LENGUAJE Y GÉNERO .Descripción y explicación de la
diferencia*
Signos. Teoría y práctica
de la educación, 16 Octubre Diciembre de 1996. Páginas 6/17 ISSN: 1131-8600
COEDUCAR
LUISA MARTIN ROJO** luisa.rojo@uam.es
Somos cada vez más numerosas las lingüistas que, como Robin Lakoff,
pensamos que a las mujeres se las discrimina lingüísticamente, tanto en la
forma en que la lengua común y los usos lingüísticos cotidianos suelen
tratarlas como en la manera en que se les enseña y aprenden a usar el lenguaje.
Ambos procedimientos canalizan el mantenimiento de la dominación masculina y el
ocultamiento de la participación de la mujer en la sociedad, así como la
imposición de una imagen esterotipada, fuente de descalificaciones y
aislamiento.
En este artículo,
queremos mostrar cómo operan ambas formas de discriminación, pero también cómo
se anuncian ya algunos cambios importantes con respecto a esta situación.
Cambios que, indudablemente, debemos al fortalecimiento de la posición social
de la mujer que entraña una legitimación progresiva del discurso femenino, pero
que son también el resultado de una mayor conciencia y de una resistencia
femenina a aceptar formas discriminadoras y a interiorizar una imagen
descalificadora de sí mismas. Los últimos trabajos realizados muestran, una vez
más, cómo, a menudo, tiene más incidencia la modificación de hábitos
lingüísticos plenamente arraigados por muy insignificantes que parezcan y por
muchas reacciones adversas que provoquen (hilaridad, críticas de los puristas,
alarmismo, etc.) que las solemnes declaraciones de principios.
Todas las cuestiones que
trataremos a lo largo de esta exposición remiten, en última instancia, a un
debate hace tiempo abierto dentro de la lingüística: ¿existen o no diferencias
entre los discursos de varones y mujeres? ¿en qué consisten tales diferencias?
Debate esté que no puede desvincularse de otro aún más controvertido, incluso,
dentro del feminismo: ¿es posible distinguir nítidamente entre aquello que es
un manifestación de una identidad propia femenina de aquello que es fruto de la
imposición y efecto de una tradición sociocultural que concierne a las
relaciones, sobre todo de dominación, entre los géneros?
1. Los estudios
sociolingüísticos y las diferencias de género
Con respecto a las
diferencias de géneros, los dos ámbitos de trabajo establecidos por la
sociolingüística coinciden plenamente con las dos líneas de acción de las
lenguas ya esbozadas. Por un lado, el estudio del sexismo pone en evidencia
cómo la visión dominante de la sociedad y de las relaciones entre los géneros
es, predominantemente, masculina.
La segunda línea de
investigación se ha dirigido, en cambio, a tratar de elucidar si existe un sociolecto
femenino (una forma de habla típicamente femenina) o, al menos, un
estereotipo de habla y conversación femeninas. La existencia de diferencias
lingüísticas asociadas al género implicaría tanto la existencia de diferencias
sociales (especialmente, diferencias de poder) como de diferencias culturales (una
visión diferente de la realidad, diferentes valores y diferentes
comportamientos sociales). Esta línea de trabajo permite, además, valorar la
naturaleza y la intensidad de los cambios sociales, puesto que las diferencias
existentes parecen estarse atenuando. Este cambio estaría vinculado tanto con
el rechazo de la mujer de los distintos estereotipos sociales y lingüísticos
como lo que Fairclough denomina la "democratización" del discurso,
que conlleva que las asimetrías de género en el discurso se vean cada vez más
cuestionadas (Fairclough 1992, capítulo 7). Presentaremos a continuación
algunas de las investigaciones realizadas en ambos dominios y sus resultados.
2. El sexismo en la
lengua
Los estudios sobre el
sexismo se han ocupado de cómo las lenguas "tratan" a las mujeres. Se
parte de la hipótesis de que en la lengua común aparecen una serie de recursos
y estrategias lingüísticas que desempeñan un papel en el mantenimiento de la
dominación masculina, ocultando la participación de la mujer en la sociedad,
imponiéndole una imagen estereotipada y silenciando sus puntos de vista. La
cuestión es, por tanto, evaluar si existe, de hecho, sexismo en la lengua y a
través de qué recursos se manifiesta.
