Tecnocultura, saber y mudanza social

 

Salvador Giner

 

La necesidad planteada de un análisis socioestructural de la última revolución tecnológica se inicia por una clarificación conceptual. A través de las formas de conocimiento y de cultura, de los falsos planteamientos de la determinación tecnológica de la realidad, de los cambios en el trabajo y en el ocio, se introduce el análisis sobre el nuevo universo de la comunicación.

Deberíamos ser inmunes a la revolución se lleva tanto tiempo con la sensación de estar al borde de una mudan­za radical, o de estar de lle­no en ella que la crisis se ha convertido en el más común de los lugares comunes y la mutación del mundo se da por sentada sin estupor alguno.

Desde la ya lejana rebelión de los purita­nos ingleses hasta la Revolución francesa, y de ella hasta la rusa y la II Guerra mundial ha habido en el Oeste una serie apenas inte­rrumpida de convulsiones que enfrentaban a clases y naciones entre sí y engendraban nuevas distribuciones de poder y riqueza.

Desde la última conflagración universal ha ocurrido un desplazamiento de los movi­mientos revolucionarios hacia la periferia de las sociedades avanzadas pero no una men­gua de ellos. Es así como nos hemos ido acos­tumbrando a suponer que toda transforma­ción radical y veloz, toda mutación social, de­bía venir impelida por un alud político re­volucionario.

No es nuevo suponer que las fuerzas ma­teriales anónimas - la innovación técnica, el crecimiento demográfico, el hambre‑ se halla­ban tras alzamientos y revoluciones. Lo que no estaba enteramente previsto es que estas fuerzas, por sí solas, pudieran transformar nuestra sociedad en algo no escrito en nin­guna de las prognosis a nuestra disposición, a pesar de que algunas de éstas gozan de gran crédito y hasta de veneración entre sus secuaces. Por un lado los conservadores abo­gaban por una evolución lenta hacia un futuro que mantuviera los privilegios del pasado y los intereses forjados en el presente por las clases superiores pero eso no les impedía te­mer descalabros gravísimos. Hasta los vatici­naban. Por otro, los progresistas anunciaban como inevitable un cataclismo liberador. Lo que nadie preveía era una revolución sin re­volución, es decir, un cambio radical socioes­tructural y cultural (que no otra cosa es una revolución) que no fuera revolucionario en el sentido moral y político de la palabra, o sea, que no entrañara una voluntad consciente de liberación de nuestra condición, plasmada en una rebelión de unos hombres contra otros. Pero eso es precisamente lo que hoy parece que esté pasando: una revolución en el sen­tido técnico de la palabra, que surge de una perturbación productora de un novus ordo saeculorum, pero que no está generada por un movimiento revolucionario de rebeldía o emancipación. Y si ello es así, es de suponer que sus resultados van a ser acordes con ese tenor de fuerza anónima que impele a este inesperado proceso.

No sería prudente atribuir a una sola fuer­za la causa de esa revolución sin revolución. Siempre ha habido afirmaciones (plausibles para muchos) sobre el motor último del cam­bio histórico, y no sólo en los tiempos moder­nos. En los preindustriales la explicación era religiosa y hasta providencialista. Nadie ignora­ba la importancia perentoria que tenía la in­troducción de un nuevo enser o artificio en la vida social, un diseño naval, un explosivo, una semilla. Tampoco se ignoraban los efec­tos de la sequía, la bonanza, la epidemia o la abundancia de mano de obra. Pero todos se afanaban por ver en estas cosas manifestacio­nes de designios y sobrenaturales ulteriores, inescrutables y todopoderosos.

Dejar de verlos supuso una revolución cul­tural cuyo alcance no puede exagerarse. Con la Ilustración se redefinió la divina Providen­cia como progreso de la razón humana, pues­to de manifiesto en un imparable avance de las «luces», las ciencias y las artes. Un ala del pensamiento ilustrado empezó entonces a moverse hacia el determinismo técnico: esta opinión había de triunfar en el siglo siguien­te, el XIX, aunque las más de las veces lo hi­ciera enmascarado tras teorías más amplias del progreso, como las tecnócratas y positi­vistas de Saint‑Simon y Compte, las liberales de Spencer y las socialistas de Marx. Todas ellas iban ligadas a un entendimiento del or­den social como causa, y no sólo como efec­to, del propio avance técnico, Sin embargo, las nacientes teorías de la historia otorgaban cada vez mayor importancia a la presencia anónima del factor técnico. Célebre en este sentido es la comparación de Marx según la cual el arado era al feudalismo lo que el telar de vapor era al capitalismo. Aunque Marx no fuera un determinista tecnológico en la acep­ción vulgar de la palabra la conexión entre in­novación técnica y estructura social quedó ya como interpretación aceptable entre sus pro­pios seguidores, para quienes no obstante la voluntad humana también poseía en princi­pio una función decisiva en el proceso histó­rico (Ello les iba a dividir para siempre en una rama determinista o «científica» y otra vo­luntarista o «humanística»). Dentro de la tradi­ción marxista, muchos decenios después, An­tonio Gramsci pergeñó un notable ensayo en un momento sombrío de su vida, Americanis­mo y fordismo en el que claramente plantea­ba la posibilidad de una pseudo‑revolución estrictamente inducida por la técnica, sin una corriente moral y política que la inspirara y basada en la dinámica del desarrollo econó­mico capitalista, la innovación mecánica y la automatización productiva. Lo significativo es que esa especulación provenía de uno de los más señalados representantes del ala huma­nística del marxismo

Este modo de pensar revela una tendencia contemporánea hacia la «tecnificación» del pensamiento social, es decir hacia la acepta­ción de que la innovación es una fuerza anó­nima desligada de protagonistas humanos, cuya lógica interna pasa a ser la lógica misma de la mudanza social, al margen de unos seres humanos empeñados en cambiar las cosas según sus propias pasiones, intereses e intenciones. El determinismo técnico con­fiere a quien lo acepta un aura de superiori­dad realista cuyas ventajas personales pue­den tener interés para él. Pero tiene sus cos­tos, Entre otras cosas genera un desánimo no­table ante el indigente proceso de transfor­mación que presenciamos y lleva a una ab­dicación de la intencionalidad frente a las ta­reas de nuestra vida cívica y política. En una de sus formas extremas puede llevar a la sus­titución del providencialismo tecnológico de ayer por otro providencialismo, cósmico y materialista, acorde con algunas creencias de científica apariencia y optimismo infundado, corrientes hoy en día, En otra forma extrema, y opuesta a la anterior, puede inspirar un neo­fatalismo materialista que proyecte sobre nuestra vida social una precipitada interpre­tación pesimista y entrópica de los asuntos humanos, como si sobre nuestras conciencias y actividades rigiera sin rodeos la Segunda Ley de la Termodinámica.

