apollo and the Nacional Interesa Chicago, 1970 (Ver Jack Manno, op. cit.).
  9. Citado en Phillip Klass, Secret Sentries in Space, New York, j 1971 (Ver Jack Manno, op. cit.).
  10. En octubre de 1945, Arthur C. Clarke, en su articulo aExtra­terrestrial relays: can rocket stations give world‑wide radio co­verage?», Wireless World, sugería la posibilidad de que un arte­facto puesto en órbita sirviera de conexión para retransmitir men­sajes. Clarke señalaba que un satélite geoestacionario podría re­cibir una señal enviada desde la tierra y enviarla a cualquier par­te que entrara dentro de su radio de acción. Para cubrir el pla­neta entero se requerida tantos satélites como fuera necesario para que los conos proyectados por los mismos tocaran toda la superficie terrestre. Colocados a 36.000 kilómetros, tres satélites cumplirían esta misión.
  11. Ver su novela Los quinientos millones de la Begun, ed. De­bate, Madrid, 1981, en el que anuncia la posibilidad de un cohete que entrara en órbita terrestre.
  12. Un desarrollo más detallado de los pasos que llevaron al sa­télite geoestacionario y a los actuales sistemas de comunicación satelital, se encontrará en: Héctor Schmucler, 25 años de satéli­tes artificiales», Comunicación y Cultura, Núm. 9, México, 1982.
  13. Ver Marcellus S. Snow, International Commercial Satellite Communications, Praeger Publishers, New York, 1976.
  14. En la reunión donde se estableció el régimen provisional del sistema mundial de comunicaciones por satélite, en 1965, par­ticiparon cuatro países latinoamericanos: Argentina, Brasil, Co­lombia y Uruguay. El año anterior se había firmado el primer acuerdo que constituía la Intelsat. En 1968 tres países contaban con antenas terrestres que los vinculaban al sistema internacio­nal: Panamá, Chile y México. En la actualidad todos los países de América Latina están asociados a Intelsat para las comunicacio­nes internacionales. Algunos, también arriendan segmentos de satélites de Intelsat para sus comunicaciones interiores: Brasil, Chile, Colombia, México y Perú.
  15. Un caso paradigmático y patético de este deseo de «torcer el destino» es el de Wernher von Braun. Luego de haber sido uno de los principales promotores de la era espacial, advertía ha­cia mediados de los 60: «La guerra del espacio puede ser un sui­cidio colectivo, una ruina total incluso para quien la inicie.» En­tonces trabajaba para la Fairchild e impulsó la construcción del satélite experimental ATS‑6 para usarlo en proyectos favorables a las poblaciones más necesitadas. Von Braun fue uno de los ar­tífices del acuerdo entre el gobierno norteamericano y la Fair­child para desarrollar proyectos como el SITE (Satellite Instruc­tional Televisión Experiment) con la India. Cuando von Braun murió, en 1975, la Fairchild abandonó el proyecto ATS‑6 y las bue­nas relaciones que había entablado con algunos paises del ter­cer mundo las aprovechó para estimular la venta de sus perfec­cionados bombarderos A‑10.Los satélites ATS (Advanced Technology Satellites) habían sido desarrollados conjuntamente por la NASA y el Departamen­to de Defensa como prototipos ideales para los sistemas de co­municación, comando y control, llamados C3, aptos especialmen­te para las guerras convencionales. El primer ATS del Departa­mento de Defensa y otros cuatro de la Fuerza Aérea, fueron co­locados en órbita geoestacionaria en julio de 1967. ( Ver Jack Man­no, op. cit.).
  16. Revista Nacional de Telecomunicaçoes, Sao Paulo, julio 1982.
  17. Para una información más detallada, ver Héctor Schmucler, a25 años de satélites artificiales», op. cit.
  18. Roberto Bellochi, «Algunos antecedentes sobre el satélite educativo para América del Sur», en Comunicación y Cultura, núm. 3, Buenos Aires, 1974.
  19. Roberto Bellochi, op. cit. y «Diseño y metodología del estu­dio de viabilidad de un sistema regional de teleducación para los países de América del Sur», Comunicación y Cultura, núm. 3.
  20. Ver Héctor Schmucler, op. cit,
  21. Ver Héctor Schmucler  Communication research in Latín America during the Computer Era», en New structures of inter­nacional communications?, IAMRC, Leicester, 1982.
  22. El caso colombiano es especialmente interesante por las dis­cusiones públicas que se produjeron antes de la cancelación del proyecto. Ver un desarrollo más amplio en Héctor Schmucler, x25 años de satélites artificiales», op. cit.
  23. Revista Nacional de Telecomunicaçoes, Sao Paulo, mayo 1982.
  24. Revista Nacional de Telecomunicaçoes, Sao Paulo, julio 1982.
  25. Ligia Fadul, Fátima Femandez, Héctor Schmucler, «Satélites de comunicación en México», Comunicación y Cultura, núm. 13, México, 1985.
  26. «En la actualidad los tres transpondedores rentados (a Intel­sat) cubren buena parte del territorio, lo cual hace prever que un pequeño aumento en la capacidad mediante la renta de al­gunos nuevos transpondedores, llenada con creces las necesi­dades actuales con costos sensiblemente más bajos que la ins­talación del sistema satelital Morelos.» («Satélites de comunica­ción en México», op. cit.).