Entre los fenómenos en
los que los lingüistas han encontrado con más frecuencia manifestaciones
sexistas figuran (para una exposición más detallada, véanse los artículos
reunidos en Bernis et al. 1991, en particular García Meseguer, 1991):
1)
el desequilibrio en las formas de tratamiento que señalan la falta de
independencia que se atribuye a la mujer, así como las diferencias de status
(términos que marcan el estado civil de la mujer como "señora
"/"señorita" o "mi mujer"/"mi marido"; uso
frecuente del nombre de pila y sus diminutivos para la mujer, frente al uso del
apellido para designar al varón);
2)
fenómenos que imponen a la mujer una imagen descalificadora como duales
aparentes (con distinto significado en masculino y en femenino: "un
profesional"/"una profesional"); asociaciones estereotipadas
("mujeres listas o histéricas" frente a "hombres inteligentes o
estrenados"); vacíos léxicos para referirse a ciertas cualidades y
actividades, presentándose un problema cuando el referente es una mujer
("hombre de estado"; "caballerosidad"); insultos que
atribuyen el universo de lo positivo al género masculino ("ser
cojonudo" frente a "ser un coñazo") y refranes sexistas
(véase Calero, 1990):
3)
fenómenos que ponen de manifiesto el arraigo de una visión masculina de la
sociedad y de los actores sociales: vocablos androcéntricos,
especialmente, el léxico de la sexualidad, que transmite y afianza una visión
violenta del acto sexual, como forma de sometimiento del otro, mientras que
todo lo que se refiere al gozo y al placer parece reducirse a los que
experimenta el género masculino (véase García Meseguer, 1988: 182; Calero,
1991: 381); ausencia de formas, femeninas en el léxico referido a oficios y
profesiones. La incorporación de la mujer a cargos públicos y la tendencia,
cada vez mayor, de los hablantes a marcar el género plantean problemas de
denominación para los se existen ya distintas estrategias de resolución (véase
Nissen, 1991); saltos semánticos que indican que los masculinos
extensivos incluyen ambos géneros no se emplean o no se interpretan, de hecho,
como tales, produciéndose, en el mejor de los casos, equívocos y ambigüedades,
y excluyendo a la mujer del discurso en numerosas ocasiones ("yo contrato
siempre trabajadores competentes, ... con las mujeres, los criterios de
selección son otros").
La cuestión de la interpretación
del sentido extensivo de los términos masculinos ha resultado ser especialmente
controvertida para los lingüistas. El que en la oposición de género el término
masculino sea el no marcado o extensivo, mientras que el femenino sea el
término marcado o intensivo, determina que cuando se desconoce el referente de
persona o no se quiere especificar el género deba emplearse el término
masculino. Esta organización del sistema de género ha sido considerada como
discriminatoria por numerosas lingüistas (véase, por ejemplo, para el
castellano, Perissinotto 1982; Nissen 1991; Fernández Lagunilla 1991) ya que
permite ocultar la participación femenina y, de hecho, produce, socialmente,
ese efecto. En primer lugar, porque, como señala McConnellGinet (1988: 9394),
esta organización muestra que, en los casos en los que no se ha hecho ninguna
presuposición sobre el sexo del referente, existe una conexión semántica entre
lo típico y la masculinidad de manera que cuestionar el "significado"
que prescriptivamente se atribuye a los masculinos extensivos supone desafiar
una visión del mundo en la que se da por supuesto que los seres humanos son
varones en tanto que no se demuestre lo contrario.
Este orden resultaría, en
segundo lugar, discriminatorio porque, como Nissen (1991) y Perissinotto (1982)
han demostrado, se da un alto porcentaje de interpretaciones específicas de los
masculinos extensivos que ponen en duda el concepto de genéricos y apoya la
idea de que los masculinos genéricos son ambiguos y machas veces falsos
(Nissen, 1991: 359), dependiendo su interpretación de la situación
comunicativa. La escala provisional (le genéricos establecida por Perissinotto
(1982: 31) muestra como el término "hombre" recibe un diez por ciento
de interpretaciones genéricas mientras que "individuo" obtiene un
porcentaje del ochenta por ciento. Quizás sea el reconocimiento de esta
tendencia a la interpretación no extensiva de los términos masculinos lo que
explica por qué los hablantes se inclinan, cada vez más, a hacer explícito el género
de los referentes de persona, por ejemplo, con la formación de femeninos para
los nombres de profesión; (Nissen, 1991).
Existen claras evidencias
de que los hablantes son conscientes de que el uso exclusivo de términos
masculinos es o puede ser considerado androcéntrico. Así, en una investigación
interdisciplinar sobre la imagen de la mujer en el espacio laboral, hemos
detectado estrategias que escamotean el androcentrismos. Hemos denominado androcentrismo
inhibido a este fenómeno incipiente que pone de manifiesto la
interiorización de discursos que, como el de la igualdad entre los géneros,
condenan estas prácticas. Entre las estrategias encontradas (en este caso,
entre jefes de personal y directivos de empresas), figura la eliminación del
término "hombre", que podríamos decir está ya "bajo
sospecha", y su sustitución sistemática por otras formas como
"persona" y "gente", que en la escala de Perissinotto
reciben un alto porcentaje de interpretación genérica (noventa por ciento)
("yo contrato siempre gente profesional"). Sin embargo, esta
sustitución no parece responder a un cambio profundo en la visión de la
sociedad (en este caso, del mercado laboral) puesto que los referentes de estos
términos siguen siendo, en muchos casos, exclusivamente masculinos:
(1) "te empiezas a
pelear y empiezas a soltar tacos, hay mucha gente que se queda cortado si hay
una mujer delante (..) al presidente y tal a lo mejor no le gusta, y es otra
forma de discriminación no poderse expresar como..., con el... "coño"
y con todo este tipo de tacos que nos salen por todos los lados en cualquier
momento, sobre todo en un momento de enfrentamiento" (tomado de Martín
Rojo y Callejo, 1995).
Cuando el discurso se
refiere explícitamente a la mujer, estos términos no parecen resultar válidos
para referirse a ella y tienen que verse acompañados de modificadores,
acuñándose formas tan extrañas en nuestra lengua como "personas
femeninas" o "personas mujeres" (véase: Martí Rojo y Callejo,
1995)
(2) "entonces cuando
tú vas a elegir ves que no, que no tienes a ninguna persona femenina
para elegir y es que no la hay, en cambio en otras ramas...".