El desánimo, no obstante, tiene causas más profundas: hay una duda muy extendida so­bre si es o no la voluntad humana la que ha puesto en marcha la gran transformación de nuestra era, o si lo han hecho las tendencias difusas de una tecnología que empieza a poseernos a nosotros y no nosotros a ella. (A esta duda escapan, cómo no, un buen núme­ro de felices optimistas que creen que la di­cha se puede manufacturar poco menos que mecánicamente y que todo problema huma­no es en el fondo sólo un problema técnico). Con todo ello el enfoque humanístico de la historia ha sufrido un descrédito sin prece­dentes. Todavía Joseph Schumpeter en sus di­versos estudios de historia económica avan­zaba un cierto voluntarismo cuando construía una de las teorías más plausibles que posee­mos sobre la grandes transformaciones con­temporáneas a base de constatar los ciclos desencadenados por las innovaciones técni­cas protagonizadas por grupos de hombres que forman élites empresariales, científicas, políticas o culturales, dispuestas a librar una batalla intencional y clarividente en el seno de su mundo competitivo y estimulante. El marco de referencia schumpeteriano es en­teramente clásico en la teoría social, pues como el de Maquiavelo o Marx, acepta los condicionamientos, materiales de la historia sin abandonar el axioma de que son los hom­bres quienes lo hacen, por muy angosto que sea el margen de su albedrío.

 

II. TECNOCONOCIMIENTO, TECNOCULTURA

Por mucha revisión que pidan las concep­ciones que confieren a clases, élites o indivi­duos una función crucial en la creación y sen­tido del cambio histórico, carecemos aún de argumentos suficientes para que puedan des­cartarse del todo: el determinismo tecnológi­co (como antaño el materialismo vulgar) no ha conseguido aún probar sus supuestos. Pero ello no significa que no sea urgente un análisis socioestructural de la última revolu­ción tecnológica la cual exige, por lo pronto, cierto esclarecimiento conceptual. Conven­gamos en que de momento ni las euforias tec­nocráticas  y de ciencia ficción que están de­generando a grandes pasos en mera ideolo­gía, ni los pesimismos catastróficos y anticien­tíficos que constituyen su oposición en el ca­cofónico debate público sobre el asunto nos ayudan mucho a ver las cosas con ecua­nimidad.

Para empezar parece que la misma natura­leza difusa y en apariencia anónima de la transformación social presente y, sobre todo la mudanza cualitativa del factor técnico que la causa ‑la telemática, la computadora y la inteligencia artificial‑ exigen planteamientos nuevos. Ello se debe al hecho de estamos pa­sando rápidamente de una sociedad cuya di­námica se basa en la innovación técnica a otra en la que, cada vez más, esa dinámica depende de la innovación cognoscitiva sistemá­tica. Esta es una manera algo grosera de ex­presar lo que de verdad ocurre. Más precisa­mente, estamos pasando de una sociedad apoyada sobre un flujo de innovaciones téc­nicas materiales (como lo ha sido hasta ahora la sociedad industrial) a otra que reposa so­bre un flujo de innovaciones técnicas abs­tractas así como sobre la organización del au­mento de saber sobre corporaciones especia­lizadas en el incremento del conocimiento.

En la vida real las innovaciones técnicas abstractas y las corporaciones que hoy las generan son inseparables: se necesitan mútuamente y son parte de un mismo fenómeno histórico. Pero pueden distinguirse analíticamente. Las innovaciones técnicas abstractas pueden identificarse prácticamente hoy por hoy con las que suelen llamarse «nuevas tec­nologías», por lo menos hasta que la palabra «nueva» pierda su sentido, que no ha de fal­tar mucho para ello. (Cada vez lo nuevo dura menos como tal). Estas técnicas difieren mu­cho de las anteriores porque poseen una au­tonomía relativa frente a la inteligencia huma­na; programadas y puestas en marcha tienen su «vida propia». Se basan en la cognición al­macenable, transmisible y manipulable por ellas mismas y no en la producción directa de energía, locomoción o materiales. Por pri­mera vez es esta producción la que a su vez depende de las innovaciones técnicas abs­tractas que son quienes la gobiernan, mien­tras que hasta ahora sólo los humanos podían hacerlo.

Lo interesante para los fines de esta discusión es el hecho fundamental de que el co­nocimiento adquirido o generado por estos artefactos es potencialmente separable del sa­ber y más aún, de la sabiduría. La constata­ción de este hecho nos permitiría responder afirmativamente a la célebre pregunta de Tu­ring «¿puede pensar una máquina?» sin caer como otros han hecho, en la ingenuidad cien­tifista. Lo decisivo aquí es admitir la separa­ción (por otra parte tradicional en filosofía) entre conocimiento y sabiduría, entre la mera posesión de un repertorio informativo y el sa­ber racional, estético o moral. El neoconoci­miento tecnológico ligado a la informática, la telemática y al proceso de datos podría reci­bir el nombre de tecnoconocimiento. Se dis­tinguiría así del conocimiento humano siem­pre susceptible de conversión en sabiduría mediante su paso al plano superior de la con­ciencia. El tecnoconocimiento se situaría epistemológicamente por encima de la infor­mación y su técnica específica, la informáti­ca, a las que está estrechamente unido, pero por debajo del genuino conocimiento cientí­fico, racional o hasta moral, aunque con el pri­mero guarde ciertas similitudes formales muy señaladas. De momento su mayor distancia es con el conocimiento humanístico aunque cu­riosamente esa distancia no sea muy grande con la estética y el arte. La música, el diseño y las artes plásticas no han sufrido alienación alguna ante las nuevas tecnologías. Al contra­rio, se han identificado inmediatamente con ellas.

