LA COMUNICACIÓN EN EL AULA

Signos. Teoría y práctica de la educación , 17 Enero Marzo 1996 Páginas 4/5 ISSN: 1131-8600

Carlos Lomas

Hasta hace poco tiempo la investigación educativa sobre lo que sucede en las aulas oscilaba entre la argumentación sociológica y la indagación psicológica, es decir, entre el análisis del modo en que la escuela ayuda a difundir algunas ideologías y a transmitir el conocimiento legítimo y la descripción de los procesos cognitivos implicados en la adquisición de los aprendizajes y por tanto en el diseño de los distintos métodos de enseñanza. En efecto, mientras la sociología crítica insistía en el estudio de las formas en que la escuela contribuye a la selección y a la transmisión de determinados saberes, creencias y maneras de entender y de interpretar el mundo, las distintas psicologías intentaban descubrir las diversas estrategias que los aprendices despliegan con el fin de apropiarse de los conocimientos que la escuela enseña y así sugerir algunas orientaciones didácticas que fueran útiles en los procesos de enseñanza y aprendizaje.

Hoy sin embargo el acento comienza a ponerse no sólo en las estructuras sociales o en la mente de las personas sino también, y sobre todo, en lo que las personas hacen y dicen (o hacen al decir) en las aulas. La vida en las aulas se convierte así en un ámbito preferente de observación y de estudio: el aula no es ya sólo el escenario físico del aprendizaje escolar sino también ese escenario comunicativo donde se habla y se escucha (o se calla y algunos se distraen), donde se lee y se escribe, donde se juega y en ocasiones se bosteza, donde se hacen amigos y enemigos, donde se aprenden algunas destrezas, hábitos y conceptos a la vez que se olvidan otras muchas cosas. En última instancia, es ese lugar donde unos y otros conversan, donde las formas del discurso pedagógico del maestro dialogan con las maneras de decir (y de entender) de quienes acuden a las aulas de nuestras escuelas e institutos de lunes a viernes, les guste o no.

Como escribe Philip W. Jackson (1991:51), "cualquiera que haya enseñado alguna vez sabe que el aula es un lugar activo aunque no siempre parezca así (..). En un estudio sobre las aulas de primaria hemos descubierto que el profesor llega a tener hasta mil interacciones personales diarias. Un intento de catalogar los intercambios entre alumnos o los movimientos físicos de los miembros de la clase contribuiría, sin duda, a la impresión general de que la mayoría de las aulas, aunque aparentemente plácidas al contemplarlas a través de una ventana del pasillo, son más semejantes por su actividad a una proverbial colmena".

Porque en esas colmenas que son las aulas los niños, los adolescentes y los jóvenes no sólo están ahí en silencio esperando a ser enseñados sino que también hablan, escuchan, leen, escriben y hacen cosas con las palabras y al hacer cosas con las palabras colaboran unos con otros en la construcción del conocimiento. Porque al hablar, al escuchar, al leer y al escribir (al hacer cosas con las palabras) unos y otros intercambian significados, dialogan con las diversas formas de la cultura, adquieren (o no) las maneras de decir de las distintas disciplinas, resuelven (o no) algunas tareas, y es en ese intercambio comunicativo como aprenden a orientar el pensamiento y las acciones, como aprenden a regular la conducta personal y ajena, como aprenden a percibir el entorno físico y social, como aprenden a poner en juego las estrategias de cooperación que hacen posible la interacción con los demás y la construcción de un conocimiento compartido y comunicable del mundo.

Desde esta perspectiva, como señalábamos en el editorial que abría el número 13 de SIGNOS, "el currículo no es sólo una retahíla de finalidades y de contenidos debidamente seleccionados: es también hablar, escribir, leer libros, cooperar, enfadarse unos con otros, aprender qué decir, qué hacer y cómo interpretar lo que los demás dicen y hacen. Es ese cúmulo de cosas que suceden en la vida de las aulas a todas horas y que quizá por demasiado obvias permanecen con frecuencia demasiado ocultas. Es el habla, es la escritura y son las formas de cooperación mediante las cuales quienes enseñan y quienes aprenden intercambian sus significados y se ponen de acuerdo en la construcción de nuevos aprendizajes. El currículo es entonces ante todo una forma de comunicación".

De ahí que ofrezcamos ahora a los lectores una monografía sobre la comunicación en el aula que recoge diversos textos sobre ese ir y venir de códigos, mensajes y culturas que es el escenario comunicativo del aula. En tales textos es fácil percibir una obvia diversidad de perspectivas porque (afortunadamente) la observación y el estudio sobre lo que ocurre en las aulas es algo que preocupa no sólo a bastantes personas sino también a un sinfín de disciplinas y de ámbitos del saber. Quizá por ello el lector agradecerá la radical diversidad de enfoques teóricos que animan la escritura de los distintos ensayos que encontrará en estas páginas. En unos casos sobresale la orientación antropológica (Honorio M. Velasco y Ángel Díaz de Rada) y la mirada etnográfica atenta a los aspectos comunicativos que tienen lugar en esa cultura en miniatura que es el aula (Lucí Nussbaum y Amparo Tusón); en otros, destaca el enfoque retórico y discursivo (Arma Cros), el afán de conjugar el análisis de la conversación con los planteamientos de la psicología cognitiva (Juli Palou) o la invitación a pensar, desde la pedagogía crítica, sobre la conveniencia de negociar los significados entre los diversos protagonistas del intercambio didáctico (Juan Bautista Rodríguez). Algunas sugerencias lectoras completan este monográfico sobre la vida en las aulas.

En última instancia, estas páginas hacen suyas las palabras de Edwards y Mercer (1988: 188): "Para muchos alumnos, aprender de los maestros debe resultar un proceso misterioso, arbitrario y difícil, cuya solución puede consistir en concentrarse en intentar hacer y decir lo que se espera: una solución básicamente ritual. Un mayor énfasis sobre la importancia del lenguaje y de la comunicación para la creación de un sentido compartido del significado (...) puede ayudar a que la educación en clase sea una cuestión más abierta y explícita y, por tanto, un proceso menos misterioso y difícil para los alumnos".

Referencias:

Edwards , D . y Mercer , N. (1980) El conocimiento compartido. El desarrollo de la comprensión en el aula . Paidós /MEC . Barcelona .

Jackson , Ph W. (1991): La vida en las aulas . Morata . Madrid

* Carlos Lomas es asesor de formación del CEP de Gijón y director de SIGNOS clomas@almez.pntic.mec.es