Pero el sexismo no sólo
se observa en fenómenos como los antes señalados o en el uso equívoco de los
masculinos. En la conversación cotidiana, en el discurso de los medios de
comunicación, en la publicidad, encontramos día a día, ejemplos de sexismo. No
hay que subestimar la transcendencia de esta forma de sexismo porque es,
precisamente, a través del discurso como se establecen las categorías (por ejemplo
"mujer", frente a "mujer trabajadora") y se impone a los
sujetos una ley de verdad que han de reconocer y que los otros han de reconocer
en ellos (por ejemplo, la mujer es madre por naturaleza, es más sensible,
tierna, etc, y sólo en ocasiones "trabajadora").
Como muestra el ejemplo
(3), la selección de recursos y estrategias discursivas desempeña, por tanto,
un papel fundamental en la pervivencia de estructuras de dominación y de la
ideología que las sustentan:
(3) "cuando veo a estas
chiquitas (profesoras) saliendo de la Facultad a las 3h, me pregunto quién hará
la comida en su casa".
En este ejemplo, que debo
a la bondad de un compañero inquieto, ves cómo la sola elección de un término
(` quitas") priva de status a un individuo y desacredita su tarea.
Se reproduce y, por tanto, se reafirma una determinada visión acerca de cuáles
son los roles que corresponden a cada uno de los géneros. El género que
abandona su espacio o su rol "natural" resulta desacreditado y, para ello,
el discurso es un arma eficaz.
Uno de los procedimientos
discursivos que tiene mayor transcendencia a la hora de situar a la mujer en
una posición relegada o dominada es la tendencia masculina a no atribuir en su
discurso a las mujeres el papel de agente de las acciones, sino de objeto de
las acciones masculinas. Como muestra Irigaray (1990), los sujetos masculinos
tienden a arrebatar a la mujer este papel, incluso cuando esta función está
inducida semánticamente. Así, cuando en las muestras recogidas por Irigaray,
Violi, Stephenson, Calkins y Swenson (véase Irigaray, 1990), se les pide a los
varones que construyan frases a partir de la consigna "vestido/ blusa/
falda/ se/ ver", éstos optan por construcciones en las que se atribuyen el
papel de sujetos del discurso y agentes de la acción, antes que dejar a la
mujer ese papel. Producen, así, enunciados como: "Me veo en un vestido y
me da la risa", "me veo en un vestido púrpura", "para los
hombres no es normal verse con una falda", etc. Mientras que enunciados
como "La mujer/ ella se ve bien con una falda" son mucho menos
frecuentes en el discurso masculino.
Esta estrategia de
apropiación del papel de agente, que produce como consecuencia un discurso
autocentrado y egocéntrico, ha sido señalada por otros autores, entre ellos,
Tannen, quien lo considera propio de los varones para quienes el habla es un
medio para preservar su independencia y negociar su status dentro de la
jerarquía. En este sentido, se observa, sin embargo, un cambio importante, ya
que hemos recogido numerosos ejemplos que muestran que hoy los varones
atribuyen a la mujer el papel de agente de las acciones, especialmente las
relativas a los cambios sociales: "las mujeres han empezado a
exigir", "han irrumpido en el mercado laboral", "son ellas
las que se divorcian" (Martín Rojo et al., 1995). El fortalecimiento de la
posición social de la mujer y el reconocimiento de su fortaleza (doble jornada)
y de su voluntad de demostrar su capacidad en todos los campos está permitiendo
que los varones empiecen a considerar a las mujeres como un grupo compacto,
como una fuerza social.
Dentro de este apartado
merecen una especial referencia estudios como el de Fowler (1991) sobre el
sexismo en el discurso de los medios de comunicación. Fowler observa que la
presencia femenina es, sin lugar a dudas,, muy inferior a la del varón en la
prensa británica, hecho que reafirma la idea de que las mujeres tienen un menor
protagonismo social y que contribuye a la falta de modelos y ejemplos
femeninos. Los escasos artículos dedicados a mujeres incluyen, además,
referencias a sus vinculaciones familiares (maridos, padres, hijos, etc.) o
bien aportan informaciones sobre su estado civil, lo que reafirma su imagen de
seres dependientes (de la acción y de los deseos del otro). Estos artículos
incluyen, también con frecuencia, observaciones y valoraciones sobre su físico
(por ejemplo, "la guapa abogada del caso X") de manera que los
adjetivos con que se las describe suelen poner el énfasis en cualidades físicas
y emocionales y casi nunca en su valía profesional o moral3. Cuando los
adjetivos son de orden moral suelen remitir a cualidades tradicionalmente
impuestas a la mujer (fidelidad, resignación, entrega al otro) o
tradicionalmente condenados en la mujer (ser dominantes, tener un estilo "masculino",
utilizar las llamadas "armas femeninas") que muestran, por otro lado,
la diversidad de juicio que existe con respecto a nimbos géneros.