La característica clave del tecnoconocimiento es su capacidad inherente por reno­varse a sí mismo y por acrecentarse. Ello no podía siempre decirse de otros complejos tecnológicos anteriores. La mayoría solían agotar sus posibilidades y no todos eran sus­ceptibles de incorporación en los otros es­quemas que venían a sustituirlos o a realizar tareas diversas. Esa capacidad de acrecenta­miento es en cierto modo análoga a la crea­tividad. Como es sabido la creatividad es una facultad humana que tiene su origen en nues­tra disposición a ordenar y reordenar ideas, datos y percepciones en relaciones mutuas y constelaciones nuevas. En su versión tecno­lógica esa capacidad sufre una aceleración exponencial merced al almacenamiento en artefactos. Estos se especializan no sólo en la información sino en la intervención indirecta­mente sobre el medio ambiente, que normal­mente ocurre a través del control de otros artificios. Ello contrasta con la intervención físi­ca directa que debía hacerse antes con ins­trumentos materiales y con la sola ayuda de la memoria humana y el almacenamiento es­crito o impreso de la información.

Lo nuevo del tecnoconocimiento ante to­dos los conocimientos técnicos tradicionales es que no sólo es compatible con las expresiones mecánicas de la inteligencia, las cua­les son en un sentido limitado análogas a la nuestra, sino que exige además la promoción sistemática de la inteligencia artificial para lanzarse, más allá de su arte combinatoria, a su propia creatividad específica. Se basa ésta en el simulacro. La esencia del tecnoconoci­mento es el simulacro, no ya in vitro, como en el experimento tradicional, sino en puro gua­rismo. Se simula una «realidad» para ver qué resultado da una situación hipotética, sin que la situación ocurra: se simulan guerras nuclea­res, ciclos económicos, aumentos de paro, en­vejecimientos de la población, forcejeos di­plomáticos, vuelos de aeronave, vidas huma­nas, fatiga de metales, peso de los puentes, meteoros. La cosa carece de precedente co­nocido. La actitud contrafáctica, esencial siempre para la civilización humana, no había alcanzado semejante situación de institucio­nalización como la que le confieren hoy los artefactos que la soportan. Los «escenarios al­ternativos», los constantes cálculos de posibi­lidades van mucho más allá del cálculo racio­nal del riesgo que constituyó la aportación cla­ve de la vieja civilización burguesa: hoy se calculan e imaginan también situaciones hipotéticas Y sólo tenuemente realistas, al lado, naturalmente, de las más realistas y pre­visibles.

En cuanto se mienta un conjunto de situa­ciones susceptibles de tratamiento tecnocog­noscitivo (microelectrónico, informático) nos apercibimos de que el tecnoconocimiento ocupa un lugar específico en un marco más amplio, cuyos componentes morales y políti­cos son insoslayables. Ese marco es el medio humano en que se mueve, en el que ocupa un lugar central. o más correctamente, axial. Es el medio de la tecnocultura.

A la tecnocultura hay que acercarse con cautela. No es fácil dar de ella una definición del todo concisa. Decir que se basa en las téc­nicas de cómputo, transmisión, control cibernético y proceso de datos, desde la televi­sión, a la informática, culminando en la inteli­gencia artificial, no basta. Nunca el aparato instrumental se confundió con la vivencia, el saber, el deber, lo verdadero, ni con sus con­trarios. El aparato instrumental constituye a lo sumo el hábitat humanamente creado de la cultura, y lo determina en tanto en cuanto le proporciona las metáforas y los mitos con que ella se va creando, pero no se funde en ellos. La tecnocultura, al ser de algún modo cultura (la de nuestra época emergente) tiene que estar sujeta como cualquier otra a los impe­rativos atemporales de la naturaleza humana. Por lo que sabemos, el mundo puede haber cambiado pero la naturaleza humana no lo ha hecho. Así pues la tecnocultura como toda cultura tiene que responder a las necesida­des imperiosas de lo mágico, lo sagrado, lo emocional y lo que nos suministra la dimen­sión misteriosa y comunitaria de la vida. Y no digo «tiene que» en el sentido de deber mo­ral, sino en el de la más elemental necesidad material. En ese mismo sentido tiene también que transmitir autoridad, orden, subordina­ción, supraordinación, privilegio, poder y re­cursos escasos. Y por último tiene que apor­tar la dimensión innovadora y novedosa que nuestra condición humana exige a cada paso, como exige también su contrario, el hábito, la tradición.

Podría concluirse, por lo tanto, que la cul­tura es tridimensional, pues incluye comu­nión, dominación e innovación, y surge de una relación dialéctica constante entre estos tres componentes suyos. A la comunión co­rresponde lo sagrado, lo misterioso, lo bello, lo trascendente. A la dominación, el poder, la autoridad, la distribución desigual de bienes y recursos. A la innovación, la resolución constante de problemas mediante invencio­nes y soluciones nuevas, pensadas de acuer­do con nuestras intenciones e intereses. En este contexto la tecnocultura es algo diferen­te que presenta analogías con la cultura pro­piamente dicha, sobre todo en su potencia­ción sin precedentes de la dimensión innova­dora, pero que no permite ser equiparada a la cultura. La adscripción de propiedades mentales a las máquinas tiene sus límites: la tecnología es la interfaz entre el universo sim­bólico y operativo creado por las nuevas tec­nologías y el mundo humano de la cultura ge­nuina y la conciencia. La manipulación del medio y la producción de la realidad humana sobre una plataforma mecánica mediante simulacros, acopio y ordenamiento de datos y especulaciones contrafácticas constituye el aparato de la tecnocultura así como el univer­so en el que surgen sus conceptos, metáforas e imaginación. Pero esa tecnocultura no sus­tituye al meollo mismo de la cultura, pues ésta consiste en última instancia en vivencias de comunión (o alienación), dominación (o sumi­sición) e innovación (o adaptación a la mu­danza) cuya morada es sólo la conciencia de los hombres. La tecnocultura no significa el naufragio de la cultura, sólo su reestructura­ción y la mudanza relativa de su lenguaje, como supone la reestructuración de nuestras potestades y relaciones interhumanas sin que ocurra una mutación en la raza humana. Has­ta esta revolución tiene sus límites.

