Signos . Teoria y práctica de la educación , 11  Página 22-27 Enero Marzo de 1994 ISSN 1131-8600

LENGUA

PREJUICIOS LINGÜÍSTICOS Y ENSEÑANZA.

JESÚS TUSÓN*

En los mismísimos albores del siglo XIV, el excelso Dante escribió De vulgari eloquentia, un breve tratado con el que, según algunas interpretaciones, pretendía justificar la elección de una variedad ilustre de la lengua italiana en la que había decidido componer la Divina comedia. Y en él, pasando revista somera a las diversas lenguas vulgares, opinaba así de los dos dialectos del Lacio: ``De estos dos dialectos, uno parece hasta tal punto femenino por la blandura de sus vocablos y de su pronunciación, que un hombre, aun hablando como hombre, parece una mujer. (...) Existe además otro dialecto vulgar de tal aspereza rigidez en su vocabulario y en su fonética, que por su dureza obliga no solamente a dudar de si quien habla es mujer, sino que incluso hace dudar de si el que habla es o no persona". He aquí un ejemplo antiguo y nuevo: antiguo, porque lo encontramos a casi siete siglos de nosotros; nuevo, porque muestra hasta qué punto los prejuicios sobre las lenguas siguen vigentes, e incluso suelen confabularse en el discurso (a las mujeres, claro, les tocaba ración doble de prejuicio). Pero vayamos paso a paso.

Primer paso. ¿Qué es un prejuicio? Una respuesta inicial, muy sencilla, la tenemos en una casi paráfrasis: un prejuicio es un juicio previo". Pero ¿``previo" a qué? Esta segunda pregunta sólo parece tener una respuesta posible, y así la avalan unánimemente los diccionarios. El prejuicio es un juicio u opinión que se formula previo a la información, o sobre la base de un conocimiento insuficiente o defectuoso:

Segundo paso. En la vida cotidiana, nuestra actividad verbal nos lleva constantemente a proferir afirmaciones y a emitir opiniones sobre nosotros mismos, sobre los demás y sobre el estado y los acontecimientos del entorno en el que nos movemos algunas veces (y más si partimos del conocimiento científico y a él nos atenemos) estas afirmaciones tienen el carácter, o la forma, de ``juicios de hecho'. y su validez es difícil de refutar:

También derivan de un conocimiento firme algunas aseveraciones sobre el pasado y las que se basan en comprobaciones estadísticas dignas de crédito:

Pero tendremos que convenir que actuaciones verbales como las ilustradas con todos los ejemplos anteriores no son demasiado frecuentes. Solemos expresar nuestras opiniones de manera informal, y no somos especialistas en la empresa de suspender el juicio hasta obtener nuevos datos. Es más, constantemente formulamos los que técnicamente se llaman juicios de valor u opiniones en las que manifestamos puntos de vista subjetivos, preferencias, estados de ánimo, filias y fobias:

Tercer paso. Parece ser que los humanos no nos libramos fácilmente de los prejuicios. Si el prejuicio nace del conocimiento insuficiente, será natural que las ideas preconcebidas abunden, dadas las limitaciones del saber humano. Por esto mismo, los prejuicios suelen proliferar especialmente contra todo lo que es (o consideramos que es) diferente y, casi en consecuencia, desconocido: las gentes de otros lugares, sus costumbres... y sus lenguas.

Estas tres primeras consideraciones (la definición de prejuicio, y la distinción entre juicios de hecho y juicios de valor) tienen aplicaciones constantes en todo proceso educativo. En parte, porque una de las tareas capitales de la educación es, precisamente, la promoción de conocimiento fiable y contrastado. Y en parte, también, porque los prejuicios contra gentes, costumbres y lenguas diferentes están en la base de muchos enfrentamientos. Desvelar los prejuicios y erradicarlos hasta donde sea posible es también una misión inherente a la educación, si es que ésta además de aportar conocimiento, ha de promover en los alumnos actitudes abiertas a la con-vivencia. Y sólo es posible convivir con los demás si llegamos a liberarnos de los tópicos, de las opiniones prefabricadas y de los esquemas fáciles a los que frecuentemente son reducidos los ``otros" y lo ``otro".

Prejuicios lingüísticos que no matan...