Todo lo visto hasta ahora
muestra cómo el androcentrismo no sólo coloca al varón, a sus preocupaciones y
a sus preocupaciones y a sus puntos de vista, en una posición central,
sino que ignora y silencia otros discursos y otros puntos de vista,
instituyéndose como norma. El discurso androcéntrico constituye un ejemplo más
de "apropiación" de la palabra. resquebrajamiento de este orden
discursivo sólo puede producirse por una modificación de las relaciones de
poder, que conlleva una "redistribución" de los discursos. De la
exclusión total del discurso femenino (silenciamiento), estamos pasando a exclusiones
y diálogos parciales y conflictivos entre ambos géneros (véase Martín Rojo et
al., 1991, capítulo 4°).
La repuesta y la
resistencia femeninas ante el sexismo y la imagen de la mujer que conlleva
resultan especialmente reveladores para valorar la incidencia de todos los
fenómenos examinados. Entre los fenómenos de resistencia a las prácticas
sexistas figura la tendencia a la feminización de títulos, la tendencia a
marcar el género en los nombres comunes y pronombres, el uso de dobletes y
algunas preferencias léxicas (por ejemplo el uso de "persona" o
"varón", en lugar de "hombre"), la desconfianza ante los
"masculinos extensivos", etc. Destacan, en este sentido, las
iniciativas de instituciones como la American Psycological Association
(1975), el Instituto de la Mujer (1989) y el Ministerio de Educación (1988).
Veáse, además, Scheman, (1980) para una concepción nueva del incremento de la
provocación en grupos concienciados).
3 Realidad o ficción
del discurso femenino
La segunda línea de
investigación sociolingüística se ocupa de aquellos rasgos lingüísticos y
comportamientos comunicativos que socialmente se consideran típicamente
femeninos o masculinos. Para ello, se ha examinado si existen diferencias en la
manera en que a ambos géneros se les enseña y aprenden a usar la lengua. Desde
un punto de vista lingüístico, la cuestión que se plantea es: ¿Cómo afecta el
género a la producción lingüística? ¿Existe un sociolecto femenino?
¿Existe una forma de conversar femenina? ¿Existe un estereotipo del habla
femenina?
McConnellGinet (1988)
encuentra pruebas de las diferencias lingüísticas entre los géneros en
distintos aspectos. De todos ellos nos detendremos tan sólo en dos:
1)
en las gramáticas o sistemas de conocimientos lingüísticos que subyacen
a los usos de los hablantes, lo que nos permitiría hablar de la "lengua de
las mujeres" o de un "sociolecto femenino". Llamaremos a los
elementos lingüísticos característicos de esta manera de hablar
"marcadores de género". Su aparición entraña un problema de
frecuencia más que de presencia o ausencia totales. Dentro del estudio de los marcadores
de género tiene especial relevancia el trabajo de Lakoff (1982), aunque,
como luego veremos, las observaciones de Rosin Lakoff se refieran más a un
estereotipo de habla femenina que ala existencia de un verdadero sociolecto.
2)
en los sistemas pragmáticos y en las expectativas de los hablantes sobre
cómo se utiliza o debería utilizarse la gramática y sobre cómo se deben
comportar los hablantes en la conversación ("las niñas buenas no dicen:
¡qué coños!"). En este apartado incluimos los estereotipos de género
(modelos "de": qué forma de habla se considera, socialmente,
típicamente femenina) y las normas de género (modelos "para":
cómo debe dirigirse una mujer a su interlocutor, encalo contexto y para obtener
un determinado resultado). Ambos incorporan la visión imperante en la sociedad
de cómo el género se relaciona con la lengua y de cómo debería hacerlo. En este
apartado nos centraremos en los estudios referentes a la manera de conversar. Estos
trabajos han producido un cambio relevante: el énfasis ya no recae sobre un
sistema que el individuo adquiere en virtud de su identidad social sino sobre
el conjunto de estrategias que éste desarrolla para afrontarla interacción
social. Este enfoque permite dar cuenta de los problemas y malentendidos
presentes en la interacción entre los géneros. Una misma forma lingüística
puede desempeñar funciones diferentes, por lo que el significado que le
atribuyen los receptores no siempre coincide con el que sus emisores intentan
dotarlas, lo que será fuente de malentendidos en las conversaciones mixtas.
Existen hoy diferentes
investigaciones sobre las diferencias de género en la conversación y diferentes
modelos explicativos a la luz de las nuevas corrientes del feminismo,
especialmente el feminismo de la igualdad y el de la diferencia, como veremos
más adelante.
3.1. ¿Un sociolecto
femenino?
Entre las aportaciones de
la sociolingüística al estudio del habla femenina destaca la contribución de
Robin Lakoff (1975 y 1982). Esta autora propone la existencia de un conjunto de
rasgos lingüísticos que aparecerían con mayor frecuencia en el habla de las
mujeres, especialmente en las conversaciones mixtas. Estos rasgos diferenciales
se presentarían en todos los niveles lingüísticos.
Por lo que se refiere a
las diferencias en la entonación y en la variedad de tonos empleados, Lakoff
observa mayor variedad de patrones de entonación, así como algunos rasgos
específicos, entre los que destaca el que se dote a las oraciones afirmativas
de entonación de pregunta. En el nivel fonológico, se ha señalado en las
mujeres un comportamiento más conservador y apegado a la norma. Ambos rasgos
denotarían inseguridad y consciencia de la falta de legitimidad y de la
descalificación social.