 

III. UNA DIALECTICA OSCURA

 

Nos fascina nuestra propia historia. De pronto ha surgido un interés universal y fer­voroso por los que convencionalmente se suelen llamar «efectos de la informática sobre la sociedad», o «el impacto de la ciencia so­bre la sociedad», o «el futuro de la sociedad postindustrial» por la que se entiende la so­ciedad basada en el nuevo conocimiento ins­trumental, o tecnoconocimiento.

Esto es comprensible, pero desde el primer momento nos encontramos con que la cues­tión está mal planteada. El «impacto» como suele decirse de «la ciencia» sobre «la socie­dad» ya presupone una concepción sobre la dirección de la mudanza social. La ciencia y la técnica aparecen como causas. Lo demás son efectos. Es una metáfora que precluye un estudio abierto de la cuestión. Así sólo se si­guen los pasos de quienes describen la so­ciedad hablando de su infraestructura y su superestructura, y en la primera colocan eco­nomía, suelo y clima y en la segunda, ley, ideología y estado. Lo último se convierte en subproducto o quizá excrecencia de lo ante­rior antes de ser investigado. Un análisis más prudente y parsimonioso de la vida social de­bería llevarse por derroteros distintos. Tiem­po ha que sabemos cómo las actitudes reli­giosas predisponen a conductas económicas diferentes, que el nacionalismo es irreducti­ble a la economía¡ que el estado genera de­sigualdad social de acuerdo con ideologías predominantes. Etcétera. Si algo nos tiene que haber enseñado la última revolución econó­mica producida por la tecnocultura y su co­nocimiento, el tecnoconocimiento, es que el factor educativo y cierto racionalismo instru­mental son decisivos en la potenciación de las transformaciones llamadas infraestructura­les, sin que ellas sean las que determinen todo lo demás. No deja de ser sorprendente que, mucho tiempo después de la introduc­ción de importantes estudios sobre lo que en un principio vino a llamarse «capital huma­no», todavía exista una tendencia muy marca­da a pensar en términos monocausales en el terreno del cambio social. Tan grosero es atri­buir a la llamada infraestructura económica toda fuente de causación como atribuírselo a la tecnología.

Toda interpretación de la historia presente, todo vaticinio del porvenir próximo, tendrá por lo tanto que suspender este modo tradi­cional de ver las cosas. Primero era la divina providencia, luego el progreso de la razón, más tarde las férreas leyes de la historia, y hoy la dinámica supuestamente conocida de la llamada sociedad posindustrial, informati­zada y automatizada. Abandonemos estas es­catologías. Aceptemos que los influjos, tensio­nes y mutuas causalidades entre los diversos componentes de una sociedad humana se plasman en una dialéctica a veces oscura. Os­cura no porque sea misteriosa en un sentido sobrenatural o mágico de la palabra sino por una razón bien distinta: los diversos compo­nentes de la sociedad son sólo separables analíticamente. Hubo un tiempo, durante el auge de la civilización burguesa en que la es­pecialización funcional de las actividades permitió que se alcanzara un grado notable en su separación mutua: surgieron así empre­sas exclusivamente económicas; el estado se convirtió en ámbito exclusivo de la política y se abstuvo de producir bienes; las iglesias y la religión se separaron del estado; la familia y la vida privada se constituyeron en un fue­ro especial, inviolable. Y así sucesivamente, Las cosas hoy no han dejado del todo de res­ponder a esta pauta escisiva (por otra parte nunca del todo conseguida en forma pura) pero hay una tendencia sutil hacia una nueva interpretación de las diversas esferas, Por ejemplo, el estado intervencionista y asisten­cial es también un factor económico, no sólo por su política fiscal y de redistribución de bienes, sino porque él mismo es un empresario. Todo esto oscurece la dialéctica social de hoy, aunque nos comience a dar alguna idea de cómo será el mundo de mañana.

Ese mundo es impredecible, porque lo que en buena medida va a determinar su confi­guración va a ser la continuada acumulación y hasta explosión de conocimiento, tecnoco­nocimiento e informatización, los cuales si­guen por derroteros imprevisibles. Nadie ha conseguido programar la programación. Lla­mar a nuestra sociedad «sociedad programa­da»'es aún más infundado que llamarla pos­moderna, posindustrial u otro sinónimo pare­jo. A lo sumo se puede hablar de una socie­dad programada en el sentido de que intenta serlo (por parte de los grupos en el poder, y por parte de aquellos estamentos y clases que lo exigen) y que lo consigue muy res­tringidamente en algunos campos. En ese sentido no cabe duda que hay operaciones bélicas, planes económicos, fiscales o mone­tarios, políticas educativas, urbanísticas, de­mográficas, y de toda índole que producen en parte algunos de los resultados inicialmen­te deseados. (Por lo general, a corto plazo).

Por otro lado los fracasos de la macropro­gramación son cada día más graves, pues se­guimos mostrando una notoria incapacidad para concebir cuáles van a ser las externali­dades negativas de nuestras decisiones. Así, nadie supo prever la lluvia ácida, ni la exa­cerbación fundamentalista musulmana gene­rada en gran medida por la industria petrolí­fera occidental en el Medio Oriente, ni la ex­plosión demográfica devastadora en África, propiciada por la introducción de medica­mentos sin cambios congruentes en la forma y extensión de la familia. El hecho de que conozcamos a medias los resultados que pro­ducirán ciertos programas a corto o medio plazo (la reducción de la inflación, por ejem­plo, que genera paro y recesión en una pri­mera fase) por los que se está dispuesto a afrontar ciertos riesgos políticos y costos so­ciales, no basta para describir a nuestra so­ciedad como programada, por muy informa­tizada que esté esa programación. Nuestra capacidad de control, a pesar de la expan­sión de las neotecnologías sigue siendo en­deble. Y nuestra comprensión de la dialécti­ca social es muy pobre.