Alguna vez en la vida, todos hemos oído (y, acaso dicho) que el francés es una lengua ``musical" y que el alemán es una lengua ``áspera". También, que hay lenguas ``fáciles y lenguas ``difíciles". Incluso sabemos que unas tienen ``muchos hablantes" y otras, ``pocos". En un primer nivel de consideración, afirmaciones como éstas no matan; pero pueden hacer daño y, sobre todo, pueden contribuir a consolidar el etnocentrismo: aquel punto de vista que convierte ``lo nuestro" en el modelo ideal, a partir del cual todo lo demás será contemplado como extravagante, poco natural y, en ciertos límites, como perverso y hasta amenazador. Porque, claro está, la lengua propia reunirá las calificaciones de ``musical", ``fácil" y ``con muchos hablantes" (y si no los tiene, el remedio será sencillo: ``pero buenos"), mientras que las otras lenguas serán caracterizadas como ``ásperas" y ``difíciles" (si una lengua diferente es considerada ``musical", con frecuencia este adjetivo perderá sus connotaciones positivas y será tomado en su dimensión ``femenina", con lo cual el prejuicio permanece, pero esta vez aumentado).

Conviene afirmar con una cierta energía que las calificaciones bipolares de esta índole son abiertamente inadecuadas y que no se sostienen de ninguna de las maneras, y más si tenemos presentes los avances de la Lingüística (y de las ciencias en general) a lo largo de todo el siglo XX. Nunca los químicos hablarán de hidrocarburos ``traviesos" o ``circunspectos". Nunca los físicos proclamarán que haya fotones ``simpáticos" o ``antipáticos". Y nosotros mismos, en la vida de cada día, no nos permitiremos afirmar que las naranjas sean ``ensordecedoras" o los trinos, ``hexagonales". La musicalidad o la aspereza son impresiones subjetivas, fraguadas en la propia lengua, por referencia a la cual son tratadas las lenguas diferentes (y no cuesta imaginar que este tipo de juicio sea de ida y vuelta, según el punto de mira, en cada caso).

En cuanto a la facilidad o dificultad, éste es un problema también típicamente relativo: para los hablantes del chino de Cantón, una lengua románica es tan embrollada como para nosotros la suya. Y lo que es del todo cierto, y comprobado, es que las criaturas cantonesas no tienen más problema en aprender la lengua china que el que tienen nuestras criaturas con la lengua que les ha correspondido.

El prejuicio del número es especial. Decir que una lengua (inglés, castellano, francés, ruso, alemán, etc.) tiene muchos hablantes, mientras que otra (bretón, euskera, sardo, etc.) tiene pocos es, en principio, una cuestión de pura estadística. Pero los números se esgrimen con frecuencia para valorar en más y en menos la viabilidad de unas lenguas y la inviabilidad de otras, con lo cual algunos hablantes (por lo general influyentes) de lenguas multimillonarias suelen presionar sobre los grupos de hablantes minoritarios para que abandonen una lengua, juzgada poco menos que inútil. Y éste es un asunto que nos lleva de la mano hacia otros tipos de prejuicio.

Los prejuicios destructivos

Fue sobre todo el siglo XVIII, y especialmente en la Francia pre y postrevolucionaria, el tiempo y el lugar en que se desarrolló con mayor empuje una teoría de la división lingüística: las lenguas del norte, aptas para las ciencias; las lenguas del sur, idóneas para el teatro y la mentira, como quiso exponer Diderot. Unas, frías, otras, cálidas y, entre ambas, la lengua francesa, capaz de asumir cualquier tema y desempeñar cualquier función, en opinión de Rivarol. La propia política lingüística de los revolucionarios (y, muy singularmente, con las propuestas de Grégoire de Blois) impuso la enseñanza en francés para todo el territorio de un Estado en el que más de la mitad de la población hablaba otras lenguas (occitano, bretón, catalán, euskera, alemán...), prohibió la lengua alemana en Alsacia, promovió cruzadas teatrales por toda Francia y hasta pretendió que las parejas, antes de casarse, demostrasen que sabían hablar francés. La lengua francesa, en fin, fue proclamada lengua de la libertad y del progreso; las otras quedaron relegadas a la condición de patois y fueron estigmatizadas como hablas cavernícolas y antirrevolucionarias.

Pero los tumbos de la historia, a lo largo de tres siglos, no nos han cambiado excesivamente el panorama descrito, y ahora mismo oímos hablar reiteradamente de lenguas ``de cultura" y de lenguas ``internacionales", en oposición a otras que, se diga o no, habrán de ser tenidas como lenguas ``de incultura" y ``locales", porque los juicios de valor se articulan siempre de manera antonímica, en una especie de juego maniqueo.

Vayamos a lo primero. Las lenguas, además de ser patrimonio individual, son los instrumentos para la comunicación de los grupos humanos que, en opinión unánime de los antropólogos, han elaborado sin excepción una determinada cultura, ajustada al entorno. Esta cultura, promocionada o no, impuesta a otros a través de colonizaciones o guardada en el interior del grupo, encuentra su medio de expresión más eficaz en la lengua de cada pueblo, especialmente en la narración histórica y literaria, pero también en la fraseología, en los refranes y en multitud de formas lingüísticas de la vida cotidiana. Desde esta perspectiva, toda lengua es lengua de cultura, en la medida en que la refleja, y no sabríamos encontrar una que no fuese vehículo de contenidos culturales.