En lo relativo al
vocabulario, Lakoff señala algunas particularidades en las elecciones léxicas y
en la frecuencia de aparición de algunos términos (distinciones léxicas, en
campos específicos como el color, por ejemplo, términos como magenta, malva,
etc; profusión de adjetivos valorativos positivos como adorable, encantador,
divino, etc). Lo mismo ocurriría con todos los elementos que sirven para
dar énfasis, como diminutivos y superlativos.
Igualmente, de acuerdo
con Lakoff, las mujeres utilizan giros y fórmulas de cortesía que sustituyen a
las formas imperativas (por ejemplo: "¿no te apetecería ir al
cine?" o "¿por qué no vamos al cine?" en lugar de
"vamos al cine"). Emplean, además, elementos que atenúan sus afirmaciones
o expresan duda (por ejemplo, modalizadores epistémicos, como "creo
que es así", "quizás/ probablemente, sea así"). Por
último, recurren, a menudo, a preguntas eco ("¿no te parece?",
"¿verdad?", "¿no?", "¿eh?") con las que tratan de
asegurarse de que cuentan con la aprobación de su interlocutor, evitando el
conflicto. En el nivel discursivo, Lakoff señala que las mujeres citan, con
frecuencia, las opiniones de otros individuos o grupos que corroboran y
legitiman las propias afirmaciones (citas de autoridad). La presencia de
estos recursos en la interacción se incrementaría en los contextos
comunicativos en los que se hacen más patentes las desigualdades de poder
(conversaciones mixtas y contextos particulares, como los tribunales, etc.:
véase, O'Barr y Atkins, 1980).
Sin embargo, todos estos
rasgos deben ser considerados como elementos lingüísticos que conformarían el
estereotipo de habla femenina, antes que como marcadores de género o
elementos que definen a un sociolecto femenino. Estereotipo que responde
también a cómo se enseña a hablar a las mujeres, el cual negaría a la mujer la
posibilidad de expresarse con fuerza y rotundidad, y favorecería una
expresión ligada a la trivialidad y a la falta de criterio propio4. Las mujeres
pueden adherirse en mayor o menor grado a este estereotipo y la sola presencia
de alguno de estos rasgos puede servir para evocarlo.
De manera que, si bien el
sexismo de la lengua común muestra el predominio de una visión masculina de la
sociedad y de distintos ámbitos de nuestra vida, los rasgos del estereotipo de
habla femenina señalan una exclusión de la mujer de la esfera de poder, no sólo
porque socialmente no puede ejercerlo, sino también porque no puede expresarlo
lingüísticamente. En el ejemplo (5), aparecen algunos de los rasgos apuntados
por Lakoff:
(5) "yo creo que sí
hay cierto aire diferente, o sea los grupos de trabajo, en los equipos, pues se
manejan mejor, parece ser que tenemos más habilidad, eso dicen, en manejar
grupos..." (tomado de Gómez el al., 1995).
Destaca, en este ejemplo,
la profusión de recursos que mitigan la afirmación de que las mujeres poseen
cualidades positivas que les son propias. Junto al modalizador epistémico
"creo", aparece otro como "parece ser que" en el que se suprime
la responsabilidad de la locutora (una mujer que desempeña un puesto de
responsabilidad en una empresa): ya no se trata de lo que ella cree sino de
algo que otros piensan; ni tampoco se trata de que las cosas sean
necesariamente así, sino de que parece que lo son. El mismo valor atenuador
puede descubrirse en la renuncia a presentarse como agente, en este caso, en
tanto que integrantes del colectivo de mujeres ("se manejan", en
lugar de "las mujeres manejamos mejor los grupos"). Por último, la
presencia en este mismo ejemplo de "eso dicen" confirma la tendencia
a apoyar las propias opiniones con otras que poseen mayor prestigio social y
que proyectan su autoridad sobre las opiniones femeninas, en sí desautorizadas.
E1 deseo de atenuar
afirmaciones como ésta muestra que la hablante es consciente de que su punto de
vista contrasta con el imperante. Por otro lado, el hecho de que estos
recursos, además de un valor atenuador, tengan un valor no impositivo remite
además a otro de los rasgos que desde la sociolingüística se ha atribuido al
discurso femenino: una mayor consideración del otro, que se manifiesta en el
deseo de no imponerse, que respondería a un deseo de crear y fortalecer los
lazos de solidaridad grupal en detrimento de la expresión de la independencia
personal y de criterio.
Mención especial merece
la aportación de Irigaray (1990: 389 y 1993: 7)5, quien señala la propensión
femenina a eludir el papel de agente de las acciones y, por tanto, a no asumir
la responsabilidad de éstas. Este rechazo de la posición de agente se considera
propio de un discurso "vacío de poder" en el que el sujeto se
presenta como objeto (receptor) de la acción de otro. Otros fenómenos
semejantes serían la inclusión constante de los puntos (le vista y del discurso
del otro mediante una estrategia discursiva polifónica (intertextualidad)
y la producción de un discurso que, en lugar de centrarse en el "yo",
se centra en el "tú", un "tú" que, frecuentemente, es
masculino (Irigaray, 1990 y 1993). Este hecho tiene para Irigaray dos
explicaciones: la ausencia de modelos femeninos socialmente legitimados, que
sitúan al varón en la posición de modelo y juez y el carácter relacional de la
identidad femenina que, por tradición, imposición, voluntad o esencia, busca el
diálogo con "el otro".