Pero nuestra curiosidad por el porvenir es más fuerte que nunca. Es ella la que legitima hoy el ejercicio profesional de la prospectiva y hasta especulaciones tan tentativas como la presente. Ello sucede porque hoy sentimos el presente como futuro, y con frecuencia sin demasiada sorpresa ni confusión, contra todo lo que pueda decir algún ideólogo sensacio­nalista que nos proclama a todos acongoja­dos por el porvenir, víctimas de una inesperada neurastenia colectiva. Claro es que ha habido momentos en que las gentes han sido presas de terrores cataclísmicos y, aunque efímeros, dañinos y siniestros. Pero hoy ‑que por causa del arsenal nuclear parece que haya motivos racionales para el miedo uni­versal‑ las cosas van por otra senda, y la ex­plicación de una ausencia de pánico milena­rista, o su restricción a grupos pacifistas alar­mados, proviene en gran medida de la nue­va situación generada por la tecnocultura. El cientifismo y la tecnocultura fomenta el opti­mismo tecnocrático, es decir, la creencia en la posibilidad de tecnificación de todo pro­blema vital, mediante su solución experta o mecánica.

A causa de ello y de la aceleración del cambio social pensar ahora el presente es siempre pensar también el futuro. Señalar ten­dencias emergentes es escudriñar no sólo sus consecuencias inmediatas sino conside­rar las más lejanas, las cuales, en todo caso, no se harán mucho de esperar. Muy some­ramente, y sólo para iluminar un poco esta cuestión tan vasta, haré algunas observacio­nes sobre tales consecuencias. Para ello me ceñiré sólo a dos campos: el de la actividad humana hasta ahora más característica, el tra­bajo y el de la transformación de la desigual­dad y el poder a través de la cultura en su nuevo medio técnico.

 

IV. DOMA Y TRANSFIGURACION DEL TRABAJO HUMANO

 

La holganza solía ser el privilegio de la mi­noría, el trabajo el destino de la mayoría. Aho­ra la holganza empieza a ser castigo de mul­titudes y el trabajo privilegio de los es­cogidos.

Es como si algo extraordinario hubiera ocu­rrido en la historia del trabajo humano. La ci­vilización que hemos heredado podría defi­nirse como aquélla que en su día puso fin a la creencia de que el trabajo era una pura maldición. Se hizo a sí misma negando el tra­bajo como castigo, ensalzándolo como moral y nobleza. Como se sabe, la palabra trabajo proviene de la latina tripalium, tres palos, una tortura romana. Con la revolución que supu­so la nueva ética del trabajo, que trajo el ca­pitalismo y luego la industria, se desvaneció ese sentido original. Quedó para los textos de etimología. El trabajo no sólo era bueno y dig­nificador del nuevo ciudadano, sino que pronto se fue descubriendo un derecho uni­versal a tenerlo. Pasar del trabajo como obli­gación y castigo al trabajo como derecho y patente de ciudadanía ha sido una transición incalculable.

Pero entramos ahora en otra transición: si por un lado continuamos exigiendo ese de­recho al trabajo que es parte de nuestra mi­tología secular, por otro empezamos a exigir un margen mayor de holganza, de ocio, de ac­tividades más o menos, deportivas que den sudor a nuestra frente sin hacernos ganar el pan,

En aquéllas partes del mundo en que van consolidándose estas tendencias, su cone­xión causal con la eclosión de las nuevas tec­nologías ‑cuyas raíces en el proceso de au­tomatización de los años posteriores a la II Guerra Mundial son conocidas‑ son clarísi­mas. Y los conflictos sociales que generan en­tre las clases vinculadas a los modos de pro­ducción industrial en crisis o en necesaria disminución de mano de obra son harto co­nocidos. Mientras tanto los gobiernos se de­baten en medio de su contradictorio esfuer­zo por aumentar la productividad a toda cos­ta, lo que reduce puestos de trabajo e incre­menta estos últimos para justificar su perma­nencia y uso del poder a través de su efica­cia benefactora.

Esta inesperada situación nos ha conduci­do a moralizar el ocio y a comenzar a desmoralizar el mismo trabajo, que antes había go­zado siempre de poderosos soportes éticos, dirigidos naturalmente hacia las clases traba­jadoras, a las que dignificaba, según la doc­trina. No es que el cambio de actitud se haya consumado del todo: así, la pura, dulce y tra­dicional holganza sufre aún un vago despres­tigio. Claro está que si uno sabe encubrirla con una pátina de ocupación lúdica, deporti­va o a poder ser con mucho consumo de bie­nes y servicios, como sucede con el turismo, el esquí o la hípica, cobra enseguida mucho lustre. Y es que ya no sólo fabricamos arte­factos, sino que manufacturamos entreteni­miento con inigualada destreza. Nuestros go­ces son efímeros pero tan repetibles como el vídeo. Además nos convertimos nosotros mismos en espectáculo sobre playas, montes nevados, o en discotecas, aeropuertos y res­taurantes. El homo otiosus tiene su universo huero y en constante expansión convertido en una inmensa disneylandia que se justifica a su vez como fuente de ocupación y empleo para el homo faber. Porque, como solía decir­se de los viejos amos, eso da trabajo.

La manufactura del ocio incluye un esfuer­zo físico. Debe llevar al cansancio improduc­tivo, más o menos medicalizado, como es ese trote zonzo que llaman en la ubicua anglipar­la jogging. Para entender el nuevo sentido del ocio activo hay que comprender también un poco lo que le está ocurriendo a su con­trario, el trabajo. Ello no es fácil, pues lo pri­mero que salta a la vista es que en muchos lugares, para muchos millones de gentes hu­mildes, apenas ha cambiado su suerte y con­dición. Sin embargo, las corrientes de la eco­nomía y de la técnica son tales que ni ellas escapan ya al alcance mundial de la transfor­mación: el campesino africano, hindú o suda­mericano que ayer, a trancas y barrancas, cui­daba su pobre huerto es hoy peón de plan­tación, y se entrega al monocultivo de algo, para mayor gloria de alguna próspera corpo­ración multinacional. Pero es mejor, para es­clarecer este asunto, parar mientes en lo que pasa en los países más avanzados.