Pero quienes defienden el prejuicio cultural quieren decir otra cosa: que hay lenguas ``grandes" en las que se puede hablar de filosofía, de arte, de economía, de electrónica, de química... y otras en las que sólo cabría expresar las viejas tradiciones, el afecto y los aconteceres de la vida ordinaria, prejuicio que, por lo menos, podemos retrotraer hasta las conocidas palabras atribuidas al rey Carlos 1 (y V) sobre la lengua en la que hablaba con Dios, con los caballos, con las mujeres y con los hombres: castellano, alemán, italiano y francés, respectivamente. Esta división funcional (o según los papeles que cada lengua puede desempeñar) está sumamente extendida en la mentalidad general y va de la mano con la idea que atribuye a unas pocas lenguas la condición de ``internacionales", tema candente en los procesos actuales de integración mundial.

Nadie puede negar hechos evidentes: hoy es más fácil vender los productos culturales que están amparados por la lengua inglesa que los que tienen tras de sí la lengua rumana. Y también es indiscutible que podemos recorrer casi todo el planeta con la primera, pero que no podríamos hacer lo propio con la segunda. Anotado lo cual hay que apresurarse a afirmar que, desde el punto de vista lingüístico, no existen lenguas especialmente predestinadas a la condición de ``internacionales" o a servir de medio privilegiado para ``culturas exportables". Una lengua (toda lengua) se alza sobre la base de un sistema fonológico, un aparato morfológico, unas estructuras sintácticas y un acervo léxico, y este conjunto de planos o niveles de toda construcción lingüística hace posible la expresión y la comunicación humanas. Esto quiere decir que cualquier lengua es apta como instrumento capaz de convertirse en interlengua, si las condiciones externas la ponen en esta tesitura. Vale la pena insistir en los factores o condiciones externas a las lenguas: la inglesa es hoy ``internacional" no por sus propias características estructurales, sino porque lo es de unos territorios que hoy controlan buena parte del mundo y ejercen sobre él toda suerte de influencias y presiones.

Conviene no olvidar que, en otros tiempos, fueron lenguas ``internacionales", en ámbitos mayores o menores, el latín, el árabe, el castellano y el francés. Y que en el futuro podrán serlo, acaso, el japonés, el alemán, el chino, etc. Desde esta perspectiva precisa, las lenguas sigilen los avatares del poder, pero sin poner nada de su parte, porque las lenguas ni tienen voluntad, ni poseen brazos, puños o armas.

La educación lingüística

Prejuicios como los expuestos no son el fruto espontáneo de la persona que los crea y los asume individualmente. Muy al contrario, son opiniones comunes, transmitidas de generación en generación: en parte, en el ámbito familiar y, en parte, por el aparato escolar (y ambos pueden ser víctimas, a su vez, del prejuicio); pero sobre todo los prejuicios son promovidos y difundidos por los grandes medios de difusión y, en general, por todo el conglomerado de las instancias de un poder que siempre se sentirá más cómodo si ha de dirigir a una multitud uniforme (y ya conocemos el ejemplo de la Francia revolucionaria).

Ante un panorama semejante, el mundo de la educación tendría que romper más de una pacífica y crítica lanza en favor de la igualdad de todos los grupos humanos, de sus culturas y de sus lenguas. Lo que quiere decir que debería promover, contra instancias poderosas y contra la inercia de una mala educación multisecular, el respeto hacia la diversidad. Veámoslo ahora sobre la base de tres puras constataciones estadísticas.

En estos momentos (y redondeando las cifras) vivimos en el mundo cinco mil millones de personas. En total, además, se puede calcular con prudencia que existen unas 4.000 lenguas. Y, finalmente, son 184 los estados en los que se contiene (no siempre de grado) el conjunto de la población mundial. Miremos ahora si podemos efectuar un par de operaciones sencillas con estos datos que tenemos a mano.

En primer lugar, si dividimos el total de la población mundial (cinco mil millones) por el número de lenguas (4.000), tendremos una media absoluta de 1.250.000 hablantes por lengua. Ya vemos que la realidad no es exactamente así: hay lenguas habladas por docenas y centenares de millones de personas, mientras que hay otras (muchísimas) que son patrimonio de grupos pequeños, en el aspecto numérico. En general, cabe decir que las lenguas más extendidas fueron en su origen lenguas de grupo y su expansión el fruto de procesos colonizadores (interiores al propio Estado o exteriores). Al margen de esto último, el mosaico lingüístico de la humanidad es sumamente rico, y es una auténtica paradoja que, preocupados por la diversidad ecológica en lo que respecta a animales y a plantas, haya gentes que no sean igualmente sensibles (y con más motivo) a la hora de trabajar por la pervivencia de la diversidad cultural y lingüística de los seres racionales.