Sin embargo, en nuestras
últimas investigaciones, hemos comprobado que, si bien se mantiene el carácter
relacional del discurso femenino, el "tú" en el que se centra el
discurso es, a menudo, femenino y aglutina a una comunidad de mujeres que
comparte los mismos problemas ("tú tienes que demostrar que vales,
mientras que al hombre se le supone"). Igualmente, se mantiene la
inclusión del discurso del otro género, especialmente cuando las mujeres
describen lo que ocurre en el espacio laboral, donde la cultura masculina sigue
siendo dominante ("ellos dicen que no nos entregamos al trabajo").
Esta evocación de lo que los varones piensan o dicen sobre las mujeres llega a
ser obsesiva (véase Gómez et al., 1995), pero ello no supone que estas
afirmaciones no se cuestionen o se asuman sin más. Al contrario, se incluyen
para contestarlas y rebatirlas. De ello deducimos que la presencia de estos
fenómenos no parece estar tanto en correlación con la postura que se adopta
frente al discurso masculino (asunción, resistencia, oposición frontal), como
con el grado de legitimación social de un contradiscurso, propio y alternativo.
Esto supondría que una participación más activa de la mujer en la sociedad y en
el mundo laboral, un fortalecimiento de su posición social como el que hoy se observa,
cuestionaría la asunción del papel y de la imagen creada o impuesta por el otro
género. Y entrañaría, paralelamente, una legitimación progresiva de los
discursos femeninos y la atenuación, positivación e, incluso, desaparición de,
al menos, una parte de estos rasgos (para una exposición detallada, véase Gomez
et al., 1995).
3.2.¿Existe una
forma de conversar femenina?
Revisaremos ahora las
distintas aportaciones que se han hecho sobre esta cuestión para adentrarnos en
el difícil terreno de las explicaciones posibles. La actitud de cooperación en
la conversación ha sido señalada por distintos autores como un rasgo que ocupa
un lugar central en la interacción femenina (véase, Fishman, 1978: 400). Entre
las explicaciones de este comportamiento conversacional diferente citaremos, en
primer lugar, aquellas que señalan como motor esencial las diferencias de poder
entre los géneros. Ya hemos visto cómo se atestigua la existencia de sexismo en
la lengua, cómo las mujeres son conscientes de que su discurso no está
legitimado, cómo existe un estereotipo de habla femenina que no favorece,
precisamente, la afirmación de los propios puntos de vista. A todo ello debe
sumarse el hecho de que la conversación no es una actividad en la que se dé la
igualdad de oportunidades.
West y Zimmerman (1983)
comprobaron cómo en conversaciones mixtas varónmujer algunos varones eliminan a
las mujeres del campo conversacional. La utilización de prolongados turnos de
intervención e, incluso, el quebrantamiento del sistema de turnos, con
irrupciones que "violan" los derechos de su compañera a mantenerse en
el uso exclusivo de la palabra hasta que ella misma lo dé por terminado, son
los recursos más empleados para operar esta eliminación. Sobre la base de un
análisis detallado de las conversaciones de tres parejas heterosexuales,
Fishman (1983) sostiene que se da una desproporción en la participación
femenina en las conversaciones entre ambos sexos, en las que, gracias al empleo
de mínimas respuestas estimulantes (p. ejemplo: "mmmhmm..."), a la
formulación de preguntas y a la atención prestada, éstas ayudan a los varones a
desarrollar sus temas. Los varones, en cambio, no colaboraron, en la muestra
recogida, con sus compañeras, de forma que los intentos que ellas hacían para
desarrollar sus propios temas rápidamente tendían a quedar fuera de lugar ante
la falta de respuesta de los varones. Las interrupciones y el control de los
temas señalan con claridad quién es el participante que domina en estas parejas
que reproducen un patrón similar al de otras claramente estratificadas, como
médico/ paciente, jefe/ empleado, padre/ hijo.
Otros autores coinciden
en señalar estas divergencias en el comportamiento conversacional de ambos
géneros, pero difieren a la hora de explicarlas. Así, Maltz y Borker7 (1982) se
inclinan por una explicación basada en diferentes modelos subculturales y
defienden la existencia de dos modelos normativos diferentes de la conversación
que se desarrollarían en los grupos de iguales (preferentemente del mismo
sexo). Los chicos aprenden a usar la lengua para crear y mantener sus
jerarquías de dominio; las chicas, en cambio, crean vínculos horizontales a
través de sus palabras y negocian las alianzas y el intercambio. Sin embargo,
creemos que esta difer3ncia de objetivos y exigencias que se plantean ambos
géneros no pueden desvincularse, como han hecho algunos de sus seguidores, de
la posición social que ocupan ambos géneros (los varones podrían y tendrían que
competir, mientras que las mujeres, relegadas a posiciones secundarias,
que dan al margen de la competición y desarrollan una subcultura defensiva
presidida por la solidaridad,que combate además su proverbial aislamiento
social).
Tannen (1986, capítulo
8), a partir de este trabajo de Maltz y Borker, sugiere que los hombres y
mujeres adultos, durante las conversaciones mixtas, no esperan lo mismo de sus
interlocutores por provenir de "subculturas" diferentes que han
conformado una concepción distinta de la conversación. La conversación mixta
sería un ejemplo equivalente a la comunicación intercultural, lo que explicaría
por qué los malentendidos y los conflictos son frecuentes.