Una de las interpretaciones más influyen­tes hoy es la que supone que el trabajo, tanto el manual como el que no lo es, (y con ex­cepción del más innovador e imaginativo) ha sufrido un vasto proceso de «despericia» o «desespecialización». Ello ha sucedido en una fase subsiguiente a la de la fuerte especiali­zación desencadenada por los primeros estadios de la revolución industrial. Según esta teoría, introducida por Bravermann en 1974, el proceso laboral está hoy más determinado por la estructura de las relaciones capitalis­tas que por los factores técnicos u organiza­tivos. Los gerentes de las corporaciones ya no pueden esperar de los trabajadores que produzcan la plusvalía con la debida diligen­cia. Lo que hacen es resolver este problema maximizando su propio control sobre la orga­nización y minimizando el de los trabajado­res. Así, la «gerencia científica» de las empre­sas, se afirma, desguarnece al empleado ante la automatización, y le «despericia» por me­dio de la simplificación y fragmentación de sus tareas. Lo tiene así siempre bajo la amenaza de la reducción de plantilla, en nombre de la sacrosanta productividad.

Aunque Bravermann exageró el poder real de la gerencia sobre el proceso de trabajo (una crítica que los mismos marxistas le han dirigido) no hay duda de que cuanto más avanzada es una industria mayor es el grado de impericia general pues no sólo la automa­tización, sino la informática y la microelectró­nica han ido desplazando al trabajo como arte. Y aunque la gran riqueza producida por la técnica moderna y por el mismo capitalis­mo ha eliminado la progresiva proletariza­ción de la fuerza de trabajo tal como estaba prevista por la prognosis marxiana, ha habi­do, en cambio un incremento en la indigen­cia psíquica y moral del obrero y del emplea­do como creadores de realidades específicas e insustituibles, que eran su aportación personal a la producción de bienes. Y con la au­tomatización potenciada por la informática y la alta tecnología hasta su trabajo, en muchos casos, se hace superfluo.

No hay señales de que esta corriente vaya a cambiar de signo, por el momento. Conti­núa en ascenso el sector servicios, así como el tamaño de la población asalariada, dentro de la activa, aunque el volumen mismo de la fuerza de trabajo crezca o decrezca a ritmo distinto en según los países y también varíe el poder respectivo de los sindicatos. Por ejemplo el sindicalismo en Estado Unidos si­gue amenazando mientras que en otros luga­res, como Suecia, es tan fuerte como siem­pre. (En este contexto es notable que compa­ñías muy descollantes en la informática y el proceso de datos, como IBM, hayan consegui­do eludir al sindicalismo en toda la línea). En todo caso es injusto, como hace algún sector

del pensamiento conservador, atribuir a un «exceso» de eficacia sindical la disminución global de la productividad y de la competiti­vidad de un país. Cierto es que los sindicatos interfieren en las fuerzas del mercado, pero también lo hacen los ejércitos, las compañías multinacionales monopolistas u oligopolistas, así como todos los grupos de interés mínima­mente organizados. Todas las coaliciones de esta índole ‑patronales, sindicatos, iglesias, gobiernos, ejércitos‑ pueden llegar, si no dan juego a fuerzas sociales más libres, a an­quilosar juntas la vida social por una inflación de lo que podríamos llamar la densidad cor­porativa.

Esta última idea, sobre la que algunos ve­nimos insistiendo desde hace tiempo, ha ha­llado nueva munición en el libro del econo­mista Mancur Olson, de 1982, su Auge y de­cadencia de las naciones. Es relevante aquí porque nos hace ver como el trabajo (y su contrario) dependen cada vez más de esa nueva unidad que vertebra a la sociedad mo­derna, la corporación, sea ésta política, eco­nómica, militar o de otra especie. Más que una burocratización del trabajo y la manufactura de un ámbito en apariencia desburocratizado (el tiempo libre de él) hay una corporatiza­ción de ambos. (Incluso del ocio, pues las empresas del ocio, como las de turismo, tratan al tiempo libre como un bien fungible y explo­table). Es hoy la corporación la que determi­na nuestro ámbito de vida, nuestras posibili­dades de promoción, nuestra carrera, nuestro empleo y desempleo, nuestros trabajos y nuestros días.

Por sí solo, no obstante, el corporatismo y el especialismo no hubieran conducido a la situación hoy emergente. Es su conjunción con el almacenamiento y control elitista del tecnoconocimiento lo que la hace posible y explicable. Cuando Daniell Bell describió a nuestro mundo como «sociedad posindus­trial» lo hizo pensando en esa confluencia múltiple de tendencias económicas, cultura­les y técnicas. Para Bell el trabajo en la socie­dad posindustrial cobra un significado diver­so Mientras que en las sociedades preindus­triales el trabajo era una lucha contra la natu­raleza y en las industriales lo era contra la na­turaleza fabricada, en las posindustriales el trabajo es «juego entre personas». La organi­zación de un equipo de investigación, las estrategias de despliegue de mano de obra, el suministro, filtración o retención de información y conocimientos, son lo decisivo. Por eso la realidad ya no es la naturaleza, ni lo sobre­natural sino el mundo social. El desarraigo de lo natural y la emancipación de lo misterioso deja a la raza humana sola ante sí misma.

Los efectos de estos procesos son tan inci­pientes que nuestra incertidumbre respecto a sus consecuencias no viene sino a compli­car y agravar las confusiones morales a que nos ha llevado nuestra economía política, ba­sada sobre la creencia en la riqueza univer­sal inagotable y la productividad siempre crecientes. Estas son enemigas de la austeri­dad y de la aceptación de la vida sencilla. Ahora ya son muchos los que ven que todo eso no puede ser bueno, pero carecemos de un marco moral de referencia con aceptación general, ya que el pluralismo ideológico es uno de los pilares de nuestras liberales con­vicciones. Estas se hallan bastante bien repar­tidas, salvo en tierras de bárbaros, tiranos y en las tecnoburocracias monolíticas, que no ocupan poco espacio. Las armas que tenemos para una nueva ética de la vida social son pues bien débiles, ya que son sólo las de la persuasión y la parsimonia civilizada. El pro­blema ahora es saber si la doma del trabajo por la tecnología y el instrumentalismo en las relaciones humanas no va a domar también del todo nuestro espíritu. A lo peor, si ello ocurre, algunos no puedan ya darse cuenta, sumidos como han de estar en el suave es­tupor de un ocio sin riendas.