Hagamos ahora la segunda de las operaciones anunciadas. Se trata de dividir el número de lenguas (4.000) por el número de estados (184). El resultado, otra vez en términos absolutos, es de 21,7 lenguas para cada uno de ellos. Y de nuevo vemos que la realidad no se ajusta a los cálculos. Hay estados con una gran diversidad lingüística como la India, para la que se calculan unas quinientas lenguas, y otros con sólo una como Portugal. Entre uno y otro extremo, el número de lenguas es muy variable.

No podemos ahora obviar unas preguntas inquietantes. ¿No será que hay demasiadas lenguas en nuestro mundo? ¿No resultaría más práctica una fuerte reducción lingüística? A lo que habría que responder de una forma muy sencilla: existen las lenguas que existen, ni más, ni menos. Esta es la pura realidad que debemos reconocer gozosamente, porque es exactamente nuestra realidad como humanos. Por otra parte, los amigos de las reducciones y del uniformismo aspirarían a una lengua para cada estado. Pues bien: esto les obligaría a eliminar 3.816 lenguas... y aun así, las 184 restantes continuarían siendo realmente demasiadas, cosa que les situaría en la tentación de promover una sola lengua para todo el mundo. Y no cuesta imaginar que los amigos del uniformismo, poco amantes también de los ejercicios propios de la comprensión y del respeto ajenos, seleccionarían la propia lengua como idioma único de la humanidad (qué otros estilos únicos impondrían es cosa que no cuesta tampoco de imaginar).

Una educación integral de la persona debe implicar, necesariamente, una educación lingüística. Esta tarea pasa por el amor no chovinista a la propia lengua, por su cultivo y por el conocimiento de sus recursos expresivos, y también por el interés y el aprecio de las diversas lenguas como vehículo de comunicación de otros pueblos y otras culturas, tanto si son avaladas por fronteras estatales como si no lo son. En buena medida, la educación para la convivencia se tendría que fundamentar en un ejercicio que nos resultará difícil y que es poco común: el ejercicio de la desfamiliariación, que nos llevará a vernos a nosotros mismos también como extraños, como si fuéramos los ``otros", y a nuestras costumbres y lenguas como ``diferentes" desde los ojos ajenos.

Un ejercicio -éste de la ``desfamiliarización"- que debería ser complementado con el de la indentificación de todo aquello que es común a las diversas lenguas del mundo: los llamados, generalmente, ``universales" del lenguaje. En el siglo XIII, el gran filósofo inglés Roger Bacon, uno de los iniciadores de la gramática especulativa medieval, escribió unas palabras que todavía hoy son citadas con veneración:

``La gramática de todas las lenguas es única, y la misma en lo esencial, aunque de lengua a lengua puedan darse diferencias accidentales". Cierto es que las lenguas se nos presentan muy diferentes y mutuamente ininteligibles; pero, en aspectos fundamentales, todas son la realización de la facultad lingüística. Unas tendrán artículos y otras no; unas, preposiciones y otras, casos; ésta ``sonará" de una forma y aquella de otra. Pero toda lengua hace posible, para sus usuarios, la manifestación del pensamiento, la ordenación del mundo y la cohesión entre los hablantes. Y en toda lengua es posible el lujo extraordinario -y gratuito- de la expresión literaria. Y, por encima de todo ello, la posesión de una lengua nos singulariza como seres especiales en el ámbito de la naturaleza y pone de relieve la unidad incomparable de la especie humana.

* Jesús Tusón es profesor de Lingüística General en la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona. Teléfono de contacto: <93) 318.42.66, extensión 2788.

 

Algunas lecturas

AITCHISON, Jean (1991). Language Change: Progress or Decay? Oxford, Oxford University Presa (trad. castellana: El cambio en las lenguas: ¿progreso o decadencia? Barcelona, Ariel).

CALVET, Louis-Jean (1987).La guerre des langues et les politiquea linguistidues. París, Payot.
HAUGEN, Einar (1987). Blessizzgs of Babel. Berlín, Mouton de Gruyter.

JUNYENT, Carme (1992). Vida i morí de les llengües. Barcelona, Empúries.

JUNYENT, Carme (1993). Las lenguas del mundo. Barcelona, Octaedro.

MORENO, Juan Carlos (1990). Lenguas del mundo. Madrid, Visor.

URIBE, Óscar (1972). Situaciones de multilingüismo en el mundo. México, Universidad Nacional Autónoma.

TUSON, jesús (1988). Mal del llengües. A l'entorn deis prejudicis lingüístics. Barcelona. Empúries (trad. gallega: Mal de linguas. Santiago de Compostela, Positivas, 1990).