Si volvemos, por ejemplo,
a las respuestas mínimas ("sí, sí", "claro, claro", etc.),
éstas representarían para las mujeres una manera de asegurar a su interlocutor
que se le está prestando atención, mientras que los varones las emplean,
generalmente, para manifestar que están de acuerdo con su interlocutor. De este
modo, si al conversar con un varón su interlocutora detecta la ausencia de
estas respuestas mínimas, interpretará que no se la está prestando atención
mientras que, ante su uso, el varón podrá pensar que su interlocutora le da
siempre la razón y puede, por tanto, concluir que carece de criterio o que
cambia constantemente de opinión cuando, por medio de otros recursos, le hace
saber que opina de manera diferente (Maltz y Borker, 1982).
Para Tannen (1990) estas
diferencias culturales llevan a que las mujeres pongan un mayor énfasis en la
intimidad de manera que su forma de conversar se proyecta sobre el eje de
la solidaridad. Los varones, en cambio, ponen el énfasis en la independencia de
manera que su estilo conversacional se proyecta sobre el eje del
poder: el varón tendería a subrayar las diferencias jerárquicas y a marcar su status.
Intimidad e independencia imponen distintas exigencias y así, para quienes
ponen énfasis en la intimidad, la conservación de transmitir el metamensaje
``estamos próximos y somos lo mismo". En cambio, para quién pone en
énfasis en la independencia, el metamensaje será ``somos distintos y
separables". Los conflictos son ,en consecuencia, frecuentes. Muchos de
los comportamientos conversacionales de la mujer, que buscan asegurar la
intimidad, son, a menudo, interpretados por el hombre como intromisiones o
peticiones de solución. Veamos un ejemplo, tomado de Tannen (1990):
(6) M1. ¿Has visto qué
cicatriz me han dejado?
M2. Ya, sé como te
sientes. Yo me sentía igual después de la cesárea.
M3. Tienes que sentirse
como si hubieran violado tu cuerpo.
V. No te preocupes, mujer,
siempre puedes hacerte la cirugía estética y quitarte la cicatriz.
M1. Lo siento mucho por
ti, pero no pienso volver a pisar un quirófano.
V. Pero si a mí no me
disgusta.
Este tipo de
malentendido, así como el hecho de que las intervenciones de las mujeres en
público sean probadamente menos frecuentes que las de los varones, lleva a
Tannen a defender dos estilos conversacionales diferentes:
1.
Un estilo informativo (report talk) propio de los varones, para quienes
el habla es un medio de preservar su independencia y de negociar su status
dentro de la jerarquía. Entre los medios para la consecución de este objetivo
figurarían la exhibición de conocimientos y habilidades, así como acaparar un
lugar en la conversación: por ejemplo, mediante relatos, chistes, suministro de
información. El lugar más adecuado para su desarrollo serán los grupos amplios,
en los que los vínculos no son muy estrechos, pues en situaciones íntimas
resulta más difícil conversar sin suministrar información personal.
2.
Un estilo relacional (rap port talk) propio de las mujeres en el que se
suceden las marcas de solidaridad. Las estrategias conversacionales se
orientan, en este caso, al establecimiento de conexiones y a la negociación de
la relación. El énfasis recae en la exhibición de similitudes y en la
aportación de experiencias comparables. Entre los medios para la consecución de
este objetivo, figuran las estrategias de la cortesía positiva, el
suministro de datos privados, etc. El lugar más idóneo para desarrollar estas
estrategias son los grupos pequeños, en el hogar, entre amigos. Sin embargo, la
mujer también utiliza estas estrategias en público, lo que le lleva a ser
valorada negativamente; por ejemplo, se ha comprobado cómo en el aula, o en
reuniones de empresa, las mujeres aportan experiencias personales como
ejemplos.
Tannen no explica cuál es
el factor que desencadena la aparición de estilos y subculturas tan distintos.
Sin embargo, parece alejarse cada vez más de una explicación basada en las
diferencias de poder (Tannen, 1984). Las diferencias culturales no surgen, sin
embargo, de forma espontánea. Habría que preguntarse por qué niñas y niños se
educan por separado, por qué desarrollan valores tan distintos. Y aquí las
respuestas posibles son numerosas: su diferente socialización (explicación
psicoanalítica, muy arraigada hoy en el feminismo de la diferencia), su
diferente esencia (argumento arraigado en el discurso sexista, pero también en
algunos desarrollos del feminismo de la diferencia), o bien mantener,
como hacemos en nuestras conclusiones, una explicación basada en las
diferencias de poder que no ignore las diferencias entre los géneros.