 

V. LA ESTRUCTURA SOCIAL DE LA TECNOCULTURA

 

La sociedad contemporánea se está rees­tructurando según un vasto proceso que consiste no ya en la dispersión anónima de las nuevas tecnologías sino en su fomento acti­vo por parte de élites ascendentes estraté­gicas que se hacen con ellas. Tales élites institucionalizan avenidas para la producción del poder, el privilegio y la clase y con ello van desplazando a las tradicionales cuando no se funden con ellas si la dinámica social lo permite.

Las avenidas sociales que van cobrando cada vez mayor fuerza en el reclutamiento y acceso diferenciales a posiciones sociales codiciadas están explícitamente ligadas al tec­noconocimiento o a la pericia dotada de cre­denciales de educación formal, es decir, de título, diplomas y otras licencias. En todo caso están ligados a la apropiación y control del tecnoconocimiento y de la información en ge­neral. La presencia de nuevas avenidas no sig­nifica que se hayan abolido las característi­cas generales de las desigualdad social, sino que emergen nuevos criterios para ganar ac­ceso a ella. Así, la desigualdad social sigue siempre siendo tripartita: unos mandan, otros reciben órdenes pero también las dan, y otros sólo obedecen, si bien este esquema permi­te y hasta pide una serie de gradaciones internas.

De igual modo, se notan movimientos im­portantes hacia la plasmación geográfica de la desigualdad, ligados también al tecnoconocimiento (y no sólo, como antaño, al mer­cado capitalista mundial y al sistema económico internacional). Existe así una marcada tendencia a que el conocimiento técnico in­novador se concentre en ciertos lugares (en el Valle del Sílice californiano, por ejemplo) mientras que la mano de obra no especiali­zada puede buscarse sin necesidad de mi­gración en la periferia del sistema geopolíti­co, En unos segundos, vía satélite, los inge­nieros y gerentes del Valle del Sílice pueden mandar sus planos y órdenes a una fábrica re­mota, escondida en la Amazonia o en el Su­reste Asiático. La división mundial del traba­jo podría llegar a depender así de una geo­política del conocimiento técnico, que confi­nará la impericia a tierras periféricas. Pero es dudoso que esta tendencia sea duradera, pues el tecnoconocimiento tiene un potencial considerable de descentralización, que será también explotado por quienes quieran rom­per las pautas recibidas de dependencia y desigualdad entre países.

Dentro de este marco pueden señalarse, entre otras, seis avenidas simultáneas de ac­ceso y reclutamiento de élites estratégicas del futuro:

a) La producción técnica de la imagen política. El poder tiende a basarse en la manufactura experta (es decir basada en la psicología, la sociología electoral, las técnicas publicitarias y el aparato de comunicaciones) de la imagen pública como bien escaso. Ello aún se consigue, a la antigua median­te un acceso personal o grupal al ámbito del po­der pero además requiere la obtención del con­trol técnico de la imagen, que incluye la manipu­lación efectiva de los medios contra competidores políticos reales o potenciales. Por ello la realidad política pasa a ser sólo aquélla que registran los medios y es por ellos difundida. La huelga no televisada es inoperante. El candidato sin espacios en radio y televisión no es nadie. Ser es estar.

b) La consecución neotecnológica de la posi­ción social. Paralelo al acceso político es el ac­ceso a bienes escasos o posiciones codiciadas a través del empleo o gerencia en el mundo neo­tecnológico. La nueva tecnocracia (militar, estatal, empresarial) basa su dominio y preeminencia en su mando sobre los aparatos materiales de control tecnológico.

c) La ocupación de espacios ¡cónicos heroi­cos, ejemplares o de imagen moral va ligada también a la tecnocultura. la notoriedad pública produce los tipos morales o inmorales que nece­sita consumir la sociedad (criminales, estrellas, su­jetos de escándalo, víctimas virtuosas) a través de su proyección en los medios masivos de comuni­cación. Lo mismo ocurre con los ¡conos vivos he­roicos, especialmente en el deporte para lo cual se monta un flujo permanente de competiciones tribales, étnicas, nacionales e internacionales que apelan a los sentimientos comunitarios y generan sin cesar élites nuevas de héroes populares.

d) La obtención de credenciales por la pericia formal. Las élites educativas y científicas no lo son sólo formalmente, sino que poseen hoy un do­minio sustancial también de sus especialidades. Si no fuerá así se desmoronaría la sociedad avanza­da. Pero lo decisivo es la credencial. Por eso en­tre los nuevos canales de consolidación de la de­sigualdad cobra una importancia crucial la univer­sidad, la escuela técnica superior, la academia mi­litar, el instituto de investigaciones, El poderío na­cional o imperial se relaciona abiertamente con la capacidad de estas élites, en sus instituciones edu­cativas e investigativas, por crear una tecnología adecuada. Ciertos gremios estratégicos (los inge­nieros) reciben recompensas especiales, tanto si se encuadran en el estamento militar como si lo ha­cen en otros.

e) La informatización de las finanzas. Posible­mente haya una falta de solución de continuidad entre las élites preindustriales, industriales y pos­tindustriales en lo que a finanzas se refiere. La su­presión del dinero tradicional y su sustitución por el crédito abstracto (a través de la fase actual re­presentada por el dinero en plástico y otros me­canismos crediticios) no hace sino reforzar el po­der de las clases financieras y de los especialistas en economía (o intérpretes públicos o privados de la economía) al margen de su éxito objetivo y el de las corporaciones por ellas controladas.

f) Las clases terapéuticas. Las nuevas tecnolo­gías en conjunción con la secularización y la per­cepción hedonista de la mundanidad han poten­ciado el desarrollo de una sociedad orientada hacia la terapéutica. No sólo las órdenes médicas han consolidado su privilegios en el nuevo orden, sino que la medicalización de la cultura en general, y la tecnificación de la curación en particular han pro­ducido otros efectos que las trascienden. Trabaja­dores sociales, clases paramédicas, psicoterapéu­tas, fisioterapeutas, servicios de enfermeros, han venido a engrosar estas categorías ocupacionales, encabezadas por el orden médico. Por extensión, la actitud terapéutica se ha extendido al tratamien­to del crimen, la prostitución, la delincuencia, y cualquier «problema social» que la cultura y la po­lítica del momento defina como tal.