4. Algunas
conclusiones
Los datos de las
investigaciones citadas muestran, por un lado, el cuestionamiento del sexismo
de la lengua, que responde, cada vez menos, al sentir de la sociedad. Por otro,
se aprecia la desaparición de algunos de los rasgos que integraban el
estereotipo de habla femenina, especialmente el rechazo a asumir la posición de
agente y la atenuación de las afirmaciones. Esta desaparición está en conexión
con la legitimación del discurso femenino y con el fortalecimiento de la
posición social de la mujer, hecho que refuerza una explicación de la
diferencia basada en las diferencias de poder (más vinculadas al feminismo
de la igualdad): si estas diferencias se equilibran, las diferencias
lingüísticas entre los géneros dejarán de perfilarse con claridad (véase Martín
Rojo, 1995). Sin embargo, se mantienen los aspectos relacionales del discurso
femenino, especialmente la consideración del interlocutor por medio de
procedimientos diversos. El mantenimiento de este aspecto relacional no tiene
que explicarse, necesariamente, mediante un argumento esencialista, siempre muy
controvertido, que considere "el cuidado y la atención al otro" como
un rasgo esencialmente femenino sino que puede explicarse como una positivación
de un rasgo que permite al sujeto, una vez cuestionadas las estructuras de
dominación, mantener, aunque reelaboradas, algunos de los aspectos que han contribuido
a definir su identidad. Esta postura, vinculada al feminismo de la
diferencia (somos iguales en derechos, pero somos diferentes), se encuentra
hoy con mucha frecuencia entre mujeres que han fortalecido su posición social
(véase, Martín Rojo el al., 1995, tanto para el mantenimiento de estas
estrategias discursivas como para la búsqueda de nuevas formas de maternidad).
Es evidente que desde la
escuela se puede contribuir a paliar todos aquellos rasgos lingüísticos que
contribuyen a colocar a la mujer en una posición de desigualdad. Es posible
minar el sexismo y, muy especialmente el androcentrismo, negándose a reproducir
las prácticas sobre las que se sustenta. Es posible modificar la imagen de la
mujer, mediante una educación igualitaria en la que las mujeres desempeñemos un
papel clave, ofreciendo ejemplos y modelos nuevos, que no interiorizan la
descalificación, ni la inseguridad. La escuela puede conformarse, además, como
un foro abierto en el que pueden vencerse comportamientos que marginan, como la
resistencia femenina a hablar en público. En ella, pueden también favorecerse
comportamientos que no parece preciso abandonar, como la existencia de un
discurso basado en la cooperación.
Notas
1 Con el término género
me referiré, como ya es habitual en las ciencias sociales, al conjunto de
fenómenos sociales, culturales y psicológicos que se asocian a las diferencias
de sexo. La palabra género tiene, además, un significado plenamente
establecido en lingüística, en tanto que una clasificación de los nombres, significativa
desde el punto de vista gramatical y con implicaciones en distintas
manifestaciones de la concordancia. Ambas acepciones aparecerán con frecuencia
a lo largo de este artículo. Por ello, y con el fin de no crear confusión,
llamaré al primero, género, y al segundo, género gramatical, aunque ello haga,
a veces, aún más pesada la exposición.
2. Una visión androcéntrica del espacio laboral supone el que no se considere a
la mujer un elemento central en ese espacio, sino subsidiario y marginal. Esta
visión se asocia, inevitablemente, a prácticas sexistas, como el que se la
ignore como candidata a ocupar puestos de responsabilidad o el que su
incorporación al trabajo esté supeditada a su asimilación al varón (tanto en
los usos y tnodos de comportamientos como renunciando ala maternidad) (véase
Martín Rojo y Callejo, 1995).
3. Debe tenerse en cuenta que a la hora de explicarse las diferencias entre los
géneros se ha recurrido con frecuencia a la oposición razón-pasión. La razón
(es decir, las capacidades lógicas e intelectuales) se asignaban al género
masculino, mientras que las vinculadas a aspectos físicos, emotivos y
pasionales se expulsaban fuera, encarnándose en la mujer. Los grupos dominados
(inmigrantes, habitantes del Tercer Mundo, determinados grupos étnicos) suelen
encarnar dentro de los valores masculinos del llamado "mundo
occidental" el papel de sujetos "dominados por las bajas
pasiones".
4. Dentro de la misma línea de investigación de Lakoff destacan, entre otros
Coleman (1971), Crosby y Nyquist (1977), los trabajos reunidos en Thorne et al.
(1983), algunos de los cuales han fracasado a la hora de corroborar las
diferencias que los estereotipos sugieren (p. ejemplo Dubois y Crouch, 1976).
Otros trabajos sí han comprobado algunas de estas diferencias, pero únicamente
en determinados contextos (p. ejemplo Crosby y Nyquist 1977, Jay 1980), o bien
cuando aparecen asociados a otras variables, como el poder (p. ejemplo O'Bar y
Atkins, 1980). Recientemente, también se ha iniciado el estudio sobre las
diferencias de género en el uso del lenguaje en lenguas no occidentales (véase,
p. ejemplo, Light, 1982), sobre el chino, Shibamoto, sobre el japonés, y
diversos artículos en Philips et al., 1987).
5. "Les femmes, elles, utulisent autant de stratégies pour s'effacer au
béneficie du masculin, pour s'impersonnaliser, se mettre au "neutre"
que les hommes pour s'imposer" (Irigaray, 1993:7).
6. Recuérdese que, para sociólogos como Goffman (1977), "la distribución
de papeles entre los sexos se establece en nuestra cultura sobre el modelo de
la que existe entre padres e hijos, lo cual incluye tanto el afecto como el
control asimétrico".
7. Véase este texto en este mismo número de SIGNOS.
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(**) Agradecemos al instituto de la Mujer su apoyo para realizar algunas de las
investigaciones citadas (Gómez et al., 1995; Martín Rojo et al., 1995).
(*) Luisa Martín Rujo es profesora del Departamento de Lingüística de la
Universidad Autónoma de Madrid. (Teléfono de contacto: (91) 397 87 07).
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