Una primera consideración de estas ten­dencias hacia la formación de élites y jerar­quías bajo el influjo de las nuevas condicio­nes creadas por la tecnología avanzada y el tecnoconocimiento nos hace constatar que, si bien es cierto que está ocurriendo una «re­volución sin revolución» en el mundo con­temporáneo, ésta no implica una abolición del rango, el privilegio y el poder. En contraste con el trabajo humano que, como vimos en las observaciones anteriores, está sufriendo mudanzas cualitativas la desigualdad perma­nece. (La cultura de la desigualdad en cam­bio, ha cambiado, bajo un velo de relaciones públicas, tuteo y cordialidad aparente, pero esa harina, aunque sea del mismo costal, no contradice la desigualdad). Naturalmente, la antinomia creciente entre la mutación del tra­bajo humano y la permanencia de la desi­gualdad social plantea cuestiones interesan­tes, que no es posible examinar aquí.

Merced a la tecnificación de los problemas, al auge del tecnoconocimiento y a la munda­nidad de nuestra cultura se ha ido generan­do un énfasis muy pronunciado sobre la aceptación de una estructura social basada sobre posiciones estratégicas, Por mucho que la posesión de bienes siga siendo decisiva, lo que cada vez adquiere mayor relieve es el acceso a lugares estratégicos: cargos en los partidos políticos, mandos sindicales, puestos en los consejos de administración. Estos luga­res estratégicos pueden ser colectivos cuan­do se extienden a gremios o cuerpos ente­ros, Así la capacidad que puedan tener los pi­lotos de aviación para producir una disrup­ción en los transportes usados por las clases altas y medias realza su control sobre una alta remuneración que puede ser antieconómica, y por lo tanto ir en detrimento del bienestar general. Pero éste no es más que un ejemplo de los muchos que saltan a la mente cuando se piensa que es la vinculación a la tecnolo­gía (control de vuelos, aeroplanos y transpor­tes ultrarápidos, en este caso) lo que es de­cisivo a la hora de determinar el reparto (ra­cional o no) de ingresos y privilegios.

Todas estas son, claro está, solo unas gene­ralizaciones muy en escorzo sobre un univer­so que está ahora en formación y del que a duras penas vislumbramos el futuro. Su inten­ción no ha sido otra que hacer hincapié en lo nuevo para distinguirlo con un cierto cuida­do de lo permanente, cuya tozuda y antigua fuerza no debe pasarse por alto. Dícese que la modernidad estriba en la transparencia y autoconciencia crítica de nuestra propia so­ciedad, que es ahora supuestamente pensa­da y vista cara a cara por nosotros mismos, li­bres ya de creencias ancestrales más o me­nos tenebrosas, más o menos dogmáticas.

También se dice que la expansión de tecno­conocimiento, la informatización de la socie­dad y el auge de la tecnocultura son la ilustración palpable de esa modernidad en sus estadios más recientes. Así, no hay duda de que poseemos más datos que nunca sobre nosotros mismos, y que nuestra capacidad de manipular y transformar el ámbito de nuestra vida no ha dejado de aumentar en muchos sentidos. Falta saber, no obstante, si somos más sabios. Como los habitantes de la caver­na platónica entrevemos sombras, aunque en contraste con ellos a menudo no percibimos nuestras cadenas. Hoy contemplamos las sombras, no ya sobre la metafórica pared de la cueva sino, de veras, sobre pantallas tele­visivas o terminales de ordenador. Y, como aquellos hombres míticos, las juzgamos rea­les.

 

FUENTES Y BIBLIOGRAFIA

 

En algunas de sus fuentes el presente ensayo amplía ideas pro­puestas por mi en otros luqares, entre los que cabe señalar los siguientes: S. Giner «Tecnocultura», La Vanguardia, 4 febrero 1984, pág 6, «Revolución sin revolución» en Varios, La revolución cientifico‑ técnica Barcelona: Redondo Editor, 1973, págs. 20‑28; So­ciedad Masa Barcelona: Península, 1979; «El Trabajo domado», El Pais 21 octubre 1984, págs. 16‑17, y «Innovation, Communion and Domination: Notes Towards a Theory Culture» (con Roger Sil­verstone) aún inédito.

El ensayo de Antonio Granisci «Americanismo e fordismo» fue publicado en Note su] Machiavelli por Einaudi, Turín, 1966, (Vol. IV de Quaderni da] carcere) págs. 309‑245.

1. Schumpeter expuso su teoría del cambio social en The Theory ol‑‑‑Capitalist Development (1ª edición, 1911) y también en Bussiness Cycles (1939) y Capitalism, Socialism and Democracy (1942). Para una crítica y puesta al día de su concepción cf, J. Els­ter Explaining Technical Change Oslo: Universitetsforlaget y Cambridge University Press, 1983, págs. 112‑130. y R. Boudon La place du désordre Paris: Presses Universitaires de France, 1984, págs, 16‑17, 183‑184

Las distinciones pertinentes entre inteligencia humana y artificial se hallan convincentemente elaboradas en J. Ferrater Mora De la materia a la razón Madrid: Alianza Editorial, 1979, págs. 107‑113. Como introducción al tema, Ricardo Valle y otros Inteli­gencia Artificial, Madrid Fundesco, 1984. y sobre todo J. David Bolter Turing’s Man, Western Culture in the Computer Age Norh Carolina University Press, 1984, con el que este ensayo difiere y coincide en diversos aspectos. El libro de Bolter es importante para la exploración de la relación entre el ordenador (computa­dora) y la inteligencia artificial, por una parte y la cultura, por otro, pero nada tiene que decir sobre su relación con la estructura social.

Las obras mencionadas sobre las nuevas tendencias en la di­visión social del trabajo son: H. Bravermann Labor and Monopoly Capital Nueva York: Monthly Review, 19741 D. Bell The Coming ofPost‑Industrial Society Londres: Heinemann, 1974; M. Olson The Rise and Decline of Nations Yale University Press, 1982.